miércoles, 7 de enero de 2026

Disparidad estética y canon poético


Decía Luis Antonio de Villena en la antología Postnovísimos (Visor, 1986) que los jóvenes poetas que se dieron a conocer a finales de los 70 y comienzos de los 80 constituían un auténtico "cajón desastre". Tenían a disposición de su creatividad "una gran variedad de opciones literarias", de modo que la estética del grupo era "abierta, plural y tolerante". Esta pluralidad de estilos era síntoma de su falta de prejuicios estéticos. Exacto, rechazaban los dogmatismos de la lírica previa, ya fuese la novísima o la social. Ocho años después, en Fin de siglo (Pre-Textos, 1992)el crítico ya incluía a muchos de los poetas de aquel momento bajo el etiquetado de la poesía de "sesgo clásico". Por su parte, Antonio Ortega seleccionaba en el volumen La prueba del nueve (Cátedra, 1994) a otros autores que sólo tenían como común denominador su "fuerte personalidad lírica" y su "reflexión crítica sobre la realidad". Es decir, que tampoco compartían una estética. En su disidencia ideológica eran profundamente individualistas. Villena, en 1997 volvía a la carga con otra antología, 10 menos 30 (Pre-Textos). El libro se centra en los postulados estéticos de la poesía de la experiencia y, en concreto, en las divergencias que se producían en el interior de la voz predominante. Su tesis es que los poetas experienciales se sintieron atraídos por el magnetismo de la estética hegemónica y, con el tiempo, se adentraron en sendas más personales, que concentra en tres: realismo sucio, poesía social poesía meditativa-simbolista. Esta evolución lleva a Juan Carlos Abril a hablar en su ensayo La tercera vía (Pre-Textos, 2024) de una "segunda ola" dentro de la poesía de la experiencia, protagonizada por autores que introducen en su obra "detalles y matices" como, por ejemplo, la sensualidad. En su opinión, la renovación que se produjo en una lírica ya mermada por los clichés y los tópicos fue un proceso natural que los perfeccionó. En efecto, la etapa experiencial no representa la culminación de su obra, sino un tránsito conjunto, acompañado, que necesitaron para saltar hacia su voz más personal. De nuevo, por tanto, nos encontramos con la palabra clave que se viene repitiendo desde los años 80: pluralidad (de estilos). Todavía a finales del siglo pasado Isla Correyero publicaba Feroces (1998). La antología agrupa a poetas que comparten una "actitud vital comprometida" y que se se expresan "con más ferocidad, más callejeramente" que los poetas que practicaban la estética predominante. La suya es una estética rebelde. Así y todo, matizo yo casi treinta años después de su lanzamiento, algunos de aquellos poetas se han revelado con el tiempo autores clasicistas que beben de fuentes grecorromanas (Juan Antonio González Iglesias o Jorge Riechmann). Con todo, aquella generación ecléctica y dispar fue canonizada por Cátedra gracias a la antología Poesía española reciente, preparada por Juan Cano Ballesta (2001). El profesor reitera en su prólogo un tópico generacional, al reconocer que conviven en el libro "varias tendencias estéticas". A saber: neoclasicismo, silencio, neoerotismo, neomodernismo, neosurrealismo, épica, experiencia, otra sentimentalidad conciencia social. No en vano, sostiene que: "esta es, ante todo, una poesía individualista". Así empezaba el siglo XXI: con un cóctel de tendencias, temas y actitudes dispares ante el hecho poético. Y así proseguía en 2007 cuando Domingo Sánchez Mesa, en su prólogo al volumen Cambio de siglo (Hiperión) decía de los poetas nacidos entre 1960-1975 que comparten la "heterogeneidad de visiones del mundo y de opciones estéticas". Es decir, que aunque en 1986 dijese Villena de esos autores que constituían un "cajón desastre" y pese a la "heterogeneidad" que les atribuye Sánchez-Mesa en 2007, eso no ha sido obstáculo para que la última promoción del siglo XX tuviese sus antologías de cierre y su entrada en al canon. Ahora estamos en 2026. El panorama poético es análogo. Las antologías fundacionales (sigo a Araceli Iravedra) de la primera promoción del siglo XXI (Veinticinco poetas españoles jóvenesDeshabitados La inteligencia y el hacha) reconocen la diversidad de estéticas empleadas por los poetas que se dan a conocer en los primeros compases del nuevo milenio. En 2008, se publicaban las actas de un encuentro en la Fundación Rafael Alberti donde yo reivindicaba el carácter "versátil" de la que bauticé "Generación de la democracia" (libertad electiva que relacionaba con la política). Por las mismas fechas, Abril reconocía en su prólogo que la nueva promoción era un compendio de orientalismo, elementos irracionales, influjo hispanoamericano y experiencia. Villena (2010), por su parte, reunía a varios poetas de la que denominaba "Generación del 2000" que mezclan lo lógico con lo irracional, el pensamiento filosófico con la estética abstracta. En la misma línea, Luis Bagué y Alberto Santamaría reconocieron en el volumen Malos tiempos para la lírica. Última poesía española (2013) que los caminos estéticos de los nuevos poetas eran "omnidireccionales" y "laberínticos". En resumen, que la primera generación del XXI sigue conformando, como sus predecesoras, un "cajón desastre". Sin embargo, esta promoción poética, al contrario de las precedentes (grupos de los 80-90) no han conseguido todavía su entrada en el canon. Y que sea por su disparidad estética no es argumento de peso. Queda demostrado que la heterogeneidad no fue óbice para que a la última generación del XX se le permitiese montar su campamento en el Monte Parnaso. Seguro que hay mil razones para que, entrando en el segundo cuarto del siglo XXI, aún no se reconozca oficialmente la existencia en España de ninguna nueva generación poética (de hecho, se me ocurren varias: nos estamos vinculados a ningún hito histórico, somos legión, no se os ha estudiado ni en profundidad ni en diacronía y no están delimitados los arcos cronológicos de las distintas promociones de este siglo en que estamos -tres, por lo menos: X, Milenial y ya ha irrumpido la Z con paso firme-). Pero el criterio estético, visto lo visto, no lo podemos admitir como argumento válido.