viernes, 1 de febrero de 2013

La verdad

 Riikka Pulkkinen

Doble reseña publicada en La tormenta en un vaso de los libros La verdad, de Rikka Pulkkinen (1980) y Purga,  de Sofi Oksanen (1977); publicados por Salamandra. Maravillosos. Hirientes. Buena parte de la mejor narrativa que se está escribiendo ahora procede de Finlandia. Hablamos de novelas deliciosamente escritas, de introspección psicológica, trasfondo histórico y estructura compleja muy bien armada.


Sofi Oksanen

viernes, 25 de enero de 2013

Agosto, Octubre



Andrés Barba (1975) ha publicado recientemente, en Anagrama, su última obra: Ha dejado de llover. Recupero ahora mi reseña de una de sus novelas anteriores, Agosto, Octubre (2010). Entre ambos libros también ha publicado la novelita corta Muerte de un caballo (Pre-textos, 2011) y una entrega juvenil, Arriba el cielo, abajo el suelo (Siruela, 2011). 

viernes, 18 de enero de 2013

Fugitiva ciudad



Última reseña mía publicada en Culturamas, sobre el poemario Fugitiva ciudad, del escritor Manuel Rico (1952); autor también, entre otras obras, de las novelas Trenes en la niebla, Verano o La mujer muerta. Ejerce la crítica literaria en Babelia y gestiona un par de blogs.

viernes, 11 de enero de 2013

El truco preferido de Satán


 
La crisis que atraviesa el mundo del libro afecta a los catálogos de las editoriales, que ven resentida su calidad. La mayoría asume menos riesgos y descarta la publicación de obras destinadas a un público minoritario. Como consecuencia, las librerías colocan en sus escaparates ejemplares de los mismos best sellers, en un intento desesperado por asegurar las ventas. Así las cosas, sólo en los establecimientos más exquisitos, independientes, encontrarán El truco preferido de Satán, la atrevida apuesta lírica con que Salto de Página cerró el 2012. La obra recoge distintos textos en prosa del voluminoso Libro de los pasajes (1927-1940), seleccionados por Joachim Otte. El conjunto se ofrece como un mosaico de citas, apuntes, reflexiones, reseñas y glosas, unidos por el yeso de la “curiosidad”. Y es en esa indagación intuitiva, expresada con un lenguaje simbólico, donde radica el espíritu poético de las composiciones. Walter Benjamin, para quien el Arte debe “cepillar la naturaleza a contrapelo”, escribe con el propósito de denunciar y transformar el estado del mundo. Su obra es un portal hacia otras latitudes sociológicas. París, icono de la modernidad y del capitalismo, se convierte en el blanco de sus denuncias. Con un estilo a menudo hermético, surrealista, el filósofo alemán critica el modelo de producción y consumo que practica Occidente, cuya “decadencia empezó con la iluminación eléctrica” (p. 57). Recordemos que casi todo este corpus de notas e interpretaciones nació tras la crisis económica mundial de 1929, a lo largo de La Gran Depresión. Benjamin, de ideología marxista, se sumó con sus escritos a la crítica del liberalismo financiero. Se trataba de un pesimista activo y organizado, cuya labor consistía en salvar a sus conciudadanos del abismo al que se dirigían. Así lo expresa en su ensayo El surrealismo (1929), donde muestra su “desconfianza en la suerte de la literatura, desconfianza en la suerte de la libertad, desconfianza en la suerte de la humanidad europea, pero sobre todo desconfianza de todo entendimiento entre las clases, los pueblos y las gentes”. No obstante, nunca perdió la fe en su modesta contribución a un cambio urgente de rumbo. Por otro lado, no faltan en el libro análisis literarios sobre el origen de la novela de detectives o la modernidad en Baudelaire; así como agudas apreciaciones sobre los comportamientos sociales. Quien emprenda la lectura de El truco preferido de Satán tendrá la sensación de estar de caza, pues “el texto es un bosque” cuyas ramas ocultan una “pieza” esquiva. Pero no todo el mundo consigue su trofeo. El lenguaje es tenso, el ideario comprometido. Benjamin ya lo advierte: “No todo lector da con la idea”.

 Walter Benjamin

viernes, 4 de enero de 2013

Snowball


 

       Parece como si el cielo fuera una superficie cristalina que encerrase un mundo en miniatura. Y pienso que no puedo escapar de este mundo cerrado. El aeropuerto es una bola de nieve, y nosotros, las figuras clavadas en su corazón de cristal. En lugar de castillos o iglesias, habitamos aviones. Con frecuencia me entrego a ensueños de fuga. Pero sé que no hay escapatoria posible. A veces tengo la sensación de que si alguien se asomase a mis ojos podría ver la pista, llevo dentro su páramo de frío. Nuestra vida transcurre bajo una gran cubierta de sombra y de silencio. Vivimos un presente sin futuro; devanamos un tiempo idéntico a sí mismo eternamente. 

(Fragmento extraído de mi novela inédita, 2012)


sábado, 29 de diciembre de 2012

La buena novela


 
En el último año, El País ha venido publicando una serie de entrevistas a grandes editores, preocupados no ya sólo por el impacto de las nuevas tecnologías en el mundo del libro, sino por los derroteros literarios (temáticos, estéticos) que siguen las novelas que se escriben en la actualidad. Algunos de ellos lamentan el uso de patrones que garanticen un éxito de ventas, la uniformidad literaria, la copia de  un estilo (Sigrid Graus, Salamandra); otros tratan de equilibrar la publicación de libros “exigentes” con obras “comerciales” para sobrevivir en el negocio (Antoine Gallimard, Gallimard); los hay que buscan enseñanza en los textos, orientación ante la incertidumbre o el latido del pulso de una época (Michael Krüger, Hanser); a veces, esos editores apuestan abiertamente por la excelencia de los libros, sin considerar otros parámetros: “Creemos en la cantidad de lectores que quieren algo de calidad” (Stephen Page, Faber & Faber); y en ocasiones reivindican la imaginación como piedra angular de una novela. Todos ellos hacen frente a lo que Constantino Bértolo (Caballo de Troya) denomina “literatura pre-cocinada de alta, media o baja gama”. La crisis de la narrativa que se escribe hoy no tiene tanto que ver con el formato (libro/e-reader) o con el puesto de venta (librería/Amazon), como con la creatividad de los autores (Graus), más atentos a la demanda del mercado que a sus propios impulsos internos. Imaginemos ahora una librería cuya apuesta fuese vender en exclusividad novelas exquisitas, alejadas del vendaval de obras escritas con oficio que sólo ofrecen entretenimiento a sus lectores; novelas escritas con pasión, con ansia, con desgarro, en las antípodas del sentimentalismo fácil; novelas magníficamente escritas, provistas de mensaje, que huyen de a vulgaridad y de los lugares comunes. Esa es la librería que da nombre a La buena novela. 

Francesca Aldo-Valbelli e Iván Georg son dos libreros apasionados a los que el destino ha unido por casualidad. Su gran ambición es la apertura de una librería atípica, especializada en obras maestras, la mayoría, desconocidas para el gran público; lo que supone un riesgo, no tanto para la supervivencia del establecimiento, como para la suya propia. De la elaboración del fondo de la librería se encarga un comité. Se trata de ocho escritores cuyas identidades se ocultan para preservar su independencia. La buena novela, desde el mismo instante de su inauguración, se convierte en un éxito. La ausencia de best sellers es su marca distintiva. Su apuesta son los libros excepcionales, aunque no reporten cuantiosos ingresos. Y a este compromiso con sus propios valores ni siquiera renuncia cuando encaja sus primeros golpes. La envidia de autores y editores excluidos de la librería de moda en París toma cuerpo en artículos beligerantes publicados en la prensa nacional; sin embargo, con el paso del tiempo adquiere forma de tsunami homicida.

Escrita in medias res, con la descripción de las primeras agresiones a los miembros del comité, y con estructura de thriller, La buena novela encandila por su prosa elegante (mérito de la traductora, Isabel González-Gallarza), por la sabia elaboración del suspense y por su preciso conocimiento del mundillo literario, cuya trastienda muestra sin tapujos: una crítica literaria “perezosa” y “frívola”, que “solo conoce dos leyes: la pertenencia al clan y el amiguismo” (pág. 83); libreros miserables que despachan a los clientes en tres minutos y recomiendan títulos de oídas (p. 84); “editores industriales” que publican un 90% de libros insufribles para no perder su cuota de mercado (p. 142)…


Pero Laurence Cossé no se conforma con el sermón. Su libro constituye un emocionado homenaje a la literatura, arte placentero que enseña a los lectores a vivir. Y por eso, el amor y las relaciones familiares ocupan un lugar privilegiado en la novela. Detrás de cada personaje (escritor o librero) hay una historia que también es contada, pues son las experiencias personales las que empujan tanto al abismo de la escritura como al reto de la búsqueda y posterior defensa de las pequeñas joyas narrativas.

Los apasionados de la novela disfrutarán con esta obra.

Al contrario que el vino, un libro es bueno (o no) desde el mismo instante de su publicación. No mejora con los años. Otra cosa es que seamos capaces de descubrirlo en medio de la avalancha de obras que arrasa las librerías cada mes. Y La buena novela hace honor a su título. De lo contrario, no estaría escribiendo esta reseña.

sábado, 22 de diciembre de 2012

La voz de Federico

Gerardo Diego

El sábado pasado tuve el honor de participar en el homenaje que la Fundación Gerardo Diego y la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre prepararon para conmemorar el 25º aniversario de la muerte de Gerardo Diego. El emotivo acto tuvo lugar en la casa del poeta malagueño, en la antigua calle Velintonia 3, y estuvo presidido por Elena Diego y María Amaya Aleixandre (hija y sobrina, respectivamente, de cada poeta).

El poema que elegí para mi lectura fue "La voz de Federico", perteneciente al poemario Vuelta del peregrino (1951-1965). De todas las corrientes de su obra, es la existencial que escribió durante la última etapa de su vida la que considero más emocionante y honda. Al libro citado hay que añadir, dentro de lo que la crítica ha reunido bajo el membrete de Últimos poemas (1968-1983), el libro Cementerio civil, donde se encuentra uno de los mejores textos líricos de Gerardo Diego: "Revelación de Mozart".

Os dejo aquí el desgarrado poema que dedicó a su inolvidable amigo Federico García Lorca. 


 
                    La voz de Federico


Qué pena que el archivo de palabra española
no captase en su cera la voz única.
Cuando todos nosotros sus amigos testigos
terminemos de morirnos,
con nosotros el timbre inolvidable,
sus inflexiones se desvanecerán.
Desvanecer, tremendo destino de lo humano,
y esta vez sin siquiera el engaño piadoso
del habla en noria atada
que gira y gira y gira desgastándose.
Como esa luz de estrella
que estamos contemplando y ya no existe.

Tan sólo si pianillo
cascabelero, fresco, exacto, ritmo puro,
nos sonoriza la memoria suya.
Y, sí, yo le estoy viendo,
acercándose, todo luz, sonrisa
–triste sonrisa alegre, luz morena–.
Y le veo sentado
echando atrás por encima del hombro
–golpecito del dedo–
la ceniza del pitillo.

Pero es su voz, su voz la que me llega,
la que en mi oído vive,
su voz como encuevada, suavemente ronca,
de un pardo único,
y su recitación –música y gesto–
y sus ondeadas, íntimas carcajadas
–ejé, ejé, ejé–
celebrando sus anécdotas,
verdades milagrosas de lo increíble.
El día en que se invente, si se llega a inventar
la poesía de palabra-ruido,
la música concreta del idioma,
podremos remedar su voz y su metal oscuro.

Háblame, Federico. Tantas noches
sueño que no has muerto,
que escondido vivías y estamos en Granada,
una maravillosa Granada distinta, tuya y mía,
y otra vez o la misma somos jóvenes
y nos contamos cosas, proyectos, dichos, versos.
Y tu voz suena y eres tú, gracias a ella.
¿Quién, ni en mundo de sueños podría falsificarla?
Tu voz que me habla siempre, que me llama,
tu voz, sí, tu voz llamando,
tu voz clamando…

 Federico García Lorca

                                                                                                                            Gerardo Diego