domingo, 8 de marzo de 2020

Feminismo desde el siglo XVIII


 
El feminismo en el siglo XVIII

Las mujeres son educadas para anularse como personas. Se olvidan de sí en aras de la felicidad de sus maridos, a quienes deben complacer en todo. La culpa, la vergüenza o la penalización social les hace obedecer las decisiones que sus familiares toman por ellas: les eligen esposo, y les arreglan matrimonios de conveniencia con hombres que les sacan varias décadas. Para Rousseau, el estado natural de la mujer es la dependencia, rechaza que pueda razonar y niega que esté capacitada para recibir la misma educación que el hombre.

Benito Pérez Feijoo. Teatro Crítico Universal. 1726

En grave empeño me pongo. No es ya sólo un vulgo ignorante con quien entro en la contienda: defender a todas las mujeres […] A tanto se ha extendido la opinión común en vilipendio de las mujeres, que apenas admite en ellas cosa buena. En lo moral las llena de defectos, y en lo físico de imperfecciones. Pero donde más fuerza hace, es en la limitación de sus entendimientos. Por esta razón, después de defenderlas con alguna brevedad sobre otros capítulos, discurriré más largamente sobre su aptitud para todo género de ciencias, y conocimientos sublimes. […]


 El feminismo en el siglo XIX

Aparecen ahora dos tipos de mujeres: las que optan por la instrucción y la cultura, sin renunciar al matrimonio; y las que centran sus esfuerzos en casarse. Frente a la educación ornamental, se reivindica su derecho al trabajo.


Leopoldo Alas “Clarín”. Amor y economía. 1879

El novio que Vd., hermosísima lectora, se escoge, es un novio en la verdadera acepción de la palabra. El novio que escoge su papá de Vd. es el novio económico. Excuso decir que el novio económico suele ser más viejo y más feo que el otro. Pero Vds., pías lectoras, suelen casarse por la economía. Un señor alemán muy excéntrico y que tenía un apellido muy raro (¡figúrense Vds. que se llamaba Schopenhauer!) dijo que los mejores matrimonios son esos que no se hacen por amor, sino por arreglo, porque en ellos no se sacrifica el individuo a la especie, como sucede en los consorcios por cariño, en los cuales sin más fin que el de.... Verán Vds.; esto se puede decir de muchas maneras;... yo diré.... arrullarse (no es precisamente arrullarse) estos esposos olvidan su propio interés y trabajan inconscientemente por la especie, es decir, porque no se acabe el mundo. Casi todas Vds. prefieren el novio económico al novio inconsciente que se sacrifica a la especie. Si las generaciones que nos han precedido en vez de pasarse las horas muertas cantando los desdenes de las ingratas hubieran resuelto el problema del amor y la economía, a estas horas la mujer en vez de ser esclava de sus necesidades, cubiertas estas, viviría en la atmósfera purísima del idealismo. La mujer quiere amor; conoce que ha nacido para el amor, su corazón se lo pide, el cuerpo lo reclama, y está dispuesta, como el más pintado, a perpetuar la especie, en lo que de ella dependa. Pero, por lo mismo que quiere el amor de veras, procura el amor en condiciones de viabilidad. Si se une a un novio no económico, que no tiene donde caerse muerto, ya sabe que su amor será hambre para hoy y hambre para mañana. Pues entonces ¿qué se ha de hacer? Una de dos: o hagamos ricos a todos los hombres para que la mujer pueda escoger, no según la economía, sino según el amor, o.... y esta es mi tesis.... o pongamos a la mujer en condiciones de ganarse la vida, de ser económicamente libre, independiente, para que si su corazón se lo pide, pueda cargar con uno de tantos amadores sin oficio ni beneficio.


El feminismo en el Fin de Siglo

J. Stuart publica La sujeción de la mujer (Londres. 1869), donde pide la supresión del matrimonio por conferir poderes legales a los maridos sobre sus esposas.   


Pío Baroja. La ciudad de la niebla. 1909.

A la hora del té se reunieron en el salón varios amigos de Wanda […] dos señoritas rusas, escritoras, una de ellas hombruna, morena, de ojos negros, facciones pronunciadas, andares decididos e indumentaria masculina. Se llamaba Julia Garchin. Ésta […] quería la supresión del matrimonio y la igualdad absoluta de derechos entre los dos sexos. […]
-La igualdad sería imposible -dijo el marinero noruego-; la mujer no sirve para las mismas faenas que el hombre. No vale para muchas cosas.
-Yo creo que vale más.
-¿Hasta para subir al palo mayor? -preguntó irónicamente el marino.
-Para todo. Además tiene más nervio, mayor vigor moral, y es capaz de cualquier sacrificio para ayudar a la emancipación humana, el hombre moderno, cobarde y vicioso, no piensa más que en sus placeres y en su satisfacción personal. […]
-Yo creo que lo que dice Julia es verdad -repuso Wanda-. La mujer es tan fuerte como el hombre.
-Sería mejor decir -agregué-: el hombre es tan débil como la mujer.
-El odio con que se miran los hombres allí, oculta un poco la curiosidad, la envidia y los demás sentimientos femeninos -afirmó mi padre.
-¿Femeninos solo? -dije yo.
-Los llamamos femeninos replicó Roche- aunque sean tan frecuentes entre los hombres como en las mujeres. Cuando triunfe el feminismo, ustedes llamarán a las malas pasiones que denigran sentimientos masculinos, y se habrán vengado.





                                                                                         La novela se localiza en Londres, ciudad industrializada y cosmopolita. María Aracil entabla amistad con dos mujeres pintoras con las que convivirá en un piso de alquiler. 







 





  Garchin recoge el ideario libertario de la escritora Alexandra Kollontai, quien aboga por el amor libre: unión basada en el respeto y en el reconocimiento mutuo de la libertad del otro.                                                             



 
                                              Baroja critica los caracteres que Rosseau adscribió a las mujeres, fundamento de su educación diferencial. 


El feminismo en los años 20 y en la II República

En los años 20 se crea la Asociación Nacional de Mujeres Españolas, institución dirigida por Clara Campoamor y Victoria Kent, que reclaman el sufragio femenino, que aprobará la República en 1931.


Enrique Jardiel Poncela. Amor se escribe sin hache. 1929.

Sucesivamente Sylvia amó a toda la servidumbre que se afeitaba y vivía en el castillo.
Y la noche en que se cumplía el novenario del entierro de lord Brums, sir Ranulfo Maculay ofreció su brazo a Sylvia, la llevó al hall del castillo y le habló así:
-Sylvia: eres ya una mujer…
-Lo sé -replicó ella, que aborrecía los prólogos inútiles.
-Y yo, Sylvia soy un hombre…
-Lo sospeché al momento, sir Ranulfo.
-Pues bien, Sylvia; cuando un hombre y una mujer se han encontrado solos como nosotros, se han casado. Esto viene ocurriendo desde el tiempo de Adán.
-Adán y Eva no se casaron, sir.
-Por eso su pecado fue original. Pero tú y yo, que somos más vulgares, debemos casarnos.

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Parodia de la novela erótica, género que tuvo un éxito arrollador durante los años 20 y 30 por causas familiares –matrimonios de conveniencia– e individuales –represión sexual–). Esta obra caricaturiza los tópicos del género y ofrece una visión emancipadora de la mujer: sexualmente activa y celosa de su libertad. 



El feminismo en la Dictadura I (de la posguerra a 1959)

El régimen militar abole los derechos de las mujeres y regula una legislación que les niega su autonomía. Las esposas necesitan un permiso especial de sus maridos para trabajar, abrir una cuenta bancaria o solicitar el pasaporte. La educación segrega a chicas y chicos, que reciben una instrucción diferenciada hasta 1970. Pese a los usos amorosos de la posguerra, las escritoras tratan de ofrecer modelos femeninos alternativos.


Ana María Matute. Luciérnagas. 1949 (1955).

1. Bah, no tengas miedo -quiso tranquilizarla, ahogando sus propios temores-. Nadie me va a comer, y esto nos puede ayudar mucho. Ya tengo casi dieciocho años. No puedo estar de manos cruzadas. Debes comprenderlo, mamá. Los tiempos han cambiado.


2. Sol. Óyeme. Es verdad que no entra en mi mundo, en mi vida, esto que me dices. Que me duele, como solo tú puedes saberlo. ¡Pero no quiero dejarte ni ahora ni nunca! [...] Haremos lo que sea para arreglarlo, para que seas feliz.




1.
                                               
Como Katniss Everdeen, Sol asume la responsabilidad de sostener a su familia tras la Guerra Civil, ante la pasividad de su madre, cuyo marido es asesinado.

 
 



 
2. Sol se queda embarazada de su amante, y la madre, pese a que no están casados, acaba aceptando la situación.                       


El feminismo en la Dictadura II (de 1960 a 1975)

El feminismo en España empieza a cobrar importancia a partir de 1965, que se crea el Movimiento Democrático de Mujeres, vinculado al Partido Comunista. En 1974 se celebra, con apoyo de la UNESCO, el Año Internacional de la Mujer. Entre las reivindicaciones de los colectivos feministas se encuentran: la eliminación del delito de adulterio, la despenalización del uso de anticonceptivos o la despenalización del aborto.


Alejandra Pizarnik. Diarios. 1962.



Soy mujer. Y un entrañable calor me abriga cuando el mundo me golpea. Es el calor de las otras mujeres, de aquellas que hicieron de la vida este rincón sensible, luchador, de piel suave y tierno corazón guerrero.




El feminismo en la Transición y en la Democracia

Son muchas las conquistas logradas, aunque queda por erradicar la violencia de género, o acabar con el machismo institucional.


María Luisa Mora Alameda. Este largo viaje hacia la lluvia. 1987.

Dame la mano, amor, que no podemos
descansar todavía. […]
Si no puedes con todo
te llevaré en los brazos.
Has visto que soy fuerte
y que puedo arrasar todo el abismo.
Mataré los juagares si se atreven
a acercarse a nosotros.
Antes de que emprendiéramos el viaje
cogí todas las armas
que tú me regalaste
y me mentalicé para la lucha.
Puedo con el desdén de las anémonas,
con la desilusión
de todos los reptiles,
con la envidia mortal del aguacero.
Apóyate en mi hombro.
A mí nada me agota,
ni siquiera la lluvia.

El poema subvierte el rol pasivo, débil, asociado tradicionalmente a la mujer.                                             



En 2016, SM me encargó realizar una antología de temas literarios que abarcara desde el siglo XVIII hasta la actualidad, el cuaderno acompaña al libro de texto de 4ºESO. En primera instancia, uno de aquellos motivos fue el Feminismo, aunque finalmente, lo acabaron descartando. Aprovechando que hoy el 8 de marzo, lo publico en mi blog. Las notas y la selección, por tanto, son de mi autoría. 
 

martes, 3 de marzo de 2020

Ernesto Cardenal y el amor

En el mundo actual, que reduce nuestras existencias a la satisfacción de los deseos, al consumo de bienes de lujo, al hedonismo o al individualismo caprichoso, es urgente recuperar un valor limado, otrora peligroso por lo transgresor de su mensaje, me refiero al Amor. Ernesto Cardenal, en un libro señero, Canto cósmico (1989), ya nos recordaba su importancia para transformar el mundo: “Sólo el amor es revolucionario”. Jesucristo fue asesinado por defender su causa. Nuestros escritores ascético-místicos del Renacimiento vieron cómo sus obras caían en los Índices de Libros Prohibidos por enarbolar su bandera. “El que ama cumple la ley”, sentenciaba Juan de Valdés en su Diálogo de doctrina cristiana, y al poco tuvo que exiliarse a Nápoles. Y es que su cristianismo evangélico chocaba con el meramente ritual, fariseo y litúrgico de entonces, es decir: se plegaba a la Reforma. Ernesto Cardenal (abanderado de la teología de la liberación), como Osuna o Estella, pasando por fray Luis de León, era contrario al cesarismo gubernamental y abogaba por un Estado libre de violencia. Todos ellos, por tanto, compartían un misticismo de signo polítco. “Sólo el amor es revolucinario” escribía hace más de treinta años, y ese lema es nuestra única oportunidad para salvar el mundo de la avaricia humana. Lo avala Jorge Riechmann cuando dice: “creo que la única esperanza no engañosa es la esperanza en que seamos capaces de construir comunidades justas de seres compasivos” (¿Vivir como buenos huérfanos?, 2017). Pero para alcanzar esa empatía o solidaridad debemos desvestirnos del hombre viejo, terreno y vestirnos del hombre nuevo, celeste. Ya lo anunciaba San Pablo en su Carta a los corintios. Y no a otra cosa dedicaban sus esfuerzos los místicos del siglo XVI. 
A día de hoy, necesitamos como el aire un Humanismo ecológico al que sólo llegaremos por una revolución espiritual (de consecuencias políticas) que nos ligue a la naturaleza. Ernesto Cardenal, en Canto cósmico, hablaba de “una unión primordial” con el Todo. Quizás cuando entendamos que “el universo es amor” y aceptemos nuestro destino de seres amantes, protectores y cuidadosos los unos de los otros (y de las demás especies) logremos alcanzarlo. 


domingo, 1 de marzo de 2020

Video, crónica y noticia del homenaje a Miguel Hernández

¡Los primeros en llegar! Matías Escalera, Rosana Acquaroni, Inma Luna, yo y Gsús Bonilla.


El diario Público se hace eco del recital poético que ha tenido lugar esta mañana en el memorial del cementerio de La Almudena (de 12:00-13:30) para honrar a Miguel Hernández y recordar a los casi 3000 republicanos fusilados en aquellas tapias por los fascistas entre 1939 y 1944, ya acabada la guerra.

Dejo aquí el enlace:

https://www.publico.es/sociedad/500-personas-acuden-al-recital-homenaje-miguel-hernandez-demandar-mantenimiento-del-memorial-victimas-del-franquismo.html


Aquí debajo, el video completo. Dura 1 hora y 27 minutos. Y es una pasada.

https://www.youtube.com/watch?v=3pEhsD0ZKLs&fbclid=IwAR06x2o04e9E_Ncft_O3S3GzA_5h_9qF5lGbLtz7ruq0Wai49kqY_SiHYJM


El País también nos dedicó un espacio:

https://elpais.com/espana/madrid/2020-03-01/versos-de-miguel-hernandez-contra-la-desmemoria.html 




sábado, 29 de febrero de 2020

Homenaje a Miguel Hernández




Mañana, a las 12:00, en el Memorial del cementerio de La Almudena, habrá un recital poético en homenaje al poeta del pueblo, Miguel Hernández.

Participamos, entre otros, los siguientes poetas: Juan Carlos Mestre, Marta Sanz, Luis García Monteo, Rosana Acquaroni, José Luis Ferris, Jordi Doce, Guadalupe Grande, Ariadna G. García, Ángel Guinda, Almudena Grandes y Andrés García Cerdán.

Entrada por la Avenida de las Trece Rosas (metro La Elipa).

Os esperamos.


jueves, 20 de febrero de 2020

La ciudad

La ciudad, Laura Villar. Liliputienses, Cáceres. 2019. 36 páginas.


  
En la última década, con la crisis de fondo, son muchas las obras que han dedicado sus páginas a la ciudad, especialmente novelas. En ocasiones, los autores barruntan un futuro de urbes abandonadas tras un éxodo masivo, debido al colapso de nuestro modelo económico (Cenital, de Emilio Bueso, 2011). Otras veces, las ciudades padecen recortes en sus servicios básicos, como la seguridad, empujando a la ciudadanía a una evacuación forzada ante el surgimiento de ordas vecinales embrutecidas por el desasosiego reinante; esa amenaza invisible, agazapada pero latente, que sólo se manifiesta de noche, la encontramos en Un minuto antes de la oscuridad, de Ismael Martínez Biurrun (2014). También se da el caso de villas renacentistas que, de manera insólita, se han quedado sin sol, por lo que la existencia de la gente transcurre entre sombras, iluminada por las hogueras o la luz artificial (Donde siempre es mdianoche, de Luis Artigue, 2018). Con estas tres novelas entabla un diálogo –casual, o no– el primer poemario de la joven Laura Villar (1992, Santiago de Compostela), titulado, precisamente: La ciudad (Liliputienses, 2019).

Si repasamos el historial de enfermedades y de síntomas del deterioro de las ciudades modernas, comprobamos que los versos de Villar presentan el mismo cuadro clínico. Veamos: Peligrosidad nocturna, Distopía apocalíptica

Los tiempos en que la ciudad aún respira
están a punto de agotarse.
Me pregunto si quedarán entonces los semáforos
como recuerdo entre los escombros […]
                            reflejo infiel
de los que un día cruzaban las calles. (Pág. 9)


Noche perpetua

Los únicos dispensadores de luz son de fabricación humana: farolas, focos, semáforos, pantallas de plasma, bombillas, mecheros, cerillas… Los poemas transcurren en la madrugada.

Tecno-capitalismo

“Las pantallas nos habían encerrado”. Villar no desaprovecha la ocasión de criticar en su libro los efectos nocivos de la realidad 2.0, la falta de empatía, de interacción, o el síndrome de ansiedad de conexión, que ha convertido a los humanos en una especie insomne. 



Añadamos –con trazo grueso– una nueva patología, cuyos orígenes se remontan a comienzos del siglo pasado: la alienación de las mujeres y hombres que viven en las grandes metrópolis. ¿Recuerdan la fotografía de Ramón Gómez de la Serna posando con su mejor amiga, un maniquí? ¿Y su novela Cinelandia? El célebre vate del Grupo del 14 denunciaba con ellas el artificio, la superficialidad que imponía el ritmo frenético de las nuevas tecnologías e ingenios mecánicos. Villar hace suya esta denuncia en los siguientes versos: “A veces me pregunto/si no seré acaso/ yo el maniquí dentro/del escaparate” (p. 22). De igual modo, los vecinos que salen en sus textos no ya sólo carecen de un nombre, es que ni siquiera representan un rol, carecen de un papel en el drama del resto, habitantes de un mundo de cartón-piedra donde, además, se ha destruido el tejido social por el uso de esas orejeras (móviles, tabletas…) que nos impiden mirar hacia los lados y ser conscientes de nuestra realidad física. Como resultado, las personas del entorno se reducen a ser “los figurantes de mi vida,/meros extras” (p. 16). Ligado a estos asuntos, Villar recupera otro motivo pretérito, en esta ocasión, del 98: el nihilismo. Los poetas de la última generación, nacidos en los 90 de este siglo en que estamos, no cantan con entusiasmo las bondades de los municipios. El mito de la urbe como espacio de enriquecimiento personal se ha devaluado. Así lo constatan obras como Liberalismo político, de Francisco José Chamorro, o Los días hábiles, de Carlos Catena (ambos en Hiperión, del 2018 y 2019, respectivamente). El descrédito de un espacio explotador consigue que la propia concepción del mundo entre en crisis: “tal vez a mis espaldas/la ciudad ya no lo sea,/o que las cosas solo existen/a través del que las mira” (p. 16). Volvemos a Shopenhauer, Baroja y Unamuno. Símbolos de la tiranía que ejerce el sistema sobre la ciudadanía, los semáforos y pasos de cebra obligan a los peatones a dirigirse en un sentido, a moverse en una dirección. Las señales de tráfico no dejan de ser un manojo de convenciones que coartan la libertad de movimiento de los transeúntes. Las farolas –por su parte– colocadas en las aceras por el gobierno local, son una modo de represión mucho más sutil, pues sugieren la presencia de amenazas en el terreno en sombra, en lo que no se ve; y con ello, activan nuestro cerebro reptiliano, que prefiere la seguridad del camino marcado.


Cerramos el capítulo médico con un motivo relacionado con los anteriores. En la ciudad deshumanizadadesnaturalizada, por tanto–, abundan el cemento, el hormigón, el cristal, el acero y el hierro; pero apenas queda sitio para unos cuantos árboles. Y aquí tenemos otra de las claves para comprender la poesía que se viene publicando ahora, cuyos autores buscan un sentido a sus vidas y un arraigo en la naturaleza (Ars Desciendi, de Jorge Riechmann –Amargord, 2018–; Autobús de Fermoselle, de Maribel Andrés Llamero –Hiperión, 2019); Barbarie, de Andrés García Cerdán –Rialp, 2015–; Dibujar una isla, de Verónica Aranda –Reino de Cordelia, 2017–; Las ramas del azar, de Constantino Molina –Rialp, 2015–; Ciudad sumergida, de Ariadna G. García –Hiperión, 2018–; El mirador de piedra, de Rubén Matín Díaz –Visor, 2012–; Árbol, de Esther Muntañola –Tigres de papel, 2018–; …).

La ciudad es un libro interesante por sus temas no menos que por su estilo. Laura Villar nos describe su ciudad hipervoltaica, eternamente sumergida en la noche, con imágenes de un moviliario urbano humanizado. No faltan las metáforas ni las comparaciones. Tampoco los tímidos conatos de poesía visual (como el hermosísimo poema de la página 28, dedicado a las farolas, formado por versos tetrasílabos que evocan la esbeltez del alumbrado público). Llama la atención la presencia en cada página de dos textos: en prosa y en verso, complementarios desde un punto de vista semántico.

Poemario inquietante como el espacio que describe, el unico reparo que se le puede poner es su brevedad. Tiene poco más de 400 versos. Y da la impresión de que no agota el tema que trata. Por ejemplo, se confiere a la urbe un poder destructor (“…aprieta con sus brazos/de carretera infinita,/aplasta a las masas/entre mares de cemento” p. 12). ¿No podía haber desarrollado la autora otros temas colaterales como la ausencia de espacios verdes, el recalentamiento global o la contaminación? Se me ocurren otros motivos que podrían franquear la puerta de lo articulable. Esa humanidad “apagada” que se nos nombra, ¿a qué debe su muerte en vida? ¿Acaso no trabaja hasta altas horas de la noche en colosos de hierro? Una ocasión perdida para hablar de la precarización laboral.

Así y todo, los fantasmas que transitan el libro (“figurantes”, “masas”, “los que” se encuentran apagados) dan una buena idea del mensaje inicial de la autora: las ciudades están amenazadas de derrumbe. No deja de ser sintomático que –a excepción del sujeto que enuncia y su amante– sólo posee vida la ciudad, que se la transfiere a sus órganos y miembros (farolas que sudan; semáforos con sangre, cansados; luces que se esconden…).

Preciosa la cubierta del libro, que invita a su lectura, en especial en estas largas noches de verano y de insomnio.      

Esta reseña fue publicada por la revista Turia en diciembre de 2019.
 

miércoles, 12 de febrero de 2020

23 años de carrera literaria

Hoy hace exactamente 23 años que comencé mi carrera literaria. Lo que quiere decir que llevo más de la mitad de mi vida publicando libros, puesto que acabo de cumplir 43. En total, hasta ahora, he publicado 17 títulos. La mayoría son poemarios (8), pero también tengo novelas (2), antologías (6) y traducción (1). A día de hoy estoy inmersa en varios proyectos, y es probable que pronto anuncie alguna sorpresa. Además, tengo la suerte de que he convertido a la literatura en mi medio de vida, puesto que soy profesora de Lengua y Literatura (también he impartido las asignaturas de Teatro y Literatura Universal) desde hace once años. Que lleve más de dos décadas publicando significa que llevo más dos décadas leyendo, estudiando, analizando y amando las obras de los demás. Muchas son autoras contemporáneas, pero en realidad yo entronco con lo más granado de nuestra literatura áurea: Garcilaso de la Vega, fray Luis de León, San Juan de la Cruz y Francisco de Quevedo. Gracias a la tesis, además, profundicé en la mística del Renacimiento, que me ha dado una sólida formación espiritual, a la vez que ha dado un sentido civil a mi propia creación: la lucha contra el dogmatismo (la imposición o el imperialismo) y la búsqueda de la libertad (como meta humana y meta colectiva). Estas son las claves para entender mi obra. Hay que buscarlas dentro de la lírica moral española, y siguiendo sus pasos a contracorriente, en la lírica moral romana. Por otra parte, mi estética también es deudora de ellos. De hecho, mi modo de aproximarme a la creación poética es análogo al de un místico: por meditación, por una experiencia extrema de la interioridad. Y aquí entronco con lo más trufado también de la poesía del siglo XX: Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Luis Cernuda y Vicente Aleixandre. En estos 23 años, por otra parte, he publicado libros distintos entre sí que comparten, no obstante, un aire de familia. Sin pretenderlo, he repasado con ellos buena parte de nuestra historia lírica, nutriéndola con otras tradiciones, otros géneros literarios y otras artes (la música y la pintura). Ahora mismo tengo muy claro de dónde vengo, y hacia dónde me dirijo. Como decía Federico García Lorca: “veo mi trayectoria perfectamente clara”. A una primera etapa centrada en el tema de la identidad (Construyéndome en ti, Napalm, Apátrida, Helio), ha seguido una segunda centrada en el amor a la naturaleza y en la responsabilidad que tenemos los humanos de preservarla (La Guerra de Invierno, Las noches de Ugglebo, Ciudad sumergida). Por supuesto, existen puentes comunicantes entre ambas (Línea de flotación), y asuntos en los que siempre insisto (la memoria, la muerte, el amor, la crítica a nuestro estilo de vida). Pero desde que descubrí Finlandia (2011) cambió mi perspectiva, enfoque que ajusté al convertirme en madre (2015). En fin, hoy celebro que llevo 23 años volcada en una pasión que no elegí por propia voluntad, sino que me eligió, y accedí a convetirla en mi destino. Ojalá de cuanto he escrito quede una cita, un verso, el día de mañana en el corazón de alguien.      


martes, 4 de febrero de 2020

Nadie vendrá

Nadie vendrá, Tomás Hernández Molina. XXII Premio de Poesía Ciudad de Salamanca. Madrid, Reino de Cordelia. 107 páginas.


Criticaba Oscar Wilde en El retrato de Dorian Gray que los poetas pretendieran el éxito de ventas poniendo demasiado de sí mismos en sus composiciones, exponiendo sus pasiones al microscopio de la mirada ajena. Estamos hablando del año 1890. Pero sus afirmaciones sirven para entender el mercado lírico español que padecemos en la actualidad. Pueden comprobarlo ustedes mismos: “Hoy día de un corazón desgarrado se tiran muchas ediciones”. Y tanto, ¿verdad? Vean las fajas de algunos libros. No obstante, en opinión de Wilde: “un artista debe crear cosas bellas”. Por desgracia, no es así en muchos casos. Tenemos grandes consumidores de productos poéticos, y sin embargo, paradógicamente, se está perdiendo el sentido de la belleza. En este retroceso cultural juegan un papel determinante las últimas leyes educativas, que han reducido las horas de literatura en los institutos y que han relegado los estudios de Humanidades; pero también contribuye la propia sociedad que entre todos hemos creado: veloz, ruidosa, irreflexiva, siempre al borde del ataque de nervios y poco esmerada en el afán por perfeccionarse. Pues si así somos –generalizo, claro–, qué esperamos que hagan (algunos de) los poetas. Escribía Antonio Machado: “El arte no cambia siempre por superación de formas anteriores, sino, muchas veces, por disminución de nuestra capacidad receptiva, y por debilitación y cansancio del esfuerzo creador”. ¿Hablará de nosotros el vate sevillano?
      Por fortuna, sí hay autores que piensan que su espíritu “es fuente que mana” (Machado). Autores cultivados que cincelan sus versos en el mármol. Autores que piensan que en Literatura no importa sólo el qué, también el cómo. Uno de ellos es el veterano Tomás Hernández Molina (Alcalá la Real, Jaén, 1946), recientemente galardonado con el premio “Ciudad de Salamanca” por su poemario Nadie vendrá.
        El poeta parece que porte una balanza mental. De un lado, sus versos dialogan con la tradición grecolatina; del otro, con la peninsular (áurea y contemporánea). Apuntemos ahora que Tomás Hernández fue profesor de secundaria y docente universitario. No es baladí. Su sólida formación filológica se destila en sus versos, que además suenan frescos y verdaderos por el contacto directo del autor con la naturaleza. Ya lo aconsejaba Machado: “¡Abejas, cantores,/no a la miel, sino a las flores!”. Y no obstante, reconocemos en sus breves poemas ecos de Virgilio, Hesíodo y Cicerón, junto a los de fray Luis de León, Francisco de Aldana, Góngora, Antonio Machado, César Simón o Spriu.
       Son sus poemas sobrios, descriptivos y poderosamente evocadores. De tono grave, abordan tópicos como el tempus fugit, el amor o la muerte; y asuntos mucho más inmediatos como la pobreza o la migración.
       Nadie vendrá entronca con una poesía reivindicativa de la contención, de la humildad y del amor hacia la naturaleza que también encontramos en: Sin ir más lejos, de Fermín Herrero (“Premio Jaén”, 2016); Mineral y luz, de José Antonio Fernández Sánchez (“Premio Alegría”, 2017); Ars Nesciendi, de Jorge Riechmann (Amargord, 2018) o El jardín de Gulbenkian, de Juan Antonio González Iglesias (“Premio Gil de Biedma”, 2019).

         La edición de Reino de Cordelia es una maravilla. Para tenerla en casa.