sábado, 9 de julio de 2022

Sinsonte

Sinsonte, Walter Tevis. Traducción de Jon Bilbao. Impedimenta, 2022.

 

Walter Tevis publicó Sinsonte en 1980, apenas cuatro años antes de morir de cáncer. Esta novela distópica fue nominada al premio Nebula a la mejor obra de ciencia-ficción publicada entonces en los Estados Unidos. Es decir: el lanzamiento del libro se produce en un momento histórico en que la Humanidad vislumbra su aniquilamiento por el auge de las tensiones políticas entre los bloques OTAN-URSS y vive atenazada por el miedo nuclear; así como en un periodo vital sensible para Tevis. Historia y biografía, por tanto, dejan sedimientos en Sinsonte que reconocemos a ojo, convirtiendo la novela en un clásico.

 

Hay otras huellas en él, de corte literario. Las deudas que contrae con respecto a Fahrenheit 451, de Ray Bradbury; 1984, de George Orwell; y Un mundo feliz, de Aldous Huxley, son evidentes. Tevis toma de ellos varias ideas: en el futuro se erradica la lectura para evitar la infelicidad, desaparen los espacios urbanos propicios a la conversación, se prohiben las parejas estables y la convivencia, se fomenta el uso de drogas y narcóticos, se destruye el pasado, se reduce el léxico y se limita el ámbito del pensamiento, los murales televisivos se extienden en el ámbito doméstico…

 

Con todo, esa humanidad embobada que pinta el escritor californiano a mí me recuerda más a la que describe H. G. Wells, un siglo antes, en La máquina del tiempo.

 

La novela se localiza en el Nueva York del siglo XXV. En esas fechas, la demografía humana ha descendido hasta los raquíticos 19 millones de habitantes. Los robots se encargan de mantener con vida a los supervivientes (dotándoles de comida y ropa). Esa sociedad futura viene regida por una serie de principios como el Individualismo y la Intimidad, que prohiben tanto la amistad como las relaciones afectivas. (El sexo rápido, en cambio, sí está bien visto, y hasta de protege.)

 

Vayamos a la trama.

 

Un narrador omnisciente en tercera persona nos presenta a los personajes protagonistas. A saber: Robert Spofforth, un robot Máquina 9 que ostenta los más elevados cargos no ya en Manhattan, sino en el planeta; y Paul Bentley: un profesor universitario que ha aprendido a leer por su propia cuenta visionando películas mudas.

 

A partir de aquí, Paul se convertirá en paranarrador del relato. Con un estilo directo y conversacional (no en vano, se dirige a una grabadora para dejar constancia de su vida en una especie de diario), dará testimonio de su tiempo: de las inmolaciones colectivas en restaurantes, de la ausencia de niños y adolescentes, o de la desaparición del concepto “familia”. Será en un paseo, precisamente, cuando conozca al único espíritu libre que mora en Nueva York: Mary Lou Borne, una treinteañera que vive en un zoo. Esta mujer al principio lo desconcierta y luego le fascina por su desafío a las normas. De hecho, se trata de una versión adulta de Clarisse McClellan, la joven que desafía las convenciones urbanas en Fahrenheit 451.

 

Durante las siete semanas que dura su convivencia (inflingiendo las leyes que prohiben la cohabitación y la Intimidad), ambos experimentan una felicidad sin fisuras. Su sintonía y confianza avanzan a contrapelo de las normas. El sexo que mantienen no sólo satisface una necesidad física, sino emocional. Se quieren.  En este tiempo, además, él la enseñará a leer. Juntos descubrirán sensaciones nuevas, sentimientos vedados. Tendrán afinidades con otros individuos, con los que compartirán ideas. (Recuérdense varias escenas protagonizadas por Montang: cuando lee poemas ante las amigas de su esposa; cuando conversa con su capitán sobre las consecuencias nefastas de la literatura.)

 

Pero nada perdura. Spofforth separa a la pareja por su desacato al dédalo de leyes. Y con este giro de guión arranca la segunda parte.

 

A partir de aquí tendremos dos paranarradores: Mary Lou, que escribe su diario; y Paul. Sus tramas se suceden en largos episodios alternos. Ella convive con el robot Máquina 9, quien está enamorado de ella. Paul, por su parte, se convierte en un recluso. Trabaja en un campo de cultivo próximo al mar, abandonando semillas bajo la estrecha vigilancia de los androides.

 

No voy a seguir desgranando el argumento. Sólo diré que Sinsonte es un canto al amor en sus múltiples manifestaciones (propio, pareja, amistad, mascotas). Walter Tevis nos alerta en su libro de los riesgos de la desaparición del lenguaje (1984), de la anulación de la empatía (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?) y de la sociedad del mero entretenimiento (Fahrenheit 451); y a su vez nos convoca a la resistencia.

 

Teniendo el cuenta el rumbo que ha tomado nuestra sociedad (qué felices que somos con nuestras plataformas, con ese escaso tiempo que tenemos para compartirlo con alguien, con nuestra ignorancia política…), parece apropiado leer Sinsonte. Que nos recuerden todo lo que podemos perder, pero también qué es lo que necesitamos para sobrevivir como especie: ese amor al que aludía antes.    

 

miércoles, 6 de julio de 2022

Un único corazón


 

 

Un único corazón, Alejandro Duque Amusco. Valencia: Pre-Textos, 2022. 96 pp.

 

 

Trabajé en el IES Cervantes el curso 2018-19. Por aquel entonces, el centro estaba renovando su biblioteca, condición indispensable para que le fuese otorgado el Bachillerato Internacional. En calidad de profesora del claustro, tenía dos guardias allí para realizar, en principio, la apasionada labor de quitar los tejuelos a docenas de libros que esperaban caer entre mis manos. La verdad sea dicha, sólo en la guardia de recreo me encomendaba a esa tediosa tarea, porque coincidía con una compañera y había que guardar las formas. En la otra, sin embargo, abandonaba el frasco de alcohol por los mucho más entretenidos paseos entre las columnas y estantes de una biblioteca que habría hecho las delicias de Hermione Granger. En una de aquellas incursiones por los pasillos me encontré con una librería de expurgos. Para mi sorpresa, el centro pensaba deshacerse de libros regalados por poetas que habían recitado allí y de primeras ediciones de títulos ya descatalogados. Ni que decir tiene que rescaté algunos de aquellos ejemplares, que a día de hoy gozan de una segunda (y provechosa) vida en mi biblioteca. Uno de los volúmenes era Sueño en el fuego, de Alejandro Duque Amusco (Renacimiento, 1987), que leí en el otoño de 2021, y me encantó. Al poco me compraba Donde rompe la noche (Visor, 1994). Entre ambos hay un abismo. Y es que el simbolismo luminoso, el misterio ornírico del primero da paso a un conjunto de poemas puros y estilizados, pero mucho menos potentes y evocadores, en la segunda entrega. Ahora mismo acaba de publicarse Un único corazón (Pre-Textos, 2022), obra extensa y ambiciosa; donde predominan los textos en prosa poética. El poeta hace gala en ellos de una exquisita sensibilidad.

 

La componen cuatro secciones: “El Sur”, “Servidumbre de amor”, “Memento” y “Zona crítica”.

 

“El Sur” dialoga con la poesía elegiaca clásica. No en vano, se habla de la muerte y del tempus fugit. A veces con versos estremecedores: “La vida huyó de mí y no la alcanzo” (tiene el poeta, por cierto, 73 años). Amusco me recuerda, por sus breves pinceladas cromáticas, al Calderón de La vida es sueño. Así nos describe los pétalos de una buganvilla: “carmines encendidos”, “coral de luz”. Si la paleta metafórica es barroca, no lo es el gusto por la simbología floral para hablar de la plenitud, justo al contrario de lo que proponía Francisco de Rioja en sus famosas silvas.

 

“Servidumbre de amor” es un hermoso canto a eros. Se intuye cierta nostalgia en las composiciones. Cada verso está barnizado con una fina capa de melancolía: “Hoy me duelen los ojos de no verte”, “El deseo se acrece con la espera”, “No me des tu recuerdo:/ esa forma de adiós”. Así y todo, hay un antídoto contra la tristeza que necrosa un corazón no correspondido: la esperanza, el día de mañana, de otro cuerpo al que amar: “Si ella no quiere, no quieras tú tampoco. / Nuevos soles vendrán resplandecientes”. Se cierra la sección con siete soleás reunidas bajo el título “Para una reina de corazón gitano”. Transcribo la II:

 

De forma desesperada

ama el amante, sabiendo

que el amor se acaba y pasa.    

 

“Memento” nos apercibe del fin. Duque Amusco se empapa en las aguas de Miguel de Unamuno (“propia de ilusos esa risa hueca que ha cerrado los ojos al dolor y a la muerte” (p. 48) o del Quevedo de los Sueños (“Postrimerías”, p. 46-47). Pero no ya nosotros, sujetos individuales, tenemos el destino sentenciado. Toda la Humanidad camina sin remedio a su debacle (cuando la Vía Láctea choque con Andrómeda; no en vano, ambas galaxias están en rumbo de colisión). 

 

Ni qué decir tiene que el acusado pesimismo de este bloque depende de los anteriores: de la suma de pérdidas existenciales que acumula un hombre de cierta edad, y de la frustración afectiva que dicho sujeto experimenta, cuando el horizonte que tiene por delante cada día parece más cerrado.

 

“Zona crítica” compensa el desánimo previo con un cambio de actitud. Los textos se abren a la celebración de la existencia. El sujeto que enuncia busca el amor dentro de sí; esto es, busca la divinidad en su pecho. Una reliquia espiritual religadora, panteísta, que siempre estuvo ahí, pero no percibió (“La larga travesía”, p. 85):

 

Tarde, muy tarde, en el último tramo de tu vida

has llegado a darte cuenta de que un dios te habitaba. Como una fuerza luminosa,

 

dentro de ti lo hallaste, silencioso y fecundo.

Siempre estuvo contigo y no lo viste.

 

Un único corazón nos reconcilia con la ambigüedad humana, con los contrastes que tapizan la realidad de todos. Nos hunden los mismos temores (a la muerte, a la pérdida de pulso vital, a la falta de la alegría). Pero nos rescata el mismo flotador: el amor de caridad, que diría san Agustín; el amor mundi que defendía Hannah Arendt. Ponemos el descanso de la dicha fuera de nosotros, pero lo llevamos dentro. Sólo hay que ponerse a buscarlo. (Una y otra vez. Me temo. Porque se nos olvida.)

 

 

 

martes, 5 de julio de 2022

"El cedro"

Concentración, ayer, por la conversión de la casa de V. Aleixandre en la Casa de la Poesía.
 

En diciembre de 2009 tuve el honor de participar en un recital conjunto en la casa de Vicente Aleixandre, en la antigua Velintonia, 3. Se trataba de un homenaje a Gerardo Diego. Allí estaban Pureza Canelo (Presidenta de la Fundación G. Diego), Javier Lostalé (periodista de RNE), Francisco Javier Díez de Revenga (Catedrático de Literatura), Alejandro Sanz (Presidente de la asociación de Amigos de Vicente Aleixandre)... y muchos escritores más.

Como consecuencia de aquella velada, escribí un poema al cedro que el poeta plantase en su jardín.

 

El cedro

 

 

 

A Vicente Aleixandre

 

 

 

Una tarde de invierno, un grupo de poetas

abrimos el candado del jardín

y entramos en tu casa, viendo cómo

se abría una pared como costilla,

pintando grietas hasta la techumbre.

El vaho de nuestro aliento se extendía

por el salón helado, silencioso,

la enorme biblioteca abandonada

y las habitaciones carentes de latidos.

Los ojos tropezaban con las sombras

de libros en estantes descolgados,

fantasmas melancólicos, privados de caricias.

Fue entonces cuando uno de nosotros

se acercó al ventanal, donde bailaba

un escuadrón de copos ordenados

y recitó unos versos. Nos turnamos.

Nuestras voces trepaban por el aire,

donde se arracimaban y giraban

como un loco derviche de fonemas,

mezclándose con otras anteriores.

Los rostros revelaban gestos nuevos.

El cedro que plantaste con tus manos

veía en nuestros pómulos paisajes

que no creyó que fuese a ver de nuevo.

Sus ramas nos miraban tras el vidrio

como huérfanos sucios, hechizados,

por la lumbre tensada como un nervio.

Colmamos su renuncia de esperanza,

su memoria de anhelo.

Todas las estaciones estallaron

en sus hojas, cubiertas por tapetes

rojizos, rubios, verdes o estampados.

A la noche nos fuimos, con lentos pasos torpes,

lo mismo que exiliados en columna

camino a la frontera más lejana.

La luz recuperada se quebró.

Las noches de vainilla, jaspeadas,

los astros y la piel se extraviaron.

El árbol se sumió en la soledad,

la casa en su derrota de pedernales ígneos.

 

 

(Poema inédito)

 

 

 

lunes, 4 de julio de 2022

Lecturas inspiradoras


 Estas son las lecturas que me inocularon el deseo de escribir novelas. Estamos hablando del año 2005. En enero de 2006 empezaba a trabajar en el primer borrador de mi primera novela, Inercia. En realidad, no tenía intención de que fuese un trabajo extenso. Un amigo me había retado a presentarnos los dos, con sendos relatos, a un certamen de El País; pero a las 30 páginas yo ya veía que me pasaba de frenada. Necesitaba desarrollar mi mundo narrativo. Las lecturas de Ishiguro, Auster, Oksanen, Cunningham, Connelly y Capote me dieron herramientas para hacerlo. Destripaba sus libros para aprender sus trucos. El curso 2011-12, que lo pasé en el paro por los recortes de Lucía Figar en Educación, acabé mi primer borrador del libro. Luego vinieron las lecturas de amigos (Toni Hill, Juan Gómez Bárcena, Teresa Bailach), cuyas aportaciones fueron fundamentales para mejorarlo. Por entonces, leía y preparaba las reseñas para el portal La tormenta en un vaso de los grandes novelistas de género que empezaban a despuntar en este país (Bueso, Biurrun, de Paz, Ruiz...). En fin, quería codearme con ellos, y en 2014 se cumplía un pequeño milagro: publicaba mi distopía en Baile del Sol. Me presentó la obra Roberto de Paz, en La Casa del Libro. Entre el público, Ismael M. Biurrun. Unos meses más tarde, comenzaba la primera versión de mi segunda obra narrativa, El año cero. Esta vez, un thriller. En la trastienda, Mazzucco, Ford... De nuevo la mirada exigente y certera de Teresa Bailach fue clave para la puesta a punto de la obra. La sacaría en 2019 de la mano de una editorial de reciente creación: Ménades. La presenté en el Café Libertad. Me acompañó el novelista y crítico David Pérez Vega. Ignacio Elguero de Olavide me entrevistó, a propósito de su lanzamiento, para La estación azul (RNE). Y desde entonces, no he parado de escribir narrativa. Pero de eso ya hablaré en otro post.

  

domingo, 3 de julio de 2022

Concentración por Vicente Aleixandre

 


¿Nos vemos mañana? A ver si conseguimos que las autoridades competentes adquieran la casa de Vicente Aleixandre, ahora mismo en venta en el portal de Idealista por 4 millones de euros. En otros países no tendrían la casa de todo un premio Nobel de Literatura en el estado ruinoso en que se encuentra la del vate malagueño. Ojalá algún día se convierta en un centro de conservación de la memoria poética y literaria de este país, así como en un centro de investigación. Igual con la ayuda de todos lo conseguimos. Así que no nos faltes, ¿eh?

 

Gracias.


jueves, 30 de junio de 2022

Carta a don Antonio Machado


 

En marzo de 2020, unas horas antes del confinamiento, me escribía Luis García Montero para pedirme una carta dirigida a don Antonio Machado. Pensaba darle la misiva en persona, pues había accedido muy amablemente a participar, junto a Javier Lostalé, en un recital poético en mi instituto para celebrar el Día de la Poesía. Como ya supondréis, aquello fue imposible.

Dos años después, os dejo aquí la carta que escribí al vate sevillano tras la declaración del Estado de Alarma.

 

 

En Madrid, a 13 de marzo de 2020

 

 

Querido don Antonio Machado:

 

 

Se me brinda la oportunidad de escribirle esta carta, y aunque nos distancia el tiempo, quiero pensar que estas líneas lograrán comunicarle aquello que deseo compartir con usted. Sepa que la física cuántica defiende una hipótesis muy seductora: la fusión en un instante de todos los tiempos, tal y como adelantaba Garcilaso de la Vega en su célebre Égloga III cuando alude a la “tercera esfera”, donde pasado, presente y futuro confluyen a la vez y se dan de manera simultánea. Siendo esto así, es probable que usted y yo estemos superpuestos ahora mismo, unidos por las cosas que nos apasionan a ambos: la poesía, la naturaleza y nuestra vocación por la docencia.

 

Deje que me presente: me llamo Ariadna, y también soy poeta y profesora. Ya en el instituto comencé a leer sus versos, junto a las creaciones de los clásicos. Como a usted, me enfría el artificio de Góngora, y sin embargo vibro con San Juan de la Cruz, Gustavo Adolfo Bécquer, Jorge Manrique, Francisco de Quevedo o fray Luis de León. De sus contemporáneos, prefiero a Juan Ramón, Unamuno, Federico, Cernuda y Aleixandre. Lástima que usted no conociese la evolución de don Luis al acabar la guerra. Le habría encantado la hondura de su voz. Y qué decir de JRJ, de su indagación interior por el abismo de su propia conciencia, en su obligado exilio americano. No dudo de que las obras de ambos le habrían sobrecogido a usted.

 

Permita que le cite otro elemento que nos une: una parte de mi vida también está ligada a la Institución Libre en Enseñanza.  ¿Podrá creerse que viví en la “Resi” gracias a una beca de creación literaria? Pues es cierto. Amigo mío, muchas cosas han cambiado en este país desde que usted lo habitase, y ahora las mujeres podemos hospedarnos en los célebres Gemelos I y II que diseñase –hace un siglo– el famoso arquitecto Antonio Flórez; otras cosas, lamentablemente, permanecen igual… 

 

Pero a lo que iba, el espíritu de la ILE forma parte de mi código genético. Como recordará, Francisco Giner de los Ríos apuntaba que los escritores debemos consagrarnos a la belleza y, al tiempo, hablar de la civilización en que se nacemos. Y a ese objetivo yo consagro mi obra. Hasta el momento he publicado ocho poemarios y, en conjunto, critico en ellos varias lacras sociales: la violencia que sufre la mujer a manos de su esposo, el odio a los homosexuales, la ferocidad de la guerra, la enajenación humana, la destrucción de la biosfera, el agotamiento de los recursos energéticos, las nefastas consecuencias ecológicas del capitalismo salvaje. A la par, dedico mis textos a la contemplación entusiasta de los parajes agrestes, en busca de una conexión con Gaia. En este sentido, me identifico mucho con Vincent van Gogh. Hará un año que leí las cartas del insigne pintor a su hermano Teo. ¿Las ha leído usted? En esas prodigiosas misivas encontré algunas ideas dignas de enmarcar. Le cito una: “Veamos, ¿no es casi una verdadera religión lo que nos enseñan estos japoneses tan simples, y que viven en la naturaleza como si ellos mismos fuesen flores?”. Yo, como él, también defiendo la necesidad de una vida sencilla, espiritual, en contacto con los bosques, las aves y los ríos.

 

Ha llegado el momento de contarle cómo es mi mundo. Quizás así comprenda mi deseo de elevar una denuncia pública de nuestra sociedad, así como de ofrecer –a través de la inmersión en un entorno natural– la energía que nos impulse hacia el centro de nosotros, para remodelarnos y vencernos.

 

Verá usted, don Antonio, vivimos en un mundo globalizado, unido por los medios de transporte (sobre todo el avión, sí, sí, como lo oye, en doce horas podemos plantarnos al otro lado del globo por un precio asequible) y las tecnologías domésticas más avanzadas (aunque no lo crea, los humanos gozamos de dos vidas: la analógica y la digital, la física y la inmaterial, que nos permite comunicarnos de manera masiva con cualquier individuo, por lejano que esté, que nos hace desplazarnos por el espacio y el tiempo gracias a los satélites espaciales y al almacenamiento de millones de datos en dispositivos móviles del tamaño de la palma de la mano). Nuestro mundo es veloz, irreflexivo, y está pensado para la satisfacción de los deseos, para el consumo de bienes innecesarios, para el entretenimiento y el ocio, y lo que me resulta más deleznable: para el goce de privilegios a costa de la vida de otros seres (bosques que deforestamos, animales que extinguimos, humanos que explotamos). ¿Recuerda los lamentos de Pío Cid cuando Ganivet denunciaba la prisa de quienes preferían el tren a los paseos? Si a mi admirado Ángel le hubiera tocado en suerte el siglo XXI, créame: se habría suicidado mucho antes de llegar a los 30.

 

Por supuesto también tenemos cosas buenas. España, por ejemplo, vive un periodo de respeto y tolerancia como nunca hasta ahora. Le informo, para su regocijo, de que tenemos un gobierno de coalición formado por partidos de izquierdas; eso sí, el régimen político de la nación es una monarquía parlamentaria… Las mujeres nos hemos empoderado de tal manera, que la mitad del ejecutivo pertenece a mi sexo. Como lo oye, don Antonio: tenemos 11 ministras y otros tantos ministros. Quizás el Presidente, Pedro Sánchez, se lo haya contado. Me consta que le ha escrito. Disfrutamos, además, de un estado de derecho garante de los servicios públicos (Educación, Sanidad, Justicia…). Y sin embargo…

 

¿Se acuerda del crak del 29? ¿De sus repercusiones? La vida es un eterno retorno, ya sabe usted. Hoy día, el mundo padece los estragos de una crisis que empezó en 2008 y que no tiene pinta de que vaya acabar. Se trata de una crisis económica, energética, ecológica… y ahora también sanitaria. Deje que le explique. Necesitamos tanta energía para hacer viable nuestro estilo de vida que nos hemos chocado contra los límites físicos del planeta. Poco a poco estamos acabando con todos los elementos de la tabla periódica. Si levantara la cabeza Mendeléyev se llevaría un buen disgusto. A falta de combustibles fósiles, se ha desatado una lucha de clases por mantener los privilegios de unos pocos y expulsar al abismo a los demás. Esta guerra se efectua país a país y casa a casa. Como consecuencia, se reproducen los despidos, se debilitan los servicios públicos en favor de los centros de gestión privada, Europa evita a cualquier precio la entrada de los refugiados que huyen de zonas en conflicto… Sí, ha escuchado perfectamente. Pagamos la solidaridad de los países que nos abrieron sus fronteras el siglo pasado con monedas de concertinas y gases lacrimógenos.

 

Pero el planeta es sabio. Y consciente de la amenaza que representamos para él, nos ha lanzado un virus que se cobra, a diario, miles de personas. Padecemos una pandemia que tiene a Italia, El Salvador o los Estados Unidos en una obligatoria cuarentena. En España se ha declarado el Estado de Alarma. Vea usted que desde el estallido de esta crisis sanitaria el mundo se ha parado, se ha infartado. Este duro frenazo de la industria, del consumo y del turismo global, no obstante, nos ha dejado datos positivos: ha rebajado nuestras emisiones de CO2 a la atmósfera y nos ha recluido a la fuerza en casa. Nuestro aire es más limpio, nuestro “tempo” más lento. La Tierra sigue enferma, pero estable.

 

Ya le dije que soy profesora, ¿verdad? Pues, bien: en Madrid, debido al coronavirus (que así se llama el bicho de marras), los docentes hemos dejado las aulas reales por las virtuales. Y he aquí una nueva coincidencia que nos une a los dos, don Antonio. Adivine. ¿Se rinde? Verá: imparto la asignatura de Lengua Castellana y Literatura en el Instituto Cervantes. Exacto. Mi primer destino tras aprobar las oposiciones al cuerpo de secundaria  fue –lamenablemente–  su último destino. ¿No es casualidad? En las vitrinas del hall se muestran varios documentos suyos o relativos a usted. Fichas de alumnos, certificados de su traslado a Madrid. Uno de ellos, sin embargo, me resulta indignante.

 

Usted perdió la vida en la frontera, empujado por el miedo y el horror al fascismo. En nombre de la libertad. Colliure representa la resistencia a los totalitarismos. De ahí que el régimen franquista tratara de ocultar el lugar de su muerte, don Antonio, poniendo en su baja por defunción en el Cuerpo de Catedráticos de Instituto que había perdido la vida en un campo de concentración en Francia. De ese modo, se eliminaba del imaginario colectivo la posibilidad de la subversión, la defensa de la alternativa, la lección de coraje.

 

Mi querido Antonio, en estos tiempos de incertidumbre a veces me pregunto por el rumbo a tomar. Usted, a comienzos del siglo XX, abandonó el Modernismo por la mirada realista; Juan Ramón, por la poesía conceptual, destilada (de moda en Reino Unidos, con el Imaginismo; y en Rusia, con el Acmeísmo). Pero yo me interrogo, ¿y ahora qué? Garcilaso renovó nuestra lírica traduciendo a Petrarca. Bécquer por influjo del Romanticismo alemán. Federico, por la impronta del surrealismo francés, Cernuda por la inglesa. ¿Y dónde está la veta de mi tiempo? ¿Hacia qué costa dirijo mis prismáticos? ¿A qué planeta oriento el telescopio?

 

Mi camino, como le comentaba, es doble. Tiene forma de péndulo. Creo que mi deber es la denuncia, acompañada siempre del aliento, del estímulo a mis conciudadanos; la crítica civil, junto al elogio exaltado del templo de la Naturaleza. De hecho, ensayo ahora un misticismo panteísta que me transforme a mí y a mis contemporáneos desde un punto de vista moral, así como una ascética que me lleve a mi centro. En Finlandia he encontrado un filón hacia este viaje interno. La soledad y el frío lo propician. Creo que le gustaría leer estas composiciones. Sobrevuelan sus ecos en sus páginas. He de confesarle que usted es uno de mis autores de cabecera.

 

Acabo ya mi carta, don Antonio. Si lo tiene a bien, contésteme con unas letras en el fondo del espíritu, que yo las leeré con los ojos del alma.

 

Ariadna G. García

 

 

 

 

miércoles, 29 de junio de 2022

20 años de mi estancia en la Resi


 

En el verano del 2001, al poco de ganar el Hiperión, obtuve una beca de creación artística en la emblemática Residencia de Estudiantes. Avalaron mi candidatura mi ex directora de tesis (Ana Vian Herrero) y el periodista Ignacio Elguero de Olavide (por entonces, director del mítico programa de RNE "La estación azul"). Allí escribí casi en su totalidad Apátrida, futuro Premio de Poesía de la Red de Arte Joven de la Comunidad de Madrid (Hiperión, 2005).

En el verano del 2002 los becarios posamos para una sesión de fotos en los jardines del complejo. Años más tarde, en 2009, el servicio de publicaciones de la institución publicó el libro Becas del ayuntamiento de Madrid en la Residencia de Estudiantes: un compromiso con la creación y la investigación. Este volumen celebra los veinte años de la concesión de las becas a la primera generación de nuevos residentes, tras la reapertura de la Resi en 1989.

Tengo el inmerso honor de aparecer en muchas de sus fotografías. Algunas fueron tomadas durante mi etapa de residente, y otras son posteriores. No en vano, acudo con frecuencia a la que fue mi casa. El último acto oficial en el que participé allí fue la presentación de mi poemario Sublevación (Pre-Textos, 2020): el 19 de enero de 2021, evento retransmitido a 25  países y que fue visionado por 109 espectadores. Me acompañaron Alicia Gómez-Navarro (directora de la Residencia, mi editor (Manuel Borrás) y el periodista Javier Lostalé. 

Dejo aquí una fotografía de una página del libro que recoge dos momentos míos en la Resi, de 2002 y de 2008.