viernes, 19 de julio de 2019

Escaramujos

Escaramujos, Jesús Munárriz. Valencia, Pre-Textos, 2019. 76 páginas.


El haiku está de moda. Prueba de esta convicción es el último número de la revista Ínsula (El haiku entre dos orillas, coor. JM Rodríguez), dedicado en exclusiva a esta pieza de origen japonés; así como la coincidencia en el último año de varias publicaciones que también lo confirman (Apunto de ver, José Luis Morante –Polibea, 2019–; Río Mekong, Verónica Aranda –Cartonera Island, 2018–; Capitalinos, Jesús Munárriz –La isla de Siltolá, 2018–; Grillos y luna, Susana Benet –La isla de Siltolá, 2018–; ¿Y si escribes un haiku?, antología a cargo de Josep M. Rodríguez –La Garúa, 2018–; Ars nesciendi, Jorge Riechmann –Amargord, 2018–… Por citar algunos ejemplos de creación nacional. Hiperión, por su parte, está contribuyendo a este feliz estado del haiku (y del tanka) en nuestros país con los volúmenes Tristes juguetes, de Ishikawa Takuboku (2019); Muevo mi sombra, de Ozaki Hoosai (2018); y con un libro extraordinario que traigo aquí a colación, aunque salió de imprenta en 2016: Haikus de guerra. Como ven, son muchas las editoriales que se rinden a sus encantos. ¿Y a qué viene este gusto, tan extendido hoy, por la estrofa japonesa? El haiku ya gozó de predicamento en los albores del siglo pasado. En el artículo fechado en 2001 “La protohistoria vanguardista de la promoción poética del 27”, Javier Pérez Bazo (Universidad de Toulouse) vincula esta influencia al interés de la nueva poesía por lo sintético, por la miniatura. Pedro Aullón de Haro, de hecho, la rastreó en JRJ, Antonio Machado, Valle-Inclán, Gómez de la Serna, Lorca, Alberti, Aleixandre y Guillén, entre otros (El jaiku en España, Playor, 1985; Hiperión, 2002). Es decir, el haiku se avenía a una nueva estética, a un nuevo concepto del poema (claro y preciso) que en España arraigó en la poesía pura, en Rusia en el acmeísmo y en Estados Unidos y en Inglaterra en el Imagismo. ¿Pero, y hoy? El haiku nació como vía de meditación. Sin excluir este noble motivo –habría que dar voz a los poetas, para que se explicasen–, quizás ahora su escritura –y lectura– se deba a una doble causa: la inmediatez (vivimos en un mundo gobernado por la velocidad que imponen las nuevas tecnologías y las redes sociales) y la sencillez (el haiku –al igual que nuestra lírica breve– encarna una forma humilde y espontánea de humanidad. Sirve de contrapeso a la artificiosidad de la urbe, a la civilización corrompida y sin alma que habita en las ciudades).

Ejemplo de la reivindicación de la naturaleza es la última colección de haikus del poeta, editor y traductor Jesús Munárriz, Escaramujos (Pre-Textos, 2019). Divida por estaciones, la obra nos regala más de 150 delicadas miradas a un entorno campestre. Cada texto nos muestra un detalle pictórico de un conjunto. Cada verso es una pincelada evocadora de un estado de ánimo. Munárriz no recurre a las herméticas metáforas yuxtapuestas del Antonio Cabrera de Tierra en el cielo (Pre-Textos, 2001): “Voz de las peñas,/eco que vuela oscuro/sobre la helada”; él describe lo que ve: “El chaparrón/se ha llevado las flores/de los cerezos”. Confesaba Verónica Aranda en la presentación de Río Mekong que cuando viaja, en lugar de hacer fotos, escribe haikus para recordar un sitio. El prestigioso poeta vasco destila en sus composiciones esencias de distintos lugares (Vizcaya, Segovia, León…), con el objeto de inmortalizarlos. En ocasiones, además, desliza un tono crítico al servicio de un mensaje ecológico (“Agosto rojo,/pantanos sofocados,/bosques ardiendo”) o denuncia del cambio climático (“Ya han florecido/almendros y ciruelos./¡Loco febrero!”). No faltan  guiños intertextuales al célebre Basho (“Salta la rana./Resuena el viejo estanque/como hace siglos”), y es que, en líneas generales, estos hermosos haikus son de corte tradicional –al contrario de los que leemos en Capitalinos–: pauta métrica, kigo estacional, abolición de la individualidad, búsqueda de la belleza y congelación de un instante; si bien no falta en algunos el tono humorístico –marca de la casa– o desenfadado. 

Un libro al año viene publicando Jesús Munárriz desde que publicara en 2017 Los ritmos rojos del siglo en que nací. Un cuento triste (Hiperión). ¡Y está a punto de cumplir los 79 años! Que la inspiración perdure, maestro.  


martes, 9 de julio de 2019

Jurado del premio "La Bolsa de Pipas" (Sloper)



El pasado 7 de julio fallamos el III Premio de Poesía "La Bolsa de Pipas", convocado por la editorial Sloper. El jurado lo formamos Ben Clark, Ricardo Lobato y yo. Resultó ganador el libro Mis hijos ajenos, de la escritora argentina Florencia del Campo (Buenos Aires, 1982). Nuestras felicitaciones a la ganadora.

Más información sobra la obra premiada, la escritora y el premio, en el siguiente enlace:

https://www.editorialsloper.es/


Sigilo

Sigilo, Ismael Martínez Biurrun. Alianza, Madrid, 2019. 221 páginas.

  
Sigilo es la sexta novela del narrador Ismael Martínez Biurrun, autor de novelas tan reputadas como Mujer abrazada a un cuervo, El escondite de Grisha (ambas en Salto de Página) o Un minuto antes de la oscuridad (Random House, 2014). El prestigio de Ismael descansa en su estilo pulcro y lírico, así como en las estrucura de sus obras, de ritmo trepidante y bien selladas. Sus libros se inscriben en la narrativa de género (fantasía, relato distópico, terror), pero esto es secundario. Lo que importa es su voz y los temas que trata (la familia, el destino, los recortes, la crisis económica, la precarización laboral). Digamos que la ambientación fantástica crea un contexto atractivo para ubicar historias extraordinarias (viajes en el tiempo a una Navarra asediada por la peste negra, viajes por carretera al sarcófago de Chernóbil, resistencia vecinal a las ordas de bárbaros que irrumpen en las calles por la noche…) que, a su vez, sirven a Ismael para desarrollar motivos de lo más normales (parejas mal avenidas, hijas anoréxicas, incomunicación familiar o niños adoptados que buscan sus raíces…). 
     Sigilo comienza por el final. Pero tú no lo sabes. Crees que la novela empieza in medias res. A Ismael le gustan las tramas bien cerradas. El trazado de un círculo perfecto. De hecho, es en la segunda lectura, con todas las cartas sobre la mesa, cuando comprendes en qué consiste el terror de la historia. Hasta ese desenlace, el libro nos presenta un fantasma que visita a su viuda o le cambia las cosas de lugar. Ahora bien, por debajo de este argumento fantasioso navega el submarino de la realidad: donde una anciana recibe los cuidados y atenciones de su cuidadora dominicana, donde el hijo mayor dobla turnos en su puesto de vigilante, donde el hijo pequeño es despedido de su empresa sin contemplaciones, donde las relaciones estables de parejas son sustituidas por un nuevo conceptivo –el poliamor–, donde las inmigrantes sólo aspiran a puestos humildes, donde los varones adultos abusan de los niños, o donde los empresarios ganan dinero adquiriendo empresas con pérdidas que luego reestructuran –lo que implica recortes de personal– para vender por partes.
     Se trata, aunque no sólo, de la historia de una doble venganza, de un ajuste de cuentas. Hay una deuda evidente con la película The Game (protagonizada por Michael Douglas y dirigida por David Fincher, de 1997). Sólo que aquí no hay escarmiento ni transformación, el ejecutivo sin escrúpulos no es ninguna crisálida. Hablamos de Ismael. De un libro oscuro. Asfixiante. Y cuando lo comprendes –justo al final–, absolutamente macabro.
    Sigilo nos enfrenta a una sociedad a la deriva en la que sus individuos buscan ayuda a sus problemas en sectas contactistas o en la magia negra de origen caribeño.
     Un pasada.
    Estos cinco años de espera, tras su última novela, han merecido la pena. Y como reconocimiento a su obra, la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Fición y Terror ha propuesto a Ismael como candidato para el premio al mejor autor de su matriz europea, la Europen Sciencie Fiction Society. Desde aquí le deseamos la mejor de las suertes.

 

lunes, 8 de julio de 2019

Curva


Curva, Aurora Delgado. Palma de Mallorca, Sloper, 2018. 175 páginas


Sostiene Daniel Pennac que una de las prerrogativas del lector es el derecho a abandonar la lectura de un libro, cuando no le convence. Admito que en contadas ocasiones he dejado a medias una obra. Por lo regular, siempre acabo lo que empiezo. De lo que no me gusta también aprendo a sortear errores. Además, he comprobado por mi dilatada experiencia lectora que no siempre se cumple el refrán que sentencia que lo que mal empieza, mal acaba. Así que yo no me rindo si una novela me aburre o si un poemario no me emociona. Espero. Paro. Retomo. Obviamente, si abro un libro es porque ha llegado a mis manos por alguna razón. Confío en los editores que están detrás, en los colegas del gremio que lo han recomendado, en los escritores que los firman y en mi propio instinto. Dicho esto, también reconozco que hay lecturas que no emprenderé en la vida, acogiéndome —precisamente— a ese decálogo de Pennac: vade retro, librum! Esa fe de la que hablo es la que me armó de paciencia (virtud indispensable, forjada con los años) para no desistir de la lectura de Curva, segunda novela de Aurora Delgado, publicada en Sloper. Y he obtenido, claro, mi recompensa. Vayamos al asunto.
La obra tiene dos partes claramente diferenciadas. La primera abarca hasta el capítulo 18, inclusive. Justo la mitad. Tiene 36. Ese tramo me resultó anodino. El narrador omnisciente focaliza su punto en vista en Antonio, un hombre abúlico sin un proyecto propio, un padre de familia apático y un marido desapasionado. Por medio del flashback conocemos su vida anterior, en Melilla, donde trabajaba de profesor interino en un IES público de secundaria. Impartía la asignatura de Historia. Sabemos que sacrificó su vida laboral por la plaza de funcionario en prácticas que sí ganó su esposa, tras opositar en Andalucía. Desde entonces vive bajo el yugo de su suegro y de su cuñada, a los que debe su empleo en un hospital veterinario. En esta cara de la moneda asistimos a rencillas domésticas y conflictos familiares de lo más común. Si bien es cierto que el estilo de Delgado es pulcro y en ocasiones muy lírico, las escenas adolecen —siempre a mi juicio— de fiebre o de pasión. El número de personajes a los que se alude es excesivo y apenas son esbozos. Además, la obra —hasta aquí— carece de una trama. Parece un retazo de apuntes de recuerdos y de leves disputas. Tan sólo se menciona un dilema de calado que asole al protagonista: aceptar o no una considerable suma de dinero (ofrecimiento inverosímil, tal y como se plantea) para replantearse su vida profesional como miembro de una cooperativa docente. Si a esto añadimos que el capítulo 18 está lleno de incoherencias (página 100: un vigilante jurado provisto de pistola que presta un servicio armado en un Burger, y que juega a la ruleta rusa en el establecimiento; una inspectora de policía que le pregunta si es suya la pistola, a lo que responde el vigilante que la cogió prestada de la empresa…), demostrando la autora un desconocimiento absoluto del mundo de la seguridad privada (tecnicismos, armamento reglamentario, condiciones de uso de la armería, prestación de servicios armados… recogidos en la Ley 5/2014, del 5 de abril, y con anterioridad, en la Ley 23/92 de 30 de julio), pues ya tenemos razones suficientes que justifiquen el abandono del libro. Pero como adelantaba, soy lectora tenaz. Así que reinicié su lectura, y lo hice desde otro ángulo. ¿Esa ambientación tan poco seductora estaba al servicio de qué? ¿Esa falta de progresión argumental, que sentido tenía? Y supuse, entonces, que ambas expresaban el propio estancamiento de Antonio, el protagonista. Y recurrí a la fe. 
La segunda parte de la novela bien merece el penoso ascenso por la montaña: las vistas son impresionantes. Y es que el reverso de la moneda de Curva es un thiller inspirado en el mejor Tarantino (Pulp Fiction), con algún eco de Delibes (Los santos inocentes). En esos últimos 18 capítulos el montaje de escenas es soberbio. El flashback no se anuncia, se presenta. La autora va enhebrando elementos con la primera parte que ahora cumplen su función. Va atando cabos. Y así descendemos, vertiginosamente, hacia el desenlace de la historia a bordo del vagón de una montaña rusa. El libro se revela puro vértigo.
Curva pone sobre el tapete de la mesa temas actuales: el bulliyng, los centros educativos privados y la selección de su cuerpo docente (como en Cuatro por cuatro, de Sara Mesa; o en Mandíbula, de Mónica Ojeda), la búsqueda de un porvenir por el atajo del dinero fácil y no por el esfuerzo o el trabajo, la falta de autoestima y de amor hacia el prójimo… que son para mí las claves de la obra. A todas luces hija de su tiempo.

Aurora Delgado fue finalista de premio Nadal por esta novela. 


domingo, 7 de julio de 2019

Ruido

Ruido, Jorge Galán. Pre-Textos, Valencia, 2019. 108 páginas

  
Nacido en El Salvador, Jorge Galán ha publicado buena parte de su obra lírica en España: Rialp (Breve historia del alba, “Premio Adonáis”, 2006), Visor (El estanque colmado, 2010, accésit del “Premio Jaime Gil de Biedma”; El círculo, 2014; Medianoche del mundo, 2016, “Premio Casa de América”) y Pre-textos (La ciudad, 2011, “Premio Villa de Cox”; Ruido, 2019).  
       Un distintivo de su obra es el carácter mítico, legendario, que alcanza la voz que enuncia en sus poemas. Galán suele recurrir al versículo para evocar un pasado desolador, lleno de violencia. A menudo cede la voz a sus personajes para que seamos nosotros quienes los juzguemos. Sus portentosas imágenes –al servicio de la creación una atmósfera irreal, bella y cruenta a un tiempo– poeseen una alta capacidad connotativa que nos zarandea.
 Ruido no es una excepción a esta poética. El autor amplía desde un centro su mirada, hasta abarcar todo el continente americano (“¡Oh, América, […] qué has hecho con nuestros breves niños, dónde los enterraste, bajo qué duna y a la sombra de cuál arbol en llamas”, p. 85). La cronología recorre los últimos 120 años, con vagas a fechas concretas (1901, 1910, 1920, 1931, 1932…).
    De fondo, resuenan los compases de Pedro Páramo. Galán elimina las barreras entre la vida y la muerte: pone a hablar a los hombres de uno y otro lado, y es que “nadie descansa en la ciudad de los muertos”. Al fin y al cabo, nuestro paso por el mundo es efímero. No existen las fronteras entre ambos estados: “Nada somos pero somos lo que seremos,/almas errantes a través de distintos abismos” p. 19. La Historia se repite en cada uno. Y esta es una historia de terror, que nos transmite miedo. Así, abundan en los el libro los asesinatos, las inundaciones, las violaciones, las muertes en el fango. El tiempo aquí no pasa, o es el mismo. Galán evoca un eterno retorno de América a sus monstruos. 120 años de miedo, de oscuridad, de desolación. Si las vidas son intercambiables y en los pechos se oyen las voces de las muertos, me imagino que la cronología del libro también es simbólica. Galán alude en ocasiones a episodios concretos del Pulgarcito, como la “la guerra de las cien horas” que enfrentó a El Salvador con Honduras en 1969, pero la mención a la nevada de 1932 puede interpretarse como la tormenta de nieve que ese mismo año asombró a los mexicanos de la Baja California, o como una metáfora de las revueltas campesinadas salvadoreñas, sofocadas a tiros (a copos) por el ejército del régimen, que ejecutó a esos 30.000 civiles de lo que habla Galán en su poema (“Treinta mil muertos en el desierto blanco” p. 32). A su vez, un texto duro y maravilloso como La masacre del río de 1983, creo que denuncia –sin excluir otras opciones– el asesinato de la población civil en los cantones de Tenango y Guadalupe, a manos del Batallón Atlacattl y de una escuadra de aviones estadounidense A-37 durante la Guerra Civil salvadoreña (“Se levantaron entonces cientos o millones de aves […] y sé que algo me abandonó, que algo/salió de mí y quedé suspendido en la oscuridad” p.33).
    La destrucción y la desesperanza recorrieron América en el siglo XX. ¿Y ahora qué? Se pregunta al autor. Viendo las imágenes de los pasos fronterizos, de los ahogamientos de familias que trataban de alcanzar otra vida al norte, una se imagina lo peor. ¿Será capaz esta “América indecente” se enmendarse a sí misma, de salir del trazado de su círculo? Y por extensión, ¿será capaz Europa de aprender, de una vez por todas, la lección del pasado? Los muertos en las aguas tienen claro que no.





viernes, 5 de julio de 2019

Presentamos Insumisas

Ayer por la tarde tuvo lugar la presentación de la antología Insumisas (Baile del Sol, 2019), preparada por el crítico Alberto García-Teresa. El lugar elegido para el acto, que nos convocó a una veintena de las 78 poetas seleccionadas, fue la librería Traficantes de sueños. Pese al calor, casi un centenar de personas abarrotamos el piso superior, un salón provisto de amplios balcones y abiertas contraventanas. Un lujo, vamos.


Dejo por aquí algunas fotografías del evento, una fiesta poética que nos llenó de entusiasmo para seguir derribando prejuicios, para seguir transformando la convivencia, para meter una cuña en el canon, y que vació las estanterías y expositores de ejemplares del libro.





A quienes nos acompañasteis. Gracias.




jueves, 20 de junio de 2019

Día Internacional de las personas refugiadas

 


Blace






Gimoteos en el andén, ruido de armas. Llegó el tren que habría de deportarlos, con su largo suspiro. Cientos de familias rotas, con el rostro hinchado, envejecido, sin otras pertenencias que lo puesto, esperan a que permitan subir a los vagones, donde el frío huele a madera podrida. Van llenando el espacio con sus cuerpos, se extienden como un río silencioso, de agua negra, helada. A una orden, las puertas se cierran. La locomotora parte dejando atrás sus vidas. Aunque muchos se conocen, son vecinos o antiguos compañeros de trabajo, no se relacionan, cada cual se sumerge dentro de sí, buscando el calor de sus propios recuerdos; frotando palos y piedras dentro de su mente, para encender un poco de futuro. Cruzan la noche, pero ninguno duerme, ni siquiera los niños.
Los Mehrabani comparten vagón con otras dos familias. Un muro de silencio los separa. Es tanto el miedo, que nadie se pregunta a dónde van.  Prefieren contemplar los campos, las montañas, las tierras de sus padres en penumbra, a través de las ventanas. Muchos ni miran. Sus nervios se endurecerían como árboles.
El viaje hacia el exilio dura casi una semana. La madre aprieta a sus hijos contra ella, conteniendo sus vidas para no perderlas, como la de su esposo. Se niega a recordarlo, a recrear su imagen por la casa, por la ciudad; pero no puede: su piel tiene memoria. 
A medida que transcurre el tiempo, sus hijos se retraen cada vez más. El niño, de siete años, señala los objetos que le asombran o asustan; sin nombrarlos. No cree en las palabras. La niña, de nueve, hace días que no come los mendrugos de pan endurecido que les arrojan los soldados. Vive en su propio mundo, del tamaño del miedo.
A los abuelos los inquieta su hijo. Se lo imaginan escondido en los montes, aterido de frío y combatiendo junto a los rebeldes. Ignoran que se ha enamorado de una joven guerrillera con la que defiende a tiros el Peloponeso, y con la que descubre el sentido de su lucha, de su vida y de su cuerpo, cada noche, dentro de una trinchera.
El tren se detiene, de pronto, en medio de la nada.
Sus puertas se abren a la claridad de un territorio extranjero.


Descienden silenciosos, atemorizados, y lentamente comienzan a caminar por las vías muertas. Las ametralladoras les indican la dirección de la marcha. Muchos ancianos tropiezan, pierden el equibrio, caen sobre las piedras, pero nadie se para. Los soldados se encargan de ellos. Gritos, llantos a espaldas del pueblo que camina con pasos inseguros, cansados y torpes, hacia la frontera. Cuando la alcanzan, los recibe una verja cerrada. También las miles de personas que aguardan en el barro antes que ellos. Todos están desnutridos, visten harapos. Sus ojos ya no arden, lo mismo que los suyos; sus labios agrietados hace meses que tampoco sonríen.
Pasa el día. Las constelaciones cambian de lugar, se mueven por el cielo. Frente a las verjas, hasta el aire se para.
Pasa la noche. El ejército macedonio reabre la frontera a los miles de refugiados que han dormido al raso.
Enseñan documentos, relatan su detención. A cambio, les realizan un examen médico, les dan varias piezas de fruta.
La mala noticia la reciben en cuanto entran al campamento. Está saturado. Sólo podrán permanecer unos días. Desde allí serán evacuados a los campos que ha levantado la OTAN en los alrededores. Las familias, aterrorizadas, se reagrupan, se abrazan y se juran que nadie los separará.    



Brazda




Pasaron tres días. La policía macedonia reunió, bajo la lluvia, en el centro del campamento a miles de refugiados. Los informó de la llegada de varios trenes procedentes de Atenas, de los altercados en la frontera, de la nula capacidad de las instalaciones para atender a todos, del colapso del abastecimiento, del hambre, de la insalubridad. Ellos escuchaban sus razones, las comprendían, pero lo que no entendieron nunca fueron los gritos, los insultos y los golpes que las acompañaban.
Subieron en autobuses de chapa oxidada, destartalados. Los niños y los ancianos, por un lado. Sus familias, por otro. Según las autoridades, la flota se dirigiría a Brazda, a unos diez kilómetros de allí. Rugieron los motores con menor insistencia que el temor que tenían los hombres y las mujeres a perder el contacto visual con el primer convoy.
Baches, hoyos, charcos.
A los pocos minutos, finalmente, se desintegró ante ellos.
Sara Mehrabani, con su pañuelo atado debajo del cuello, siguíó las huellas de los neumáticos, trazadas en el lodo, hasta que accedieron a una carretera local, y desaparecieron. Intentó incorporarse para preguntar al conductor, para interrogarlo, para exigirle explicaciones, pero su cuerpo temblaba. Sollozó. Lloró. Bramó. Su boca abierta, forzada, era un agujero negro que absorbía la luz del mundo, en el que cabía la angustia y la pena de todos los condenados del barzaj y del purgatorio.
Su convoy se detuvo en Skopje, la capital.
Para entonces, sus hijos y sus padres ya habían descendido de su autobús y habían caminado por un sendero de piedras hasta el perímetro de su campamento, acordonado por una alambrada de espino y vigilado por centinelas armados de la OTAN.
Ella encontró alojamiento en un hogar humilde. Parada en medio de su pequeña habitación, pensó en la soledad de su casa. Se dejó caer sobre el edredón. Gimieron los muelles. Dónde estaba su familia... Dónde, dónde.
A ellos se les asignó una tienda militar, en la que convivirían con otro matrimonio, algo más joven, y con sus cuatro hijos. Volvían a hacer de padres, pero esta vez, lamentaban el hecho y la falta de fuerzas.

     
  

Stankovic I




Les cortaron el pelo. Les llenaron la vida de rutinas y de horarios. Había que inundar ese vacío por dentro de la piel. Enormes filas para el aprovisionamiento de víveres: algo de queso, pan. Sólo cuando llegaba la Cruz Roja se les abastecía de carne, pescado en conserva, galletas, azúcar, miel, arroz, pasta, raciones precocinadas, leche y pastillas potabilizadoras.
Largas colas para el uso de las letrinas, para la atención sanitaria, para las entrevistas con los equipos de evacuación, para todo, siempre: una fila de tiempos detenidos.
La naturaleza se empeñaba, también, en que no se perdieran en su propia oscuridad, en que no desapareciesen por el interior de sí mismos. Tormentas, granizadas. Se inundaron las tiendas, se hundieron los toldos, se embarró la ciudad. Las riadas arrastraron las pocas pertenencias que tenían. Pero dejaron una: su instinto de supervivencia. Crearon turnos de limpieza e higiene. Lo reconstruyeron todo.
El abismo de los niños, sin embargo, amenazaba con perpetuarse. Ni siquiera los juegos improvisados iluminaban su fondo. Zareen Mehrabani, una mañana, se sentó a una mesa diminuta en el puesto médico. Todavía seguía sin comer. Su cuerpo: delgado, aplastado por la consternación y la tristeza. Tendría que librarse de ese peso. Una sonriente voluntaria le dio un estuche de pinturas, le abrió un bloc de dibujo por la primera página, y luego se marchó. La niña, en la intimidad de la tienda, alejada del ruido constante del campamento, de las patrullas de los soldados, de la vida de los adultos y de sus obligaciones, tomó las ceras y se enfrentó al papel. A los pocos minutos, la médico sostuvo a la luz de la ventana de plástico el dibujo de un hombre tendido sobre un charco de sangre. A lo largo de la semana pinchó en un mural de corcho otras seis escenas: gente corriendo en la noche, un avión disparando, un tren atravesando la tierra, un rostro de mujer, un hospital ardiendo, una familia de siete personas.
Comenzó a ganar kilos. 


Capítulos de mi novela Inercia, Baile del Sol, 2014