Sobre Ariadna G. García, Sublevación, Valencia,
Pre-Textos, 2020.
Por
Francisco José Martínez Morán
A la humanidad escindida, reza
la dedicatoria general del nuevo poemario de Ariadna G. García (Madrid, 1977):
la frase (pórtico, en efecto, ideal para el libro) resume a las claras un
llamamiento que puede identificarse como distintivo de la obra, ya larga y
gozosamente fructífera, de la poeta madrileña. Frente a la deshumanización de
la vida, frente a las distracciones y discordias impuestas por un día a día
cada vez más carente de crítica y sentido solidario, la poesía se abre (se
revela y se rebela; se subleva, en suma) como una insustituible
herramienta de conocimiento y de cambio.
A partir de este
punto encontramos cuarenta y dos poemas (no distribuidos en secciones, sino de
modo consecutivo) que generan un tono poliédrico y orgánico (a la manera del Cántico
espiritual, en una evolución basada en pequeñas células
lírico-narrativas autónomas y cargadas de significación alegórica), un ritmo de
largo aliento y desembocadura climática en el que, página a página, y más allá
de la mera protesta, la voz de Ariadna G. García explora las posibilidades
expresivas de un descontento, al unísono, íntimo y generalizado: «Yo no puedo
gran cosa con mis manos, / pero tengo el coraje / como para romper este
monólogo / vuelto sobre sí mismo.» (p. 50).
Algo distinto
estéticamente a sus trabajos anteriores, Sublevación
propone, gracias a la habitual lucidez de la obra de Ariadna G. García, con
intuición y contundencia: es meridiano en el mejor sentido de la palabra, como
es meridiana la constancia de la crisis que nos arrastra (ya prácticamente en
una rutina de espasmos letárgicos) y como es palpable el punto de inflexión que
ha marcado en nuestras existencias: así, en la página 49 se lee:
Abandonada ya la
mansedumbre
que necrosó mi
ardiente voluntad,
escarbaré en el
barro con vosotros
buscando las
raíces y los frutos
que habrán de
alimentaros la alegría
y enderezar la
sangre hacia la luz.
Con la intimidad
y la meditación como fundamentos, la poeta reflexiona y actúa; el tiempo,
nuestro tiempo, nos ha sido sustraído y el viaje vital consistirá en recuperar
la limpia certeza de estar vivo y de amar:
No existe una
palabra
más subversiva:
rompe
la celda que
habitamos, la prisión
que nos confina
dentro de nosotros […]
Piensa bien
en su significado
antes de
contestarte a esta pregunta
y sumergirte en
oro: / ¿Eres Amor? (p. 45)
La alta cultura y
la cultura popular, con ecos de la mística y de la poesía de los Siglos de Oro,
están presentes en toda la obra, dentro incluso de un mismo poema: «
En mi cuerpo se
ven por igual
animales y
diosas, arroyos y rocas. /
Solo aspiro a lo
bello.
Tú que engendras
los rayos, concede a mi alma armonía.
Dame amor,
entereza;
pues quiero
esforzarme en la acción a mi alcance, posible. (p. 29).
De la misma
forma, también están presentes realidades del día a día: una saturación de
trenes, andenes, vías, redes sociales, y publicidad («¿Quién me oye? / ¿Alguien
requiere ayuda, / conversación, abrazo? / Oasis te permite ser quien sueñas.
/ 97 likes.», p. 33).
Las notas y
referencias que se incluyen al final del volumen (y que, como es obvio, merece
la pena repasar tras la primera lectura y como andamio para los siguientes
acercamientos) son atinadísimas y sugeridoras, ya que redondean el engarce del
libro con las tradiciones previas y con la propia producción poética de Ariadna
G. García: baste recordar el poema “Ciudad sumergida”, que cerraba y daba
título a la anterior entrega de la poeta madrileña para retomar la épica de lo
actual que se plasmará en los poemas de esta nueva colección: «Hombreras,
guardabrazos, peto, gola, / yelmo, espaldar, manoplas y escarpines / ponen
límite al miedo.», se nos decía entonces (Ciudad sumergida,
Madrid, Hiperión, 2018, p. 63); ahora el cantar tiene otra perspectiva y otra
entonación, pero una dirección similar, un mismo objetivo: la poeta se erige,
gracias a su propio verso, en guía para todos los que deseen acompañarla en la
peregrinación purificadora, de manera que el libro termina con un sonoro
aldabonazo, preludio de un devenir que no ha hecho más que comenzar: «A mis
espaldas llevo / un poderoso escudo de abedul. // Serenamente miro / las
huestes que descienden / con la primera luz de la alborada.» (p. 51).
Frente a la
pasividad de la poesía de neto corte contemplativo (y en no pocas ocasiones
autoindulgente), fruto de un estatismo a menudo compartido por poetas y
receptores, la nueva obra de Ariadna G. García (en simbiosis con su quehacer en
la narrativa, así como en el plano filológico y docente) propone el uso del lenguaje
como instrumento de acción moldeadora de la realidad del mundo que nos rodea,
tanto en lo personal como en lo colectivo. Tal es la poderosa sublevación que
este libro propone: frente a un mundo que nos empuja a la incomunicación y la
tristeza atomizada, frente al abarrotado panorama desleído de una sociedad cada
vez más y más plagada de ruido demoledor, la palabra.