jueves, 20 de febrero de 2020

La ciudad

La ciudad, Laura Villar. Liliputienses, Cáceres. 2019. 36 páginas.


  
En la última década, con la crisis de fondo, son muchas las obras que han dedicado sus páginas a la ciudad, especialmente novelas. En ocasiones, los autores barruntan un futuro de urbes abandonadas tras un éxodo masivo, debido al colapso de nuestro modelo económico (Cenital, de Emilio Bueso, 2011). Otras veces, las ciudades padecen recortes en sus servicios básicos, como la seguridad, empujando a la ciudadanía a una evacuación forzada ante el surgimiento de ordas vecinales embrutecidas por el desasosiego reinante; esa amenaza invisible, agazapada pero latente, que sólo se manifiesta de noche, la encontramos en Un minuto antes de la oscuridad, de Ismael Martínez Biurrun (2014). También se da el caso de villas renacentistas que, de manera insólita, se han quedado sin sol, por lo que la existencia de la gente transcurre entre sombras, iluminada por las hogueras o la luz artificial (Donde siempre es mdianoche, de Luis Artigue, 2018). Con estas tres novelas entabla un diálogo –casual, o no– el primer poemario de la joven Laura Villar (1992, Santiago de Compostela), titulado, precisamente: La ciudad (Liliputienses, 2019).

Si repasamos el historial de enfermedades y de síntomas del deterioro de las ciudades modernas, comprobamos que los versos de Villar presentan el mismo cuadro clínico. Veamos: Peligrosidad nocturna, Distopía apocalíptica

Los tiempos en que la ciudad aún respira
están a punto de agotarse.
Me pregunto si quedarán entonces los semáforos
como recuerdo entre los escombros […]
                            reflejo infiel
de los que un día cruzaban las calles. (Pág. 9)


Noche perpetua

Los únicos dispensadores de luz son de fabricación humana: farolas, focos, semáforos, pantallas de plasma, bombillas, mecheros, cerillas… Los poemas transcurren en la madrugada.

Tecno-capitalismo

“Las pantallas nos habían encerrado”. Villar no desaprovecha la ocasión de criticar en su libro los efectos nocivos de la realidad 2.0, la falta de empatía, de interacción, o el síndrome de ansiedad de conexión, que ha convertido a los humanos en una especie insomne. 



Añadamos –con trazo grueso– una nueva patología, cuyos orígenes se remontan a comienzos del siglo pasado: la alienación de las mujeres y hombres que viven en las grandes metrópolis. ¿Recuerdan la fotografía de Ramón Gómez de la Serna posando con su mejor amiga, un maniquí? ¿Y su novela Cinelandia? El célebre vate del Grupo del 14 denunciaba con ellas el artificio, la superficialidad que imponía el ritmo frenético de las nuevas tecnologías e ingenios mecánicos. Villar hace suya esta denuncia en los siguientes versos: “A veces me pregunto/si no seré acaso/ yo el maniquí dentro/del escaparate” (p. 22). De igual modo, los vecinos que salen en sus textos no ya sólo carecen de un nombre, es que ni siquiera representan un rol, carecen de un papel en el drama del resto, habitantes de un mundo de cartón-piedra donde, además, se ha destruido el tejido social por el uso de esas orejeras (móviles, tabletas…) que nos impiden mirar hacia los lados y ser conscientes de nuestra realidad física. Como resultado, las personas del entorno se reducen a ser “los figurantes de mi vida,/meros extras” (p. 16). Ligado a estos asuntos, Villar recupera otro motivo pretérito, en esta ocasión, del 98: el nihilismo. Los poetas de la última generación, nacidos en los 90 de este siglo en que estamos, no cantan con entusiasmo las bondades de los municipios. El mito de la urbe como espacio de enriquecimiento personal se ha devaluado. Así lo constatan obras como Liberalismo político, de Francisco José Chamorro, o Los días hábiles, de Carlos Catena (ambos en Hiperión, del 2018 y 2019, respectivamente). El descrédito de un espacio explotador consigue que la propia concepción del mundo entre en crisis: “tal vez a mis espaldas/la ciudad ya no lo sea,/o que las cosas solo existen/a través del que las mira” (p. 16). Volvemos a Shopenhauer, Baroja y Unamuno. Símbolos de la tiranía que ejerce el sistema sobre la ciudadanía, los semáforos y pasos de cebra obligan a los peatones a dirigirse en un sentido, a moverse en una dirección. Las señales de tráfico no dejan de ser un manojo de convenciones que coartan la libertad de movimiento de los transeúntes. Las farolas –por su parte– colocadas en las aceras por el gobierno local, son una modo de represión mucho más sutil, pues sugieren la presencia de amenazas en el terreno en sombra, en lo que no se ve; y con ello, activan nuestro cerebro reptiliano, que prefiere la seguridad del camino marcado.


Cerramos el capítulo médico con un motivo relacionado con los anteriores. En la ciudad deshumanizadadesnaturalizada, por tanto–, abundan el cemento, el hormigón, el cristal, el acero y el hierro; pero apenas queda sitio para unos cuantos árboles. Y aquí tenemos otra de las claves para comprender la poesía que se viene publicando ahora, cuyos autores buscan un sentido a sus vidas y un arraigo en la naturaleza (Ars Desciendi, de Jorge Riechmann –Amargord, 2018–; Autobús de Fermoselle, de Maribel Andrés Llamero –Hiperión, 2019); Barbarie, de Andrés García Cerdán –Rialp, 2015–; Dibujar una isla, de Verónica Aranda –Reino de Cordelia, 2017–; Las ramas del azar, de Constantino Molina –Rialp, 2015–; Ciudad sumergida, de Ariadna G. García –Hiperión, 2018–; El mirador de piedra, de Rubén Matín Díaz –Visor, 2012–; Árbol, de Esther Muntañola –Tigres de papel, 2018–; …).

La ciudad es un libro interesante por sus temas no menos que por su estilo. Laura Villar nos describe su ciudad hipervoltaica, eternamente sumergida en la noche, con imágenes de un moviliario urbano humanizado. No faltan las metáforas ni las comparaciones. Tampoco los tímidos conatos de poesía visual (como el hermosísimo poema de la página 28, dedicado a las farolas, formado por versos tetrasílabos que evocan la esbeltez del alumbrado público). Llama la atención la presencia en cada página de dos textos: en prosa y en verso, complementarios desde un punto de vista semántico.

Poemario inquietante como el espacio que describe, el unico reparo que se le puede poner es su brevedad. Tiene poco más de 400 versos. Y da la impresión de que no agota el tema que trata. Por ejemplo, se confiere a la urbe un poder destructor (“…aprieta con sus brazos/de carretera infinita,/aplasta a las masas/entre mares de cemento” p. 12). ¿No podía haber desarrollado la autora otros temas colaterales como la ausencia de espacios verdes, el recalentamiento global o la contaminación? Se me ocurren otros motivos que podrían franquear la puerta de lo articulable. Esa humanidad “apagada” que se nos nombra, ¿a qué debe su muerte en vida? ¿Acaso no trabaja hasta altas horas de la noche en colosos de hierro? Una ocasión perdida para hablar de la precarización laboral.

Así y todo, los fantasmas que transitan el libro (“figurantes”, “masas”, “los que” se encuentran apagados) dan una buena idea del mensaje inicial de la autora: las ciudades están amenazadas de derrumbe. No deja de ser sintomático que –a excepción del sujeto que enuncia y su amante– sólo posee vida la ciudad, que se la transfiere a sus órganos y miembros (farolas que sudan; semáforos con sangre, cansados; luces que se esconden…).

Preciosa la cubierta del libro, que invita a su lectura, en especial en estas largas noches de verano y de insomnio.      

Esta reseña fue publicada por la revista Turia en diciembre de 2019.
 

miércoles, 12 de febrero de 2020

23 años de carrera literaria

Hoy hace exactamente 23 años que comencé mi carrera literaria. Lo que quiere decir que llevo más de la mitad de mi vida publicando libros, puesto que acabo de cumplir 43. En total, hasta ahora, he publicado 17 títulos. La mayoría son poemarios (8), pero también tengo novelas (2), antologías (6) y traducción (1). A día de hoy estoy inmersa en varios proyectos, y es probable que pronto anuncie alguna sorpresa. Además, tengo la suerte de que he convertido a la literatura en mi medio de vida, puesto que soy profesora de Lengua y Literatura (también he impartido las asignaturas de Teatro y Literatura Universal) desde hace once años. Que lleve más de dos décadas publicando significa que llevo más dos décadas leyendo, estudiando, analizando y amando las obras de los demás. Muchas son autoras contemporáneas, pero en realidad yo entronco con lo más granado de nuestra literatura áurea: Garcilaso de la Vega, fray Luis de León, San Juan de la Cruz y Francisco de Quevedo. Gracias a la tesis, además, profundicé en la mística del Renacimiento, que me ha dado una sólida formación espiritual, a la vez que ha dado un sentido civil a mi propia creación: la lucha contra el dogmatismo (la imposición o el imperialismo) y la búsqueda de la libertad (como meta humana y meta colectiva). Estas son las claves para entender mi obra. Hay que buscarlas dentro de la lírica moral española, y siguiendo sus pasos a contracorriente, en la lírica moral romana. Por otra parte, mi estética también es deudora de ellos. De hecho, mi modo de aproximarme a la creación poética es análogo al de un místico: por meditación, por una experiencia extrema de la interioridad. Y aquí entronco con lo más trufado también de la poesía del siglo XX: Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Luis Cernuda y Vicente Aleixandre. En estos 23 años, por otra parte, he publicado libros distintos entre sí que comparten, no obstante, un aire de familia. Sin pretenderlo, he repasado con ellos buena parte de nuestra historia lírica, nutriéndola con otras tradiciones, otros géneros literarios y otras artes (la música y la pintura). Ahora mismo tengo muy claro de dónde vengo, y hacia dónde me dirijo. Como decía Federico García Lorca: “veo mi trayectoria perfectamente clara”. A una primera etapa centrada en el tema de la identidad (Construyéndome en ti, Napalm, Apátrida, Helio), ha seguido una segunda centrada en el amor a la naturaleza y en la responsabilidad que tenemos los humanos de preservarla (La Guerra de Invierno, Las noches de Ugglebo, Ciudad sumergida). Por supuesto, existen puentes comunicantes entre ambas (Línea de flotación), y asuntos en los que siempre insisto (la memoria, la muerte, el amor, la crítica a nuestro estilo de vida). Pero desde que descubrí Finlandia (2011) cambió mi perspectiva, enfoque que ajusté al convertirme en madre (2015). En fin, hoy celebro que llevo 23 años volcada en una pasión que no elegí por propia voluntad, sino que me eligió, y accedí a convetirla en mi destino. Ojalá de cuanto he escrito quede una cita, un verso, el día de mañana en el corazón de alguien.      


martes, 4 de febrero de 2020

Nadie vendrá

Nadie vendrá, Tomás Hernández Molina. XXII Premio de Poesía Ciudad de Salamanca. Madrid, Reino de Cordelia. 107 páginas.


Criticaba Oscar Wilde en El retrato de Dorian Gray que los poetas pretendieran el éxito de ventas poniendo demasiado de sí mismos en sus composiciones, exponiendo sus pasiones al microscopio de la mirada ajena. Estamos hablando del año 1890. Pero sus afirmaciones sirven para entender el mercado lírico español que padecemos en la actualidad. Pueden comprobarlo ustedes mismos: “Hoy día de un corazón desgarrado se tiran muchas ediciones”. Y tanto, ¿verdad? Vean las fajas de algunos libros. No obstante, en opinión de Wilde: “un artista debe crear cosas bellas”. Por desgracia, no es así en muchos casos. Tenemos grandes consumidores de productos poéticos, y sin embargo, paradógicamente, se está perdiendo el sentido de la belleza. En este retroceso cultural juegan un papel determinante las últimas leyes educativas, que han reducido las horas de literatura en los institutos y que han relegado los estudios de Humanidades; pero también contribuye la propia sociedad que entre todos hemos creado: veloz, ruidosa, irreflexiva, siempre al borde del ataque de nervios y poco esmerada en el afán por perfeccionarse. Pues si así somos –generalizo, claro–, qué esperamos que hagan (algunos de) los poetas. Escribía Antonio Machado: “El arte no cambia siempre por superación de formas anteriores, sino, muchas veces, por disminución de nuestra capacidad receptiva, y por debilitación y cansancio del esfuerzo creador”. ¿Hablará de nosotros el vate sevillano?
      Por fortuna, sí hay autores que piensan que su espíritu “es fuente que mana” (Machado). Autores cultivados que cincelan sus versos en el mármol. Autores que piensan que en Literatura no importa sólo el qué, también el cómo. Uno de ellos es el veterano Tomás Hernández Molina (Alcalá la Real, Jaén, 1946), recientemente galardonado con el premio “Ciudad de Salamanca” por su poemario Nadie vendrá.
        El poeta parece que porte una balanza mental. De un lado, sus versos dialogan con la tradición grecolatina; del otro, con la peninsular (áurea y contemporánea). Apuntemos ahora que Tomás Hernández fue profesor de secundaria y docente universitario. No es baladí. Su sólida formación filológica se destila en sus versos, que además suenan frescos y verdaderos por el contacto directo del autor con la naturaleza. Ya lo aconsejaba Machado: “¡Abejas, cantores,/no a la miel, sino a las flores!”. Y no obstante, reconocemos en sus breves poemas ecos de Virgilio, Hesíodo y Cicerón, junto a los de fray Luis de León, Francisco de Aldana, Góngora, Antonio Machado, César Simón o Spriu.
       Son sus poemas sobrios, descriptivos y poderosamente evocadores. De tono grave, abordan tópicos como el tempus fugit, el amor o la muerte; y asuntos mucho más inmediatos como la pobreza o la migración.
       Nadie vendrá entronca con una poesía reivindicativa de la contención, de la humildad y del amor hacia la naturaleza que también encontramos en: Sin ir más lejos, de Fermín Herrero (“Premio Jaén”, 2016); Mineral y luz, de José Antonio Fernández Sánchez (“Premio Alegría”, 2017); Ars Nesciendi, de Jorge Riechmann (Amargord, 2018) o El jardín de Gulbenkian, de Juan Antonio González Iglesias (“Premio Gil de Biedma”, 2019).

         La edición de Reino de Cordelia es una maravilla. Para tenerla en casa.



viernes, 24 de enero de 2020

Lecturas recomendadas para 4º ESO y Bachillerato

Muchas veces los alumnos me preguntan por obras para completar su formación o para satisfacer su curiosidad lectora Como ya en mi asignatura, Lengua Castellana y Literatura, recomiendo bastantes libros en español, he preparado esta lista de obras extranjeras para darles gusto. Cuando la agoten, añadiré más títulos.





Mary Shelley: Frankestein.

Leon Tolstoy: Guerra y paz.

Fiódor Dostoyevski: Noches blancas. Reseña AQUÍ.

Charles Dickens: Grandes esperanzas.

Julio Verne: Viaje al centro de la tierra.

Agatha Christie: Diez negritos, Asesinato en el Orient Express.

Mark Twain: Las aventuras de Tom Sawyer, Las aventuras de Huckleberry Finn.

Louisa May Alcott: Mujercitas.

Jack London: La llamada de lo salvaje, Colmillo blanco.

Ernest Hemingway: El viejo y el mar, Adiós a las armas.

Francis Scott Fitzgerald: El gran Gastby, Suave es la noche.

Herman Melville: Moby Dick.

H.P. Lovecraft: En las montañas de la locura.

Edgar Allan Poe: Cuentos completos y Poesía completa.

J. D. Salinger: El guardián entre el centeno.

Henry James: Otra vuelta de tuerca.

Harper Lee: Matar a un ruiseñor.

Philip K. Dick: Ubik, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? 

Ray Bradbury: Crónicas marcianas, El vino del estío, El hombre ilustrado, Vivo en lo invisible. Nuevos poemas escogidos, Fahrenheit 451. Prólogo, AQUÍ.

H. G. Wells: El hombre invisible, La isla del Doctor Moreau, La máquina del tiempo.

Bram Stoker: Drácula.

Arthur Conan Doyle: Aventuras de Sherlock Holmes, El mundo perdido, Estudio en escarlata.

R.L. Stevenson: La isla del tesoro.

Emily Brontë: Cumbres borrascosas.

Charlotte Brontë: Jane Eyre.

George Orwell: Rebelión en la granja, 1984.

Jane Austen: Orgullo y prejuicio. Reseña AQUÍ.

Aldous Huxley: Un mundo feliz.

Oscar Wilde: El retrato de Dorian Gray. Reseña AQUÍ.

Walt Whitman: Hojas de hierba.

Virginia Woolf: La señora Dalloway, Las olas.

Charles Baudelaire: Las flores del mal.

Herman Hese: Sidharta, Demian.

Rainer María Rilke: Elegías de Duino.

Fran Kafka: La metamorfosis.

Albert Camus: El extranjero.

Bertolt Brecht: Poemas y canciones.

Jean Paul Sartre: La náusea, La peste.

William Golding: El señor de las moscas.

Amelie Nothomb: Ácido sulfúrico. Reseña AQUÍ.                               

Alessandro Baricco: Seda.

Melania G. Mazzucco: Eres como eres. Reseña AQUÍ.

Mitsuyo Kakuta: Ella en la otra orilla. Reseña AQUÍ.

Taneda Santoka: Saborear el agua. (Haikus)











viernes, 17 de enero de 2020

Suavemente ribera

Suavemente ribera, Antonio Manilla. Madrid, Visor, 2019. Premio Generación del 27. 99 páginas.


Vivimos en una época de mucho ruido, habitamos en el interior de una campana ensordecedora. El barullo en el que estamos inmersos proviene de fuera, pero también lo alimentamos por dentro. Ese ruido viene fomentado por las tecnologías. Estamos confinados en nuestro propio mundo. Los smartphone nos aíslan del resto de la gente. Hasta el punto de ya que no vemos nada. El contexto no existe. Fuera de la pantalla de la plasma el mundo queda a oscuras. Mientras tanto, los oídos retumban con las series, películas y juegos que nos acompañan a cada instante. En nosotros se ha cumplido la profecía de Fahrenheit 451. Tenemos el cerebro rodeado de imágenes. Nos pasamos la vida frente a un muro que se desplaza en los 360 grados. Ni qué decir tiene que esta reclusión le interesa al sistema, su gran benefactor. Se trata del nuevo circo, diseñado para que no pensemos. Precisamente, la constancia de ese ruido nos aleja de nosotros al tiempo que nos abisma de los demás. Esa saturación externa, por otro lado, impide la recepción de la poesía, que exige una adecuada preparación, para la que se necesita un profundo silencio. En ausencia del mismo, brotan manifestaciones pseudolíricas que no exigen ningún nivel de concentración, de consumo rápido. Pero la verdadera poesía, como sostenía Valente, comunica un conocimiento por revelación, de manera intuitiva. Y eso, en las sociedades occidentales, es cada día más complicado. Quizás por esa razón, son los propios poetas los encargados de alejarse del ruido, de la vorágine, de las distracciones, en busca de una vida apaciguada que permita la interioridad. Un ejemplo sería el de Antonio Manilla, con su poemario Suavemente ribera.

El libro gira en torno al tema de la muerte, y supone un aviso para navegantes. Formado por 56 poemas (divididos en prólogo, seis secciones y epílogo), recurre a la simbología para connotar significados. En ocasiones, esos símbolos se encuentran teñidos de ecos machadianos (crepúsculos, otoños, caminos). El autor, además, reconoce su querencia por el adjetivo exacto, preciso y diferenciador. En otros momentos, en cambio, Manilla recurre a un imaginario propio (latas de conserva, barcas en llamas, pueblos abandonados…) para evocar el fin. De la caducidad nadie se escapa, ni de la destrucción. Humanos, lugares o amores compartimos una misma sentencia, inexorable. No hay en el libro ninguna grieta abierta a la esperanza. No hay amarres posibles. La sección “Espacios despoblados” coincide con la descripción de la España vaciada que leemos en el libro Los últimos. Voces de la Laponia española, publicado recientemente por Paco Cerdá en Pepitas. La defensa de la vida mansa, lenta y humilde que realiza Manilla (“dejadme ser /…/ suavemente ribera/ mientras el tiempo pasa”) es análoga a la reivindicación que leemos en una entrevista inserta en el mencionado ensayo del silencio y de la reflexión como antídotos contra la precipitación propia del capitalismo, que nos vuelve individualistas. 
El poemario compagina las imágenes evocadoras con las sentencias discursivas, a modo de consejos a los lectores. Así, en la sección “Tierra extraña” enuncia un sujeto desde el más allá. Los poemas parecen epitafios (¿influencia de Edgar Lee Masters?):

Lo que pretendas ser procura serlo pronto.
No confíes al tiempo el éxito en tu empresa.
La vida es zalamera e inconstante… (p. 59)

Naces para morir un día
-verdad incontestable-.
Pero importa el camino,
no el alcanzar la meta, sino el tránsito… (p. 63)

No hay posesión que valga
lo que vale un instante
de una vida vivida en plenitud. (p. 66)


Libro reposado y meditativo, Suvemente ribera se disfruta a lentos sorbos. Salud.

viernes, 10 de enero de 2020

Y de pronto Rimbaud

Y de pronto Rimbaud, Jesús Munárriz. Sevilla, Renacimiento. 2019. 116 páginas.

En 1965 comenzaron las protestas estudiantiles españolas contra la dictadura fascista que comandaba el general Francisco Franco. El detonante se produjo el 25 de febrero, cuando el gobierno prohibió la celebración de un ciclo de conferencias sobr la paz en la facultad de Filosofía y Letras de Madrid y la policía detuvo a varios catedráticos acusados de presidir manifestaciones e incitar al desorden en asambleas. Por aquel entonces, el poeta, editor y traductor Jesús Munárriz Peralta tenía 25 años y ya había puesto en marcha la Editorial Ciencia Nueva, junto a otros once coordinadores. Aquella iniciativa tuvo por objetivo la publicación de obras de contenido “político e ideología disidente con los postulados tradicionales del Régimen” (Francisco Rojas Claros, Universidad de Alicante, 2005), con independencia de su género literario. El 24 de enero de 1969, tras cuatro años de protestas y de reivindicaciones sociales exigidas por los universitarios, el gobierno anunció la imposición del estado de excepción. Al poco tiempo inclucía a la Editorial Ciencia Nueva en las listas negras del Ministerio de Información y ordenaba su cierre, pues era “una amenaza” (Rojas Claros). 
Jesús Munárriz se asomaba a los 30. Él mismo relata el sentido de aquella experiencia editorial: “fue un intento de abrir brecha, incordiar al régimen, hacer lo que no se podía hacer, ensanchar las grietas que veíamos que existían y ver si podíamos reformar y forzar un poco la cosa. Y supongo que algo hicimos”. Un lustro después fundaba la mítica Hiperión. Tenía entonce 35 años. La edad límite, por cierto, de su afamado premio literario.

Medio siglo más tarde Madrid estaba de nuevo en las calles, esta vez para protestar por los despidos masivos en dos servicios públicos fundamentales: Educación y Sanidad. El movimiento asambleario 15M venía de liderar las mareas verde y blanca y su marca política, Podemos, acababa de conquistar cinco escaños en el parlamento europeo, con sede en Estrasburgo. Jesús Munárriz tenía entonces 75 años. Forma parte de esa generación de jóvenes universitarios que lucharon contra la dictadura franquista en los años 60 y que han visto como los logros por los que arriesgaron su juventud están desapareciendo en la nueva centuria. En frente ya no están los militares, sino los mercados financieros y la clase política conservadora, a cuya derecha crece en número de votos una fuerza fascista en imparable ascenso.

No me imagino el terror de aquellos estudiantes, la pena de aquellas universitarias que están asistiendo al derrumbe de sus sueños de libertad y de progreso; y que contemplan, impotentes, cómo sus nietos tienen que emigrar a otros países en busca de un futuro que aquí no encuentran.

Para que entendamos esa frustración generacional, compatible con el activismo optimista, Jesús Munárriz ha publicado un par de libros de poemas en el último lustro: Los ritmos rojos del siglo en que nací. Un cuento triste (Hiperión, 2017) e Y de pronto Rimbaud (Renacimiento, 2019). 

Pero Jesús no solo denuncia la situación de España. Nuestra crisis sociopolítica es reflejo de la económica, que a su vez lo es tanto de la energética como de la climática, de escala mundial.

Así y todo, Los ritmos rojos se centra más en el macrocontexto terráqueo:

Un planeta agobiado
por la metástasis superpoblacional,
enfermo por la contaminación,
recalentado por el cambio climático,
desgarrado en sistemas contrapuestos,
en religiones enfrentadas,
perpetuamente en guerra,
con suficientes armas nucleares
para autoinmolarse.

Mientras que Y de pronto Rimbaud orbita, mayoritariamente, sobre el microcontexto nacional.

En sus composiciones encontramos desde una distopía irónica sobre el método de elección de nuestros dirigentes (“Sirva la Lotería Nacional/para asignar escaños/…/Trescientos diputados al azar/…/seguro que nos saben gobernar/mejor que los actuales”), en la línea del relato futurista Sufragio universal (Isaac Asimov), a la necesidad de un referéndum sobre la monarquía española, pasando por una dura denuncia de la hipocresía de los representantes políticos y un aviso para navegantes (“Ahora tenemos datos fehacientes/de cómo son. Y son tal como suponíamos,/muy vistosos por fuera y canallas por dentro./Ya estamos avisados;/si vuelven a engañarnos/¿de quién será la culpa”), por una desasosegante crítica de la falta de empatía generalizada hacia las mujeres y hombres que sufren en el mundo  (“le desespera/que el dolor y la muerte/se queden en noticias,/que todo siga igual, como si nada/nos afectará lo que está pasando”), o por la expresión de un deseo: que las nuevas generaciones tomen el testigo de la lucha por los intereses de todos (“nos han pasado/ por la trituradora. Ojalá los más jóvenes,/aún sin machacar,/desmonten algo del tinglado este./Ojalá sean capaces”).

Quizás para compensar el pesimismo de sus poemas, Jesús Munárriz rinde homenaje a distintos poetas a los que admira (Andrés Fernández de Andrada, José Espronceda, Valle-Inclán, Manolo Altolaguirre, Miguel Hernández, Paul Celan), dedica un emotivo recuerdo a su propia madre, o nos invita al goce de la existencia.

Toda una lección civil y poética la que ofrece Jesús en su poemario. Con casi 80 años, y con su estilo característico (coloquial, irónico, incisivo), no tira la toalla. Es la suya una vida consagrada a la literatura y a la defensa de la vida decente, comprometida con los valores democráticos y beligerante con el autoritarismo. Quién le iba a decir a aquel universitario que fantaseaba con transformar España a golpe de catálogo, allá por 1965, que en 2020 sus versos serían tan iluminadores y necesarios como el sueño que entonces proyectaba; y que acabó alcanzando.

Por cierto, en 2019 también publicó un hermoso libro de haikus, Escaramujos, en otra editorial de solera: Pre-Textos. Dejo AQUÍ mi reseña.



domingo, 5 de enero de 2020

Reseña de Ciudad sumergida en la revista El coloquio de los perros

Nueva reseña de mi último poemario. Esta vez, la firma Pedro García Cueto para la revista El coloquio de los perros.


La tenéis pinchando AQUÍ.


Os copio el comienzo:


"La ya prestigiosa Ariadna G. García nos deslumbra con una poesía serena y hermosa donde conviven paisajes, miradas, afectos y nostalgias".


Saludos.