Tránsil, Nicolás Mateos Frühbeck. Hiperión. 2025. XL Premio de Poesía Hiperión.
“Post-apocalipsis y post-humanismo en Tránsil. El fin de los ideales de la modernidad”
Estamos acostumbrados a leer novelas de ciencia-ficción, pero resulta todavía novedoso que acaparen las mesas de novedades poemarios dedicados al género proyectivo. Desde luego que existen los poemas de anticipación. Ray Bradbury editó en 1992 su antología poética personal que traduje para Salto de Página, junto con Ruth Guajardo, con el título Vivo en lo invisible (2013). El célebre autor de Farenheit 451 incluía en el volumen los poemas “¿Qué pasará?, donde se pregunta si los humanos exploraremos Marte o renunciaremos a las estrellas; “Reviviere, Rex”, donde barrunta la posibilidad —años antes que Michael Crichton— de que la ingeniería genética reviva a los dinosaurios y recree sus entornos naturales; o el texto “Ojalá hubiésemos sido más altos”, donde sueña con una humanidad colonizadora que se instala, tras surcar el universo, en el planeta Alfa Centauri (como los tripulantes de las Júpiter en la serie Lost in space). Sin salir del ámbito anglófono, Ursula K. Leguin recibió en 1982 el premio Rhysling, convocado por la Asociación de Escritores de Ciencia-ficción, por el poema El pozo de Baln. Ya en casa, Jorge Riechmann vaticina colapsos y sociedades post-apocalípticas en libros como Desandar lo andado (2001) o El común de los mortales (2011). Yo recurro a los asesinatos galácticos en Napalm (Premio Hiperión, 2001), alerto de los megatsunamis que producirá el cambio climático en mi fábula eco-apocalíptica Las noches de Ugglebo (2016) o vaticino una Tierra sin gente en Sabiduría de los límites (2023). Por su parte, Ana Tapia sorprendió en 2018 con el poemario Las ovejas radioactivas de Kolimá, en el que recoge el motivo de la nave generacional que abandona la Tierra tras un desastre ecológico, tópico que recogen películas icónicas como Wall-e, series como la citada Lost in space o novelas españolas como La nave, de Tomás Salvador. Si Ana tapia dialoga en sus poemas con Solaris, de Stanislav Lem, el poeta que nos convoca hoy, Nicolás Mateos Frühbeck, recoge en Tránsil ecos de Isaac Asimov (la trilogía de La fundación; Yo, robot), de Phil K. Dick (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?), e incluso vislumbro alguna huella de Las hijas de Tara, de Laura Gallego.
Sostiene la joven escritora Camila Cañeque, en La última frase, que el fin del mundo “es el gran objeto de deseo de la humanidad”, que estamos programados para el fin, que los seres humanos contemporáneos nos creemos especiales, “dignos de una clausura” y que nuestra generación padece un “narcisismo histórico-apocalíptico”. Lo cierto es que la pérdida de control de los cuatro reactores nucleares de la central Fukushima en 2011 o la pandemia del Covid (2019-2023), nos han vuelto a recordar que somos seres frágiles, que dependemos de un entorno natural que estamos devastando, y que corremos el riesgo de extinción. De eso, precisamente, trata Tránsil. Del un mundo yermo, contaminado, fruto de un desastre nuclear que ha mermado la vida del planeta.
El poemario nos habla del día después del final, del refugio que habitan los supervivientes, de las naves que huyen en busca de otra estrella, de las bestias de colores inauditos que malviven en nuestro “terrario radioactivo”; de la arena, los cañones y el polvo que rodean Tránsil; del monte donde viven los mutantes que no tienen acceso a la ciudad. El espacio del libro es un locus eremus: un lugar peligroso y desolador. Una cúpula de cristal separa la vida de la muerte. Detrás suena, de nuevo, Phil K. Dick con su relato Podemos recordarlo por usted al por mayor; o si lo prefieren, la película de Paul Verhoeven que está inspirada en él: Desafío total. ¿Y quiénes sobreviven en un planeta radioactivo y extremadamente caluroso? Los cíborgs, seres a medio camino entre los humanos y las máquinas. Es decir, que Tránsil es un poemario híbrido entre dos subgéneros de la ciencia-ficción: el post-apocalíptico y el cíber-punk. Si el primero puede abrir un debate socio-político (¿podemos evitar las guerras?, ¿podemos evitar sus causas? ¿está en nuestras manos repartir la energía y las materias primas para que los estados no se enfrenten por ellas y se lleven el mundo por delante?), el segundo de los subgéneros admite una lectura filosófica. Nicolás Mateos Frühbeck dialoga con la tradición poética petrarquista. En sus versos alude a los mitos de Orfeo, Dafne y Apolo, recupera el modelo lírico renacentista de la égloga (de origen greco-latino), e introduce citas textuales de poetas de amplia formación italiana, como son: Francisco de Quevedo, Garcilaso de la Vega, Luis de Góngora o Lope de Vega. Ahora bien, estos giños áureos, como decía, tienen una implicación mayor. Nicolás niega con ellos nuestras expectativas culturales. Pongamos algunos ejemplos.
Escribía el poeta toledano: “Escrito está en mi alma vuestro gesto”. Este verso condensa una visión del mundo idealizada. Remite a una época de valores espirituales que ensalzan la fidelidad o la predeterminación amorosa. Nuestro poeta, sin embargo, subvierte los principios del neoplatonismo. Al igual que Luis Vélez de Guevara en el Diablo Cojuelo, Nicolás modifica una cita con intención desmitificadora. Nos confiesa un cíborg: “Escrito está en mi nuca mi número de serie”. El poeta testimonia el tránsito de una época en que las mujeres y los hombres se conducían por el amor, la belleza y otros conceptos humanísticos, a otra post-apocalíptica, que desde luego no está para muchos ideales. En ese futuro vislumbrado, el concepto humano se sustituye por el de post-humano. De ahí que los tópicos de la donna angelicata y la descriptio puellae también muten. Escribía Góngora en su célebre soneto: “Mientras por competir con su cabello / oro bruñido al sol reñumbra en vano”. Nicolás no describe a una mujer según un canon de belleza, sino a un ser cibernético: útil y eficiente:
Mírate los implantes,
los ojos adaptados al entorno,
luces ultravioletas,
bajo una frente lisa y plateada;
los dientes de cobalto,
oro bruñido al sol que brilla si oscurece…
La cuestión es, ¿en ese nuevo mundo post-humano y post-apocalíptico, son posibles el amor, la religión y el vínculo? ¿Existen la identidad individual y el libre albedrío? Nicolás nos lanza preguntas. Si la humanidad destruyó la biosfera con radiación masiva, ¿será la post-humanidad una versión mejorada de la especie; o, por el contrario, certificará su defunción? Y aún intuyo otra duda, en clave autocrítica: ¿hay alternativa a una humanidad cortada bajo el patrón neoliberal que impida el desastre ecológico hacia el que vamos y el post-humanismo biónico e inmortal con el sueñan las élites adineradas? ¿Se puede evitar que acabemos en Tránsil?
El poemario, como vemos, fusiona la ciencia-ficción con la herencia poética petrarquista y barroca. Los poemas encarnan la hibridación del cíborg. El poeta mira al futuro desde la atalaya del pasado. Registra los cambios sobre la corteza terrestre y sobre la humanidad. La forma, de herencia italiana (los poemas se construyen a partir de silvas de verso blanco), comunica contenidos plenamente barrocos (el fin del idealismo) y postmodernos (el advenimiento de la cruda realidad: un mundo yermo, con “flores oxidándose”, cubierto de uranio; y poblado por seres resilientes: medio humanos, medio máquinas).
Desde luego, la ópera prima de Nicolás Mateos Frühbeck (doctor en Filología) es un poemario para reflexionar. Y a su autor habrá que seguirle la pista muy de cerca.
Esta reseña ha sido publicada por la revista Turia en su edición de papel, 2025.
