sábado, 7 de marzo de 2026

Poetas jóvenes que publican en el período 2000-2026: Álvaro Tato

 


Álvaro Tato apenas tenía 22 años cuando publica sus dos primeros libros en el 2000.


Sigue en activo. Su último poemario, Año luz, salió en Hiperión en 2021. Tenía 43 años. 



martes, 24 de febrero de 2026

Selva de fábula




Selva de fábula, Juan Antonio González Iglesias 

A finales de los años 90 tuve la suerte de leer en dos volúmenes distintos algunos de los poemas con los que consagró muy pronto, con apenas 33 años, a uno de los autores más admirados y respetados de la poesía reciente, José Antonio González Iglesias. Me refiero a la antología Feroces, preparada por Isla Correyero para la desaparecida DVD, y a su poemario Esto es mi cuerpo, libro de culto hace años descatalogado. Yo tenía veinte cuando lo descubrí y, desde entonces, he leído prácticamente todo lo que ha venido publicando. Pocas voces tan potentes se puedan encontrar en nuestro panteón. Desde luego, lo primero que me llamó la atención fue su desinhibida reivindicación de la homosexualidad (“Amo la tradición, sueño de un sueño /y estoy aquí luchando por cambiarla”, cito de memoria); pero a renglón seguido me fueron cautivando su diálogo con la tradición grecolatina (más allá de Píndaro, lo veo más cercano a las odas de Horacio) y su entusiasta, pero comedida, exaltación de la naturaleza. Precisamente, estos últimos motivos citados son los que aborda el poeta salmantino en un librito inédito en volumen independiente, Selva de fábula, que sin embargo sí fue recogido en el ómnibus de sus obras completas, cuya primera edición, Del lado del amor, vio la luz en Visor en 2010, y cuya segunda, agotado a la anterior, acaba de editarse ahora en un recopilatorio que incluye todos los poemarios que ha venido sacando hasta 2025, año en que también ha sacado un homenaje a Nápoles (o por mejor decir, a Nea Polis), Nuevo en la ciudad nueva.

            En realidad, Selva de fábula, por extensión, parece una plaquette. Pero como sabemos, o deberíamos, el tamaño no importa. En este libro González Iglesias se descubre no sólo como un experto en lírica romana del período imperial (siglo I a. C., cuando gobernaba Octavio), sino como un exquisito imitador quizás no tanto de Góngora, como de Juana Inés.

            El libro en cuestión se divide en dos partes. Dos alas simétricas. La primera, la culterana, rinde tributo a la naturaleza indómita que nos legó el Barroco. A esa exuberancia de una fauna y de una flora desbordantes que trataban de derrumbar las columnas de aquellos endecasílabos que las encerraban. A esos seres de belleza oscura, siempre fugitiva, que poblaban un mundo todavía virgen, salvaje y cuyos misterios se encontraban aún por explorar. La estética del libro sigue la caligrafía pautada por el conceptismo más osado, el más ingenioso, el que se deleitaba en la complejidad y el que rendía un tributo mayor al verso sensitivo, tanto en lo acústico como en lo plástico. Es por esta razón que encontramos en la obrita los siguientes rasgos gongorinos y sorjuanistas: los tres usan la silva, comparten cierto vocabulario («argénteas» p. 217; «turba» p. 233), recurren al hipérbaton abrupto («suave / y violento»), echan mano del participio absoluto («habitado de fuego el columbario» p. 232), crean neologismos («laberintan» p. 217), realizan enumeraciones copiosas, encadenan palabras esdrújulas («pájaros románicos», «gárgolas góticas» p. 211) o abordaron motivos como la vanidad, la ilusión y la caducidad.

             La segunda parte de la obra, «Antítesis brutal de la selva de fábula», es claramente ecológica y anticapitalista. González Iglesias denuncia la antropocentrismo humano, el paradigma mecanicista newtoniano que establece la falsa dicotomía naturaleza / cultura; y como medida correctora reivindica una ética biocéntrica que, en sintonía con la deep ecology, pondera el individualismo moral de cada ser viviente del planeta, su derecho a existir: «Maldito el que no comprende que un árbol es alguien / muy anterior y muy superior a un concejal» p. 239. El poeta contrasta la naturaleza idealizada por Virgilio en sus Bucólicas y la devastación de los entornos naturales debido a la hybris humana, a la pleonexía (enfermedad del alma aque aqueja a quienes buscan enriquecerse a costa de la vida ajena, y que diagnostico siguiendo parametros filosóficos de las escuelas helenísticas): «insaciable apetito pétreo de una ciudad impía / que llama urbanizar a estas profanaciones» p. 245.

Iglesias se preguntaba entre los años 1995-2002, mientras escribía el poemario: «¿No ha llegado el momento de pasar a la acción?» p. 246. La pregunta era y es pertinente. No se trata sólo de cuestionar el sistema, sino de transformar las costumbres, de cambiar los hábitos e incluso de movilizarse practicando un activismo ecológico que visibilice la perversión de un modelo económico irracional que nos perjudica como especie. En efecto, la antología humana es relacional y sistémica, lo que significa que dependemos los ecosistemas que destruimos. Ya Marco Aurelio utilizaba la metáfora del mundo como un «ser viviente», imagen que se remonta a Platón y que también recoge el libro de poemas («el cosmos es / un gran animal» p. 252). A día de hoy, la biología moderna defiende la Teoría Gaia Orgánica, que considera a la biosfera un organismo. Siendo esto así, el capitalismo y el extractivismo asociado a él ponen en riesgo la supervivencia de la especie humana en un mundo esquilmado.

Selva de fábula se hermana con los libros de Jorge Riechmann, poeta y profesor de filosofía pendiente de un juicio penal por sus acciones quínicas al servicio de la causa ecológica y del cambio del actual paradigma socio-económico por otro perfectamente encajado en los límites de la naturaleza.  


viernes, 6 de febrero de 2026

Recital-conferencia en la UIMP

 

Rueda de prensa

El 4 de julio de 2024, invitada por Carlos Alcorta, di un recital-conferencia en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Tuve el honor de que mi intervención inaugurase el ciclo de Veladas Poéticas de la UIMP. En su momento colgué en el blog la rueda de prensa que dimos aquella mañana para los medios de comunicación santanderinos. Hoy cuelgo el video de mi lectura y posterior diálogo con los asistentes, de hora y cuarto de duración.


Lo tenéis aquí: https://uimptv.es/veladas-poeticas-ariadna-g-garcia/

Si en la rueda de prensa el secretario de la UIMP me comparaba con Salinas, por cuanto concilio mi actividad docente con la poética, el recital muestra mi conocimiento de la tradición filosófica grecolatina, en la línea de fray Luis, Garcilaso, Aldana o, más recientemente, Juan Antonio González Iglesias y Jorge Riechmann. 


miércoles, 4 de febrero de 2026

Comienza el juicio penal contra Jorge Riechmann

 


Corto y pego el llamamiento a la adhesión a este comunicado de apoyo al poeta y profesor de la UAM Jorge Riechmann, cuyo juicio por un delito contra el patrimonio y otros de desórdenes públicos comienza el 17 de marzo:


"Está cerca el juicio penal contra tres personas detenidas tras el corte de tráfico en el puente de la calle Joaquín Costa, en Madrid (Nuevos Ministerios), el 7 de octubre de 2019. En esta acción de desobediencia civil pacífica participaron unos trescientos manifestantes. Hubo tres detenciones, efectuadas de manera aleatoria, con afán de atemorizar. El próximo 17 de marzo de 2026 se juzgará en Madrid a estas tres personas, acusadas de resistencia grave a la autoridad (castigada con penas de prisión de tres meses a un año o multas de 6 a 18 meses; Fiscalía pide en concreto diez meses de prisión). Su “resistencia” consistió sólo en tratar de no ser dañadas cuando la policía las separaba agresivamente del grupo de activistas abrazadas entre sí y sentadas sobre el asfalto. Éste es uno de los casos de represión, y ahora el más inmediato en nuestro país, pero muchos otros se van produciendo mientras continuamos dirigiéndonos hacia la catástrofe ecológico-social.Las personas y organizaciones que firmamos este texto de apoyo rechazamos esa política de criminalización de la protesta, afirmamos nuestra solidaridad con las personas encausadas y exigimos su absolución en éste y en todos los procesos judiciales abiertos contra las protestas climáticas. En lo que va siendo un mundo en llamas, no podemos castigar a los avisadores del fuego".


Podéis firmarlo en el siguiente enlace:


https://norepresionprotestaclimatica.org/



jueves, 22 de enero de 2026

Las voladoras


 

Las voladoras, Mónica Ojeda. Páginas de espuma. 2020. 7ª ed. 2024.

 

 

Las voladoras es una colección compuesta por ocho relatos que pueden inscribirse en la literatura de terror e incluso en la fantástica; al tiempo, admiten una lectura feminista desde un punto de vista ideológico.



Mi preferido es Sangre coagulada. Soy de esas personas que disfrutan con la calidad de los textos, con el cuidado de la forma, de la expresión lingüística de aquello que se quiere comunicar; y en ese sentido, se trata de un relato muy trabajado, rítmico y metafórico, casi a un nivel poético. Por otra parte, me encanta cuando encuentro semejanzas con la literatura que conozco o con el cine que veo. Siento cierto gusto en la conexión multidisciplinar. Cuanto más se compartimenta el conocimiento, más me traen los vínculos. Será mi corazón, que disfruta de la mezcla, de la hibridación, único modo, todo sea dicho, de que la cultura avance. En esta pieza, la autora relata una historia que hunde sus raíces tanto en el propio suelo de la sociedad ecuatoriana como en distintas disciplinas del Arte. Narra la historia de un abuso perpetrado en casa por un conocido de la familia. La víctima es una niña que está creciendo en un entorno de violencia y de desinterés. Su único apoyo descansa en la figura de la abuela, un personaje hermanado con nuestra Celestina. Si ésta, para sobrevivir al otro lado del río en un momento en que la prostitución estaba siendo perseguida al construirse en Salamanca una mancebía oficial, desempeñaba no sólo el oficio de alcahueta, sino también los de partera, abortera, perfumera y remendadora de virgos; la criatura de Mónica Ojeda también se encarga de la realización de abortos ilegales. Pero su fuerza descansa en otro sitio. Muy posiblemente, sea un adulta traumatizada que reedite, por medio de su nieta, una experiencia análoga. Ojeda, nos hablaría en ese caso, de la vulnerabilidad de las mujeres a lo largo del tiempo, que una y otra vez tropiezan sin quererlo contra la misma piedra. Pero esa adulta, ya anciana, que revive el trauma y asiste a la repetición del ciclo, varía el rol asignado, y en lugar de ser víctima, para proteger (vengar) a su nieta se convierte en agresora, en brazo ejecutor de la desgracia que destroza vidas. Décadas después, ahora ella es el monstruo.


También he disfrutado con Soroche. Hace unas semanas leí una obra de teatro de Gracia Morales titulada El vientre de la araña, que aborda el tema de la anorexia. Uno de los personajes se llama Ruido. Simboliza el coro de voces que dicta desde distintos soportes en qué consiste la feminidad esterotipada, cuyos parámetros fija la ideología patriarcal. Lo integran, fundamentalmente, los anuncios, las amigas y las redes sociales. Mónica Ojeda retoma este motivo desde el otro cabo de la cuerda. Se centra en los prejuicios estéticos del heteropatriarcado contra las mujeres grandes, ya sea por ser así su constitución, o por exigencias de la maternidad o del paso del tiempo. Como quiera que sea, el relato se construye por medio de otro coro de voces, la de las amigas y la de la víctima de los prejuicios contra su propio cuerpo. A esta primera capa de lectura se la añade una segunda, el uso de las redes sociales y de la subida de vídeos a internet con fines vejatorios. Ambas obras se complementan a la perfección y dan cuenta de la relevancia social del asunto que abordan. Existe una belleza normativa que obliga a los mujeres, desde la infancia, a vigilar qué comen y a estar pendientes de las consideraciones masculinas sobre sus figuras. Es tal la presión estética que sienten, que consideran que el deseo y el amor dependen de su condición física. El coro de voces que levanta Mónica Ojeda en su relato me parece magnífico, y alcanza sus cotas más altas en los discursos autoinmoladores, animalizadores y grotescos de su protagonista.


         Lo cierto es que Mónica Ojeda da vida a algunas mujeres antinormativas, que se alejan de los roles sociales ya sea por su modo de habitar el mundo (la abuela, las voladoras, las umas) o por estar en posesión de un físico apartado del canon estético. Y aquí veo un puente con Irene Solá, quien trata el motivo de la brujería en la novela Te di ojos y miraste las tinieblas. Si la autora catalana recupera motivos del folklore pirenaico, la narradora ecuatoriana los coge del andino. Lo que parece claro es que una y otra buscan modelos fuertes de mujer que propongan una alternativa y que cuestionen los convencionales: sumisos, pasivos, timoratos y silenciosos. Las hermanas gemelas del relato Slasher también expresan su desacato a las normas, en su caso, por medio de la música. Sus temas contravienen el sentido de la armonía, del orden, de lo racional. Sus composiciones, caóticas y salvajes, no calman a las fieras, sino que les despiertan el apetito de sangre. Sobre el escenario llevan a cabo un ritual amputador que celebra la herida, la subversión y la violencia. Si en Intento de escapada, de Miguel Ángel Hernández, leíamos una novela que se interrogaba sobre los límites morales de las Artes Plásticas, Las voladoras también se apunta al carro del arte comprometido que debe trastornar a los oyentes para despertarlos de su letargo. Si una hermana amputa a la otra, a fin de cuentas, se debe a la pasividad de los asistentes a su concierto, que no hicieron nada por impedirlo y que, por tanto, fueron copartícipes.


El último de los relatos es de un tristeza sobrecogedora. Un chamán ha perdido a su hija y trata de resucitarla. El lenguaje al que recurre el protagonista es poético. No en vano, los chamanes consumen sustancias para autoinducirse el éxtasis. En mi novela El bosque sagrado el chamán, sami, consume alcohol; en el relato El mundo de arriba y el mundo de abajo, el chamán toma coca. Las drogas suspenden el control racional de la consciencia y de ahí que el discurso se vuelva irracional. El texto es precioso. De una belleza romántica, gótica o, como diría Mario Praz en un libro imprescindible (La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica): “medúsea”. El amor no puede lo imposible. Ni el amor más grande puede revertir el curso de la naturaleza. El espacio donde se desarrolla la historia contribuye a la acentuación de su lirismo: el páramo, el volcán, la lengua del glaciar.


Muy recomendable este primer libro de relatos de Mónica Ojeda. Sabemos de buena tinta que ya está escribiendo algún relato más, de modo que esperaremos su siguiente incursión en este género.



miércoles, 21 de enero de 2026

Un conjuro


 

La verdad es que hacía bastante tiempo que no disfrutaba con la lectura de un poemario, que no me sorprendía un libro de versos. Y es de agradecer. Un conjuro, escrito por la joven Paula Melchor (Jaén, 2000), es una obra que, bajo una apariencia naif (inocente e ingenua), oculta un discurso arriesgado en lo estético y ambicioso en lo temático. Una delicia que se sacude los convencionalismos de la poesía que se viene publicando en este país desde hace décadas, que dialoga con la tradición de un modo diferente, desde una perspectiva renovadora, cándida, dulce, si bien eso no significa que se ignoren las zonas de negrura. Las hay, por supuesto, pero el amor las vence. El libro se articula como un cuento. Nos relata una historia de amor con tintes legendarios y se divide, como cualquier relato, en una estructura tripartita: encuentro, separación y reencuentro. La ambientación, a ratos, es mítica y medieval. Asistimos a la creación del mundo, al surgimiento de la humanidad y de sus ambiciones antropocéntricas, al nacimiento del mal, al advenimiento de un amor sin fronteras (sin etiquetas ni rancias dicotomías heteropatriarcales), a la construcción de un lenguaje sencillo que diga la verdad y, finalmente, a la experimentación de una empatía y de un vínculo armonioso con todo lo creado. El sujeto que enuncia es una muchacha que nos cuenta su historia, aunque a menudo se dirige a un ciervo que una vez amó y que la acabó dejando: "mi cervatillo tuvo que huir" como consecuencia da la caza. Por un tiempo, le cuenta "te seguí por los valles", hasta que fue recogida por mujeres y llevada a una aldea. La doble huella de El cantar de los cantares y del Cántico espiritual son claras. Paula Melchor, como San Juan de la Cruz, nos habla de los peligros e inseguridades que asolan a la protagonista. Mujer de carácter, al igual que la amada, rompe con los prejuicios de género y actúa. Pero en su caso, no sólo anhela un reencuentro con el primer el amor, sino que se deja seducir por otras personas, vive nuevas relaciones, extiende su amor hacia la comunidad de la que forma parte, riega con él a los animales y a las plantas; en suma, es tan intenso que lo vivifica todo e incluso perdona las debilidades y ofensas que padeció en el pasado. Precisamente, ese amor incondicional hacia la vida en todas sus formas, esa interconexión con el contexto del que forma parte, justifica la estética del libro. El amor es simple, abierto, diáfano, sincero, alegre, juguetón y soñador, por lo que el poemario recurre a la claridad expresiva, el vuelo lírico, la ternura y las comparaciones candorosas. Decía que el libro también atraviesa oscuridades. El mal existe. Pero su enunciación es idéntica. No emponzoña la voz, porque jamás accede al corazón de quien habla. Y este un acierto de Un conjuro. Quien habla en los poemas es tan fuerte que su voz es aún niña; tan poderosa, que no le han arrancado la dulzura. Pese a las frustraciones, mantiene a salvo su yo esencial. Toda una lección, pretendida o no, para los tiempos que corren. Podemos perder la inocencia y despertar a los desengaños del mundo, sin malograrnos por dentro, sin envilecernos y sin envenenarnos el alma; preservando incólume nuestro castillo interior (tal y como quería Santa Teresa).


No puedo hacer otra sino recomendar el poemario. La edición (Letraversal), por otro lado, es un lujo. Preciosa a la vista y suave al tacto.