Diario 16. Mediterráneo anunciaba hace unos meses la salida a venta de mi última novela, El bosque sagrado (Cántico. Grupo Almuzara, 2025):
https://mediterraneo.diario16plus.com/alijodelibros-novela-poesia-grafica-22-26-sept/
Diario 16. Mediterráneo anunciaba hace unos meses la salida a venta de mi última novela, El bosque sagrado (Cántico. Grupo Almuzara, 2025):
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Punto de araña, Nerea Pallares. Libros del Astetoire. 2026. 175 pp.
Hilados y naufragios hay en La Odisea. Hace seis mil años Homero legó a la cultura algunos de los motivos más recurrentes que habrían de alimentar poemas, novelas, cómics y películas a lo largo del tiempo. Todo nace de allí. En su epopeya están la brujería, los viajes imposibles, los obstáculos que te ponen a prueba, la violencia del mundo natural, la furia humana, el amor imposible, el tempus fugit, la pérdida de todo lo que una vez se amó, la fuerza del destino, la búsqueda constante de respuestas… y lo contrario: la lealtad sin fin, la luz de la esperanza, la amistad que enfrenta los peligros a tu lado, la paciencia, la admiración profunda y el amor de los hijos. El terror, la fantasía y la aventura no pudieron tener un comienzo más digno. Hoy se le sigue reconociendo ese estatus de clásico atemporal. Prueba de ello son la magnífica cinta de Cristopher Nolan y la maravillosa primera novela de Nerea Pallares, Punto de araña. Los seres humanos seguimos a merced de una naturaleza indómita y aún tejemos historias con las que acompañarnos.
La obra de Nerea comienza in medias res. La protagonista (Ari) llega a un pueblo marinero de la Costa da Morte (Camariñas) el día de un entierro. La víspera, el temporal se había cobrado la vida de una niña que salió a faenar junto a su padre en busca de berberechos. O eso, al menos, es lo que ambos le habían dicho a la madre. El tema principal se enuncia de inmediato: la oposición de las palilleiras al paradigma patriarcal (“murmuraron algo sobre aquellos hombres, estos merdentos que piensan que todo tiene que ser como dicen ellos. Y no es así, ¿eh?”). El rechazo de las mujeres a la voluntad de sus maridos —su hartazgo de su rol subordinado—, las hace realizar una invocación sobrenatural. Ya he comentado en alguna ocasión que los conjuros son excepcionales en nuestra tradición literaria, pero últimamente hay autoras que los han recuperado. Irene Solà los retoma en Te di los ojos y miraste las tinieblas. Y Pallares recurre a ellos de un modo muy original, mezclando tributos procedentes de distintos veneros (el folklore popular gallego y la mitología griega). En realidad, Punto de araña dialoga con tres mitos clásicos. El primero es la historia de las Moiras, que reinventa y actualiza. Los otros dos los concentra en un solo personaje. Me refiero al mito de Aracne (célebre tejedora inmortalizada por Ovidio en sus Metamorfosis) y al de Ariadna (princesa de Creta, portadora del hilo que libera y rescata, guía fiel en medio del peligro y de la oscuridad).
Pero esta opera prima no sólo es inmensa por su riqueza culturalista, sino por las decisiones técnicas y estéticas que ha tomado su autora. Para empezar, se trata de una novela coral que combina las tres personas. En 1ª enuncia Ari, que habla de sí misma, de su amante (Artai) y de una amiga (Chiruca). En 2ª, el narrador se dirige a María, la difunta joven. En 3º, la omnisciencia es multiselectiva (cambia de foco constantemente y salta de las palilleiras —Lita, Xela, Cruz, Catuxa— a las tres viejas —las Moiras— y a las adolescentes —María, Zoe, Vera—). Pero no sólo se entremezclan las voces y los diferentes registros que utilizan el narrador y sus criaturas, sino también los tiempos. Pasado y presente se simultanean. Este rompecabezas compositivo viene reforzado por el estilo imponente de Pallares. Su prosa tiene fuerza. Es deslumbrante. La concatenación de imágenes y el ritmo frenético conducen al lector a un desenlace sorprendente. Ray Bradbury, en La feria de las tinieblas, lleva la magia a un extremo descorazonador. Los hechizos de la Bruja del Polvo enmudecen a los jóvenes (“Aguja de coser de la libélula, ¡cóseles las bocas para que no puedan hablar!”). La feria se alimenta del dolor. Las continuas frustraciones humanas se cobran víctimas entre los curiosos que acuden al recinto. La magia sólo existe para el mal. En la obra de Pallares todo un pueblo también pierde la voz. Las cuerdas rotas. Pero qué diferentes la magia en un libro y otro. Y qué idéntico el poder del amor. La novelista gallega ha escrito una portentosa alegoría sobre la importancia de las palabras para sanar heridas, para estrechar vínculos que parecían irreparables, para meter la realidad en un torno de alfarero y modelarla de nuevo con conceptos nuevos, para soñar un futuro diferente que nos integre a todos. Si en 1984 Orwell barruntaba que con el fin del lenguaje morían las representaciones del mundo, Nerea nos invita a construirlas. Si en Fahrenheit 451 Bradbury auguraba la quema de libros para evitar pensamientos dolorosos que enfrentasen a la ciudadanía, la escritora de Lugo confía en la comunicación para anudar alianzas y crear un fuerte sentimiento de comunidad. Es la suya una novela tan telúrica, terrorífica e inmisericorde como absolutamente optimista y esperanzada. Nos pone a cada uno, a cada una, un hilo entre las manos con el que tejer —al unísono— una sociedad cohesionada y justa, equitativa e integradora. Propone un paradigma diferente, donde los hombres no sometan a las mujeres, donde todas las voces sean escuchadas, donde sea posible llevar una vida decente, hermosa y digna al margen de la pugna por los bienes posicionales (dinero, tecnología) y de su consecuencia (el deterioro del tejido social). Porque tenemos un plazo, Nerea nos propone cuidarnos los unos a los otros a través del lenguaje y de la ternura.
Según están los tiempos, es un consejo más que necesario. Óbrenlo.
Salió el año pasado en la Revista digital de la Asociación de Profesores de Español Francisco de Quevedo:
https://www.letra15.es/L15-15/L15-15-71-Resenas-y-criticas.html#i
Si a día de hoy abunda una poesía correcta, encarrilada en versos de origen italiano (endecasílabos, heptasílabos), pero intrascendente e inocua, lo cierto es que a veces refulge entre el maremagnum de novedades un libro distinto que atrae por sus ideas estéticas y temáticas. Diferente en tanto en cuanto lo comparamos con su entorno poético. Pero que, sin embargo, dialoga con diferentes tradiciones, que actualiza y encaja a la perfección. Una de esas rara avis es el nuevo poemario de Juan F. Rivero: Raíz dulce (Candaya, 2024). El poeta sorprendió con su primera obra, que muchos disfrutamos en el confinamiento: Las hogueras azules; libro delicado, de estética oriental (chino-japonesa). En esta segunda ocasión, el poeta nos ofrece un libro más arriesgado y ambicioso. Se nota que F. Rivero posee una extraordinaria formación cultural, que se filtra en las páginas del libro, tanto en el tono, como en la forma y en el contenido. Raíz dulce nace motivada por el amor. El tipo de discurso por el que se decanta el autor para expresarlo supone una búsqueda previa que orilla las estéticas convencionales, porque su amor tampoco lo es. Rivero hibrida el canto elegíaco por la pérdida, con el relato generacional, con el verso hímnico que triunfa sobre la muerte, y con la biografía a medio camino entre la realidad y la ficción (la memoria construye sus propias ficciones). Además, trabaja intensamente con el lenguaje. Por un lado, es muy plástico. La huella oriental persiste en sus textos. Por otro, aborda una enunciación próxima a la oralidad, lo que emparenta al libro con algunas de las propuestas más rupturistas y originales de la narrativa española actual (Andrea Breu, Irene Solá).
Raíz dulce nos habla de un amor trascendido, pese al paso del tiempo y la pérdida. El libro guarda la memoria (veraz o inventada) del primer amor, y de sus transformaciones a lo largo de los años. Sin esa presencia física y mental, el sujeto que enuncia sería otro. Ese amor le dio unas raíces con las que vincularse a su tierra y a otras culturas, que siente como propias. Lo ayudó a construirse. La muerte recorre el libro. Los siete poemas-prólogo dan cuenta de la entropía humana:
Todo se deshacía ante mí.
Un cansancio celeste
iba horadando
el mundo desde su interior,
como si cada cosa
después de tanto tiempo
hubiese rechazado
íntimamente resistir,
mantenerse en su forma […]
Mientras tanto, el universo es ajeno a la tragedia de la condición humana. Por otra parte, se constata que la vida en la Tierra cada año renace. Se advierte, con dolor, que mientras la naturaleza se renueva de manera periódica —gracias al dios Aión—, la vida de los seres amados es finita. En la segunda parte de la obra, el poeta retoma este motivo (págs. 126-127):
Aquella primavera, de hecho, me pareció odiosa. En Sevilla los campos daban chorros de flores; los árboles se llenaban de pájaros; en los caminos, el barro, rabiosamente cubierto de jacintos y anémonas, resplandecía irisado bajo el sol,
pero tú te morías
El único antídoto contra su destrucción es el Arte. Sandro Botticelli inmortalizó en varios cuadros a la joven musa de la que estaba enamorado —Simonetta Vespucci, fallecida prematuramente—; por su parte, Juan F. Rivero levanta un libro a la memoria de su primer amor, a la que trata de aferrarse —explica— «por miedo a olvidar» (p. 25).
A partir de ese preámbulo en verso, el libro se decanta por la prosa (aunque aún encontraremos poemas en páginas posteriores), sin perder el lirismo. Rivero siente predilección por las innovaciones formales y temáticas. Y eso se agradece. Raíz dulce se abre a la posibilidad de la sorpresa. En efecto, el narrador va cambiando su voz y transita —de modo natural— de la omnisciencia a la segunda persona. Del mismo modo, aunque la mayoría de las veces se relata la historia en pasado, también se opta por el uso de un presente que congela el tiempo y preserva a sus protagonistas de la destrucción, e incluso recurre al futuro para mostrar la decepción y la rutina con la que no soñaron los adolescentes cuando la vida constituía una promesa de sueños por cumplir. El discurso de Rivero está muy elaborado desde un punto de vista técnico. Su lenguaje, por otra parte, se mueve entre las expresiones delicadas (sobre todo, relativas a la naturaleza) y la jerga juvenil (vinculada al mundo de los polígonos industriales, las fiestas y las drogas). Su estilo es fronterizo. Bebe de la plasticidad oriental, del realismo sucio y del coloquialismo urbano. Sintetiza tradiciones y registros. Añadamos a esto un nuevo giro: la yuxtaposición de dos tiempos (el presente-el paleolítico) en un mismo espacio. La simbología del segundo alcanza a los jóvenes del primero, que como los animales en los antiguos bosques, buscan alianzas con las que combatir los peligros que acechan; aunque también acaban sucumbiendo («el gran ciervo y tú, alcanzados de pronto por la flecha de la muerte» (p. 141) . En el fondo, lo que nos sugiere Rivero es que no existe el devenir, sino la simultaneidad. Todo es ahora, tal y como sostiene la física cuántica. Nuestras vidas repiten otras vidas que, además, están siendo vividas en este mismo instante. Este recurso técnico, por otro lado, universaliza el contenido del libro. No habla de una muerte concreta, sino de la contingencia general. La experiencia que cuenta queda así trascendida.
En cuanto a los temas, Rivero aborda varios. Quizás los más importantes sean la aceptación de la pérdida y la construcción de la memoria. Junto a ellos, el escritor celebra la amistad y el amor que la sustenta. Si bien es cierto que en un principio se rememora una relación amorosa, el deseo derivó —pasados los años, y superada la decepción mutua—, en «una inmensa amistad, más compleja y hermosa de lo que de cualquier otra manera podría llegado a serlo un simple amor» p. 94. Este sentimiento atraviesa la obra, la justifica, la sostiene; de ahí el homenaje a un ser querido, que vuelve a respirar en las palabras.
El elemento asiático vuelve a estar presente en el autor. Si en Las hogueras azules se percibía la huella de la espiritualidad china y la delicadeza de la lírica japonesa, en Raíz dulce aparecen también menciones explícitas a la cultura popular nipona (manga, anime), a la filosofía oriental (Gautama), así como se localizan algunos pasajes en Tokio o Yokohama. La naturaleza, como vimos en una cita previa, sirve al poeta como pretexto idóneo para la meditación.
Raíz dulce, libro audaz y en diálogo con varias tradiciones, obtuvo en 2024 el premio «Ojo Crítico» de RNE.
Esta reseña ha sido publicada en la revista Paraíso (nº 26, 2026, pp. 180-182). Tenéis el acceso en abierto desde Dialnet, aquí:
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=10806568
Si alguien está interesado en mi producción académica, dejo por aquí mi número de ORCID y el link de acceso:
https://orcid.org/my-orcid?orcid=0009-0003-2492-0872
Seguimos
El 3 de junio de 2021 participé con una ponencia de una hora en el Congreso Internacional "Los fines del mundo. Textos, contextos, tradiciones y réplicas", que tuvo lugar en la Universidad Complutense de Madrid, dentro del marco del Máster y Doctorado en Estudios Literarios de la Facultad de Filología. Me invitó a asistir el profesor (y especialista en ci-fi) Fernando Ángel Moreno Serrano quien, a la postre, sería mi director de tesis estos últimos dos años, convirtiéndose en el artífice de que a día de hoy sea doctora. Mi gratitud será eterna.
Dejó aquí el programa del congreso: https://congresofindelmundo.wordpress.com/wp-content/uploads/2021/06/programa-fines-del-mundo-3.pdf
Mi ponencia se tituló: "El colapso civilizatorio en la narrativa española actual: del testimonio a la ciencia-ficción".
Me encanta cómo el mundo (el destino, la providencia, Zeus) va tejiendo los hilos que nos unen.