jueves, 23 de septiembre de 2021

Mi top 10 de César Mallorquí


 

Mis listado de obras preferidas de César Mallorquí:

 

1. La isla de Bowen, Edebé.

2. La mansión Dax, SM.

3. “La trilogía del parásito” SM.

4. La catedral, SM.

5. Las lágrimas de Shiva, Edebé.

6. El último trabajo del Señor Luna, Edebé.

7. La cruz de El Dorado, Edebé.

8. La caligrafía secreta, SM.

9. La puerta de Agartha, Edebé.

10. El círculo escarlata, Edebé.

 

 Con estos diez libros vais a vivir aventuras trepidantes. 

 

 

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Mis reseñas de libros de Jon Bilbao



 

Dejo aquí mis reseñas de algunas de las obras del escritor Jon Bilbao, publicadas en Salto de Página e Impedimenta. Las dos primeras las podéis encontrar en la Feria del Libro que tiene lugar en Madrid:

 

* Basilisco, 2021. AQUÍ.

* Estrómboli, 2016. AQUÍ.

* Padres, hijos y primates, 2015. AQUÍ.

* El hermano de las moscas, 2014. AQUÍ.


lunes, 20 de septiembre de 2021

Ítaca es nunca

 

Ítaca es nunca, Cristina Falcón Maldonado. Barcelona, Candaya. 2021. 128 páginas.

 



 

 

 

 

 

 

Cristina Falcón Maldonado nació en Venezuela en 1963. No obstante, vivió en Italia un tiempo, y a día de hoy reside en Cuenca. Es autora de libros infantiles (publicados por dos de nuestras editoriales más prestigiosas: Kalandraka y Edebé), pero, sobre todo, destaca por su labor poética. Tres son sus poemarios que han visto la luz en Candaya: Memoria errante (2009), Borrar el paisaje (2014) e Ítaca es nunca (2021). Así, de entrada, todos compaten un denominador común: el desarraigo, la falta de pertenencia, la desmaterialización de un espacio, el regreso imposible.

 

De hecho, son muchos los símbolos que en su última obra nos hablan de una ausencia: “páramo”, “solar”, “sombras”, “sed”, “huella”, “abismo”, “rastro”; y son muchos también los términos abstractos que insisten en la idea de la desposesión: “nada”, “vacío”, “expolio”, “duelo”, “abandono”, “silencio”, “soledad”.

 

Será, precisamente, la palabra escrita la responsable de la recuperación de lo perdido, la que pesque fragmentos de memoria. De modo que podemos deducir que para Cristina Falcón la patria es el poema.

 

Si el paisaje está borrado, como sostenía la autora en su segundo libro, es lógico que en su reciente entrega hayan sido extirpados los topónimos. En su lugar encontramos adverbios deícticos (“aquí”, “allí”) de baja saturación semántica. Los lectores podemos atribuirles un significado si somos de la opinión de que la poeta, en la elaboración de sus composiciones, haya partido de sus actuales coordenadas de percepción: yo-aquí-ahora. De modo que ese “aquí” se corresponda con Cuenca (y por extensión, con España); y ese “allí” con la Ítaca perdida (Venezuela):

 

Siguen allí

 

la casa

el yagrumo,

el apamate

la tierra roja

 

 

Pero no puede decartarse el caso contrario, con la necesaria inversión de correspondencias: de modo que ese “allí” sea el estado de acogida, provisional y extraño; y el “aquí¨ haga referencia a la tierra madre, al país americano, “famélico”, “donde la vida no se sobrepone”:

 

El que no está aquí no existe (poemaXV)

 

No vuelvas

 

para envilecer

 

para recordarme

que aquí

solo vive el abandono (poema XXVIII)

 

 

De lo anterior se deduce que Cristina Falcón nos quiere decir que uno se siente extraño, extranjero de sí, en cualquier parte.

 

Como quiera que sea, Ítaca es nunca nace de la tensión entre olvido y recuerdo, de esa fricción que está a punto de resquejabrar la esencia del sujeto que enuncia. Y es que no sólo el espacio se desvanece, también sus habitantes (“nadie/ en medio del vacío”) y hasta la voz que late en los poemas. Toda la realidad, en su conjunto, es un gran holograma; un escenario de cartón-piedra; un sueño, que diría Calderón. El mundo, viene a decir Cristina, sólo existe en la mente, es hijo de nuestra capacidad para representarlo (como aseguraba Schopenhauer). De ahí la lucha titánica de la autora, libro a libro, para apuntalar sus vigas con palabras; y para sostenerse a sí misma.

 

Quizás por ese carácter gelatinoso de la realidad, el sujeto que enuncia conserva “cajas vacías”, símbolo de la itinerancia y monumento a la memoria. Olvidar el origen supone deshabitarse por dentro, deshacer el nudo que aprieta la propia identidad y la del resto, de ahí la lucha sin cuartel contra el olvido.

 

La amenaza del vacío, a su vez, condiciona la estética de todo el poemario. El peligro que supone la niebla interior, la conciencia de la caducidad, la amnesia, la falta de comunicación, la ignorancia de las vidas ajenas… en suma, la negación constante de la vida, avalan el empleo de un estilo minimalista y abstracto. El fondo, pues, determinada la forma.

 

En ocasiones, el peligro que representan tanto la “distancia” física como la temporal, queda reflejado a través de metáforas animalizadoras de carácter negativo. Así, se nos dirá que ese concepto abstracto es una “bestia” letal, siempre dispuesta para la “dentellada”, o una temible “culebra” que “envenena”.

 

Con objeto de acercar lo lejano, de salvar lo invisible, Cristina Falcón crea un oasis de palabras, un espejismo de versos. La apariencia simula la realidad, y con ella se colma el hueco de un vacío.   

 

Su nostalgia es análoga a la de Rainer Maria Rilke: “Es extraño/ ver ondear libre en el espacio todo lo que antes se amarró” (Elegías de Duino).

 

Y es que la vida es frágil, y siempre está sujeta a transformaciones. Interiorizar el mundo es salvarlo. La palabra designa, pero más allá de su valor referencial, llega a tener incluso un valor ontológico. El mundo es en el poema.

 

La autora se afana por preservar su Ítaca. Yo me inclino a pensar que Ítaca no es una región en el espacio, sino en el tiempo. No importa dónde podemos encontrarla, sino cuándo. De ahí que su regreso no pueda producirse, salvo a través del libro. Ítaca es la infancia.

 

Esa edad dorada viene simbolizada por la casa, la lluvia, el padre, la madre… La autora se impone la responsabilidad de protegerlos a todos de la erosión del tiempo, consciente de que la enfermedad es una espada de Damocles sobre sus cabezas. No obstante, como decíamos, el verso es sucedáneo, una ficción. De manera que la autora sólo aspira a “reinventar/ esta sombra de dos sombras”.

 

Y a la vez, Ítaca puede ser el pasado de la propia Venezuela, un estado actualmente en declive, un “país del revés” donde la gente resiste con dignidad o bien es arrastrada por la crecida corriente abajo, expulsada de su lugar de origen. Una república que ha dejado de ser como se la recuerda, y cuya percepción se ha transformado.

 

A la trágica condición del migrante, en precario equilbrio entre las dos orillas, suma Cristina Falcón la del Homo viator. Todos somos viajeros. Cada mujer y cada hombre está de paso en la Tierra, entre desconocidos (“piel ajena… viéndonos pasar”), todos en tránsito entre dos oscuridades, segundo motor que empuja a la escritora hacia el poema, esa bola de cristal que preserva la nieve hasta en verano.

 

Son especialmente emotivos los poemas escritos a la madre, quien padece demencia senil. Los encontramos en el bloque III de la obra. Qué difícil no identificarse con alguno de ellos:

 

 

Ella se ausenta

apoya el pesar

en su mano sin tiempo.

 

Y una allí

anclada a la silla

 

sin saber

qué

hacer decir

temblando casi

 

como si al tocarla

fuera a hacerse añicos

 

 

El poemario viene precedido por un prólogo de otra poeta apátrida, nacida en Orense, criada en Venezuela, residente en Holanda y vecina de Barcelona: Miriam Reyes. Su lectura, honda y certera, es iluminadora.

 

Ítaca es nunca es un libro que hay que leer despacio, desplegarlo lentamente como a los abanicos, admirando cada nuevo pliegue, asimilando su contenido, descubriendo poco a poco la coherencia y profundidad del conjunto. Pero que nadie se llame a engaño, no hablo de abanicos corrientes, sino de los utilizados por los samuráis para el combate: es un libro que hiere.

 

domingo, 12 de septiembre de 2021

Lecturas 4º ESO


 Antología de la poesía española (1939-1975), edición de Ariadna G. García. (AKAL). Poesía

Antología poética de mujeres. De la Generación del 27 al siglo XV. Alba Editorial. Poesía

 

Fahrenheit 451, Ray Bradbury.

El hombre ilustrado, ídem.

El guardián entre el centeno, J. D. Salinger.

El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde.

Frankenstein, Mary Shelly.

Viaje al centro de la Tierra, Julio Verne.

Muerte en el Nilo, Ágatha Christie.

 

 

Yo soy Alexander Cuervo, Patricia García-Rojo. (SM).

La deriva, José Antonio Cotrina. (SM).

La balada de los unicornios, Ledicia Costas. (Anaya).

La estrategia del parasíto, César Mallorquí (la trilogía del “Parásito”). (SM).

La isla de Bowen, ídem. (Edebé).

La caligrafía secreta, ídem. (SM).

Desconocidos, David Lozano. (Edebé).

La casa de la colina negra, José Antonio Cotrina (Alfaguara).

Las esferas del tiempo, Rubén Montañá. (LaGalera).

La versión de Eric, Nando López.

La Guerra de Invierno, Ariadna G. García. (Hiperión). Poesía

 

 

jueves, 9 de septiembre de 2021

Janowitz

 

Janowitz, Salvador Macip y Ricard Ruiz Garzón. Obscura. 2021. 263 páginas.

 

 

 

 

Obscura editorial apenas tiene un año de vida. Nació en plena pandemia, en marzo de 2020. Especializada en narrativa de terror y de fantasía, Janowitz es su primer título de ciencia-ficción, y la edición del libro es maravillosa. La sugerente e hipnótica cubierta esconde una novela que responde a los adjetivos que buscan los editores para valorar un manuscrito: es inquietante, misteriosa y algo tétrica. Pero sobre todo, es una obra perfectamente construida, a cuatro manos. Sus autores (Salvador Macip, científico y autor de novelas juveniles; y Ricard Ruiz Garzón, premio EDEBÉ de literatura infantil) se reparten el amplio –y variopinto– elenco de personajes que protagonizan la historia: Wade (periodista independiente, un personaje que parece inspirado en el Jonás de Los escarabajos vuelan al atardecer, de Maria Gripe), Alice (psiquiatra), Katniss (una anciana arqueomática experta en informática y en antiguas leyendas locales), Ziggy (programadora), Ender (líder revolucionario), Joshua (profeta), Hoenikken (una suerte de alcalde que ostenta el cargo de “hegemón”, máxima auroridad política de Janowitz, ciudad-estado que gobierna con mano de hierro), Flynn (la infalible teniente del ejército) y una niña sin nombre que es un enigma en sí.  

 

Se trata, por tanto, de una obra coral y polifónica. El narrador es omnisciente y multiselectivo. Los capítulos son cortos. Está escrita en presente, igual que otras narraciones apocalípticas. Ismael M. Biurrun explica en su relato “Coronación” la predilección de las distopías que hablan del colapso por este tiempo verbal, persigue “una retransmisión en vivo, que el lector forme parte del acontecimiento”. No en vano, como adelantaba, Wade ejerce su profesión tableta en mano, y va colgando videocast en su canal para informar a los ciudadanos de las anomalías que padece Janowitz.

 

Y es que en la ciudad se han suspendido las leyes naturales que rigen el mundo: los ríos no corren, los cielos son morados, se ha declarado una epidemia de ceguera, llueve sin nubes, el reino vegetal ataca a los humanos desprovistos de tecnología (¿huella de la película El incidente?)… La realidad ha sido alterada por causas desconocidas, si bien cada grupo de poder de Janowitz sostiene una hipótesis sobre el origen de esta modificación de las ciencias físicas. Para el gobierno, es obra de terroristas; para estos (los “argivos”), se debe al capitalismo y a su impacto ecocida en la naturaleza; para los místicos, es una señal de dios contra la clase política y empresarial que machaca a la gente; y en última lugar, para los sanitarios, puede tratarse de una alucinación colectiva causada por un virus.

 

Los síntomas enumerados relacionan esta entretenida y bien pensada novela con otras que abordan el asunto del colapso civilizatorio por causas de orden natural. Son los casos, también, de la irreverente y divertida Donde siempre es medianoche, de Luis Artigue (Pez de Plata, 2019. “Premio Celsius”); y del tríptico terrorífico Las invasiones, de Ismael M. Biurrun (Valdemar, 2017).

 

Al igual que en la novela de Artigue, los fenómenos paranormales son la excusa perfecta para que el ejército tome las calles y para que los predicadores arenguen a las mesas a la revolución. En ese sentido, no faltan en Janowitz las críticas al sistema que sostiene la sociedad occidental (las prisas, el dinero, el consumo, la corrupción, la dependencia tecnológica...). Pero su fuerte es otro. La novela es un prisma, es un juego de espejos, un caleidoscopio donde las escenas se ensanchan, se duplican en un baile de ecos, destellos y reverberaciones. Es pura matemáticas. Cada capítulo abre un sorprendente punto de fuga, dialoga con otro, desarrolla un detalle, ramifica la historia como lo haría la secuencia Fibonacci. El tándem Macip Garzón ofrece a la comunidad lectora un libro magnificamente diseñado, de arquitectura sólida; escrito con un estilo cuidado, de alto vuelo retórico. La poesía respira en sus páginas, hasta el punto de que incluso descubrimos una cita intercalada: “De alguna manera, presiente que tanta belleza no puede ser más que el anuncio de algo terrible” (p. 86, sacada de las Elegías del Duino, de Rainer Maria Rilke: “La belleza no es más que el comienzo de lo terrible”).

 

Cada personaje es una pieza única en el engranaje del libro. Entre todos habrán de hacer frente a la insólita convergencia de energías que ha tomado la pagoda de la ciudad -el corazón místico de Janowitz, su centro simbólico-, hasta envolverla en un tenebrosa telaraña verde provista de tentáculos.

 

Sobre el argumento no diré más. Sí recalcaré el ágil sentido del ritmo de tiene la historia, y su magnífico desenlace. El chat gamberro que cierra el volumen da un golpe de timón que se agradece, tiene un giro metadiscursivo interesante a la par que divertido y clásico.

 

Janowitz no deja de ser un canto a la libertad, al cambio, al abandono de roles, así como una reflexión sobre la posibilidad real –o no– de transformar el estado de cosas del mundo. ¿La Historia está condenada a repetirse? ¿Es el albedrío una quimera? O como se pregunta Borges en su célebre soneto: “¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza?”.

 

No se pierdan el libro. Es para tenerlo.  

 

   

 

 

 

martes, 7 de septiembre de 2021

¡En marcha!

 


En 2016 publiqué mi primer libro dedicado a un público juvenil (a partir de 11 años) : Las noches de Ugglebo, por el que merecí el premio de poesía LIJ "El Príncipe Preguntón". Se trata de una fábula escrita en verso protagonizada por una bandada de aves rapaces nocturnas que viven en Finlandia. Aborda, entre otros, los temas de la construcción (y defensa) de la identidad o el cambio climático, apelando a nuestra responsabilidad individual para salvar el planeta.

Hoy tengo el honor de presentaros mi segundo libro para los más pequeños (a partir de 9 años): ¡En marcha!, publicado en Colombia por Corazón de Mango. Un viaje por el globo para desconfinar la mirada, empatizar con la flora y la fauna o dejarse sorprender por el sentido de los maravilloso. Un mosaico de poemas localizados en lugares sorprendentes (el río Mekong, el taller de un juguetero de Praga, una librería de Estambul...) que juega con la métrica tradicional y recurre a potentes imágenes para sorprender a sus jóvenes lectores.

¡No os los perdáis!

Llevo un lustro dando charlas a alumnos de 1º y 2º ESO sobre Las noches de Ugglebo, y será un placer comenzar a impartirlas sobre ¡En marcha!

 

 

viernes, 3 de septiembre de 2021

Un tigre se aleja

 

Un tigre se aleja, Rubén Martín Díaz. Renacimiento, Sevilla, 2021. 79 páginas.

 

  Hace un par de años, Rubén Martín Díaz me envió el manuscrito de Un tigre se aleja para comentarle mis impresiones. Y tener esa piel rayada entre mis manos, al cabo del tiempo, es motivo de alegría, porque la belleza nos alumbra por dentro y nos mejora. Si la edición del libro, en cuanto a soporte, es un lujo estético para la mirada, el contenido de la obra es una delicia para nuestra mente. En una sociedad como la nuestra, tan falta de armonía, poemarios como el suyo nos estabilizan, nos devuelven a un —precario— equilibrio de índole moral y espirirual.

 

   Martín Díaz, como los poetas del Renacimiento, contempla el devenir de la existencia con serenidad (actitud que debió de predestinar la casa que ha acogido sus versos). El sujeto lírico que habla en sus poemas es consciente del tempus fugit (“Apenas un segundo y todo acaba”), de la caducidad de la “efímera belleza”, de la muerte como meta ineludible:

 

…y más tarde el silencio

o el vacío,

el flujo inalterable

de la nada

 

(De “El juicio final”)

 

  Pero no por ello la voz se desliza por la pendiente de la pesadumbre, ni se abisma en un pozo de nostalgia. El poeta hace suyo los versos celebratorios del gran Francisco Brines, al que recientemente hemos despedido:

 

Y a pesar del dolor y la amargura del alentar humano

defendiste la vida con amor

 

(De Palabras a la oscuridad, 1966)

  

   De hecho, Un tigre se aleja se define por su carácter hímnico. La voz que enuncia, a través de un paseo por su memoria, invita a los lectores a que emprendan su propio carpe diem, al igual que hizo ella:

 

Justifico estas manos con el gesto

irónico de haber gozado a muerte

cada trozo esculpido por la vida

en la piedra marmórea del pasado

 

(De “Mis manos”)

 

   Las heridas, y hasta el mismo dolor, son fuente inagotable de agradecimiento, en la medida en que suponen una revelación del existir (recuérdese el famoso poema de Miguel de Unamuno “El buitre de Prometeo”).

   Pero hay más anclajes en el mundo: los hijos, el amor, los amigos, el deporte y la naturaleza. Este último motivo es recurrente en la trayectoria de su autor. Ya en el espléndido El mirador de piedra (Visor, 2012, Premio “Hermanos Argensola”) Rubén Martín Díaz abordaba el asunto de la fusión de los seres humanos con el mundo, que leemos de nuevo en su último libro: “He sido el cielo desde mí,/ el aire desde el aire” o “y ser sencillamente, viento y hoja/ sucediendo ante nadie y para nunca”. Es más, el autor reelabora escenarios áureos, donde el cielo nocturno es cómplice de las dudas existenciales del sujeto que lo contempla (veo un guiño a Francisco de la Torre):

 

Qué bóveda de crucería trazan

esas estrellas, brujas de la noche,

asomándose así con ese pálpito,

con esa forma nueva de avivar

la sombra estremecida, el sonajero

de grillos. Qué sabrán, latentes, tibias,

rumiantes de sí mismas y su propio

destello en procesión, virutas cándidas,

azules limaduras que pernoctan

sin sueño, digo: qué sabrán de mí,

de nuestra noble causa en este mundo

 

(De “Cosmología”).

 

   La extensa cita anterior me sirve de excusa para hablar del estilo de la obra. Más allá del cuidado del ritmo (de corte clásico), caracteriza la obra la abundancia de metáforas brillantes (las estrellas son “lámparas de lava”, “ralladuras de cuarzo”), de poderosas imágenes sinestéticas (quiero “beber el agua clara del relámpago”) y de bellas hipérboles (“Abro los ojos;/ se inundan de pureza con la fragua/ sostenida en el cielo por el sol”). En suma, el poeta hace gala de una sensibilidad extrema y de un perfecto dominio de las figuras retóricas.

 Un tigre se aleja es un poemario hondo, de calado existencial, donde cada poema es una diminuta piedra preciosa que embellece al conjunto. De modo que Rubén, además de un felino, es un orfebre. Con esta nueva entrega, su autor consolida una obra de calidad, por primera vez, al margen de los premios (ganó también el “Adonáis” por El minuto interior), pero no de la crítica.

 

Esta reseña se publicó en Estado Crítico el pasado 18 de junio de 2021


domingo, 1 de agosto de 2021

Un poema "gimnasta" de Napalm

 

Para celebrar la plata que Ray Zapata acaba de conseguir en suelo, en las Olimpiadas de Tokio, comparto por aquí un poema de Napalm (Premio Hiperión, 2001), escrito en noviembre de 2000, tras los Juegos de Sidney. El texto está inspirado en un gimnasta extraordinario, al que descubrí en Atlanta 96, el ruso Alexei Nemov: la música hecha músculo. También resuenan de fondo los comentarios de la periodista deportiva de RTVE Paloma del Río.

 

 

Escena interior (a).

 

 

1

 

 

SABIENDO lo exigente

de la competición

en el siempre difícil aparato

de barras paralelas que es la vida

te pasarás las horas

metido en el gimnasio

haciendo curl de pesas con las palmas

metidas hacia dentro

levantando los discos de entre ocho

a doce kilogramos de auto-estima

que tendrán tus mancuernas.

Entrenando

tres veces por semana

(un día de descanso

después de cada entreno)

alcanzarás el tono

muscular adecuado para luego

no desequilibrarte si el destino

—una cuenta bancaria

con saldo negativo, un embarazo

imprevisto— estuviese

en tu contra.

Buscando una mayor

fijación a la barra esparcirás

una mezcla (según necesidad

o gusto de atleta)

de amigos y parientes a lo largo

de las zonas de apoyo.

Te aconsejo

que lleves protectores por si acaso

descubras la traición

en aquellos momentos de mayor

vulnerabilidad

para que sus efectos

de lija no te corten

                 ni te quemen los bíceps.

 

 

martes, 27 de julio de 2021

Las crónicas del parásito (IV): La hora zulú

 

La hora zulú, César Mallorquí. SM. 2019. 222 páginas.

 

  

Lo primero que llama la tención del último volumen de la Trilogía del parásito es su extensión. Si nos fijamos, cada libro superar al anterior en número de páginas: 168>195>222. Esto se debe a varios motivos. Por un lado, la obra está tejida con cuatro tramas (A: operaciones llevadas a cabo por los protagonistas: rescates, huídas, emboscadas; B: “Operación Mago de Oz”: liderada por los wizars y cuyo fin es destruir al monstruo digital Miyazaki; C: “Proyecto Hefesto”, realizado por dicha Inteligencia Artificial, dirigido a la producción en masa de robots domésticos para garantizarse un soporte vital, una vez exterminada nuestra especie por una pandemia, cuyo agente infeccioso, Sokaris, ha sido creado en un laboratorio; D: eliminación de hackers a cargo de un sicario y sus secuaces). Además, César Mallorquí completa la transformación de Óscar, que evoluciona hacia una personalidad mucho más segura y hasta despiadada. También da brochazos que acaban de colorear a Ekaterina, guardaespaldas del joven mentado. Y por último, introduce en la novela nuevos personajes, entre otros: el coronel Hermann Holtzer, contratado para reducir a ceniza a la resistencia humana que combate a la IA; e Iván Bubka, mercenario que trabaja a favor de los buenos.

 

De esta manera, La hora zulú mantiene en equilibrio la balanza entre el bien y el mal: “Mago de Oz” frente a “Hefesto”; Tanaka, el padre intelectual de Miyazaki, contra su criatura cibernética; Bubka contra Holtzer. 

 

La obra se plantea como una carrera contra-reloj de los wizards para impedir que Miyazaki implemente su plan aniquilador. Obviamente, esa cuenta atrás acelera el ritmo del relato.

 

En esta tercera entrega de la saga, César Mallorquí vuelve a innovar en el planteamiento de la acción. Si bien es verdad que mantiene los narradores de Manual de instrucciones para el fin del mundo, ahora modifica su técnica narrativa. Hasta ahora, el veterano escritor acostumbraba a adelantarnos información con objeto de atarnos al libro; vamos, que nos lanzaba anzuelos. Ahora obra a la inversa. Narra episodios que nos resultan alarmantes por su contenido, y luego nos revela, por boca de Óscar, que eran trampas urdidas por los protagonistas.

 

Cabe destacar que Mallorquí se suma a la moda de la polifonía textual introduciendo en el discurso fragmentos de páginas web, blogs, periódicos y transcripciones fonéticas. Esta variedad de textos amenizan la lectura, y expande la mirada del lector hacia nuevos ángulos.

 

No puede faltar, tratándose de un libro del escritor barcelonés, alguna alusión a Tintín. En novelas anteriores, las aventuras del célebre reportero repercuten directamente en la elaboración de la trama, o por mejor decir, en su desenlace. Así, detrás de La isla de Bowen asoma la patita La isla misteriosa; y detrás de la puerta de Agartha se percibe la sombra de Vuelo 714 para Sidney. En el caso que nos ocupa, en cambio, la alusión es explícita (al Asunto Tornasol), y aparece en boca del trasunto de César Mallorquí. 

 

La hora zulú es un magnífico broche para una trilogía trepidante, inteligente y divertida. Desde luego, no sólo es recomendable su lectura para un público joven. La saga entusiasmará a todo aficionado/a a la ciencia-ficción. Que nadie piense que los guiños a Hal, Terminator o Neo encaminan la obra hacia un camino trillado. La amenaza no viene de las máquinas. Dorothy, la niña que acapara el último tramo de la obra (de la que no diré nada, y que, por su sabiduría y edad parece la melliza de Amaya La puerta de Agartha o de Azucena –El círculo escarlata), lanza un mensaje de advertencia sobre el destino aciago que aguarda a la humanidad futura, a una humanidad sin retos y sin ilusiones, aburrida de sí misma. La amenaza, por tanto, proviene de nosotros.

 

  

 

jueves, 22 de julio de 2021

Sublevación, recomendado por El Cultural


Son muchas las horas que una se pasa escribiendo, y son muchos también los sacrificios que se deben hacer para disponer de ese tiempo. Por eso, cuando un medio tan prestigioso como El Cultural publica una reseña de tu libro, o lo recomienda para leer en verano, no puedo dejar de agradecer esa atención recibida. Son miles los libros que se publican al año, y esa visibilidad -ese apoyo- supone un acicate para seguir trabajando en mis siguientes proyectos, que ya están en marcha.


Os dejo por aquí la reseña que el catedrático Túa Blesa publicó de mi último poemario, Sublevación (Pre-textos, 2020): 

https://elcultural.com/la-sublevacion-de-ariadna-g-garcia

Y también la lista de libros que el célebre suplemento cultural ha elaborado para estas vacaciones, donde se recomienda mi libro de poemas:

https://elcultural.com/avalancha-de-libros-50-titulos-para-sobrevolar-el-verano?fbclid=IwAR2Kz_1EiuMs8VVGSxRhv424NXwIGi-MSWHq9AN8fdzyR-wHbc1WXfsxFsA


Feliz lectura.


miércoles, 21 de julio de 2021

Las crónicas del parásito (III). Manual de instrucciones para el fin del mundo

 

Crónicas del parásito II: Manual de instrucciones para el fin del mundo

 

Tuvieron que pasar siete años para que César Mallorquí diese con un argumento que le convenciera para rematar El asunto Miyazaki. Esta continuación se reparte entre dos volúmenes, perfectamente cohesionados. De hecho, vieron la luz en el mismo año (2019). No es necesaria la lectura de la Estrategia del parásito para su completa comprensión, pues Óscar resume su contenido en los primeros compases de la secuela. Eso sí, es muy recomendable; sobre todo para comprobar cómo el escritor se supera a sí mismo en la escritura de su nuevo relato, mucho más compleja y sofisticada

 

La dificultad técnica de los nuevos libros es un aliciente que aumenta su disfrute.

Hoy analizaremos Manual de instrucciones para el fin del mundo.

 

El primer cambio sustancial con respecto a su predecesor descansa en el punto de vista. De la narración en boca de un yo protagonista, pasamos a la suma de voces, a la polifonía. Por un lado, se mantiene al narrador interno. Por otro, aparece narrador en tercera persona, omnisciente y multiselectivo; es decir, varía el foco de su relato, según el personaje del que hable. De esta manera, la novela consigue varios logros: enriquece la textura coral (pues cambian las coordenadas de percepción) y amplía las localizaciones espaciales, que ahora serán internacionales (Francia, Japón, Estados Unidos y España). Vamos: que la novela se ensancha hacia fuera e implosiona hacia dentro.

 

La segunda modificación está relacionada con la anterior. El relato diacrónico muta en relato simultáneo de escenas solapadas, más o menos compensadas a lo largo del libro.

 

La tercera novedad es metaliteraria. Me explico: Mallorquí, como antes que él Unamuno o Cervantes, se convierte en criatura de su propia narración. De este modo, se diluyen las fronteras entre el mundo real y el imaginario. También hará un cameo Pepa, su mujer.

 

Por último, César Mallorquí juega continuamente a ocultarnos información relevante sobre la historia y los personajes. Esto puede hacerlo gracias, como dije, a la incorporación de un segundo narrador, omnisciente. Esta voz se reserva datos para incrementar nuestra atención. Ojo: en muchas ocasiones no colmará nuestro deseo informativo hasta la última entrega de la trilogía.

 

Descrita la técnica, vayamos al argumento. Manual de instrucciones para el fin del mundo nos advirte, de entrada, contra la amenaza que supone Miyazaki: una inteligencia artificial surgida de Internet y que controla desde bases de lanzamientos de misiles a satélites espaciales… Este programa informático supone el mayor peligro al que la Humanidad se haya enfrentado. Debido a su elevada inteligencia, ha diseñado ordenadores cuánticos que le permiten evolucionar y crecer sin límites. En resumidas cuentas: se trata de un monstruo digital que ha puesto en su punto de mira a nuestra especie. Para doblegarlo, un grupo de háckers se esconde en un enclave oculto para diseñar una táctica de ataque. Trabajan bajo la protección y escolta de la mafia rusa. Será, precisamente, la guardaespaldas personal de Óscar, Ekaterina, quien contribuya a la evolución de este personaje, aunque no descrubriremos de qué forma hasta el último tomo.

 

En el punto culminante del libro, casi todos los personajes coinciden en la “colonia”, como cuando se aglutinan en la venta todas las criaturas del Quijote. Sobre las aventuras que viva cada uno nos informa al detalle La hora zulú, a la que dedicaré mi próxima reseña.

 

Manual de instrucción para el fin del mundo contiene todos los elementos que caracterizan a las novelas de aventuras: persecuciones, secuestros, asesinatos, fugas, investigaciones ilícitas y espacios que despiertan nuestra imaginación (laboratorios secretos, fábricas con extremadas medidas de seguridad o humildes habitáculos donde malviven háckers –un nuevo guiño a Matrix). 

 

En fin, el libro nos ofrece entretenimiento a la que invita a la reflexión sobre nuestra dependencia de la tecnología. Omito un tema capital que aborda el libro, porque quiero que lo descubráis vosotros. Tenéis una semana. Sólo os diré que está relacionado con la ingeniería genética y con ese complemento que todos llevamos al salir a la calle.

 

Y hasta aquí. Me despido con palabras de Garcilaso: “No me preguntes más, que lo diré”.

 

lunes, 12 de julio de 2021

Las crónicas del parásito (II). La estrategia del parásito

 


 La estrategia del parásito, primer volumen de "Las crónicas del parásito", nació en realidad como una novela autoconclusiva. Vio la luz en 2012. Está escrita en primera persona por su protagonista. Comienza in medias res. Y siguiendo una técnica habitual de Mallorquí, Óscar Herrera se dirige a los lectores en las primeras páginas del libro para despertar la curiosidad (tal y como hace el escritor en La mansión Dax o en La caligrafia secreta). Este propósito lo consigue con creces haciendo referencia la situación de peligro en que se ve inmerso. El joven tiene 22 años y estudiaba Periodismo cuando, de repente, su existencia sufrió un giro de 180 grados. El causante del mismo, en un principio, es su antiguo compañero de colegio, Mario Rocafort, un genio de la informática que le hace llegar a casa un misterioso pendrive; casualmente, pocas horas antes de morir en un accidente de moto. En segunda instancia, el detonante que hace volar su vida en mil pedazos es Miyazaki.

 

El objetivo de Óscar es localizar al desaparacido director de tesis de Mario, a quien debe entregar la memoria USB. Esta contiene un par de archivos a cuyo contenido, cifrado, solo se puede acceder con una clave de acceso. En su búsqueda recibe la ayuda de Judit, la ex de Mario; una joven bellísima de aspecto gótico y experta en matemáticas. Y aquí entramos en un tema secundario de muchos de los libros de César Mallorquí: la defensa a ultranza de las capacidades intelectuales y físicas de las mujeres (caso también de La isla de Bowen o de La puerta de Agartha, entre otras novelas). A patir de este punto, al peligro que corren los dos personajes se suma su tensión sexual.

 

La pareja, como si fueran un par de detectives, van investigando todo lo concerniente a Mario, lo que les lleva a varias localizaciones (la Unidad de Atestados de la Policía, su casa de estudiante, la empresa informática Intracom, los chalets de Judit en Somosaguas y Aravaca, el domiclio de Francisco Melgar y el del propio Óscar). Estos espacios les aportan un montón de pistas y los meten en múltiples problemas.

 

Con un ágil sentido del ritmo basado en la sucesión de escenas breves, los cambios de escenarios, las conversaciones cortas y los incesantes actos delictivos que padecen los protagonistas o sus allegados, Mallorquí atrapa a los lectores hasta el desenlace.  

 

La estrategia del parásito aborda temas actuales, como el espionaje industrial o los peligros de la Red. Al igual que hiciera Julio Verne en sus célebres novelas, César Mallorquí aprovecha sus relatos para la divulgación científica y las explicaciones de conceptos (en este caso, informáticos: troyanos, hackers, crackers, bit, gusano, inteligencia artificial, computación cuántica, sistema binario-ternario, teraflops).

 

No será hasta casi el final del libro cuando un mensaje grabado por el difunto Mario revele qué es Miyazaki y alerte a la pareja protagonista del peligro que corre la humanidad.

 

El epílogo parace un homenaje a Matrix, con un Neo (Óscar) que asume la responsabilidad de comunicar a los humanos la realidad oculta.

 

Releído el libro con el objetivo de escribir una reseña de la trilogía, compruebo que el germen de las continuaciones está aquí, en su último tramo. Supongo que Mallorquí decidió tirar de los diferentes cabos de la trama para expandir el mundo que había construido, y para dar más minutos al gamberro de Black-Cat, un afamado hacker sin pelos en la lengua. Pero, sobre todo, en esta línea de meta se abren otras dos líneas argumentales que desarrollará el autor en los volúmenes II y III de las Crónicas: qué trama Miyazaki, que planean los buenos para neutralizarlo.

 

¿Os vais a perder esta trilogía?  

 

jueves, 8 de julio de 2021

Las crónicas del parásito (I)

“Las crónicas del parásito”, César Mallorquí. SM (2012-2019)

 

Hasta hace año y medio la Humanidad vivía dentro de una placenta de ignorancia. Como dice el agente Smith en Matrix, pagábamos nuestros impuestos, tirábamos la basura, paseábamos al perro y nos íbamos de viaje, al trabajo o de cena con despreocupación. Éramos felices en nuestra descomunal ignorancia del peligro que se gestaba en la sombra, aparentemente, muy lejos de nosotros, al otro lado del mundo, en un lugar recóndito en lo profundo de un bosque asiático a punto de ser derribado por buldócers.

 

Pero entonces, la amenaza cobró cuerpo, se propagó por el mundo, y la vida cambió hasta nueva orden. Y da la sensación de que será así por mucho tiempo. Tal vez décadas.

 Nuestra historia reciente parece escrita por un guionista de Hollywood. Cabría preguntarse cuántos giros inesperados tiene el argumento.

 Son muchos los escritores que a lo largo de los últimos 150 años se han planteado diferentes escenarios que ponían en riesgo la existencia de la especie humana. El miedo a la muerte es un obsesión que nos acompaña desde que nacemos, y son innumerables las páginas que le han dedicado miles de poetas. Sin embargo, al auge de la industria armamentísca al finales del siglo XIX, así como los avances científicos que tuvieron lugar entonces, dio lugar al nacimiento de un nuevo género literario, la ciencia-ficción, preocupado, entre otras cosas, no por la contingencia individual, sino por el aciago destino colectivo.

 En esa lista de autores ilustres no pueden faltar los padres fundadores: Julio Verne (El secreto de Maston, 1889) y H. G. Wells (La máquina del tiempo, 1885; La guerra de los mundos, 1898). El primero vislumbraba en el horizonte un desastre climático causado por la ambición del Hombre. El segundo presagiaba dos futuros igual de desalentadores: la degeneración de nuestra especie, que perdería su humanidad; y una invasión alienígena que nos reduciría a pulpa de naranja.

 Sin embargo, fue en el siglo XX cuando el género despuntó. Dos Guerras Mundiales y una Guerra Fría que se cobraron la vida de millones de personas dejó un considerable rastro de libros apocalípticos. Nunca se vio la muerte tan de cerca, ni tan grande.

 Quizás sea esta la razón por la que el siglo pasado nos legó un buen número de obras que vaticinan el fin del mundo, desenlace que se alcanza de multitud de formas:

 

  1. Invasión extraterrestre. Siguiendo la estela de H. G. Wells, destacan los volúmenes: El Kraken despierta, de John Wyndham (1953); Los genocidas, de Thomas M. Dish (1965); Ruido de pasos, de Jerry Pournelle y Larry Niven (1985).
  2. Creación de un agente biológico letal / guerra biológica. Caso de las novelas: El día de los trífidos, de John Wyndham (1953); Soy leyenda, de Richard Matheson (1954).
  3. Desastres naturales. Sobresale el ciclo “apocalíptico” de J. G. Ballard, en especial: El mundo sumergido (1962), El mundo de cristal (1966).  
  4. Contaminación. La sequía (1965), de Ballard, también. El cuento de la criada, de Margaret Atwood (1985).
  5. Holocausto nuclear / bélico. Deus Irae, Phillp K. Dick y Roger Zelazny (1976); Dr. Bloodmoney, de K. Dick (1965). Llamaremos la atención sobre dos títulos de carácter feminista: Caminando hacia el fin del mundo, de Suzy McKee Charnas (1974); La puerta del país de las mujeres, de Sheri S. Tepper (1988).

 

No faltan las novelas distópicas donde la guerra resuena de fondo, y aunque la especie humana todavía sobrevive, lo hace bajo estados totalitarios y anestesiada por los medios de comunicación de masas. Me refiero, claro está, a las magníficas 1984, de George Orwell (1949) y Fahrenheit 451, de Ray Bradbury (1953), dos de las mejores narraciones del siglo pasado.

 Como era de esperar, el Séptimo Arte se hizo eco de la obsesión temática por el fin del mundo, y además de las versiones cinematográficas de algunos de los títulos citados, proyectó en las grandes pantallas obras originales como Terminator (1984), Terminator 2: El juicio final (1991), Mad Max (1979), Mad Max 2: El guerrero de la carretera (1981), Mad Max 3: Más allá de la cúpula del trueno (1985), 12 monos (1995) o Matrix (1999). Al cine le debemos, precisamente, una nueva manera de hecatombre humana: la sublevación de las máquinas.

 Con la entrada del nuevo milenio, y tras los atentados del 11-S, el mundo imaginó nuevas formas de autodestrucción. Me refiero a la amenaza zombie. Entre las películas que abordan este asunto tenemos 28 días después y Guerra Mundial Z.

 Desde la crisis financiera mundial de 2008, algunos de los mejores narradores españoles que tenemos en la actualidad han publicado obras apocalípticas, poniendo el género de moda. Me refiero a Emilio Bueso (Cenital), Ismael Martínez Biurrun (Un minuto antes de la oscuridad, Invasiones), Roberto de Paz (El hombre que gritó La Tierra es plana, Los valientes), Luis Artigue (Donde siempre es medianoche) o César Mallorquí (trilogía Las crónicas del parásito).

 Del postapocalipsis nos hablan autores como Carlos Sisi (en su serie Caminantes), José Antonio Cotrina (Deriva), María Zaragoza (Baba-Yagá) o Eduardo Vaquerizo (Nos mienten).

 Precisamente, fue en 2008 cuando se publicó el primer volumen de la distopía Los Juegos del Hambre (firmada por la escritora estadounidense Suzanne Collins), al que siguieron los exitosos En llamas (2009) y Sinsajo (2010).

 Con este panorama, se preveía complicado que surgiese una novela apocalíptica novedosa. Ya se había visto de todo.

 Pero por eso se considera a César Mallorquí un maestro de la narrativa presente: porque es ingenioso, domina la técnica, posee una vasta cultura y tiene un talento innato para romper los moldes heredados.

 En los próximos días, a razón de una a la semana, iré publicando las reseñas de los tres volúmenes de su trilogía apocalíptica Las crónicas del parásito.

 No me faltéis.

 

jueves, 1 de julio de 2021

Nos mienten

Nos mienten, Eduardo Vaquerizo. Barcelona, Fantascy, 2013. 

 

Sostiene Jorge Riechmann que a los occidentales nos resulta más asequible imaginar el fin de la especie humana que el final del capitalismo. Así de interiorizado tenemos el sistema económico que muy posiblemente nos conduzca al colapso. Son muchas las novelas y películas que abordan este asunto. Hoy me interesan destacar las que imaginan que la extinción se deba a un virus o a una bacteria letal. ¿Se acuerdan de las películas Cyborg (1984) o Doce monos (1995)? En ambas se habla de una pandemia mundial que ha reducido a mínimos a los seres humanos. ¿Les suena? Más recientemente, el tema se ha puesto moda entre los escritores españoles. La crisis energética y económica de 2008 fue un aviso para navegantes. Miles de personas comenzaron a preocuparse por el agotamiento de los recursos naturales que satisfacen la demanda de la población mundial. Las cuentas no salían. Éramos siete mil millones de almas exigiendo agua potable, consumiendo petróleo y suspirando por tecnología. Han pasado trece años desde entonces, y las cosas, como es evidente y notorio, han empeorado. La desvastación de ecosistemas y la destrucción de hábitats han soltado por el planeta un coronavirus que ha segado la vida de tres millones de hombres y mujeres. La Covid-19 ha encarnado la pesadilla que cineastas y novelistas habían creado en sus estudios para nuestro entretenimiento. Me refiero a autores como Ismael Martínez Biurrun, Eduardo Vaquerizo o César Mallorquí.

La primera de las obras narrativas de las que voy a hablar se titula Nos mienten; la firma el segundo autor mentado, y vio la luz en 2013 de la mano de Fantascy, la división de Ci-fi de Pinguin Random House.

Vaquerizo nos dibuja un doble escenario apocalíptico. Nos habla del colapso dentro del colapso.

La primera fecha clave data del 2035. Ese es el año en que desaparecen la Unión Europea y de la democracia española. En su lugar, gobierna los destinos de los antiguos ciudadanos comunitarios la Confederación Empresarial Paneuropea que puso a las guerras corporativas que asolaron el viejo continente (en las que se emplearon armas nucleares y se destruyeron ciudades enteras). Dicha confederación tiene delegaciones en todos los países de la extinta UE.

Tras aquel cambio, la civilización occidental cedió sus libertades a cambio de una falsa seguridad. Nos mienten se localiza en un Madrid distinto al actual, pero reconocible. En la cúspide del organigrama político se encuentra el Presidente de la Confederación empresarial madrileña. Justo debajo, distintas familias se reparten el poder en función de su actividad empresarial: los Ramoneda, que dirigen empresas biotecnológicas; los Villamil, abogados; y los Vaaden, que se dedican a la industria eólica. Cada familia cuenta con su propia policía privada. 

El mapa urbano también sufrió modificaciones. Lejos de la almendra central, en el extrarradio, crecen cinturones de pobreza y de solidaridad vecinal (donde ahora se localizan Alcorcón, Getafe, Leganés o Parla). La prestación de servicios públicos esenciales (alumbrado, escuelas, recogida de basura…) sólo se garantiza en Madrid capital. Este escenario no dista demasiado del que pinta Biurrun en Un minuto antes de la oscuridad, casualmente, también editado por Fantascy. 

En el centro, en cambio, los jóvenes disfrutan de gimnasios o bares, visten ropa de diseño, y viven en apartamentos minúsculos, pero perfectamente equipados con tecnología punta: paredes que se convierten en pantallas de plasma (guiño a Bradbury), sensores médicos integrados en el inodoro para calibrar la salud del usuario, y miniconsolas de conexión encefálica que ofrecen una percepción mejorada de la realidad, entre otras muchas cosas. 

Como ven, se trata de una sociedad polarizada, de donde ha sido barrida la clase media. Todo lo contrario de lo que leíamos en las novelas galdosianas. En este siglo XXI los autores tienen (tenemos) claro que la estratificación es lenta, pero imparable. 

Si ya hemos analizado el decorado, vayamos a los personajes. La protagonista de la obra es Nora, un veinteañera que trabaja como escolta para la familia Ramoneda. Está casada con Domingo, con quien comparte profesión y veinte maravillosos metros cuadrados. Otros compañeros del gremio han modificado su ADN para mejorar su rendimiento mediante el aumento de masa muscular, o la introducción en sus cuerpos de implantes biotecnológicos con objeto de ser más resistentes. Pero ellos aún no. (De este asunto nos hablaba ya Laura Gallego en su novela greenpunk Las hijas de Tara, 2006.) 

La trama del libro descansa sobre el descubrimiento que realiza Nora del proyecto “Cielo e Infierno”. Al frente del mismo, se encuentra las megacorporaciones que dominan el mundo. Es su respuesta al segundo colapso que se avecina, el que presumiblemente acabará con la especie humana. ¿La razón? La de sobra conocida y siempre ignorada: no hay energía fósil ni renovable para sostener el sistema, tampoco agua potable, ni es posible alimentar a los catorce mil millones de seres humanos que campan en el globo. Cuando lleguen la escasez y las hambrunas, se desatará tal nivel de violencia, que acabaremos por matarnos los unos a los otros (de fondo suena Cenital, de Emilio Bueso -2012-; y el testigo lo recogerá el José Antonio Cotrina de La deriva -2018). 

Por supuesto, la gente podría sublevarse contra ese destino aciago. De hecho, los poderosos temen ese rebelión. Así se lo confiesa a Nora el primogénito de la familia Ramoneda, Ernesto. El simple impago de las hipotecas acabaría con el castillo de naipes que sostiene a los ricos. Pero la ciudadanía, sostiene el joven millonario, está anestesiada, “es un animal entrenado para no morder”. 

Hace tres años, la escritora Marta Sanz publicaba una columna en El País contra la “resilencia”, contra nuestra capacidad de adaptación, vista la imposibilidad de que se operen cambios estructurales en nuestra manera de organizarnos. Vaquerizo denuncia la misma manipulación. ¿Por qué amoldarnos a cualquier circunstancia, por adversa que sea, e ignorar el futuro que nos aguarda si seguimos por la senda del crecimiento y la devastación? 

El proyecto “Cielo e Infierno” es una cápsula de salvación para la humanidad. Dado que la evolución natural ha desarrollado un homo sapiens imperfecto, se trata de que asegurar de que toda la hornada original sea aniquilada al 100% (por medio de un virus creado por bioingeniería para la ocasión), y sustuida por una versión mejorada en un laboratorio, la homo sapiens novus

A partir de esta revelación, que cuesta la vida al protegido por Nora, la novela es una sucesión de escenas de acción: huidas, asaltos, traiciones y combates. No en vano, recaerá sobre los hombros de la guardaespaldas la acusación de asesinato. Y el homicidio se paga con la vida. 

Nos mienten es una novela bien escrita, de ritmo ágil y lenguaje claro. Como pega diré que los personajes son algo planos. No obstante, la novela tiene el interés de la premonición, de la crítica social y de la denuncia del capitalismo. Para lectores a los que les guste la ciencia-ficción y el género distópico. 

 

 

miércoles, 30 de junio de 2021

Nuevo libro LIJ


 

Acaba de salir en pre-venta mi nuevo libro, ¡En marcha!, a punto de aparecer en la editorial colombiana Corazón de Mango. Se trata de mi segunda incursión en la literatura infantil-juvenil, tras mi galardonado Las noches de Uggleblo (Diputación de Granada, 2016. Premio de poesía "El Príncipe Preguntón").

¡Es ideal para lectores de todas las edades!

Pronto, más noticias. De momento sólo adelanto que es una obra para que los pequeños desconfinen la mirada y recorran el mundo.

 

martes, 15 de junio de 2021

Presento el libro Ítaca es nunca


 

 

El próximo sábado 26 de junio presento el poemario Ítaca es nunca, de la autora Cristina Falcón Maldonado (Candaya, 2021).  El evento tendrá lugar en la librería La Lumbre, a las 12:00. Será retransmitido por Instagram.



martes, 8 de junio de 2021

Sucederá la flor


 

 

 

Sucederá la flor, Jesús Montiel. Valencia, Pre-Textos. 2018. 55 páginas

 

 

 

No hay libro de valía que no hable sobre la muerte, ese concepto tabú que nuestra sociedad ha ocultado bajo capas de pintura y de alicatado. La vejez, la enfermedad y el deterioro físico han sido desterrados de los anuncios, de las redes sociales y de la televisión. La pandemia causada por la Covid-19 puso nuestra contigencia en primer plano durante un tiempo, por lo novedoso. Pero los decoradores de la realidad han vuelto a camuflarla. Nos han puesto delante de los ojos acabados en maderas nobles y suelos de tarima, como si el disfraz pudiese negar la esencia del ladrillo o de las tuberías de cobre. Cuando lo cierto, es que la muerte sigue ahí, al acecho.

 

Los poetas sí sabemos afrontarla de cara. Somos los subversivos que soplamos la niebla para descubrir el engaño, los que abrimos la caja de Pandora. Quizás porque el temor nos invita a la acción de gracias por medio de los versos, quizás porque esperamos no perder la cabeza por el miedo si nos vemos capaces de nombrarlo.

 

Jesús Montiel es poeta y narrador. A pico y pala ha tirado la pared que escondía el tema prohibido; con sus manos, ha subido el telón del escenario donse se representaba el asunto blasfemo.

 

Y no obstante, esa verdad desnuda no podía revelarse de una manera más hermosa. La amenaza de la muerte le ha arrancado una voz melodiosa y equilibrada, consciente del aguijón y de su veneno. El peligro espolea sus ansias de más vida. Y tal propósito aparece en su bello relato en prosa Sucederá la flor, dedicado a su hijo, enfermo de leucemia. 

 

Sin maquillaje ni embustes, el sujeto que dialoga con su niño relata su experiencia sobre la cuerda floja. Ese cordón sobre el que caminaba el pequeño, seguido de su padre. La palabra es templo que protege la llama del amor. Cada línea es un golpe del que salta una esquirla de dolor, pero al cincel lo empujan los dones del espíritu.

 

Que nadie busque aquí una biografía. Del miedo y la esperanza en estado puro nos hablan las imágenes, los relámpagos visuales que iluminan nuestras áreas en sombra, y no las confesiones de diván.

 

Sucederá la flor es un libro emocionante en el sentido pleno. Un trago de agua fresca, entre tanta sequía.

 

viernes, 4 de junio de 2021

Participo en el Congreso Internacional "Fines del Mundo"


 

Ayer, jueves 3 de junio, tuve el honor de dar una conferencia en el Congreso Internacional "Fines del Mundo: contextos, tradiciones y réplicas", organizado por el Máster y Doctorado en Estudios Literarios (Facultad de Filología) de la Universidad Complutense de Madrid, y coordinado por Carmen Gómez García. 

Mi conferencia versó sobre un tema que me encanta: "El colapso civilizatorio en la narrativa española actual: del testimonio a la ciencia-ficción".

Mi agradecimiento a Fernando Ángel Moreno, profesor de la UCM, por la invitación a participar.




jueves, 27 de mayo de 2021

No había eternidad

No había eternidad, Antonio Gamoneda. Edición de Alberto Escarpa y Jesús Javier Lázaro. Madrid, Polibea, 2020. 115 pp.

 

 

 

 

Antonio Gamoneda es uno de los poetas fundamentales del siglo XX. No obstante, desde la publicación de su primer libro, Sublevación inmóvil (1960), se mantuvo voluntariamente al margen de cualquier grupo o escuela, tanto por la singularidad de su obra como por su decisión de vivir en la comarca leonesa, a donde se trasladó con su madre con apenas tres años, poco después de fallecer su padre. Nacido en Oviedo en 1931, pertenece, pues, a la generación de los niños de la guerra, es decir: al grupo del 50. Sin embargo, su vida en la periferia (con respecto a las dos ciudades que monopolizaron la vida literaria del medio siglo: Madrid y Barcelona), junto a su hermetismo estético, impidieron su inclusión en la célebre antología de Juan García Hortelano que sí promocionó, entre otros, a Brines o a Valente. Por supuesto, tampoco lo seleccionó José María Castellet en Veinte años de poesía española (1960). Gamoneda, alejado de los postulados realistas del momento, nadaba contracorriente.  Estaba más próximo a poetas como Juan Eduardo Cirlot, con quien comparte el apego irracional, la imagen visionaria, el lenguaje simbólico y el gusto por los motivos mágico-legendarios. Grosso modo, su obra pendula entre dos tendencias: la excéptica y melancólica, frente a la apasionada y solidaria. Hasta la publicación de Edad, volumen que recoge toda su producción hasta 1987, Antonio Gamoneda apenas había publicado cinco libros en casi treinta años de carrera literaria: Sublevación inmóvil (1960), Descripción de la mentira (1977), León de la mirada (1977), Blues castellano (1982) y Lápidas (1987). Edad también incluye varios poemarios inéditos que nos hablan de un quehacer literario de túnel (silencioso y silenciado) entre 1953 y 1970: La tierra y los labios (1947-1953), Exentos I (1959-1960) y Exentos II. Pasión de la mirada (1963-1970). Recordemos que la estética surrealista, de la que bebe, nació ligada al marxismo, de modo que los poetas españoles de las diferentes generaciones de posguerra que le rindieron culto (Cirlot, Carlos Edmundo de Ory, Miguel Labordeta…) o bien se exiliaron o fueron marginales durante la dictadura militar. Por tanto, será a la muerte del caudillo cuando Gamoneda vuelva a publicar y cuando su obra reciba su merecido reconocimiento. De hecho, en las postrimerías del régimen otros poetas invisibilizados también verán sus libros editados y reivindicados: Juan Larrea (cuya Versión celeste corrió a cargo de Luis Felipe Vivanco, quien la publicó en 1970); y Carlos Edmundo de Ory (cuya Poesía salió a la luz, en ese mismo año, gracias a la mediación de Félix Grande). ¿Y por qué no publicó Gamoneda el libro que tenía finalizado en 1970, al calor de la renovación estética abanderada por los novísimos, se preguntarán ustedes? La respuesta es simple, sí lo hizo, unos años después: León de la mirada es una versión del inédito Exentos II. Como quiera que sea, con Edad el poeta asturiano obtuvo el Premio Nacional de Poesía en 1988. Tenía entonces 57 años. En adelante publicará los poemarios Libro del frío (1992), Libro de los venenos (1995), Arden las pérdidas (2003), Celia (2004), Canción errónea (2012), La prisión transparente (2018) y Las venas comunales (2019). Su obra completa salió ese mismo año bajo el título Esta luz (Galaxia Gutenberg). Por el conjunto de sus libros recibió en 2012 los premios Cervantes y Reina Sofía, los máximos galardones literarios en lengua castellana.

No había eternidad nace a modo de antología. Explican sus editores que los textos fueron seleccionados “de forma natural y sin instrumentalización alguna” con un único criterio: “son nuestros poemas memorables” del periodo 1977-2004. Esta acotación temporal condiciona la estética y los motivos temáticos del libro resultante. Así, quedan fuera de la colección los textos que declaran principios vitales como el valor o la búsqueda de la libertad (caso del emocionante “Sublevación”, de Sublevación inmóvil), los líricos poemas de amor (como el bellísimo “Verdad”, de Exentos I) y los versos de queja o de protesta (sirva de ejemplo el espléndido “Un tren sobre la tierra”, de Blues castellano, libro prohibido por la censura y editado quince años después de su composición, en 1966). Pero no por ello No había eternidad deja de ser un gran libro. Su común denominador es la expresión de la soledad, la angustia, la infancia, la pérdida y la muerte. Abundan los poemas en prosa o de largos versículos, en los que reconocemos una leve anécdota localizada en un entorno doméstico de tipo rural (establos, desvanes, alcobas, “maderas atormentadas” …) o en un espacio misterioso que prende nuestra imaginación (“Aún hay luz sobre las alas del gavilán y yo desciendo a las hogueras húmedas”). Premeditada o no, yo veo claramente una estructura en la organización del libro, más allá de la cronológica. La obra avanza de los tonos oscuros a los claros; del silencio y la desaparición a la certeza de la existencia y de la prolongación, a través de la nieta (“yo sé que vivo porque te oigo llorar”, “yo estaré en tu pensamiento”…).

 

“Este es un año de cansancio. Verdaderamente, es un año muy viejo”, nos dice Antonio Gamoneda, como si nos hablase del año 2020. Sus versos nos recuerdan aquello que carga nuestras baterías: el amor, la amistad y, sobre todo, el abandono al goce del instante: “Solo quiero sentir esta luz en mis manos”.

 

No es mal consejo para este 2021.