domingo, 28 de septiembre de 2025

Adamar, en Viento Sur

 


Acaba de salir una nueva reseña de mi último poemario,  Adamar (Pre-Textos, 2025). La firma el poeta Antonio Crespo. La ha publicado Viento Sur, nº 128, septiembre 2025. Pág. 127. 


Adamar
Ariadna G. García

79 pp. 16 €
Pre-Textos, 2025

Antonio Crespo Massieu

El último poemario de Ariadna G. Garcia nos remite, desde el título, a referencias clásicas, pues Adamar (“amar, generalmente con pasión, intensidad o vehemencia”) nos evoca el Cántico espiritual de Juan de la Cruz. Y las citas iniciales (Virgilio, Horacio, Fray Luis) son anticipo del sentido que este amor desmedido adquiere en el libro.  Pues el amor que se nos va revelando es el que nos dice Virgilio: “Voy a hablarte del maravilloso espectáculo de las cosas minúsculas”. Lo pequeño, la terca presencia de una naturaleza amenazada, la sencillez, la belleza humilde de la flor, los árboles, las plantas, el horaciano Beatus ille de Fray Luis, el eco de las Bucólicas de Virgilio…

El volumen se abre con un aire de desolación y, frente a ella, el poema se alza como posible salvación: “En el poema-arca salvo un mundo”. Lo que se salva no es el mundo tal como está configurado, sino un mundo que imaginamos distinto y habitable. Lo que se nos propone es el poema como un arca en que salvar vida ante el diluvio de aniquilación que amenaza el planeta. “Quizás no sea tarde para ser / esa copa de luz”. Rebeldía frente a la destrucción de esas cosas minúsculas que nacen en un huerto urbano, poema que glosa la “Oda a la vida retirada” de Luis de León. “Dichosos quienes poseemos la llave de la plaza”, esa llave que abre el “paraíso oculto a la ciudad”, ese lugar en el que “la vida se enriquece con la vida”. Las referencias clásicas son constantes; en el poema “Locus amoenus” se nos dice: “A León –y a Virgilio– / le habría enamorado nuestro huerto”; porque en este espacio ganado a la ciudad deshumanizada “Vivimos un instante que es eterno”. El homenaje a los clásicos se plasma también en poemas breves a la manera de epigramas que evocan la brevedad de la existencia. Avanzamos a través del tiempo fugitivo o reviviendo el álbum familiar donde todo es sentido y plenitud: “Mis hijos son maestros del presente. / Todo es urgencia, ahora, puro instante”.

Tras un poema que es reverso de odio llegamos a la plenitud, caminando “por el bosque del lenguaje” “bebemos el crepúsculo”, hacemos cumbre y saciamos nuestra sed de “ser camino” (en un nuevo eco de Antonio Machado, muy presente en este libro) pues se trata de “existir como un árbol: plena, en calma”. El poemario culmina esta vía, camino hacia la cumbre que es también descenso hacia nuestro interior, con una sección titulada “Zen”. Surge entonces la revelación: “proteger lo minúsculo”, “la sabiduría de los límites”, sentirse peón de una partida que otros deciden, pero saber que es posible salir del tablero. Y la breve y exacta formulación, volvemos a los clásicos, que cierra el libro, titulada “Nada en exceso (Templo de Apolo)”.




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