Las voladoras, Mónica Ojeda. Páginas de espuma. 2020. 7ª ed. 2024.
Las voladoras es una colección compuesta por ocho relatos que pueden inscribirse en la literatura de terror e incluso en la fantástica; al tiempo, admiten una lectura feminista desde un punto de vista ideológico.
Mi preferido es Sangre coagulada. Soy de esas personas que disfrutan con la calidad de los textos, con el cuidado de la forma, de la expresión lingüística de aquello que se quiere comunicar; y en ese sentido, se trata de un relato muy trabajado, rítmico y metafórico, casi a un nivel poético. Por otra parte, me encanta cuando encuentro semejanzas con la literatura que conozco o con el cine que veo. Siento cierto gusto en la conexión multidisciplinar. Cuanto más se compartimenta el conocimiento, más me traen los vínculos. Será mi corazón, que disfruta de la mezcla, de la hibridación, único modo, todo sea dicho, de que la cultura avance. En esta pieza, la autora relata una historia que hunde sus raíces tanto en el propio suelo de la sociedad ecuatoriana como en distintas disciplinas del Arte. Narra la historia de un abuso perpetrado en casa por un conocido de la familia. La víctima es una niña que está creciendo en un entorno de violencia y de desinterés. Su único apoyo descansa en la figura de la abuela, un personaje hermanado con nuestra Celestina. Si ésta, para sobrevivir al otro lado del río en un momento en que la prostitución estaba siendo perseguida al construirse en Salamanca una mancebía oficial, desempeñaba no sólo el oficio de alcahueta, sino también los de partera, abortera, perfumera y remendadora de virgos; la criatura de Mónica Ojeda también se encarga de la realización de abortos ilegales. Pero su fuerza descansa en otro sitio. Muy posiblemente, sea un adulta traumatizada que reedite, por medio de su nieta, una experiencia análoga. Ojeda, nos hablaría en ese caso, de la vulnerabilidad de las mujeres a lo largo del tiempo, que una y otra vez tropiezan sin quererlo contra la misma piedra. Pero esa adulta, ya anciana, que revive el trauma y asiste a la repetición del ciclo, varía el rol asignado, y en lugar de ser víctima, para proteger (vengar) a su nieta se convierte en agresora, en brazo ejecutor de la desgracia que destroza vidas. Décadas después, ahora ella es el monstruo.
También he disfrutado con Soroche. Hace unas semanas leí una obra de teatro de Gracia Morales titulada El vientre de la araña, que aborda el tema de la anorexia. Uno de los personajes se llama Ruido. Simboliza el coro de voces que dicta desde distintos soportes en qué consiste la feminidad esterotipada, cuyos parámetros fija la ideología patriarcal. Lo integran, fundamentalmente, los anuncios, las amigas y las redes sociales. Mónica Ojeda retoma este motivo desde el otro cabo de la cuerda. Se centra en los prejuicios estéticos del heteropatriarcado contra las mujeres grandes, ya sea por ser así su constitución, o por exigencias de la maternidad o del paso del tiempo. Como quiera que sea, el relato se construye por medio de otro coro de voces, la de las amigas y la de la víctima de los prejuicios contra su propio cuerpo. A esta primera capa de lectura se la añade una segunda, el uso de las redes sociales y de la subida de vídeos a internet con fines vejatorios. Ambas obras se complementan a la perfección y dan cuenta de la relevancia social del asunto que abordan. Existe una belleza normativa que obliga a los mujeres, desde la infancia, a vigilar qué comen y a estar pendientes de las consideraciones masculinas sobre sus figuras. Es tal la presión estética que sienten, que consideran que el deseo y el amor dependen de su condición física. El coro de voces que levanta Mónica Ojeda en su relato me parece magnífico, y alcanza sus cotas más altas en los discursos autoinmoladores, animalizadores y grotescos de su protagonista.
Lo cierto es que Mónica Ojeda da vida a algunas mujeres antinormativas, que se alejan de los roles sociales ya sea por su modo de habitar el mundo (la abuela, las voladoras, las umas) o por estar en posesión de un físico apartado del canon estético. Y aquí veo un puente con Irene Solá, quien trata el motivo de la brujería en la novela Te di ojos y miraste las tinieblas. Si la autora catalana recupera motivos del folklore pirenaico, la narradora ecuatoriana los coge del andino. Lo que parece claro es que una y otra buscan modelos fuertes de mujer que propongan una alternativa y que cuestionen los convencionales: sumisos, pasivos, timoratos y silenciosos. Las hermanas gemelas del relato Slasher también expresan su desacato a las normas, en su caso, por medio de la música. Sus temas contravienen el sentido de la armonía, del orden, de lo racional. Sus composiciones, caóticas y salvajes, no calman a las fieras, sino que les despiertan el apetito de sangre. Sobre el escenario llevan a cabo un ritual amputador que celebra la herida, la subversión y la violencia. Si en Intento de escapada, de Miguel Ángel Hernández, leíamos una novela que se interrogaba sobre los límites morales de las Artes Plásticas, Las voladoras también se apunta al carro del arte comprometido que debe trastornar a los oyentes para despertarlos de su letargo. Si una hermana amputa a la otra, a fin de cuentas, se debe a la pasividad de los asistentes a su concierto, que no hicieron nada por impedirlo y que, por tanto, fueron copartícipes.
El último de los relatos es de un tristeza sobrecogedora. Un chamán ha perdido a su hija y trata de resucitarla. El lenguaje al que recurre el protagonista es poético. No en vano, los chamanes consumen sustancias para autoinducirse el éxtasis. En mi novela El bosque sagrado el chamán, sami, consume alcohol; en el relato El mundo de arriba y el mundo de abajo, el chamán toma coca. Las drogas suspenden el control racional de la consciencia y de ahí que el discurso se vuelva irracional. El texto es precioso. De una belleza romántica, gótica o, como diría Mario Praz en un libro imprescindible (La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica): “medúsea”. El amor no puede lo imposible. Ni el amor más grande puede revertir el curso de la naturaleza. El espacio donde se desarrolla la historia contribuye a la acentuación de su lirismo: el páramo, el volcán, la lengua del glaciar.
Muy recomendable este primer libro de relatos de Mónica Ojeda. Sabemos de buena tinta que ya está escribiendo algún relato más, de modo que esperaremos su siguiente incursión en este género.

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