Si a día de hoy abunda una poesía correcta, encarrilada en versos de origen italiano (endecasílabos, heptasílabos), pero intrascendente e inocua, lo cierto es que a veces refulge entre el maremagnum de novedades un libro distinto que atrae por sus ideas estéticas y temáticas. Diferente en tanto en cuanto lo comparamos con su entorno poético. Pero que, sin embargo, dialoga con diferentes tradiciones, que actualiza y encaja a la perfección. Una de esas rara avis es el nuevo poemario de Juan F. Rivero: Raíz dulce (Candaya, 2024). El poeta sorprendió con su primera obra, que muchos disfrutamos en el confinamiento: Las hogueras azules; libro delicado, de estética oriental (chino-japonesa). En esta segunda ocasión, el poeta nos ofrece un libro más arriesgado y ambicioso. Se nota que F. Rivero posee una extraordinaria formación cultural, que se filtra en las páginas del libro, tanto en el tono, como en la forma y en el contenido. Raíz dulce nace motivada por el amor. El tipo de discurso por el que se decanta el autor para expresarlo supone una búsqueda previa que orilla las estéticas convencionales, porque su amor tampoco lo es. Rivero hibrida el canto elegíaco por la pérdida, con el relato generacional, con el verso hímnico que triunfa sobre la muerte, y con la biografía a medio camino entre la realidad y la ficción (la memoria construye sus propias ficciones). Además, trabaja intensamente con el lenguaje. Por un lado, es muy plástico. La huella oriental persiste en sus textos. Por otro, aborda una enunciación próxima a la oralidad, lo que emparenta al libro con algunas de las propuestas más rupturistas y originales de la narrativa española actual (Andrea Breu, Irene Solá).
Raíz dulce nos habla de un amor trascendido, pese al paso del tiempo y la pérdida. El libro guarda la memoria (veraz o inventada) del primer amor, y de sus transformaciones a lo largo de los años. Sin esa presencia física y mental, el sujeto que enuncia sería otro. Ese amor le dio unas raíces con las que vincularse a su tierra y a otras culturas, que siente como propias. Lo ayudó a construirse. La muerte recorre el libro. Los siete poemas-prólogo dan cuenta de la entropía humana:
Todo se deshacía ante mí.
Un cansancio celeste
iba horadando
el mundo desde su interior,
como si cada cosa
después de tanto tiempo
hubiese rechazado
íntimamente resistir,
mantenerse en su forma […]
Mientras tanto, el universo es ajeno a la tragedia de la condición humana. Por otra parte, se constata que la vida en la Tierra cada año renace. Se advierte, con dolor, que mientras la naturaleza se renueva de manera periódica —gracias al dios Aión—, la vida de los seres amados es finita. En la segunda parte de la obra, el poeta retoma este motivo (págs. 126-127):
Aquella primavera, de hecho, me pareció odiosa. En Sevilla los campos daban chorros de flores; los árboles se llenaban de pájaros; en los caminos, el barro, rabiosamente cubierto de jacintos y anémonas, resplandecía irisado bajo el sol,
pero tú te morías
El único antídoto contra su destrucción es el Arte. Sandro Botticelli inmortalizó en varios cuadros a la joven musa de la que estaba enamorado —Simonetta Vespucci, fallecida prematuramente—; por su parte, Juan F. Rivero levanta un libro a la memoria de su primer amor, a la que trata de aferrarse —explica— «por miedo a olvidar» (p. 25).
A partir de ese preámbulo en verso, el libro se decanta por la prosa (aunque aún encontraremos poemas en páginas posteriores), sin perder el lirismo. Rivero siente predilección por las innovaciones formales y temáticas. Y eso se agradece. Raíz dulce se abre a la posibilidad de la sorpresa. En efecto, el narrador va cambiando su voz y transita —de modo natural— de la omnisciencia a la segunda persona. Del mismo modo, aunque la mayoría de las veces se relata la historia en pasado, también se opta por el uso de un presente que congela el tiempo y preserva a sus protagonistas de la destrucción, e incluso recurre al futuro para mostrar la decepción y la rutina con la que no soñaron los adolescentes cuando la vida constituía una promesa de sueños por cumplir. El discurso de Rivero está muy elaborado desde un punto de vista técnico. Su lenguaje, por otra parte, se mueve entre las expresiones delicadas (sobre todo, relativas a la naturaleza) y la jerga juvenil (vinculada al mundo de los polígonos industriales, las fiestas y las drogas). Su estilo es fronterizo. Bebe de la plasticidad oriental, del realismo sucio y del coloquialismo urbano. Sintetiza tradiciones y registros. Añadamos a esto un nuevo giro: la yuxtaposición de dos tiempos (el presente-el paleolítico) en un mismo espacio. La simbología del segundo alcanza a los jóvenes del primero, que como los animales en los antiguos bosques, buscan alianzas con las que combatir los peligros que acechan; aunque también acaban sucumbiendo («el gran ciervo y tú, alcanzados de pronto por la flecha de la muerte» (p. 141) . En el fondo, lo que nos sugiere Rivero es que no existe el devenir, sino la simultaneidad. Todo es ahora, tal y como sostiene la física cuántica. Nuestras vidas repiten otras vidas que, además, están siendo vividas en este mismo instante. Este recurso técnico, por otro lado, universaliza el contenido del libro. No habla de una muerte concreta, sino de la contingencia general. La experiencia que cuenta queda así trascendida.
En cuanto a los temas, Rivero aborda varios. Quizás los más importantes sean la aceptación de la pérdida y la construcción de la memoria. Junto a ellos, el escritor celebra la amistad y el amor que la sustenta. Si bien es cierto que en un principio se rememora una relación amorosa, el deseo derivó —pasados los años, y superada la decepción mutua—, en «una inmensa amistad, más compleja y hermosa de lo que de cualquier otra manera podría llegado a serlo un simple amor» p. 94. Este sentimiento atraviesa la obra, la justifica, la sostiene; de ahí el homenaje a un ser querido, que vuelve a respirar en las palabras.
El elemento asiático vuelve a estar presente en el autor. Si en Las hogueras azules se percibía la huella de la espiritualidad china y la delicadeza de la lírica japonesa, en Raíz dulce aparecen también menciones explícitas a la cultura popular nipona (manga, anime), a la filosofía oriental (Gautama), así como se localizan algunos pasajes en Tokio o Yokohama. La naturaleza, como vimos en una cita previa, sirve al poeta como pretexto idóneo para la meditación.
Raíz dulce, libro audaz y en diálogo con varias tradiciones, obtuvo en 2024 el premio «Ojo Crítico» de RNE.
Esta reseña ha sido publicada en la revista Paraíso (nº 26, 2026, pp. 180-182). Tenéis el acceso en abierto desde Dialnet, aquí:
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=10806568

No hay comentarios:
Publicar un comentario