lunes, 8 de diciembre de 2025

Libros publicados en 2025

 



Este año he publicado dos libros. Un poemario (Adamar, Pre-Textos) y una novela (El bosque sagrado, Cántico). El primero lo compuse entre los años 2015 y 2021. El segundo, el curso 2019-2020. Ambos comparten mi amor por la naturaleza, entre otras muchas cosas.



No quiero dejar pasar la ocasión de agradecer a mis editores, Manuel Borrás y Raúl Alonso, su confianza en mi obra. Conozco las dificultades que atraviesa el sector del libro, sobre todo, para las editoriales literarias. Una editorial no deja de ser una empresa que, además de publicar libros buenos, los debe vender para no quebrar. Como dice Enrique Murillo: "la edición es un arte, pero también tiene que ser un negocio". Las cuentas, irremediablemente, tienen que salir. Detrás de un ejemplar hay un enorme trabajo de corrección, maquetación, imprenta y distribución; una inversión, en suma, que hay que recuperar. Y, desde luego, hay una ilusión enorme por conseguir que el libro por el que se apuesta encuentre a su lector. Los editores, a menudo, publican obras pase lo que pase con las ventas, simplemente porque les encantan. Por eso os pido no ya sólo que os hagáis con mis libros, también que me ayudeis a su difusión. El boca-oreja puede hacer que las obras funcionen, las editoriales se mantengan a flote y los escritores comuniquemos aquello tenemos que decir y transformemos a los lectores con nuestra singular visión del mundo.


   



domingo, 7 de diciembre de 2025

El bosque sagrado en RNE

 



Juan Suárez me dedica su último programa en La libélula. Metaverso, Radio 3 (RNE). Es un lujo que mi última novela, El bosque sagrado (Cántico, 2025), tenga tanta visibilidad en la Radio Pública. Las dramatizaciones del texto que ha hecho su equipo son maravillosas. Y la entrevista ha quedado fantástica. La tenéis aquí:


https://www.rtve.es/play/audios/la-libelula/libelula-bosque-sagrado-ariadna-garcia-editorial-cantico-25-12-06/16843677/


   Seguimos.

viernes, 5 de diciembre de 2025

Narrativa y biografía leída en 2025

 




Novela y relato:

  1. Los días perfectos, Jacobo Bergareche. Libros del Asteroide. 2021.
  2. La última frase. Camila Cañeque. La Uña Rota. 2024.
  3. El final de los tiempos. César Mallorquí. SM. 2023.
  4. Intruso. David Lozano. SM. 2024. Premio Gran Angular.
  5. Las tempestálidas. Guerorgui Gospodínov. Fulgencio Pimentel. 2023.
  6. El árbol caído también es el bosque. Alejandra Kamiya. Eterna Cadencia. 2024. 
  7. La edad infinita, Miriam Reyes. Editorial Tránsito. 2025. R
  8. Algo parecido a un sueño o a un poema de Robert Frost, Nacho Escuín. Los libros del gato negro. 2025.
  9. Amanda Black. El camino del ninja. Juan Gómez-Jurado y Bárbara Montes.
  10. Amanda Black. El reino perdido. Juan Gómez-Jurado y Bárbara Montes.


Biografías / autobiografía:

  1. Picasso. Ediciones Urbión. 1988.
  2. Wagner. Ediciones Urbión. 1988.
  3. Maruja Mallo. La gran transgresora del 27. José Luis Ferris. Ediciones Martínez Roca. 2004.
  4. Personaje secundario. Enrique Murillo. Trama. 2025.

No descarto seguir leyendo más en estos días.


jueves, 4 de diciembre de 2025

Libros de poesía leídos en 2025

 


Estos son los libros que he leído por el momento. Me imagino que caerán más en estas cuatro semanas que restan para acabar el año.


1. Con, Miriam Reyes. La bella Varsovia. 2024. Premio Nacional de Poesía.

2. Las ignorancias, Javier Velaza. Visor. 2025. Premio Loewe.

3.. El gran amor, Andrés García Cerdán. Visor. 2025. Premio Generación del 27.

4. Nuevo en la ciudad nueva, Juan Antonio González Iglesias. Visor. 2025.

5. Tránsil. Nicolás Mateos Frühjeck. Premio Hiperión. Hiperión. 2025. R.

6. Venir desde tan lejos, Eloy Sánchez Rosillo. TusQuets. 2025.

7. Casi es noche, Mario Míguez. Pre-Textos. 2019.

8. Un año y tres meses, Luis García Montero. Tus-Quets. 2022.

9. Los daños. Lorenzo Oliván. Tus-Quets. 2022.

10. Las percepciones islas (Antología poética), Lorenzo Oliván. Pie-Textos. 2020.

11. Ensayando círculos, Álvaro Valverde. Tus-Quets. 1995.

12. Desde fuera, Álvaro Valverde. Tus-Quets. 2008

13. Soplos de eterna juventud. 100 breves poemas para descubrir la poesía de Grecia y Roma. Edición de Sergio Copete. Hiperión. 2024.

14. De las cosas pálidas, Alberto Santamaría. La Bella Varsovia. 2025.

15. Después del pop, Elisa Fernández Guzmán. Rialp. Accésit del Premio Adonáis. 2024.

16. Cómo enterrar al padre en un poema, Corina Oprae. Tus-Quets. 2025.

17. El rumor de la ceniza, Bruno Pardo. Premio Ciudad de Cáceres. 2025.

18. Todos los poemas (1975-2021), Joan Margarit. Prólogo de José-Carlos Mainer. Austral. Planeta. 2024.

19. Mercurio, José Luis Gómez Toré. Libros de la Resistencia. 2025.

20. Rincones de ambigua geometría, Ignacio Vleming. La Bella Varsovia. 2025.

21. Un invierno en otoño, Antonio Rivero Taravillo. Bajamar, 2025. Premio Paul Beckett.



martes, 2 de diciembre de 2025

La amistad hoy


 

Os dejo por aquí un enlace a un interesantísimo artículo sobre la amistad que ha publicado El diario.es:


https://www.eldiario.es/era/cultura-quedar-ponerse-dia-amigos-no-compartimos-vida-resumimos_1_12791667.html


Y esto es lo que pienso yo. A día de hoy.

Está claro que en occidente no sabemos vivir bien. La prisa mata las relaciones y destruye los vínculos. Tenemos abundancia de bienes posicionales, pero no faltan los bienes del espíritu. Señala Pierre Hadot que el cultivo de la amistad es uno de los ejercicios espirituales que practicaron los discípulos de Epicuro, junto a su maestro, en su Jardín. Los amigos sosiegan, equilibran, estimulan, reconfortan... Pero para eso la amistad necesita desarrollarse con tiempo. La felicidad descansa en los vínculos fuertes, en la alegría de quien pierde su tiempo contigo hablando de todo, riendo por cualquier cosa, viviendo experiencias; en suma, compartiendo la vida. Según Epicuro: "De todos los medios de los que se arma la sabiduría para alcanzar la dicha en la vida, el más importante con mucho es el tesoro de la amistad" (MC, XXVII). Por su parte, el sociólogo alemán Hartmut Rosa, en su ensayo Remedio a la aceleración, nos invita a vivir experiencias de resonancia, de reconocimiento, con amigos que nos emocionen y nos sobrecojan. Esas experiencias construyen nuestra propia identidad. Si nos dejamos llevar por la aceleración, nos perdemos a esos amigos y, lo que es peor, nos perdemos a nosotros. Necesitamos calidez y compresión, aventuras y abrirnos otra vez a la espontaneidad, como hacen los niños. Aprender a vivir pasa por un vuelco valorativo que ponga en lo más alto las relaciones hondas, no las superficiales; las lentas, no las precipitadas; las amorosas, pero no las banales. Sólo así diremos con el sabio de la isla de Samos: "La amistad danza en torno al universo y, como un heraldo, anuncia a todos nosotros que despertemos a la felicidad".

     

lunes, 1 de diciembre de 2025

Mi primer artículo en Ínsula

 


Tengo el inmenso honor de publicar en la revista Ínsula un extenso artículo sobre los ensayos publicados en la última década por el escritor Jorge Riechmann. Se titula "Jorge Riechmann: el poeta y ensayista de los límites. Autocontención o colapso". Hago un repaso de las ideas y conceptos que vertebran su pensamiento político, y que constituyen el núcleo del "ecosocialismo descalzo" que defiende, proyecto que se engloba bajo el hiperónimo "ecologismo consecuente". El filósofo madrileño busca por medio de sus libros una metanoia individual que revierta en la colectiva; esto es, un cambio sistémico y antropológico que frene la crisis eco-social que pone en riesgo la supervivencia de la especie humana en el planeta Tierra. En su pretensión de subvertir el polo valorativo de las sociedades occidentales, así como el modelo capitalista extractivista, por otro sustentable y ajustado a los límites biofísicos de la ecosfera, Riechmann se inspira en las tradiciones sapienciales del Helenismo y Oriente. En efecto, las escuelas estoicas y epicúreas, junto a las taoístas y budistas, son canteras de las que el poeta extrae un instrumental filosófico básico para cambiar el paradigma cultural vigente por un modelo razonable, sustentado en tres pilares: los límites planetarios, el biocentrismo gaiano y el reconocimiento de que la ontología humana es relacional y ecodependiente. Dicha transformación pasa, inevitablemente, por un enfoque interdisciplinar, que tenga en consideración tanto el sustrato filosófico clásico como los avances científicos en los campos de la física (termodinámica, entropía) y de la biología (simbiosis).       


Lo tenéis en el último número de la revista, 947. Noviembre de 2025. Páginas 5 a 10.


sábado, 15 de noviembre de 2025

Miguel Hernández: un hermano en el tiempo

 

Ariadna G. García


Artículo publicado en: 


Revista Paraíso. Nº 24. 2025. Diputación de Jaén. Páginas 73 a 78.  



Miguel Hernández: un hermano, en el tiempo



Cuando visité la casa de Miguel Hernández —el 13 de noviembre de 2013, tras recibir en Orihuela el Premio Internacional de Poesía que lleva su nombre—, recuerdo que me sobrecogió su amado huerto. Es verdad que, en comparación con el huerto que yo me había imaginado fruto de mis lecturas, me pareció pequeño, pero aquel espacio evocaba todo cuanto Miguel me había transmitido con sus versos. Y en en ese sentido, cobraba dimensiones mayores. A medida que olía sus claveles, contemplaba su higuera, escuchaba los pájaros, tocaba los limoneros o bebía del agua del botijo, el huerto aquel se iba dilatando. Entraba en mí. Se ensanchaba en el espacio y en el tiempo. Hasta alcanzar a ese joven que escribía a su amada versos como púlsares, latientes, cargados de pasión y de deseo. Siempre he tenido a Miguel por un alma gemela. De adolescente era igual. Cuánto me identificaba con su lucha contra las convenciones de su tiempo. Las normas provincianas suponían un corsé para su amor ansioso por verterse y entregarse. Escribía a Josefina, desde la capital, que se fuera con él a vivir a Madrid: “donde la gente no tiene que esconderse para darse un beso”. Aquellas palabras la subscribía yo sesenta años después de que su mano ardiente las trazara. Nos unía el ardor por la vida, una forma de entender el mundo como espacio abierto a la sorpresa y a la improvisación, las ganas mutuas de derribar los muros que impedían que él besase a su novia y yo a la mía. Y la poesía, claro está. Ambos interpretamos que los versos constituyen un modo de seducción, una forma elegante y sugestiva de transformar los recelos de la persona amada en entrega al torrente de la vida. Cuánto debe mi primer poemario, Construyéndome en ti, a su ímpetu erótico y a su afán liberador de los códigos morales que su pareja había interiorizado, y que lo encadenaban a él a la desesperación y a la tristeza:


Por otra senda, yo, por otra senda

que no conduce al beso, aunque es la hora.


Así se lamentaba Miguel en El rayo que no cesa. Y de esta forma, yo, en mi poemario juvenil:


Pero la timidez irreductible

que por costumbre sale de tu boca

el corazón me deja disgustado.


Escribía el oriolano en otro célebre soneto: 


Y sin dormir estás, celosamente,

vigilando mi boca ¡con qué cuido!

para que no se vicie y se desmande. 


Y protestaba yo a mis veinte años, recurriendo a la misma estructura métrica:


Y en vigilancia tienes mi insistencia

para que ya no pueda desnudarte

con mi mano, mis ojos y mi rosa.


Las dos parejas, de períodos distintos (años 30 y 90 del siglo XX), vivíamos esclavizadas por las convenciones morales, víctimas de la presión coercitiva que la sociedad ejercía sobre los cuatro.  




Pero regresemos al huerto. En aquel retiro, Miguel encontraba alimento para el cuerpo y para el espíritu. Su felicidad estaba acotada entre aquellos muros. Allí, en su imaginación, era un ser libre. Alto como los árboles que lo acompañaban. Los frutos embriagaban su existencia. Entre flores y parras debió de experimentar la serenidad, (la ataraxia) que el jardín de su casa prodigaba a Epicuro, el filósofo griego. Así lo expresa en el poema Huerto mío: “su sosiego / recojo”. Esta calma terapéutica se debe al goce de los sentidos. La naturaleza equilibra las almas atormentadas. Y más todavía cuando es uno quien trabaja en el cultivo y el cuidado de las orquídeas. La dicha es compañera de los que ponen sus manos sobre perejiles o claveles, sobre vidas que afirman el milagro de la existencia. Felices los que duermen entre pétalos, o a la sombra de higueras. Miguel es descendiente de Epicuro, de Virgilio, de Horacio y de fray Luis. “Adán por afición”, así se tiene, en su vergel idílico y casero. La lentitud de quien acompasa su ritmo al de las estaciones le alegra el espíritu. El trabajo manual concede independencia (eutárkeia). Así debió de sentirlo Epicuro cuando, debido a sus frustraciones personales y cansado de sus nulos intentos por enmendar la polis, se compró una casa con un huerto o jardín (ambos términos eran equivalentes en la Grecia clásica) y se ocultó al amparo a de sus tapias. Y no otra cosa festejaban Horacio o el fraile agustino. El uno huía de su pasado militar; el otro, del “mundanal ruido” de una ciudadanía entregada a los deseos vanos y a las pasiones irracionales.

En mi caso, me uno al coro de amantes de la naturaleza en varios libros: Helio, Las noches de Ugglebo, La Guerra de Invierno, Ciudad sumergida y Sublevación. Es más, en un poemario inédito (en libro, que no en revistas) localizo varios textos en un locus amoenus propio de nuestro siglo: el huerto urbano Comparto su comienzo:


A León —y a Virgilio—

le habría enamorado nuestro huerto.

Carecemos de río y de un gran bosque

desordenado, es cierto,

pero los paisajistas han creado

—donde había un solar

de pisos derribados y cimientos

vencidos— un jardín

tan armonioso y bello

como La Flecha […]

    

Como se aprecia, el poema tiene una dimensión política. Se trata de un espacio autosuficiente y autogestionado por una organización vecinal de tipo asambleario. Un solar abandonado en el corazón de Lavapiés (en el centro de Madrid) se ha transformado en un huerto para disfrute de la gente del barrio, que se encarga de él. Donde hubo un terreno sujeto a la especulación inmobiliaria, se ha creado —con entusiasmo y voluntad— un espacio verde, de recreo, para todos los vecinos. El locus amoenus queda delimitado por los muros. Y es dentro de ese coto protegido donde se produce la vivencia de la felicidad: dentro de un jardín reservado a una comunidad compuesta por familiares y amigos. Las risas y las charlas ralentizan el tiempo. Lo detienen. Aquí no hay prisa. A la vez que se ponderan la alegría y la lentitud, se elogia la hermosura del enclave. Tampoco falta éros. Ni el placer asociado a la cultura. Se trata de un poema claramente epicúreo y clasicista. No en vano, en el texto se desprecian los valores capitalistas: el consumo, el lujo, la posesión de bienes onerosos y el dinero.  

Y esto me lleva mi última conexión con mi admirado Miguel Hernández. En la capital, el joven poeta entabló amistad con Pablo Neruda y Vicente Aleixandre. Ambos lo introdujeron en el surrealismo, un movimiento estético e ideológico provocador y contestatario que contravino las convenciones establecidas por medio de la sorpresa, las imágenes alucinadas y la presencia de lo corporal. El surrealismo tomó como suya la meta que había proclamado Arthur Rumbaud: cambiar la vida. Era  —y es— un “ismo” nacido para rebelión. ¿Contra qué? Contra los valores burgueses: arcaicos y tradicionales. Y a eso se dedicó el joven Miguel en sus primeros tiempos en la capital: a cuestionar lo comúnmente aceptado desde un punto de vista artístico o moral. Mi vínculo con él es evidente. Sobre todo, si pensamos en sus Odas o en los largos textos “Sonreídme” o “Mi sangre es un camino”, tan afines a mi segundo libro: Napalm. Pongamos como prueba unos fragmentos. Escribía Miguel en el primer texto citado:


En vuestros puños quiero ver rayos contrayéndose 


Y replicaba yo en “Be strong”:


Soy un guerrero en busca

del registro de héroes

para inscribir su nombre,

un bíceps musculoso estrangulando

prejuicios y complejos,

una nube metálica a punto de tormenta […]


El sujeto que enuncia en “Mi sangre es un camino” ordenaba a la interlocutora pasiva de los versos:


No me pongas obstáculos que tengo que salvar,

no me siembres de cárceles,

no bastan cerraduras ni cementos,

no, a encadenar mi sangre de alquitrán inflamado

capaz de despertar calentura en la nieve. 


Y en “Be strong”, la voz que habla pide a su amada:


Extrae de tus arterias

el miedo a ser tú misma,

la proa donde ronpen tus deseos […]



 Ambos compartimos el compromiso liberador contra las costumbres sociales. Desde luego, en la literatura de España de principios de siglo no era habitual ni la reivindicación LGTBI ni la denuncia de la homofobia. Pero yo lo hacía. Y este coraje lo aprendí de Miguel Hernández. 

Cuando estalló la Guerra Civil, él puso sus versos al servicio de la libertad. Si en algo coincidíamos los hombres y mujeres de los años 1936 y 1996, cuando empecé a escribir los versos de mi libro incendiario, es que unos y otros participábamos en un quehacer común que nos ilusionaba: la lucha antifascista (de un lado) y por los derechos civiles (del otro). Creíamos en un orden utópico, cuyo polo congregaba a su alrededor valores por los que merecía la pena tomar partido. De hecho, Miguel murió por ellos. Esos ideales de libertad e igualdad nos dieron un principio rector al que enderezar nuestra existencia.  

A los 34 años, comencé a componer los poemas que conforman La Guerra de Invierno. El corazón del libro se ubica en un cronotopos atípico en la poesía española: Finlandia, durante la Segunda Guerra Mundial. Se trata de un libro antibelicista que, al tiempo que condena la ocupación rusa de Finlandia y el enfrentamiento armado por las materias primas, pondera el espíritu de cooperación en la búsqueda de recursos que beneficien a todos. Al acabar la obra tuve claro a qué premio lo iba a presentar: el “Internacional Miguel Hernández-Comunidad Valenciana”, que publicaba Hiperión. Y es que el poeta de Orihuela simboliza como nadie los valores morales que defiendo en sus versos.




En los tiempos que corren me pregunto, en ocasiones, qué haría Miguel. En efecto, nuestro mundo padece un proceso de transformación. Nos hemos creído un discurso que ha sido difundido por los medios de comunicación, por la industria del cine y por la publicidad, que hace que la mayoría de los ciudadanos nieguen la adversa realidad: que hemos chocado con los límites físicos del planeta. Asumir este dato objetivo es absolutamente insatisfactorio y frustrante. Cuesta asimilar el choque entre el mundo que nos gustaría tener, el confort al que aspiramos, las comodidades con las que soñamos y es ese otro modelo de vida más modesto y humilde al que, más pronto que tarde, nos vamos a tener que acostumbrar. En esta tesitura, me planteo si Miguel, pese al desencanto que la acción política suscita en la gente y aunque la mayoría opine que cualquier cosa que hagamos no sirve para nada, se sumaría a la corriente pronaturaleza y vida descansada que practicamos algunos poetas (Verónica Aranda, Andrés García Cerdán, Rubén Martín Díaz, Juan Antonio González Iglesias, Marcela Duque, Constantino Molina…), si escribiría poemas con los que alentarnos al cambio de paradigma sociocultural que necesitamos para la pervivencia de la especie; si sería ecologista o vegetariano; si participaría en las performances que científicos y filósofos como Jorge Riechmann realizan para provocar una toma de conciencia en el espectador-conciudadano; si daría con sus huesos en la cárcel por alterar el espacio público tratando de que la ciudadanía despierte de su enajenación (debido al uso de la redes sociales y al exceso de pantallas). Y tengo la certeza de que sí.

Además, su voz se alzaría contra la de aquellos que vienen renovando viejos odios, levantan muros que dificultan la convivencia y tratan de quitarnos los derechos que tanto nos costó adquirir. Por ello, no sería extraño que Miguel fuera un estilete contra la ultraderecha.

 Él, que siempre defendió las causas justas, es más que probable que, por todas las razones esbozadas, compartiese escenario con nosotros. Porque la acción poética, pese a que muchos piensen lo contrario, no es un tiempo perdido; sino ganado a la desilusión y a la desesperanza. Creo que Miguel Hernández compartiría nuestro amor a los gestos pequeños y en los grandes ideales, porque todos pensamos que la cultura abre ventanas, oxigena la vida y nos ayuda a construir —conforme a nuestro anhelo— el ancho porvenir que imaginamos.