jueves, 19 de marzo de 2026

Física de la tristeza

 


Física de la tristeza, Gueorgui Gospodínov. Traducción de María Vútova. Impedimenta. 2026.

 

 

 

 


Física de la tristeza es un arca que lo contiene todo. Su narrativa no es lineal, sino laberíntica, cuando recorre un pasillo y se topa con un muro salta en el tiempo hacia atrás y retoma el hilo por otro cabo. El propio Gospodínov confiesa que escribe un cuaderno de apuntes. Así como este libro mezcla asuntos, los deja y los retoma después, el conjunto de la obra novelística del búlgaro hace otro tanto. Es por ello que en este trabajo reaparece un viejo conocido de sus asiduos lectores, entre los que me encuentro: Gaustín (Las tempestálidas); o cobra vida su ya difunto padre, que regresa a Helsinki por segunda vez (El jardinero y la muerte). El libro se ofrece como una cápsula de tiempo que salva del olvido lo que fue importante, ya sea propio o ajeno. De hecho, Gueorgui no duda en calificar de urracas a los literatos, seres que se apropian sin recato que valga de las buenas historias que les cuentan. Entre estas, yo destaco la del abuelo militar que se cuenta al comienzo. Una maravilla que no voy a revelar, para que la descubran. Desde luego, hay motivos recurrentes en la narrativa de Gospodínov: la memoria colectiva (europea), que trata de preservar con bastante humor; y la privada, que abraza a cuatro generaciones de la familia. Pero lo interesante de Física de la tristeza es lo que tiene de novedoso con respecto a la previo, y que lo posiciona del lado de las ecosofías que están empezando a filtrarse en la literatura de ficción. En efecto, el novelista colabora con el poeta que lo habita no ya sólo para brindarnos una prosa pulcra (aprovecho para elogiar la traducción de María Vútova y para felicitarla por su premio Estado Crítico), sino para romper la barrera especista que separan lo humano del resto de la naturaleza: «El hombre debería callarse un rato y, en la pausa que se abre, escuchar la voz de otro narrador: pez, libélula, comadreja o bambú, gato, orquídea o guijarro» (p. 178). Eso otro, que posee una historia tan válida o más que la nuestra, pertenece a los reinos animal, vegetal y mineral. La visión del mundo que defiende Gospodínov no es antropocentrisita, sino biocéntrica. De hecho, en la siguiente cita leemos entre líneas al filósofo alemán Albert Schweitzer: «Hay una sola identidad: ser una criatura viva entre otras criaturas vivas» (p. 184). El precursor de la ecoética y del biocentrismo profundo de Arne Naess, declaraba en los años veinte del siglo pasado: «Soy vida que quiere vivir en medio de vida que quiere vivir» (en traducción de Jorge Riechmann). Física de la tristeza reivindica el individualismo moral que defiende al Naess, de ahí que el protagonista asuma la identidad de una babosa y sea ella (pp. 30-31) o que denuncie el asesinato de animales para consumo humano (p. 172). Gospodínov, en el fondo, interpela a sus lectores para que desarrollen su espíritu de interconexión con otras especies («soy dinosaurio, pez, murciélago, pájaro, organismo unicelular» p. 84) y para que sean conscientes de la necesidad que tenemos de poner coto y límite a nuestro antropocentrismo con la intención de evitar la crisis ecológica que se nos viene encima. Él mismo explicita en la novela el afán que le movió a escribirla: «Lo recopilo todo por el bien de aquel que está por venir. Para el lector postapocalíptico» (p. 158). A medio camino entre el cuento, el diario, la reflexión, el catálogo y la actualización de los mitos griegos, Física de la tristeza cautiva por lo inteligente de sus analogías, la ternura de sus relatos, lo sarcástico de su estilo y lo necesario de su planteamiento ecosófico.


miércoles, 18 de marzo de 2026

Poetas que publican en el arco 2000-2025: Vanesa Pérez-Sauquillo

 


Se dio a conocer con el libro Estrellas por la alfombra (Hiperión, 2001), tenía 23 años. Su último poemario es Combustión espontánea (Calambur, 2019), que sacó a los 41. Ha publicado 9 libros de poemas en este cuarto de siglo, así como un par de antologías de sus versos.  



martes, 17 de marzo de 2026

Jóvenes poetas que publican en el arco 2000-2026: Ariadna G. García

 


Quiere la casualidad que hoy esté de aniversario. Hace un cuarto de siglo que gané el premio Hiperión. Tenía 24 años en 2001. Os dejo aquí las reseñas que cosechó Napalm:

 https://ariadnaggarcia.blogspot.com/p/napalm.html

El poemario, me enteré después, fue finalista del premio Ojo Crítico de RNE (que se acabó llevando Luis Muñoz por Correspondencias).




Desde entonces, he publicado 10 libros de poemas, el último de ellos (Adamar), en 2025 (a los 49). También obtuve el premio Arte Joven de la CAM y el Internacional Miguel Hernández-Comunidad Valenciana. Lo que la crítica especializada opina de mi obra lo tenéis en el frontispicio de este blog y en este enlace: https://ariadnaggarcia.blogspot.com/p/valoracion-de-la-critica.html 



Quiero manifestar mi gratitud a los editores, jurados, libreros, críticos y lectores que llevan 25 años confiando en mí y regalándome lo más preciado que tienen: su tiempo. Con la esperanza de que me sigáis sosteniendo y acompañando por muchos años más.





martes, 10 de marzo de 2026

Poetas jóvenes que publican en el período 2000-2026: Verónica Aranda

 



Verónica Aranda tenía 23 años cuando debutó en 2005 con dos poemarios: Poeta en India Tatuaje. Ha publicado en lo que llevamos de siglo 13 libros de poemas y una antología de su obra, que sacó a los 41.



sábado, 7 de marzo de 2026

Poetas jóvenes que publican en el período 2000-2026: Álvaro Tato

 


Álvaro Tato apenas tenía 22 años cuando publica sus dos primeros libros en el 2000.


Sigue en activo. Su último poemario, Año luz, salió en Hiperión en 2021. Tenía 43 años. 



martes, 24 de febrero de 2026

Selva de fábula




Selva de fábula, Juan Antonio González Iglesias 

A finales de los años 90 tuve la suerte de leer en dos volúmenes distintos algunos de los poemas con los que consagró muy pronto, con apenas 33 años, a uno de los autores más admirados y respetados de la poesía reciente, José Antonio González Iglesias. Me refiero a la antología Feroces, preparada por Isla Correyero para la desaparecida DVD, y a su poemario Esto es mi cuerpo, libro de culto hace años descatalogado. Yo tenía veinte cuando lo descubrí y, desde entonces, he leído prácticamente todo lo que ha venido publicando. Pocas voces tan potentes se puedan encontrar en nuestro panteón. Desde luego, lo primero que me llamó la atención fue su desinhibida reivindicación de la homosexualidad (“Amo la tradición, sueño de un sueño /y estoy aquí luchando por cambiarla”, cito de memoria); pero a renglón seguido me fueron cautivando su diálogo con la tradición grecolatina (más allá de Píndaro, lo veo más cercano a las odas de Horacio) y su entusiasta, pero comedida, exaltación de la naturaleza. Precisamente, estos últimos motivos citados son los que aborda el poeta salmantino en un librito inédito en volumen independiente, Selva de fábula, que sin embargo sí fue recogido en el ómnibus de sus obras completas, cuya primera edición, Del lado del amor, vio la luz en Visor en 2010, y cuya segunda, agotado a la anterior, acaba de editarse ahora en un recopilatorio que incluye todos los poemarios que ha venido sacando hasta 2025, año en que también ha sacado un homenaje a Nápoles (o por mejor decir, a Nea Polis), Nuevo en la ciudad nueva.

            En realidad, Selva de fábula, por extensión, parece una plaquette. Pero como sabemos, o deberíamos, el tamaño no importa. En este libro González Iglesias se descubre no sólo como un experto en lírica romana del período imperial (siglo I a. C., cuando gobernaba Octavio), sino como un exquisito imitador quizás no tanto de Góngora, como de Juana Inés.

            El libro en cuestión se divide en dos partes. Dos alas simétricas. La primera, la culterana, rinde tributo a la naturaleza indómita que nos legó el Barroco. A esa exuberancia de una fauna y de una flora desbordantes que trataban de derrumbar las columnas de aquellos endecasílabos que las encerraban. A esos seres de belleza oscura, siempre fugitiva, que poblaban un mundo todavía virgen, salvaje y cuyos misterios se encontraban aún por explorar. La estética del libro sigue la caligrafía pautada por el conceptismo más osado, el más ingenioso, el que se deleitaba en la complejidad y el que rendía un tributo mayor al verso sensitivo, tanto en lo acústico como en lo plástico. Es por esta razón que encontramos en la obrita los siguientes rasgos gongorinos y sorjuanistas: los tres usan la silva, comparten cierto vocabulario («argénteas» p. 217; «turba» p. 233), recurren al hipérbaton abrupto («suave / y violento»), echan mano del participio absoluto («habitado de fuego el columbario» p. 232), crean neologismos («laberintan» p. 217), realizan enumeraciones copiosas, encadenan palabras esdrújulas («pájaros románicos», «gárgolas góticas» p. 211) o abordaron motivos como la vanidad, la ilusión y la caducidad.

             La segunda parte de la obra, «Antítesis brutal de la selva de fábula», es claramente ecológica y anticapitalista. González Iglesias denuncia la antropocentrismo humano, el paradigma mecanicista newtoniano que establece la falsa dicotomía naturaleza / cultura; y como medida correctora reivindica una ética biocéntrica que, en sintonía con la deep ecology, pondera el individualismo moral de cada ser viviente del planeta, su derecho a existir: «Maldito el que no comprende que un árbol es alguien / muy anterior y muy superior a un concejal» p. 239. El poeta contrasta la naturaleza idealizada por Virgilio en sus Bucólicas y la devastación de los entornos naturales debido a la hybris humana, a la pleonexía (enfermedad del alma aque aqueja a quienes buscan enriquecerse a costa de la vida ajena, y que diagnostico siguiendo parametros filosóficos de las escuelas helenísticas): «insaciable apetito pétreo de una ciudad impía / que llama urbanizar a estas profanaciones» p. 245.

Iglesias se preguntaba entre los años 1995-2002, mientras escribía el poemario: «¿No ha llegado el momento de pasar a la acción?» p. 246. La pregunta era y es pertinente. No se trata sólo de cuestionar el sistema, sino de transformar las costumbres, de cambiar los hábitos e incluso de movilizarse practicando un activismo ecológico que visibilice la perversión de un modelo económico irracional que nos perjudica como especie. En efecto, la antología humana es relacional y sistémica, lo que significa que dependemos los ecosistemas que destruimos. Ya Marco Aurelio utilizaba la metáfora del mundo como un «ser viviente», imagen que se remonta a Platón y que también recoge el libro de poemas («el cosmos es / un gran animal» p. 252). A día de hoy, la biología moderna defiende la Teoría Gaia Orgánica, que considera a la biosfera un organismo. Siendo esto así, el capitalismo y el extractivismo asociado a él ponen en riesgo la supervivencia de la especie humana en un mundo esquilmado.

Selva de fábula se hermana con los libros de Jorge Riechmann, poeta y profesor de filosofía pendiente de un juicio penal por sus acciones quínicas al servicio de la causa ecológica y del cambio del actual paradigma socio-económico por otro perfectamente encajado en los límites de la naturaleza.  


viernes, 6 de febrero de 2026

Recital-conferencia en la UIMP

 

Rueda de prensa

El 4 de julio de 2024, invitada por Carlos Alcorta, di un recital-conferencia en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Tuve el honor de que mi intervención inaugurase el ciclo de Veladas Poéticas de la UIMP. En su momento colgué en el blog la rueda de prensa que dimos aquella mañana para los medios de comunicación santanderinos. Hoy cuelgo el video de mi lectura y posterior diálogo con los asistentes, de hora y cuarto de duración.


Lo tenéis aquí: https://uimptv.es/veladas-poeticas-ariadna-g-garcia/

Si en la rueda de prensa el secretario de la UIMP me comparaba con Salinas, por cuanto concilio mi actividad docente con la poética, el recital muestra mi conocimiento de la tradición filosófica grecolatina, en la línea de fray Luis, Garcilaso, Aldana o, más recientemente, Juan Antonio González Iglesias y Jorge Riechmann.