martes, 13 de marzo de 2018

Sueño mío contigo

Javier Lostalé


La Facultad de Educación de la Universidad de Castilla La Mancha celebró los días 7 y 8 de marzo, en Albacete, el "Primer Encuentro del Lenguaje: Cratilo". Estas jornadas las dirigieron Francisco Linares Valcárcel y Andrés García Cerdán, quien me pidió un texto para el homenaje que se le iba a realizar al poeta y perodista Javier Lostalé. 

En la publicación celebratoria participamos -además de Andrés y yo-: Matías M. Clemente, Rubén Martín Díaz, Javier Lorenzo, María Ángelez Pérez López y Arturo Tendero. 

Os dejó aquí el enlace.

sábado, 10 de marzo de 2018

Mapa de una ausencia

Mapa de una ausencia, de Andrea Bajani. Trad. Carlos Gumper. Siruela, Madrid, 2017. 176 páginas, 16.95 euros.


Hace una década, el escritor italiano Andrea Bajani (1975) publicó en su país Se consideri le colpe. Se trataba de su segunda novela, y con ella cosechó varios premios: Súper Mondello, Recanati y Brancati. Él mismo relata en una reciente entrevista concedida a El Cultural que aquel libro le cambió la vida: “Y no sólo por el éxito y los premios que ha obtenido, sino por una razón más significativa: fue en estas páginas donde encontré por primera vez mi propio estilo, es decir, la forma con la que quiero cruzar el mundo a través de las palabras. Íntima y política al mismo tiempo, con lirismo y ternura, cinismo e ironía, todo a la vez, y no puede ser de otra manera.” La obra ha sido publicada por Siruela con el espléndido título Mapa de una ausencia. Con una prosa clara y en apenas 170 páginas, Bajani nos cuenta la historia de una búsqueda, despliega por el suelo varias piezas para que su protagonista reconstruya el puzzle de su madre. Al igual que en Eres como eres, la última novela de Melania Mazzucco, la obra comienza in medias res con la muerte inesperada de un progenitor. Por medio del flash back, se irá dando a conocer a los lectores episodios que evoquen el carácter y el pasado de la persona ausente. Bajani, emplea, no obstante, técnicas distintas a las utilizadas por su compatriota. Para empezar, recurre al narrador en primera persona, una voz que apela de continuo a la finada, estableciendo un diálogo con la mujer añorada, la que protagoniza sus recuerdos, con el fantasma de la madre que tuvo y desapareció. Esta elección es intensamente emotiva, por lo que tiene de conversación a destiempo, abocada al fracaso. No hay nostalgia en la interlocución, ni tan siquiera quejas o reproches. Sino simple constatación de que los viejos puentes entre la madre y el hijo se han volatilizado.
El libro comienza con el aterrizaje del avión que lleva a Lorenzo desde Italia a Rumania, para asistir al entierro de su madre. En apenas unos días, gracias al trato obligado con los amigos y conocidos de ella (el socio, el chófer y otros empleados de la empresa para la que trabajaba), completa el dibujo inacabado, la mitad invisible, de una progenitora fugitiva. El resto de la imagen la lleva dentro de él, y en su conversación frustrada, nos la pinta. Así, convergen en el libro varios tonos (el ligero y el grave) junto a varias miradas (la infantil y la adulta). Estos contrapuntos ayudan a destensar la obra, a amabilizar la narración de una experiencia traumática, a rebajar los grados de tragedia por la muerte de un ser –en realidad– completamente desconocido. A este fin contribuyen también las escenas absurdas que jalonan el relato (los móviles sonando junto al féretro, la posado al lado del palacio de Ceaucescu con las manos llenas de cabezales de ducha). No dramaticemos. No es tan grave la cosa. Aquí no ha pasado nada (en lo político, en lo personal), parece que nos diga Bajani con su aguda ironía. Estas boutades, por otro lado, me recuerdan a las de Luces de bohemia.

La entrañable relación de la madre con su hijo pequeño, mientras teje una relación erótica con su socio a espaldas del marido, guarda relación con Incendios, de Richard Ford, otra formidable novela sobre el abandono materno, contada –también– por un narrador testigo. Ambas nos plantean preguntas difíciles, para las que –seguramente– no existe una única respuesta: ¿es legítimo que una mujer destruya su familia por un sueño (sexo-laboral)?, ¿qué debe priorizarse: la felicidad personal o la de un hijo?, ¿es ético engrendrar una vida para luego desentenderse de ella?, ¿puede llamarse madre a una mujer que ni acompaña, ni cuida, ni protege, ni alienta a su retoño a lo largo de su camino?
Estupenda novela, de capítulos breves muy bien cerrados, a modo de poemas. Quien la lee, pide más.




Esta reseña fue publicada por Oculta Lit el 2 de marzo de 2018.


viernes, 2 de marzo de 2018

Tu sangre en mis venas. Poemas al padre

Tu sangre en mis venas. Poemas al padre. Edición de Enrique García-Máiquez. Renacimiento, Sevilla, 2017. 277 pp. 12 €



Enrique García-Máiquez firma una antología en Renacimiento que compila poemas dedicados a la figura del padre. Explica el escritor, en el prólogo, que se ha circunscrito a la producción lírica española e hispanoamericana contemporáneas. Leyendo el índice, una se pregunta si otro criterio de la selección no habrá sido que sólo tenga voz el sexo masculino, como si la figura del padre fuese monopolio de los hijos varones, un coto vedado a la injerencia de las mujeres. No en vano, frente a la torre de los 84 poetas varones que expresan su punto de vista sobre el tema del padre, nos encontramos con la banqueta de las –escasas– 6 autoras femeninas. Como resultado, el discurso familiar, la representación del progenitor, queda en manos de los de siempre: los hombres. Y el modelo que dibujan entre otros se justa a los roles patriarcales y a los esterotipos tradicionales. Estos hijos nos hablan de padres “de alma fuerte, sobria y senequista” (Duque-Amusco), de carácter seguro, orgulloso, seco, severo y a menudo violento; no faltan las escenas de caza, de pesca, en bares y burdeles. Por supuesto, han sido educados para la incomunicaión afectiva, para la represión de sentimientos, y esa distancia, a veces, está simbolizada por el despacho o el estudio donde acometen empresas de mayor calado que el disfrute de sus hijos. Me pregunto qué imagen habría exportado de sus padres la mitad ignorada. Porque, obviamente, no todos los varones del siglo pasado, nuestros padres y abuelos, fueron cortados con la medida del tópico. ¿Habrían hablado las hijas de esos otros modelos alternativos a la ideología dominante?
Vamos a poner un ejemplo paradigmático. Paca Aguirre, en su poemario Los trescientos escalones (1976), nos evoca el apego de un padre hacia su hija –del estrecho vínculo amoroso que comparten– en una escena donde él, pincel en mano, esboza el retrato de la pequeña en un hotel de París, ya en el exilio. La mujer que dialogada con su padre treinta años después del episodio descrito, aún mantiene viva la calidez del trato, la complicidad que los unió en la lejana infancia:

Papá me dice que levante la cara un poco más,
dos o tres pinceladas y termina el retrato […]

Papá, perdimos tantas cosas […]
Y para eso pasaste días enteros
pintando una escalera interminable,
una hermosa escalera rodeada de árboles y árboles,
llena de luz y amor,
una escalera para mí,
una escalera para que pudiese subir,
vivir

Este otro modelo de padre –cercano, accesible, cariñoso–, además, pretende la autonomía de su hija, la quiere libre, autónoma.

Pongamos un segundo ejemplo: Miriam Reyes abre Espejo negro (2001) con un durísimo poema dedicado a un padre hundido, desorientado, vulnerable, que sueña con su tierra y con la juventud perdida:

Luego despierta en un piso alquilado a la ciudad de los huracanes de la miseria
y blasfema y maldice y no tiene amigos.

Escondido en la noche
papá llora por las certezas que lo defraudaron.  


¿Cuántas otras poetas habrán elaborado, en las últimas décadas, un arquetipo distinto al patriarcal? ¿Cuántas lo habrán criticado?
No obstante los reparos mencionados, Tu sangre en mis venas recoge algunos poemas verdaderamente bellos, conmovedores, que se ofrecen a modo de elegía funeral, o de homenaje al padre que aún pervive. Algunos recogen motivos manriqueños: la estimación del plazo de la vida, la reflexión sobre la inexorabilidad de la muerte, o el elogio del fallecido. Otros desarrollan motivos tradicionales de la elegía fúnebre renacentista y barroca. Lo hay que guardan relación con Garcilaso: la idea de que la muerte no daña a quien muere sino a aquellos que le sobreviven, el anhelo de la propia extinción, o el contraste entre las “memorias llenas de alegría” y el dolor actual (precioso La tierra se ha quedado negra y sola, del poeta argentino César Fernández Moreno).
Destaco Algo sobre la muerte del Mayor Sabines (de Jaime Sabines) e In Memoriam J.B. (de Paco Brines), por el tono grave y sentencioso; Coral roto (de Vincent Andrés Estellés), De re rústica (de Aquilino Duque), Noche de los furtivos (de Andrés Trapiello) y Escribir es sembrar (de Pedro Sevilla), por la belleza de sus imágenes y el trabajo con el léxico; Frente a la estatua del poeta Leopoldo Panero (de Juan Luis Panero), por la ironía y la crítica que condena los excesos de un padre violento, alcohólico y promiscuo; Habla a su padre (de Miguel d´Ors) y Don Manuel (de Fernando Ortiz) por el sincero testimonio de quienes evocan las frustraciones y desencuentros vividos en casa; Padre (de José Carlos Llop), por la búsqueda –abocada al fracaso– de un vínculo en la muerte que fue imposble en vida; Oración por mis padres (de Jesús Aguado), por el himno que celebra el milagro de la existencia; Sueño con mi padre (de Amalia Bautista), por el delicado e ingenioso texto dedicado un fantasma; y sobre todo: Care Pater (de Mario Míguez), excelente poema dedicado a un padre enfermo, necesitado de cuidados que asume su hijo, toda una lección moral sobre el sentido de la vida y de la poesía:

…Hay que entregarse.
No es sólo escribir versos ser poeta […]
Que no basta tener conocimiento,
saber qué es la bondad o la nobleza,
que hay que intentar vivirlas, encarnarlas.

Detrás suena, claro, la Epístola moral a Fabio, del capitán Andrés Fernández de Andrada: “Iguala con la vida el pensamiento”.

Ojalá la antología vea en el futuro una segunda edición, y que García-Máiquez equilibre la presencia de mujeres y hombres en sus páginas. Son muchas las voces fememinas que han quedado fuera, y son cada vez más los autores varones que se están replanteando su masculinidad. Quizás sea este un buen momento para una compilación dedicada al padre no se quede en la mera recolección de textos, sino que sirva de reflexión a la sociedad sobre la confrontación de modelos, y sobre la progresiva evolución de un concepto que necesitamos –pensemos en la violencia machista– moderno y democrático.    


Esta reseña ha sido publicada por la revista Oculta Lit. Original, aquí.



domingo, 25 de febrero de 2018

Ha muerto mi padre, Costafreda





Os dejo aquí uno de los poemas más emocionantes que se hayan escrito en nuestra lengua al fallecimiento de un padre. Lo firma Alfonso Costafreda. Pertenece al libro Nuestra elegía (1951). El poema sirve de pretexto a su autor no sólo para evocar la nostalgia por la ausencia, sino para motrar la propia angustia que le suscita la muerte y la conciencia -nihilista- de la futura nada.

 


Ha muerto mi padre.
Se repite su ausencia cada día
en el hogar vacío.
Yo pregunto,
y además de la ausencia y además
de perder los caminos de esta tierra,
¿qué es la muerte?

Yo te pregunto, padre, ¿qué es la muerte?
¿Has hallado la paz que merecías?
¿Encontraste cobijo en nueva casa
o vas errante, y sufres bajo el frío
del invierno más grande, del total
desamor?

Yo te pregunto, padre, si son algo
los muertos, o si la muerte es sólo
una inmensa palabra que comprende
todo lo que no existe.


martes, 20 de febrero de 2018

Ishiguro: discurso de recogida del Nobel

Amigos:

Os dejo en este link el estupendo discurso que Kazuo Ishiguro leyó en la entrega del Premio Nobel de Literatura, el pasado 7 de diciembre. En mi reseña de El gigante enterrado (aquí), publicada en febrero de 2017, reclamaba el prestigioso galardón para él, autor al que admiro desde hace una década. Es uno de los grandes. Y, sin duda, el novelista con el que más conecto. En la conferencia ofrece claves para comprender tanto comienzos como su ulterior evolución narrativa. Disfrutadla.

https://www.elperiodico.com/es/ocio-y-cultura/20171207/lectura-nobel-literatura-texto-integro-kazuo-ishiguro-6480711


lunes, 12 de febrero de 2018

Equilibrio

 
Equilibrio, Enric López Tuset. Polibea. 2017. 80 páginas.


Hace unos días comentaba que el futuro de la poesía pasa por denunciar los estragos del mundo en que vivimos, por retomar valores humanistas y por insuflar energía a los lectores. Buen ejemplo de las obras críticas con nuestro actual modelo económico e indagadoras de sus consecuencias en la ciudadanía, es el poemario Liberalismo político, de Francisco José Chamorro (Hiperión, 2017). Su jovencísimo autor describe la parálisis volutiva que sufren las mujeres y los hombres sometidos al bombardeo de la publicidad, la ilusión de libertad que nos ofrece la tecnología, el control que el sistema ejerce sobre nosotros a través de la red, la frustración constante de varias generaciones provistas de objetos de consumo, pero carentes de una espiritualidad, de un fondo afectivo cimentado sobre firmes valores (morales, estéticos) que las hagan felices. Chamorro evoca el hedonismo de nuestra sociedad y la ausencia de un conocimiento interior recurriendo a un estilo coloquial, directo y denotativo donde abundan las enumeraciones junto a los paralelismos. Frente al vacío de un personaje de vida anodina, de un consumidor nato, de un hombre volcado hacia fuera, de vida terrenal, el poeta Enric López Tuset levanta en su segundo poemario, Equilibrio (Polibea, 2017) la conciencia de un sujeto recogido en sí mismo, de honda vida espiritual. 

El poeta catalán (1987) nos hace partícipes en sus versos de un camino místico. El itinerario no admite etapas, de modo que el libro puede interpretarse como un largo poema de descenso a la interioridad. Asistimos a la celebración de un rito, a un proceso de puficación, de modo que el lenguaje se vuelve visionario, y el estilo solemne. La cadencia recuerda al ritmo de los salmos.

Ya desde el comienzo, el sujeto que habla se presenta en un entorno acuático “próximo a una desaparición con el alma aniquilada” y la “carne vacía de las resonancias del amor” (p. 17). Este aniquilamiento, al que sigue una “quietud” (p. 18), una “inmovilidad” de los “sonidos del alma” (p. 37), tiene resonancias dejadas y alumbradas. El sujeto muere a su vida sensorial, y recogido, alcanza “la plenitud”: “la inmensidad, dentro […] abro la ventana / y solo veo existencia. Delicia de mí mismo […] Nunca la noche había dejado tan obstinada armonía” (p. 18). Nos movemos en un mundo de símbolos cristianos (el agua –bautismal–, la noche –de los sentidos–) que emparenta la obra con las de Francisco de Osuna, San Juan de la Cruz o Diego de Estella. Quien enuncia ha nacido a una segunda vida trascendente (se ha convertido en un hombre nuevo); ha encontrado el “navío Absoluto”, dejando su “entendimiento descansado” (olvidado de sí) absorto en su “dicha callada” (esta paradoja recuerda a la “música callada” del Cántico espiritual, donde el santo se refiere a la armonía del universo, al equilibrio que logra el ser humano cuando se ha unido a Dios). De hecho, Estella recuerda que aquellos enajenados totalmente se traspasan en la divinidad. Y López Tuset describe que, en la “dulzura de no ser” (p. 33), alcanzado el Absoluto, “la alegría traspasa los dedos” (p. 37). Ahora bien, esa belleza que abrasa el pecho, esa dulzura del alma, el fulgor de quien ha descendido los peldaños nocturnos para sentir el gozo (guiño, en esta ocasión, a la Noche oscura, p. 43), no son eternos. La experiencia de unión (e incluso la salvación) tiene un ejército enemigo: el dolor, la angustia, los deseos. Para recuperar la armonía, el sujeto asume un compromiso: “iré venciéndome a solas con mi alma” (p. 29). Se trata de un reto nada desdeñable. Erasmo, en el Enchiridion, reconocía la dificultad que entraña todo intento de enmienda: “No hay mayor dificultad que vencerse el hombre a sí mismo”. 

Equilibrio supone un emocionado itinerario hacia el conocimiento de uno mismo, y hacia el encuentro con el Todo (“Nos quedamos en el latido dulcísimo de Dios” p. 72). De manera que en ese corazón colmado, traspasado por la alegría, late con fuerza el amor. Así, dice el sujeto que enuncia: “Amaré hasta donde me sea posible” (de Eleison). Pero ese propósito no se circunscribe tan sólo a su entorno cercano (la esposa, el hijo, la madre, el padre o los abuelos) sino que se derrama en los demás: “Ahora somos la luz de un lugar sin retorno, prestada al amor de los otros”. (No en vano, este poema se titula Kyrie, y forma un díptico con Eleison. Juntos evocan un rito colectivo que se remonta a la antigua liturgia sirio-bizantina, de invocación y súplica de piedad.)

Libro de resonancias místicas (antiguas y modernas, recordemos a Unamuno: “Mas hay un Dios que dentro tuyo habita” y a Juan Ramón: “Lo divino está dentro”), así como de ecos alumbrados, encontramos también en sus páginas un amplio repertorio de símbolos bíblicos que dotan a la obra de una gran potencia evocadora: huerto, manzano, agua, desierto, olivo.

En un momento histórico de confusión, de tránsito y pérdida de sentido –como el que padecemos– se agradece un poemario que nos eleve por encima del consumo, que nos descienda –por medio de la introspección– a la íntima revelación de nuestro yo divino, que nos recuerde la importancia del amor (en cuanto a virtud teologal: fraterno, universal, caritativo), y que nos convoque a un proyecto común: “dejemos que la claridad se complazca / y que el corazón lata en el costado del misterio” (p. 20).

Todo un descubrimiento Enric López Tuset, y su brillante Equilibrio.

Preciosa la edición, por otra parte, de Polibea, con su magnífica ilustración de cubierta. Quién estuviera en la del barco.


Esta reseña ha sido publicada por la revista OcultaLit
    

jueves, 8 de febrero de 2018

Liberalismo político

Liberalismo político, de Francisco José Chamorro. Hiperión. XX Premio de Poesía Joven “Antonio Carvajal”. 2017. 76 páginas.
  

¿Qué poesía debemos crear en esta época de cambios, de transformación? Me he hecho esta pregunta muchísimas veces, y creo que no existe una sola respuesta. En anteriores periodos de crisis (económicas, políticas, sociales y de valores), los poetas que nos han precedido han optado por distintas soluciones: fustigar a los conciudadanos que no casaban con el código moral vigente (pensemos en el Rimado de Palacio, del canciller Pérez de Ayala –siglo XIV–; en el Laberinto de Fortuna, de Juan de Mena –siglo XV–; y en los poemas satítico-burlescos de Francisco de Quevedo –siglo XVII–). Otros, por su parte, denunciaron con sus versos los fallos del sistema, su perversión (recordemos las odas de fray Luis de León –siglo XVI–; “El filósofo en el campo”, de Juan Meléndez Valdés –siglo XVIII–; Follas novas, de Rosalía de Castro –siglo XIX–; o Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca –siglo XX–). Por otro lado, los hubo también que trataron de insuflar energía en sus compatriotas gracias al rigor estético (decía Juan Ramón: “Eso es el Modernismo: un gran movimiento de entusiasmo y libertad hacia la belleza”). En fin, Dámaso Alonso comentaba que cada periodo histórico tiene la poesía que se merece, de modo que muy probablemente ya estamos creando la lírica acorde con nuestro propio tiempo, si bien es cierto que carecemos de la distancia temporal necesaria para percatarnos. En mi modesta opinión, creo que los poetas de hoy debemos conjugar la crítica y el optimismo –siempre sobre la base de una exigencia técnica–, recuperando antiguos valores (epicúreos, estoicos) y fomentando la difusión de los nuevos (feminismo y ecología).

En su primer libro de poemas, Liberalismo político, Francisco José Chamorro se suma a la nómina de autores que han criticado la alienación de los seres humanos por culpa del progreso. El sujeto que enuncia se sirve del monológo dramático –de la conciencia escindida– para relatar su vacío, para clamar contra el hastío que le invade por la falta de un proyecto que dé sentido a sus días. El tema del ennui lo emparenta con los vates malditos; el abismo que separa la apariencia de una existencia colmada con la realidad de un mundo vacuo, lo acerca a los barrocos. Y es que en el libro abundan las alusiones a marcas comerciales, bajo cuyo atractivo envoltorio se vislumbra la soledad en que viven las mujeres y los hombres contemporáneos, quienes dotados de tecnología, productos y enseres carecen de una meta inividual o colectiva, más allá del consumo. Así, reconocemos en la voz que habla a un antihéroe, a una víctima de su propia pasividad para gozar la vida. El protagonista es un individuo depresivo, alcohólico; un negado a las relaciones interpersonales cara a cara, siempre protegido tras el muro del móvil o el portátil. Su hábitat lo constituyen las tiendas y comercios de su barrio, los bares donde bebe o pone copas, una universidad que le disgusta, la industria de porcino que le ha dado un contrato, una habitación alquilada en un modesto piso compartido, y lugares de tránsito (gasolineras, estaciones, aeropuertos). Este yo se incardina en el mundo terreno, vive en una sociedad dionisiaca, ebria de deseos suscitados por la publicidad, frustrada por su sed de posesión; en cambio, carece de una espiritualidad que le revele lo sagrado. Como los personajes de La tierra baldía, de T.S. Eliot, camina por el desierto de la aspiración constante, muerto a su condición metafísica. Se trata del modelo de individuo que, a juicio de Jorge Riechmann, domina en el mundo actual: neoliberal, conformista y narcisista (¿Vivir como buenos huérfanos?, Catarara, 2017).

Con un lenguaje claro, directo, y un estilo prosaico, Francisco José Chamorro firma un libro potente, incisivo e irónico, que cuestiona los valores democráticos, como la libertad, reducida a nuestra capacidad de elección de un producto de aseo en una estantería atestada de ofertas. Liberalismo político es un buen primer libro de poemas. Habida cuenta de que el autor apenas tiene veinticuatro años, cabe esperar de él grandes logros. 


Esta reseña ha sido publicada por la revista OcultaLit.