La verdad es que hacía bastante tiempo que no disfrutaba con la lectura de un poemario, que no me sorprendía un libro de versos. Y es de agradecer. Un conjuro, escrito por la joven Paula Melchor (Jaén, 2000), es una obra que, bajo una apariencia naif (inocente e ingenua), oculta un discurso arriesgado en lo estético y ambicioso en lo temático. Una delicia que se sacude los convencionalismos de la poesía que se viene publicando en este país desde hace décadas, que dialoga con la tradición de un modo diferente, desde una perspectiva renovadora, cándida, dulce, si bien eso no significa que se ignoren las zonas de negrura. Las hay, por supuesto, pero el amor las vence. El libro se articula como un cuento. Nos relata una historia de amor con tintes legendarios y se divide, como cualquier relato, en una estructura tripartita: encuentro, separación y reencuentro. La ambientación, a ratos, es mítica y medieval. Asistimos a la creación del mundo, al surgimiento de la humanidad y de sus ambiciones antropocéntricas, al nacimiento del mal, al advenimiento de un amor sin fronteras (sin etiquetas ni rancias dicotomías heteropatriarcales), a la construcción de un lenguaje sencillo que diga la verdad y, finalmente, a la experimentación de una empatía y de un vínculo armonioso con todo lo creado. El sujeto que enuncia es una muchacha que nos cuenta su historia, aunque a menudo se dirige a un ciervo que una vez amó y que la acabó dejando: "mi cervatillo tuvo que huir" como consecuencia da la caza. Por un tiempo, le cuenta "te seguí por los valles", hasta que fue recogida por mujeres y llevada a una aldea. La doble huella de El cantar de los cantares y del Cántico espiritual son claras. Paula Melchor, como San Juan de la Cruz, nos habla de los peligros e inseguridades que asolan a la protagonista. Mujer de carácter, al igual que la amada, rompe con los prejuicios de género y actúa. Pero en su caso, no sólo anhela un reencuentro con el primer el amor, sino que se deja seducir por otras personas, vive nuevas relaciones, extiende su amor hacia la comunidad de la que forma parte, riega con él a los animales y a las plantas; en suma, es tan intenso que lo vivifica todo e incluso perdona las debilidades y ofensas que padeció en el pasado. Precisamente, ese amor incondicional hacia la vida en todas sus formas, esa interconexión con el contexto del que forma parte, justifica la estética del libro. El amor es simple, abierto, diáfano, sincero, alegre, juguetón y soñador, por lo que el poemario recurre a la claridad expresiva, el vuelo lírico, la ternura y las comparaciones candorosas. Decía que el libro también atraviesa oscuridades. El mal existe. Pero su enunciación es idéntica. No emponzoña la voz, porque jamás accede al corazón de quien habla. Y este un acierto de Un conjuro. Quien habla en los poemas es tan fuerte que su voz es aún niña; tan poderosa, que no le han arrancado la dulzura. Pese a las frustraciones, mantiene a salvo su yo esencial. Toda una lección, pretendida o no, para los tiempos que corren. Podemos perder la inocencia y despertar a los desengaños del mundo, sin malograrnos por dentro, sin envilecernos y sin envenenarnos el alma; preservando incólume nuestro castillo interior (tal y como quería Santa Teresa).
No puedo hacer otra sino recomendar el poemario. La edición (Letraversal), por otro lado, es un lujo. Preciosa a la vista y suave al tacto.

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