sábado, 19 de diciembre de 2020

Café Jazz El Destripador

 


Café Jazz El Destripador, Luis Artigue. Oviedo, Pez de plata. 2020. 294 páginas.

 

 

Tras la lectura de la brillante Donde siempre es medianoche, pensé que Luis Artigue tendría bastante difícil igualar los megavatios de aquella premiada novela (recibió el Celsius en la categoría de ciencia ficción y fantasía españolas). Pero si de algo va sobrado el narrador leonés es de potencia lumínica: tiene una obra verdaderamente deslumbrante. Café Jazz El Destripador guarda similitudes compositivas con su libro anterior. De nuevo el protagonista recurre (mal que le pese) a la mediación de un experto en psicología para orientarse en este valle de lágrimas. Sólo que ahora este personaje viene encarnado por un “pastor santero” que emplea sus habilidades psicoanalíticas para someter a terapia a un obstinado espíritu doliente que ha poseído el cuerpo de Miles Davis, el célebre trompetista. Así empieza un apasionado, lírico e imaginativo viaje regresivo por la mente del músico hechizado hasta el París finisecular: gótico, arrabalero, galante y libertino, de salones imperiales y muchachas con sífilis. Y es que Miles, en una vida previa había sido el poeta maldito Charles Baudelaire. A partir de este punto, se simultearán dos tramas igual de exuberantes, creativas e intensas. Una transcurrirá en París (1840-1868); la otra entre St. Louis City, Nueva York, Los Ángeles, París y Newport (1940-1958). La primera estará protagonizada por la hija bastarda de Baudelaire, cuyo espíritu martiriza la mente de Miles David, hasta medio destruirlo; la segunda, por este joven músico y por el mítico Charlie Parker, el genio de Harlem: un hombre lúcido, audaz, innovador, delincuente, egoísta y enfermo, siempre al límite de su capacidad de resistencia. Luis Artigue dedica las páginas más lúcidas de su libro a la reflexión meta-artística. Contrapone dos modos de ser y estar en el mundo, a los que asocia dos concepciones distintas de la música. Por un lado, Charlie Parker simboliza al artista total, obsesionado y ebrio de su obra. Sus ansias de libertad, su insatisfacción perpetua, su rebeldía, su deseo constante de emociones lo llevan a la invención de nuevos (y arrebatados) ritmos. De modo que su drama personal queda plasmado en sus composiciones. En el otro platillo de la balanza se encuentra el joven Davis: un muchacho tierno, generoso, de estilo equilibrado, imaginativo, sereno y sensual. Dos polos. Dos actitudes. Dos estéticas. Y en medio, Artigue que nos lanza un puñado de preguntas: ¿cuál es la función del arte: exaltarnos, consolarnos, mejorarnos (elevarnos al amor, a la bondad)? ¿Qué precio hay que pagar por el éxito? ¿Se puede crear una obra perdurable “desde la normalidad” o es requisito indispensable tener un espíritu turbio? ¿Emana la belleza del dolor o de la alegría? ¿Qué persigue el artista: crear una música pegadiza, “con emociones de contrachapado”, de consumo rápido que le reporte fama y dinero; o componer temas hondos, emanados de dentro, con un estética exigente y un estilo culto que, no obstante, comunique un mensaje de corazón a corazón? Este Artigue, está claro, no solo habla de melodías y salas de conciertos, realiza una reflexión general sobre cualquier disciplina creativa (¡Ay, la lírica!) y toda forma de interacción humana (la superficial & la verdadera). 

Con frenéticos cambios espacio-temporales, una prosa magnética y un refinado sentido del humor, Luis Artigue nos regala un viaje sorprendente, lleno de contrastres (la gloria, la decadencia de un músico; el París integrador frente a la Nueva York racista; los artistas, los gánsters…). Café Jazz El Destripador es una novela inteligente, alocada y entretenida en donde se revela el mundo propio de su autor. La edición, simplemente, maravillosa. Las bellas ilustraciones de la cubierta, el interior y la postal que acompaña al libro las firma Ángel de la Calle. Para tenerla en casa. Ya saben qué pedir a Santa Claus.

 

miércoles, 16 de diciembre de 2020

Cingla

Cingla, Constantino Molina. “Premio de Poesía Hermanos Argensola”. Visor, 2020. 62 páginas.

 

 

Parece claro que en Albacete hay un grupo de poetas a los que une la amistad y que de un tiempo a esta parte han alcanzado visibilidad gracias al espaldarazo de premios de prestigio. Me refiero a Andrés García Cerdán (Fuenteálamo, 1972), Rubén Martín (Albacete, 1980) y Constantino Molina (Pozo-Lorente, Albacete, 1985). Integrantes todos de una misma generación, comparten cierto aire de familia en la medida en que parecen dialogar con dos de los grandes autores de la tierra: Dionisia García (Fuenteálamo, 1929) y Eloy Sánchez Rosillo (Murcia, 1948). Recordemos que Murcia y Albacete pertenecieron a la misma división territorial hasta 1978. Unidos por su coincidencia en ediciones Rialp (Martín y Molina han ganado el “Adonáis”; Cerdán, el “Alegría”) y por haberse alzado con el “Argensola” (Martín en 2012, Cerdán en 2018 y Molina en 2020), comparten un tono celebratorio de la vida y un arraigo en la naturaleza. Las diferencias entre los tres, no obstante, son evidentes. Cerdán, autor de una amplísima trayectoria, posee un verbo electrizante, vigoroso, que pone al servicio no sólo de los temas existenciales, sino de la crítica feroz del estado del mundo. Martín, por su parte, es dueño de una mirada contemplativa que nos llena de luz al posarse en el entorno agreste. Molina, el más joven de todos, canta lo pequeño, lo doméstico, con voz grave o desenfadada, para contrarrestar con la alegría de lo minúsculo la nada que lo cerca. 

Constantino Molina se dio a conocer en 2014 con Las ramas del azar (“Adonáis” y “Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández”), libro al que siguió Silbando un eco extraño (Hiperión, 2016. Premio “Alfons el Magnànim”). Con su su último trabajo, Cingla, ha ganado el “Argensola”. Este último tiene 700 versos, y está formado por 45 poemas que se suceden sin divisiones. Dicho esto, los textos más luminosos se concentran al principio, y aunque los temas del vacío y de la nada se esparcen por todo el libro, los poemas que con más plasticidad nos hablan de la muerte, se encuentran al final. Molina echa mano de una simbología de corte tradicional para connotar el vitalismo, pese a la contingencia (rosales, agua, pájaros…). Sobresalen, dentro del conjunto, los poemas trascendentales, en donde Molina acoge una mirada renacentista (o neoclásica, “La vendimia”), barroca (“Una convivencia”, “Mi cuerpo”) y estoica (“Atardecer desde un patio interior”):

 

… Aquí abajo pronuncio unas palabras: 

es la quietud la tarde,

y riego los rosales.

Mis articulaciones obedecen

a cada impulso eléctrico

que mi cerebri dicta

y soy el centro y dueño de un instante.

 

Por encima de todo

una expansión vibrante

y el canto del vacío ante la nada.

  

También destaco el ramillete de composiciones que el autor dedicada a su difunto padre (en especial, el sutil y estremecedor “Golondrina”). Por el contrario, me gustan menos algunos de los poemas de tono ligero que abundan en el libro: “Mosquito mío”, “M” o “El arte del bostezo”.

“Cingla”, nos dice el autor, es la roca madre sobre la que se asienta la vida. Ese suelo firme, metafóricamente hablando, son las tres prestigiosas editoriales que lo han editado. Poco a poco, el poeta albaceteño va afirmando su pulso sobre el suelo. De momento, tres libros. Seguiremos pendientes de los frutos que nazcan de esa tierra.

 

martes, 15 de diciembre de 2020

Carlos Alcorta reseña "Panoramas para leer"


 

El poeta y crítico literario Carlos Alcorta publica en El diario montañés una reseña del libro de crítica literaria Panoramas para leer, preparado por Juan Carlos Abril (Bartleby, 2020).

Dejo aquí un extracto de su artículo:

"Pero vayamos a Panorama para leer, porque es mucho más que una mera acumulación de reseñas sobre algunos de los libros publicados durante esos años. Aquí encontramos títulos como Autorretrato a lo lejos, Canino, Ciudad sumergida, Clima mediterráneo, Conciencia de clase, Desaparecer, Épica de raíles, Fiebre y composición de los metales, Los allanadores, O futuro,  No estábamos allí, Para una teoría de las distancias, Sangre seca o Ser sin sitio, por citar solo algunos, de autores como Lorenzo Plana, Andrés Navarro, Ariadna G. García, Luis Bagué Quílez, David Mayor, Juan Manuel Romero, Verónica Aranda, María Ángeles Pérez López Pérez, Carlos Pardo, Abraham Gragera, Jordi Doce, Lorenzo Oliván, Josep M. Rodríguez o Álvaro García, respectivamente, pero lo verdaderamente sustancioso es el estudio previo, un intento de establecer las nuevas coordenadas por las que maniobra la mejor poesía actual".   

 

jueves, 10 de diciembre de 2020

Las hogueras azules


 

Las hogueras azules, Juan F. Rivero. Candaya. 112 páginas.

 

 

 

 

Hace un año publiqué la reseña de Escaramujos, un bello libro de haikus a cargo de Jesús Munárriz que había editado la editorial Pre-Textos. En aquel artículo (que podéis leer AQUÍ) hacía un repaso de la influencia de la lírica nipona en nuestras tradición, remontándome a los poetas del 98. El nuevo libro de Juan F. Rivero (Sevilla, 1991), Las hogueras azules, dialoga, pues, con una doble corpus de lecturas: las fuentes orientales (chinas y japonesas: Basho o Santoka, entre otros) y las españolas. Leído el libro, me atrevo a especular con la idea de que su joven autor haya sentido arder dentro de sí la llama de una de las formas de espiritualidad más antiguas del mundo, la china, vertida sobre la cultura japonesa, donde florecerá con sello propio. Visto el año que llevamos, con la pandemia y la crisis económica de fondo (que no dejan de ser síntomas de esa enfermedad llamada capitalismo –parafraseo a Jorge Riechmann), estamos necesitados de una desacelarción de nuestros ritmos laborales y existenciales, de un apego sincero a la naturaleza, de un ejercicio de instrospección que nos permita conocernos y dejarnos sorprender por el mundo. A este propósito contribuye la lectura de Las hogueras azules. Esta pequeña colección de haikus, tankas y prosas nos recuerda que tenemos al alcance de la mano una vida más plena, quizás porque (también) nos hace ser conscientes de la fragilidad que soportamos. Así, abunda en estos textos delicados y minimalistas una simbología aérea (cielo, luz, pájaros, polillas, libélulas, amanecer) que connota exaltación. “La alegría/ consiste en no creer:/ la vida basta” escribe Juan F. Rivero. Sostiene Mexence Fermine en Nieve, un hermoso cuento que rinde culto al haiku y a la belleza, que las artes y el amor persiguen un mismo fin: “vivir cada momento de la vida a la altura del sueño”. Puede que por esa razón Las hogueras azules incluyan poemas amorosos de cuño celebrativo (“el olor de otro cuerpo/puede ser un paisaje”), donde no falta el temor a la pérdida, a la frustación del ideal: “sentimos miedos nuevos/ cada vez que diluvia/ y  asignamos un nombre/ a las cosas que amamos”. No quiero acabar la reseña sin mencionar el tema de la Luz. Rivero, como el Juan Ramón del Diario de un poeta recién casado, dedica un hermoso texto (“Haibun 1”) a la luminosidad. Ambos buscan los matices cromáticos ahondando en la luz interior, esa que alumbra los colores de fuera. Detenerse, contemplar, conocerse. Tres versos imprescindibles para el siglo en que estamos.

 

martes, 8 de diciembre de 2020

Caminaré entre las ratas

 

Caminaré entre las ratas, David Pérez Vega. Carpe Noctem. 2020. 343 páginas. 

 

 

Sostenían los críticos coétaneos de los autores del 98 que Unamuno, Azorín o Ganivet no escribían novelas. Desde luego, no las redactaban según los parámetros de la narrativa realista. En sus obras tenían mucho más peso las ideas que la trama. Cristina Morales ganó el premio Herralde en 2018 con un libro, Lectura fácil, cargado de ideología política y carente de argumento, polifónico, donde los personajes se expresan por medio de diálogos, monólogos y debates asamblearios. Se trata de un libro alejado de la poética tradicional del género, y de las propuestas narrativas que se ofrecen en la actualidad. Digo esto para trazar la genealogía la última novela de David Pérez Vega, Caminaré entre las ratas. Escrita en primea persona (y en un presente atemporal) por un narrrador protagonista, la obra avanza hilando escenas costumbristas, sin un aparente propósito hasta casi la mitad del libro. No estamos ante una novela de trama, ni de resolución de conflictos entre personajes. El magro de la acción, de hecho, es realmente escaso (al menos, hasta la página 144). Benveniste clasificaba en dos los tipos de enunciaciones: de la historia y del discurso, que sirvieron de inspiración a Werlich para su dicotomía entre el mundo narrado y el mundo comentado. Por lo que respecta al primero, noto que David se demora a menudo en la descripción de escenas intrascendentes y que recurre sin descanso al flashback. En cuanto al segundo, la voz narradora expone a los lectores sus diferentes puntos de vista sobre diversos temas de interés y expresa su opinión sobre los mismos. Esta elección domina buena parte de la novela. En este sentido, la actitud de David es análoga a la de Ganivet, Azorín o Morales. O incluso a la de nuestros escritores de diálogos renacentistas, sobre todo Juan y Alfonso de Valdés. Caminaré entre las ratas es (al menos, en su segunda parte), una estupenda novela reflexiva de cuño crítico que recoge el ideario de su autor. Así, posee inteligentes disertaciones sobre motivos que están en la agenda informativa: la implantación de nuevas tecnologías en el aula, los recortes en educación y sanidad, el uso de las redes sociales, la corrupción, la inmigración o la lucha de clases. David pisa sobre seguro, profesor de Economía y narrador de amplia trayectoria (en la última década ha publicado tres novelas y un maravilloso libro de relatos, que reseñé AQUÍ), transfiere sus conocimientos al protagonista del libro (aspirante a docente y licenciado en Administración y Dirección de Empresas). Con Caminaré entre las ratas, Pérez Vega recorre una zona distinta del mapa donde también se situan algunos de los relatos de Koundara. Es decir, tiene un mundo propio en el que ahonda. Dicho esto, esos constantes (y a veces reiterativos) flashbacks que comentaba más arriba tienen un efecto colateral: pausan el ritmo del relato y llegan a resultar tediosos. Será a partir de la segunda mitad de la novela cuando el tempo se acelere, debido a un conflicto que dará coherencia a la historia. Vayamos al argumento: Domingo, un teleoperador de 39 años con estudios de ingeniería, ambiciones literarias y licenciado en ADE, lleva una vida monótona y alejada de sus expectativas. Sus días transcurren entre el Facebook, su blog y su prácticas del máster de formación del profesorado. A esa vida relajada (no exenta de infortunios, como la muerte de un amigo) le sucede un contratiempo: un viaje erótico a Canarias, cuyas consecuencias le sumirán en una depresión y aumentarán sus niveles de violencia. A partir de ese instante, se produce un descenso a los infiernos que se traducirá en el incremento del vuelo retórico, la confrontación dialéctica y el uso del sarcasmo, esto es: en una deslumbrante tensión lingüística que hace mucho más atractiva la lectura de los comentarios y recuerdos del protagonista, cargados (ahora) de mordacidad y de lucidez. Caminaré entre las ratas, por tanto, gana –y mucho– en su segunda parte. El libro no deja de ser un aviso para navegantes (para internautas, más bien), así como esboza un retrato generacional de los nacidos en las localidades de la periferia (como Móstoles) en los 70-80, a quienes la crisis del 2008 zarandeó durante un lustro. Sólo por eso, ya merece la pena su lectura. 

 

 

lunes, 7 de diciembre de 2020

Notas y apuntes poéticos (III)


Sublevación recoge símbolos de diferentes culturas: celta, ibera, griega, romana, cristiana, china, hindú… pero en ocasiones, más allá del uso de símbolos aún vivos en nuestra concepción del mundo, milenarios –como el propio lenguaje que los nombra–, echo mano de citas de autores místicos que me han precedido en la búsqueda de la espiritualidad: san Juan de la Cruz, Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Carlos Bousoño, José María Valverde, Blas de Otero, Francisco de Osuna, Diego de Estella o Erasmo. El uso de los eslónages publicitarios y las referencias al mundo del cine, los videojuegos, las series y las redes sociales sirven como denuncia de las distracciones con que nuestra sociedad impide que desarrollemos nuestro mundo interior, ofreciendo a menudo sucedáneos verbales de esa energía celeste que nos perfecciona, y que transforma la convivencia. La unión de la alta y baja cultura obedece al sincretismo estético tan característico de la poesía española desde el siglo XIV (y aun antes, desde las moaxajas).

 

Han sido también fundamentales en esta indagación personal, que lo es, además, en la propia tradición literaria, las obras de santa Teresa de Jesús, Clara Janés y María Zambrano.

 

Igualmente, me han acompañado Milton, T.S. Eliot, Rumi, Jayyam, Hesíodo, Píndaro u Ovidio.



viernes, 4 de diciembre de 2020

Presentamos Sublevación en la Residencia de Estudiantes


 

Mi nuevo libro de poemas, Sublevación (Pre-Textos, 2020), ya tiene fecha para su puesta de largo. Será el 19 de enero, a las 19:00, en la Residencia de Estudiantes. Me acompañarán Manuel Borrás, editor de Pre-Textos; y Javier Lostalé, poeta y crítico literario de RNE. Debido a la Covid-19, será un acto sin público en la sala. No obstante, y como viene siendo habitual desde la declaración de la pandemia, será retransmitado on line, en directo. Podréis seguirlo a través de la web de la Residencia de Estudiantes: www.edaddeplata.org 

¡No os lo perdáis!

Reservad vuestras agendas. Os esperamos.