sábado, 21 de diciembre de 2019

Narrativa española juvenil

Venden miles de ejemplares y cultivan el gusto literario de los niños y adolescentes de nuestro país, son los autores de LIJ, a quienes tanto debemos los profesores tanto por las gratas horas de lectura en clase o en casa, como por sus charlas y conferencias en nuestros institutos de secundaria.

Esta lista no me fallado nunca.

 
César Mallorquí: La isla de Bowen, El último trabajo del señor Luna, La mansión Dax, Las lágrimas de Shiva, La estrategia del parásito.

Laura Gallego: Donde los árboles cantan, El valle de los lobos.

Jordi Serra i Fabra: En un lugar llamado Tierra, Campos de fresa, Llamando a las puertas del cielo.

David Lozano: Desconocidos.

María Menéndez-Ponte: Nunca seré tu héroe.

Javier Ruescas: Tempus fugit, Play.

Sofía Rhei: Flores de sombra, La calle Andersen.

Fernando Lalana: Morirás en Chafarinas, Comando Gorki, Amsterdan Solitaire, El hijo del buzo.

Joan Manuel Gisbert: El misterio de la isla de Tökland, La noche del eclipse.

Mónica Rodríguez: La partitura.

Gonzalo Moure: En un bosque de hoja caduca.

Ana Alcolea: El medallón perdido.

Nando López: Los nombres del fuego.





domingo, 15 de diciembre de 2019

Mi novela El año cero, en RNE


Ignacio Elguero de Olavide me entrevista en La estación azul, el célebre programa de literatura de Radio Nacional de España que acaba de cumplir su 20º cumpleaños.

Podéis escuchar el programa completo aquí:


http://www.rtve.es/alacarta/audios/la-estacion-azul/estacion-azul-moved-esas-banderas-15-12-19-escuchar-ahora/5463692/

Yo intervengo a partir del minuto 27.

Mi novela, El año cero, fue publicada el pasado mes de mayo por una editorial de nuevo cuño: Ménades. Es mi segunda obra narrativa. La primera, Inercia, la editó Baile del Sol en 2014.




martes, 10 de diciembre de 2019

El retrato de Dorian Gray




En 1890 entregaba Óscar Wilde a su editor su primera y única novela: El retrato de Dorian Gray. Había oído hablar de la obra, pero no ha sido a este puente pasado cuando he tenido tiempo para leerla, embriagarme con ella y disfrutarla. Las condiciones eran muy propicias. Una noche, repasando los volúmenes que tienen mis suegros en su biblioteca, encontré un ejemplar de Maestros ingleses IV, publicado por Planeta en 1962. Se trata de un tomo encuadernado en piel con lomos dorados y páginas impresas en papel biblia. Busqué el índice de títulos y mis ojos se detuvieron en Dorian Gray, una novela gótica. De inmediato comencé a leerla. El misterio que destilan sus páginas y la prosa exquisita de su autor me tuvieron tres noches seguidas inmersa en sus páginas.
             El argumento es inquietante. Dorian, un bello adolescente que posa para un pintor británico, temiendo que sus pensamientos y emociones futuras marchiten la perfección de sus facciones mientras su réplica al óleo se resista el paso del tiempo, expresa en alto su deseo de inmortalidad, a costa de que el lienzo cargase con el peso de su envejecimiento físico y con las señales de deterioro de un alma corrompida. A partir de ese momento, el joven –expoleado por su mejor amigo, lord Henry Wotton– se lanza en pos del placer y de la belleza. Wilde recurre a la elipsis para omitir las correrías de su personaje (habría que cotejar la edición del 62 con la publicada por Reino de Cordelia en 2011 para corroborar si es elipsis o censura), si bien sabemos de su devaluación moral por los cambios que comienza a padecer su misterioso retrato. Avergonzado por la mella de su alma, Dorian decide esconder la pintura en el trastero de su mansión para defenderlo de las miradas indiscretas. Pero no renuncia a su estilo de vida, lo que tendrá consecuencias nefastas.

Dorian Gray supone un elogio de la locura, así como un terrorífico carpe diem. Frente al sopor de la costumbre (criticada por Henry), Dorian representa la imaginación. Encarna la figura del dandy. Al hombre que huye del tedio y de la vulgaridad refugiándose en el lujo (colecciona joyas, tapices, instrumentos de música, perfumes), destruyendo esquemas y transgrediendo normas. Como el mismo Oscar Wilde. No en vano, el célebre –y luego repudiado– escritor irlandés destila en su novela mucho de sí mismo, haciendo –precisamente– lo contrario que sostiene Basilio Hallward, el pintor de su texto: “Un artista debe crear cosas bellas, pero no debe poner nada de su propia vida en ellas. Vivimos en una época en que los hombres no ven el arte más que bajo una forma de biografía. Hemos perdido el sentido abstracto de la belleza”. Personaje y autor comparten miedos. Aunque lo cierto es que Oscar Wilde también se espolvorea entre el propio Basilio y –sobre todo– Henry Wotton, el provocador amigo del protagonista, un ácido gentleman de influencia perversa en su adorado Dorian. Si la primera parte de la novela halaga los sentidos por medio de las detalladas descripciones físicas y del profundo análisis psicológico del hermoso y atormentado adolescente, la segunda se desliza hacia el mundo del crimen y de los escenarios sórdidos. Su final es magnífico. 
           El retrato de Dorian Gray constituye un panegérico de la juventud y un aviso de la brevedad de la vida. Es la lectura ideal si se busca en un libro la mezcla de misterio, terror, disertaciones inteligentes y calidad estética. Recoge a la perfección el pulso de su tiempo: el desafío a las convenciones, la espiritualización de los sentidos, la exaltación de la belleza, el malditismo o la crítica al puritanismo. En suma, estamos ante una joya literaria. Un clásico que nos obligará a evitar espejos, cuadros y fotografías, o que hará que los miremos de reojo, temiendo un detalle que revele la lenta perversión de nuestras almas. 


viernes, 8 de noviembre de 2019

Mi pareja calva y yo vamos a tener un hijo

Mi pareja calva y yo vamos a tener un hijo, Legna Rodríguez Iglesias. II Premio Centrifugados de poesía joven. Liliputienses, 2019. 90 pp.


Pide la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie que se visibilicen las historias individuales de las mujeres para que el relato de la Humanidad esté completo. Y en esa ardua labor estamos inmersas muchas autoras, con mayor o menor presencia en los medios de comunicación. Nuestra misión consiste en poner el foco sobre el tablado en sombra del teatro, en balizar caminos cuya existencia se desconoce. Porque lo cierto es que lo hay muy trillados. Si existe un tema por tratar en Occidente, por lo novedoso de su aceptación legal, es el de las familias homoparentales. En efecto: en España existe el matrimonio entre personas del mismo sexo desde 2006, si bien las parejas conviven (con más o menos disimulo) desde hace décadas. Si en los últimos años no hemos asistido a una caída en picado de la demografía en nuestro país se debe, en parte, a la tenaz misión reproductora de miles de parejas LGTB. Acudimos a hospitales donde nos tratan con cariño y respeto. Nuestros hijos van a colegios donde se integran a la perfección, y entre todas las familias hemos creado una red de cuidado mutuo que beneficia a cada niño (con independencia de su origen étnico o de su método de concepción). Es decir: formamos parte visible de la comunidad escolar, y del entramado social de los distintos barrios. ¿Pero qué eco de esta realidad llega a los libros, se transforma en personajes, evoca sentimientos en los lectores? En noviembre de 2018 me publicaba Hiperión el poemario Ciudad sumergida, donde me dirigía a mis hijos aun antes de nacer, cuando flotaban en la piscina amniótica que les regaló mi esposa. Entonces yo marcaba en el mapa un nuevo motivo literario: el amor de una pareja de mujeres hacia su descendencia (dos mellizos concebidos por el método ROPA: ovodonación entre cónyuges, legal en España desde hace ocho años). Por supuesto que a lo largo del tiempo se han editado hermosas obras narrativas y poéticas dedicadas a la maternidad (y a la paternidad), pero no LGTBI. El mundo cambia y la literatura debe reflejarlo. Detrás de nuestro ansiado positivo se esconde una historia de superación, amor, fe y constancia (no exenta de obstáculos ni de decepciones) que puede ser inspiradora. Y a esa tarea dedica sus horas la escritora cubana Legna Rodríguez Iglesias (1984).
    Con Mi pareja calva y yo vamos a tener un hijo la poeta antillana obtuvo el “Premio Centrifugados de poesía joven”, en su segunda edición. El libro se divide en dos partes: “un cigoto / el aborto”; y “un gameto / el embarazo”.

La primera sección supone un ejercicio de valentía. Nos habla, como ya deducen por el título, de un deseo frustrado. Leemos una elegía a la pérdida de un ser todavía en fase de embrión, pero ya amado (“para mi hijo/que salió de su delta antes de tiempo”). El tono de los textos, en ocasiones, alcanza tal apunto que casi se vuelve amenazador (“Una madre es un muro hasta que su hijo fallece”… “Los escombros del muro están en una esquina./ Nadie toque ese cemento”). El sujeto que enuncia cartografía la región de su pena. Se siente culpable. Y así se lo expresa a su retoño en mente, al que hace una promesa: “En el próximo chance yo te voy a agarrar”.
     La segunda parte se centra en la propia gestación, con los asuntos colaterales derivados de ella (la barriga que no crece, los nervios de las futuras madres, la elección del nombre, los controles periódicos, la responsabilidad educadora, el acondicionamiento de la casa…)
     Legna Rodríguez, con un lenguaje claro y directo donde no falta la ironía, aborda otros asuntos significativos en su libro de poemas. Uno es el concepto de patria. Recuerden que la autora, nacida en Camagüey, emigró a los Estados Unidos hace algunos años. Es una apátrida política, pero no afectiva. Tiene clara su tierra: su hijo, su pareja, sus amigos. Pertenece a Cemí (su varoncito), pero también a Jamila o a Soleida… Otro es el concepto de identidad. Quienes somos no consta en un documento expedido por la Policía. En un papel repleto de hologramas y marcas de agua, por mucho que aparezcan nuestros datos no se dice nada relevante acerca de nosotros. Sin embargo, nos explican mil veces más los libros que tenemos en la biblioteca (“…pero el policía no cree que Averno,/ un libro de Louise Glück que siempre cargo en mi mochila/ sea ningún documento de identidad”).
      Si bien el libro tiene altibajos, Mi pareja calva y yo vamos a tener un hijo merece el galardón conseguido y su publicación. Desde luego, aporta un poco de aire fresco a la tan a menudo encorsetada poesía que encontramos aquí. Bienvenido.


domingo, 3 de noviembre de 2019

Doble publicación en Turia




En el nuevo número de la revista Turia tengo el honor de participar con una amplia reseña del poemario La ciudad, de la joven poeta Laura Villar Gómez (Liliputienses, 2019); así como con un poema inédito de un nuevo libro en el que estoy trabajando.

La revista se presenta el próximo 20 de noviembre en el Instituto Cervantes (entrada por la calle Barquillo), a las 19:30.


lunes, 28 de octubre de 2019

20º aniversario de "La estación azul" (RNE)

Con motivo del 20º aniversario de su existencia, La estación azul ha compartido en Facebook una fotografía en la que tengo el honor de aparecer. Fue tomada en el año 2001 en el salón de actos de la Residencia de Estudiantes. Yo acaba de ganar el Hiperión por mi segundo libro, Napalm. Cortometraje poético. Quién iba a decirme que unos meses más tarde el Ayuntamiento de Madrid me concedería una de las becas de creación artística de la mítica "Resi". De aquella experiencia en la habitación 427 del Gemelo I surgió mi tercer poemario, Apátrida, Premio Arte Joven de la Comunidad de Madrid en 2005.



De izquierda a derecha, de pie: Manuel Rico, José Méndez, Ariadna G. García, Esther Giménez, Sabas Martín, Félix Grande, Juan Manuel González, Paca Aguirre, Ignacio Elguero, Ana Rosetti, José Ramón Ripoll, Concha Villalba (realizadora del programa), Ángel Petisme, Pablo Méndez, Jorge Riechman, Fany Rubio, Ramón Mayrata. Sentados: Antonio Lucas, Carlos Briones, Fernando Beltrán, Álvaro Tato, Luis Martínez de Merlo, Jesús Munárriz, Ana Merino, Leopoldo Alas, Ángela Vallvey, Arrate Sanmartín (compañera de cultura en RNE), Javier Lostalé, Pepe Infante y Luis Cremades.

(In memorian de Félix, Paca, Juan Manuel, Concha y Leopoldo)



viernes, 11 de octubre de 2019

Memorial de ausencias

Memorial de ausencias, Antonio Crespo Massieu. Prólogo de Guadalupe Grande. Madrid, Tigres de papel, 2019. 500 páginas.



Hay poetas que van atravesando etapas a lo largo de su carrera, que viran tanto en sus contenidos temáticos como en sus propuestas estéticas, que van haciendo escalas en parajes diferentes hasta su destino final. Góngora, Meléndez Valdés o Salinas pertenecen a este grupo. Sin embargo, otros autores hacen girar su obra en torno a un centro, y desde él se expanden. Pienso en Garcilaso, Unamuno o Aleixandre. Y es el caso del escritor Antonio Crespo Massieu (Madrid, 1951), que acaba de publicar su poesía reunida, Memorial de ausencias, en Tigres de papel. 
            La obra publicada de Antonio se concentra en apenas once años. Sus títulos son En este lugar (Fundación Kutxa, 2004), Orilla del tiempo (Germanía, 2005), Elegía en Portbou (Bartleby, 2011), Los regresados (Ediciones del 4 de agosto, 2014) y Obstinada memoria (Amargord, 2015). Y de entre estos cincos libros, lo digo de entrada, destaca una colección brillante de extensos poemas que, lamentablemente, no tuvo en su momento el reconocimiento de la prensa escrita, y cuya excelencia reivindico yo ahora, sumándome a la cerrada defensa que del libro hicieron en su día Arturo Borra, Alberto García-Teresa o Miguel Veyrat, entre otros. Me refiero a Elegía en Portbou.
            53 años tenía Antonio Crespo cuando dio a la imprenta En este lugar. No era su primer poemario, y se nota. El veterano poeta se estrena con un libro maduro, y se presenta en el panorama lírico nacional con una voz personalísima y claramente identificable. En estos versos se revelan los temas nucleares de su obra y se fragua un estilo único que irá moldeando en las sucesivas entregas. Así, abundan las enumeraciones, los encabalgamientos abruptos, la selección eufónica de sustantivos abstractos (piedad, rebelión, ausencia) y de adjetivos de valencia semántica negativa. Todo ello contribuye a dar tono muscular al verso, tensa el ritmo. Ya en este poemario aparece uno de los lemas que caracterizan la obra de Antonio: “la historia es esta sucesión/ de gritos o catástrofes”. De manera peculiar, el poeta en este libro mantiene un diálogo con el diario El País para tratar asuntos de su tiempo. No deja de ser curioso, y apunto como anécdota, que Jorge Riechmann, amigo del autor, publicara en 1997 un título que apunta en la dirección contraria: El día que dejé de leer El País. En cualquier caso, ambos exhiben una misma intención en sus escritos: “Esta ansia infinita, inabarcable/de cambiar el mundo”. La palabra (medida, pesada, como aconsejaba fray Luis de León) deriva en continente del mundo y en vehículo de denuncia.
            A los 54 años sacaba a la luz su segunda colección, Orilla del tiempo. Y en este libro encontramos poemas memorables, caso de la poética Como una gota de resina o Una muerte pequeñita. Un motivo recurrente en la lírica de Antonio es la empatía hacia los animales, y en concreto, hacia los canes. Si no recuerdo mal, tenía una galga cuando lo conocí, allá por 2010, el IES Francisco Giner de los Ríos, donde dábamos clases de Literatura Española. Al igual que hiciera Unamuno en su Elegía a la muerte de mi perro, el poeta y activista se eleva desde el tablado de la experiencia personal a las cumbres del arte trascendiendo la anécdota privada. Por otra parte, Antonio alude a lugares icónicos de la barbarie humana (Terezin, Ramala) y a personajes que simbolizan la honradez o la dignidad (Paul Celan, Companys). No en vano, en estas páginas leemos otro emblema típico de Antonio: “Nada hay más fraterno que sentirse/ irremediablemente heredero de tantos llantos”. Por último, en los muros levantados por la intransigencia, el poeta abre ventanas que nos devuelven la esperanza en nuestra especie: el amor, la música, la pintura, la belleza de las ciudades.
            Será a los 60 años cuando Antonio Crespo publique su mejor obra hasta la fecha, la magnífica: Elegía en Portbou. De algún modo, sus libros previos son caminos que conducen a esta cumbre de la poesía en español de los últimas décadas. Aquí se recogen y dilatan motivos y temas ya tratados en ellos (“lo oculto,/ que siempre regresa”). Pero, sobre todo, se ahonda en un estilo desasosegante, agónico, que conmociona al lector.
            El libro está compuesto por diez extensísimos poemas. El metro utilizado es el versículo. Antonio hace descansar el ritmo de los textos en los paralelismos, en las repeticiones, en las asociaciones semánticas, en las enumeraciones y en los juegos fonéticos. El tono es grave. Oscila entre el desgarro y la letanía.
            Uno de sus rasgos carácterísticos es la intertextualidad. Junto a las alusiones a escritores (Alfonsina Estorni, René Char, Paul Celan, Paca Aguirre…pero, sobre todo, Antonio Machado y Walter Benjamin, cuyas vidas entrelaza en un destino común, puesto que ambos representan “la suma de personas que alguna vez huyeron de la barbarie” —cito a Álex Chico—), leemos citas de un buen número de obras que guían al autor (“el mar la mar” de Alberti, “otro no puedo más/ y aquí me quedo” de Unamuno, “vencido por el ángel” de Ángela Figuera…), quien establece con ellas un permanente diálogo estilístico y moral.
            Si el poemario tiene una misión, esta es –sin duda– “reparar lo roto”, “habitar la distancia”, traer al presente a quienes se encuentran “en el afilado margen de la memoria”. Precisamente esa empresa da título a las obras completas del autor: Memorial de ausencias. Sus palabras se adhieren, a modo de complemento, a las reivindicaciones de los familiares republicanos cuyos seres queridos fueron asesinados y enterrados por los fascistas en fosas comunes; esos que menospreciaba Pablo Casado, aspirante a la jefatura del gobierno —nada menos—, cuando decía: “los de izquierdas son unos carcas, todo el día con la fosa de no sé quién” (esta y otras declaraciones del mismo tenor son las responsables del lógico varapalo electoral del PP, apenas 60 escaños, en los pasados comicios). 
            “Cómo llevar el roto plural” se pregunta Antonio Crespo Massieu, y su respuesta es un contundente libro de altura ética y estética.
            Sus versos, además, suponen un faro que nos alerta de la proximidad de nuevos escollos, pues: “el vendaval de la historia sigue soplando,/ nos zarandea de nuevo”. La presencia de VOX en el parlamento, donde la fuerza ultraderechista tiene 24 escaños, dibuja en el horizonte un nubarrón para el que hay que prepararse.
            Como en anteriores ocasiones, la cultura, el amor, la empatía y la fraternidad serán antídotos contra el muro de la intransigencia y el malecón del odio.

A los 63 sacaba Antonio Los regresados, pequeño libro-homenaje a amigos y poetas de la talla de Félix Grande.
Obstinada memoria data de 2015. Tras la voz huracanada de Elegía en Portbou, estos dos últimos trabajos constituyen una ligera brisa. El ritmo de los textos se desacelera, el tono se remansa, el verso se contrae. No obstante, el autor da vueltas sobre los mismos temas, añadiendo algunas composiciones de cuño clásico, en alabanza de aldea y menosprecio de corte, donde resuenan ecos de Hesíodo, Virgilio, Erasmo o fray Luis de León.

El volumen se cierra con la incorporación de textos procedentes de libros inéditos, escritos en los ochenta.

No encontrarán el nombre de Antonio Crespo Massieu entre los poetas destacados de las últimas décadas; ni tampoco su obra entre las propuestas literarias más coherentes y personales de los últimos quince años. Pero, como ven, no es por falta de motivos. Es la suya una obra de calidad y de compromiso civil.
He intentado tallar una reseña que argumente con solidez los motivos por los que se debe leer a este excelente poeta madrileño. Ojalá lo haya logrado.


Esta reseña ha sido publicada en Culturamas. Original, aquí.