sábado, 7 de marzo de 2015

La Ley Mordaza Militar


¿Para qué sirve la literatura? Pues, entre otras cosas, para denunciar las lacras y las taras de nuestro mundo, para señalar con el dedo dónde falla el sistema y proponer alternativas al elemento averiado. Hay escritores de actitud loable -no entro en la valoración literaria de sus obras, puesto que no es el tema de mi reflexión de hoy- que incluso van un paso más allá: no sólo balizan la ubicación exacta de los problemas, sino que quieren formar parte activa de su solución, poniéndose a sí mismos al frente de los cambios. Esta actitud moral, por supuesto, tiene contrapartidas y consecuencias nefastas, y por eso mismo las obras de estos autores tienen un valor especial, pues nacen de la valentía y del desafío al sistema, al que se ama tanto que se quiere corregir y perfeccionar (recuerdo ahora un verso extraordinario del poeta neolatino Juan Antonio Gonzaléz Iglesias: “amo la tradición/ y estoy aquí luchando por cambiarla”). 
Escritores que hayan levantado la voz y hayan sido represaliados, son legión en nuestras letras, lamentablemente: desde los hermanos Juan y Alfonso de Valdés, a fray Luis, San Juan o Santa Teresa, pasando por Quevedo, Feijoo, Jovellanos, Hernández, Lorca, Hierro… En fin, no hay autor de valía que no haya escrito a contrapelo de la ideología oficial y se haya librado de la cárcel o la persecución. Lo que clama al cielo, es que en la España democrática del siglo XXI se siga arrestando a los escritores por el contenido crítico de sus obras; que el sistema ponga a trabajar a su maquinaria represora para silenciar a las voces disidentes. 

¿De qué autores y de qué libros hablo? Tomen nota: 

Un paso al frente, de Luis Gonzalo Segura, teniente del Ejército de Tierra (Tropo editores, 2014). Novela que ya va por los 22.000 ejemplares vendidos y por la que su autor ha sido encarcelado en dos ocasiones en un año. ¿Motivo? Sus denuncias de la corrupción dentro del Ejército. 

Les dejo por aquí información relativa al teniente y a su libro:

*Huelga de hambre del autor durante su primer arresto. El Mundo. Aquí.
*Entrevista en La Sexta. Aquí.
*Reciente salida de su segundo encarcelamiento. Aquí.
*Página oficial de la editorial Tropo. Aquí.



No, mi general, de Zaida Cantera, capitán del Ejército de Tierra, en colaboración con Irene Lozano (Plaza y Janés, 2015). Mañana, en el programa Salvados, la capitán hablará del libro, que recoge no ya sólo el acoso sexual al que fue sometida por el teniente coronel Lezcano-Mújica, sino el acoso laboral y profesional que padeció después por la tropa, y por el que se encuentra de baja psicológica desde 2014. 

*Podéis leer un adelanto de su novela gracias a El Mundo, aquí.

Por desgracia, todas estas denuncias de la corrupción y de la violación de derechos dentro de una de las instituciones clave del Estado, el Ejército, en lugar de ser objeto de una exhaustiva investigación que lo depure y corrija, ha obrado el efecto contrario: acaba de entrar en vigor el nuevo Régimen Disciplinario Militar (acordado por el PPSOE), al que los propios soldados y guardias civiles denominan la ley mordaza militar. Pueden leer la noticia en Público, aquí.

¿En qué otro país europeo el Estado reprime la libertad de expresión? ¿En qué otra democracia de nuestro continente el sistema se blinda para acallar, silenciar y apagar las voces críticas, molestas, de los escritores que arriesgan su futuro profesional por descubrirnos al resto las manzanas podridas de las instituciones? ¿En qué otro estado de nuestro entorno se mete en prisión a un ciudadano sin que haya habido un jucio previo? ¿En cuál, ya que nos ponemos, el Estado aparta de sus funciones a los jueces que investigan los casos de corrupción política de miembros del partido en el gobierno? ¿Y en cuál, veamos, en cuál se inhabilita a los jueces que investigan los crímenes fascistas de su -aún sangrante-dictadura militar?
 


miércoles, 4 de marzo de 2015

Premio de Poesía "El Príncipe Preguntón"



Amigos, es un placer comunicaros que he ganado el VIII Premio de poesía infanto-juvenil "El Príncipe Preguntón".

Podeís leer la noticia aquí.

Gracias por vuestro apoyo literario a lo largo del tiempo. ¡Y ya van 18 años!

lunes, 2 de marzo de 2015

La noche y su perdón



 
Juan Antonio Marín. La noche y su perdón. Universidad Popular José Hierro. 78 páginas. XXV Premio Nacional de Poesía José Hierro. 12,07 euros

  
No hay obra literaria que merezca la pena que no trate directa o indirectamente de la muerte y del tempus fugit, desde las medievales coplas de Manrique hasta En busca del tiempo perdido de Proust, por mencionar dos ejemplos señeros. Estos son los temas que aborda en su último libro Juan Antonio Marín, un poeta de suerte desigual: avalado por los lectores habituales del género, y sin embargo ausente de la nómina de poetas que componen su generación (nacidos en los 60). Su modestia, manifestada por él en sus composiciones (“tan sólo quiero hablar, jugar con las palabras,/ soñar a media tarde/ y dejo para otros el mapa de la perfección,/ la exigencia y el bien/ que yo sólo me ensayo en la caricia./ Después de todo,/ a quién puede pesar que sobren ríos en el mundo,/ o que sobren ramajes en invierno”) no debe ser impedimento para su inclusión entre lo más granado de su quinta poética. El tiempo, los siglos, ya se encargarán de seleccionar, descartar y clasificar a los autores que las futuras generaciones lectoras consideren más afines a su sensibilidad, o más representativos del siglo XXI. Entre tanto, sumemos y no restemos nombres, y menos aún cuando han demostrato sus kilates en libros contundentes, como lo es La noche y su perdón.

Marín, desde El horizonte de la noche (Premio Adonáis, Rialp, 1992) a Yo he vivido en la tierra (Polibea, 2011) -los poemarios que abren y cierran el arco de su obra  hasta el libro que reseño hoy-, se ha entregado a una estética a contracorriente de la mayoritaria: de alto vuelo imaginativo, evocadora y hermética; esa que ahora se abre espacio en colecciones menos independientes, esa que ha seguido un hilo escurridizo y brillante desde las Vanguardias (dejando un puñado de nombres imprescindibles: Gamoneda, entre muchos otros).    

La noche y su perdón es un canto a la vida desde la conciencia de la caducidad. El sujeto lírico, a través de monólogos, se incita tanto a la escritura (“Escribe para arder”) como a la existencia tranquila y desambicionada. Sólo hay un mandato que cumplir en el mundo: “sé feliz”. El resto nada importa. Es la única ley antes de que se cumpla el destino de todos: “No habrá más luz un día, sólo habrá firmamento/ oscuro y sin edad”. En el tránsito entre dos silencios (Thoreau dixit): las dudas (“no sé qué significa la alegría/ que se enciende y se apaga”), la felicidad que reside en las pequeñas cosas (“a mí que me acaricien las flores… la energía/ que aguarda el alimento y explota en el alcohol”), la soledad, el descrédito de que las palabras sirvan para algo, la ilusión de que exista lo real, la conciencia de que la extinción personal es intrascendente (“¿Qué le importa a la tierra que se muera otro cuerpo/ si el abono lo tiene asegurado?”), la aceptación estoica de los límites (“No le voy a pedir cuentas al tiempo,/ voy a estarme tranquilo/ esperando la paz o no esperando nada”), el lento deterioro de la fuerza, la amistad, la conciencia de uno.

Juan Antonio Marín ha escrito un poemario sincero, hermoso y terrible, porque nos enfrenta a un espejo. Posiblemente, se trata de su mejor obra. Los versos aún retumban cuando cierras el tomo, y son versos que duelen. ¿Te atreves a mirarte en el cristal?  


Esta reseña ha sido publicada en el blog La Tormenta en un vaso. Original, aquí.








sábado, 21 de febrero de 2015

Contrastes de Vietnam (III)



 
Hué.
Vietnam Centro


  
Los miembros de la tribu cham (minoría étnica de religión musulmana), fueron obligados a vivir en poblados ocultos en la selva hasta que fueron reclutados por el Frente de Liberación Nacional para el aprovisionamiento de munición. Al acabar la guerra, quienes no huyeron a la India o Malasia acabaron en reservas indígenas, donde a día de hoy practican sus costumbres, labran el campo y desarrollan su modesta artesanía textil. Y no deja de ser curioso -pensamos mientras caminamos entre niños medio desnudos y gallinas-, que en estas humildes chozas de madera y paja haya televisión y antena parabólica. Las formas del control se han adaptado, igual que en Occidente, a la tecnología. No hay sedante mejor que los rayos que salen de los tubos catódicos e inyectan en las córneas la ilusión de una existencia amable, diabética, de lo edulcorada.




Recuerdos de nuestro viaje a Vietnam en 2010.
 

jueves, 12 de febrero de 2015

Contrastes de Vietnam (II)



 

 
Hué.
Vietnam Centro.


En el centro de la república sentimos el temor de los campesinos que vivieron en el entramado de túneles abiertos en las piedras, que rezaron a diario a sus dioses para que los americanos no entraran con cargas explosivas y para sobrellevar más tiempo su vida de animales, pese al dolor, el hambre, la incertidumbre y el miedo reinantes en esta oscuridad tan densa que hasta puede comerse.

Contemplamos la exuberancia de la naturaleza y no damos crédito a que medio siglo antes se hubiesen producido matanzas aquí, como si la belleza fuera una barrera infranqueable para el exterminio. Pero los cráteres de las bombas en medio de los arrozales lo confirma. En ellos aprendieron a nadar los niños de varias generaciones, y algunos -los más hondos- se han convertido en prósperas piscifactorías.

Si los americanos perdieron el combate se debió al espíritu irredento del pueblo oriental, a la alquimia de su carácter, que transforma el gusano de la muerte en un vuelo de vida. La muerte se deja sentir a un lado y otro de la carretera. Separadas por el asfalto, las tumbas y pagodas de miles de soldados y campesinos comparten la tierra y escuchan un mismo coro de lágrimas: la triste partitura que escribieron, para viudas y huérfanos, las troneras de la 173ª Brigada Aerotransportada. Miramos en silencio las cruces oxidadas y las flores de loto. No fue una guerra de misiles, sino de soledades.


Recuerdos de nuestro viaje a Vietnam en 2010

viernes, 6 de febrero de 2015

Reseña de mi novela, Inercia, en Estado Crítico




Luis Manuel Ruiz:

De un tiempo a esta parte, se ha generalizado el uso del término “distopía” para referirse a un subgénero de la ciencia ficción caracterizado por la profecía y el pesimismo. La palabra es una distorsión de otro neologismo venerable que acuñó Thomas More en el siglo XVI, y en el que quiso encerrar la nobleza de aspiraciones de quienes desean vivir en un mundo más cómodo y solidario: “utopía”. La utopía clásica, encarnada en el texto de More (o Moro), y luego en los de Campanella, Bacon, Butler, Proudhon, es una obra de esperanza: nuestro mundo es malo, la situación que padecemos resulta difícil de soportar, pero mañana, cuando otros hombres más 
cabales tomen el control de nuestros asuntos, todo se volverá distinto. Contrariamente, la distopía apuesta por la derrota. El futuro que pintan los referentes fundacionales (Huxley, Orwell, Bradbury) consiste en un infierno retorcido donde se ahondan y amplifican los males del ahora: hay menos lugar en sus páginas para la confianza que para el aviso. Las recientes conmociones económicas y sociales que ha sufrido el capitalismo explican el éxito que favorece en nuestros días a esta forma de la literatura fantástica; baste reseñar que una antología de textos catastrofistas, Mañana todavía (Fantascy) ha sido uno de los libros más vendidos el año pasado en el ámbito de la ciencia ficción española. Con matices, puede considerarse que Inercia, la novela que reseño hoy, es también una distopía.

Ariadna G. García ha escogido el aeropuerto como metáfora del mundo que quiere denunciar. Una elección de curioso acierto: porque el aeropuerto, ese no-lugar, ese enclave situado en el centro de ninguna parte, donde la gente ya no está, sino que siempre se dirige mucho más lejos, constituye un perfecto reflejo de nuestra posmodernidad líquida. El aeropuerto es la patria del aire, donde, lentamente, se forman las nubes; el portal del espacio aéreo internacional, la tierra de nadie, en que todos podemos ser otra cosa, hacernos a nosotros mismos, sin las rémoras que nos imponen el nombre, la genealogía, el código civil; el aeropuerto es el pasaporte a la libertad, al comienzo de una nueva vida, tal vez plena, que nos depure de los sinsabores y la ceniza de la que llevamos arrastrada hasta este punto. 
Y sobre pasaportes, precisamente, versa también la parábola de la autora: aeropuerto y pasaportes, la pista de despegue hacia el otro mundo y lo que la bloquea. En un futuro indeterminado pero próximo, que se reconoce sin dificultad, un grupo de personajes intercambiables coinciden en la terminal internacional de Barajas. La España y el planeta Tierra que estos seres habitan son los nuestros pero no son los nuestros: son estos de aquí y ahora deformados por los malos hábitos y el lento declive de la corrupción moral. La ley de inmigración se ha endurecido hasta puntos insoportables, convirtiendo los viajes en un calvario de visados, registros, hologramas; el mercado laboral es una jungla sangrienta, donde pocos pueden conservar intacta la salud de su contrato; la vida en las ciudades, de las que muchos huyen espantados, se ve estrangulada por las tenazas opuestas del vandalismo y el control policial del Estado. Un mundo crepuscular, angosto, que ofrece pocas esperanzas y pocas posibilidades de respirar a gusto: y que motiva que haya tantas personas que busquen las alturas, donde es más abundante el oxígeno.

Inercia es una novela coral, de múltiples personajes. Sobre el escenario de apocalipsis social y político, en el contexto hermético del aeropuerto, las vidas sin cuajar de varios personajes tratan de encontrar definición, de ser del todo, deslizándose bajo la gran máquina del presente que trata de aplastarlos. Un agente de seguridad que se enamora de una compañera de trabajo; un inmigrante ilegal que espera reunirse algún día con su familia; un controlador abrumado por su paso por diversos ETT que estudia para convertirse en funcionario; unas terroristas alumbradas por un oscuro horizonte; mafiosos, azafatas, camareros. Pequeñas teselas de un mosaico mayor y más rotundo, que se revela a través de los detalles y las esquinas, eludiendo siempre, eso sí, el aleccionamiento directo al lector. La estructura, forzosamente, es quebrada: para seguir la estela de su muchedumbre de criaturas, la autora ha de variar repetidamente el foco de atención y alterar su perspectiva, ofreciéndonos tomas simultáneas, yuxtapuestas, de la sala de almacenes y la cantina, del amor y la indiferencia, la miseria y el heroísmo, el presente negro y el futuro peor.

Ariadna G. García es mayormente poeta, y esto se muestra a las claras en su primera novela. El cuidado en el idioma, en la elección de adjetivos y la búsqueda de la metáfora apropiada (siempre visual y de una rara contundencia) aportan valor al relato, que no por fantástico o distópico ha de plegarse (ay) a los peores hábitos estilísticos de los subgéneros. Muy al contrario: salpicando sus episodios de ocasionales tonos líricos, García ha conseguido una novela extrañamente emotiva, que horroriza y seduce a la vez, y donde la crudeza turbia de lo que cuenta se ve apaciguada, y aun iluminada, por el brillo de la prosa. Que da gusto leerla, vamos.

(Reseña publicada en Estado Crítico, enlace, aquí.) 


lunes, 2 de febrero de 2015

La Fiera



 
La Fiera. Sloper. 2014. 68 paginas. Premio Ciutat de Palma Joan Alcover, 2013.

Ben Clark es autor de una obra poética copiosa, recogida en once libros. Entre sus poemarios destacan Los hijos de los hijos de la ira (Hiperión, 2006), Basura (Editorial Delirio, 2011), Mantener la cadena de frío (Pre-Textos, 2012; en coautoría con Andrés Catalán) y este último que reseño hoy La Fiera (Sloper, 2014). Cosecha premios del calibre del Hiperión, el Poesía Joven de RNE y el Ojo Crítico.

No puedo dejar de señalar que hacía tiempo que andaba detrás de La Fiera. El título me resultaba no ya sólo evocador (metáfora de la condición humana en época de crisis), sino incluso transgresor de una estética, del imaginario y del ritmo líricos a los que estamos habituados. Y he decir que no me equivoqué –o apenas algo– en mis intuiciones.  La Fiera da zarpazos a su libro anterior (una obra formalmente correcta, pero un tanto insípida), para ofrecernos un mundo renovado, lleno de imágenes poderosas, descrito con un léxico primitivo y ancestral, que sublima el tono desgarrado sin ceder a la pulsión de la ternura. Así, Ben Clark nos retrotrae a los primeros hombres de sus cuevas, al origen, para preguntarse si nuestros antepasados estarían orgullosos de la evolución humana –pese a sus innumerables errores– de saber que al final del recorrido estarías tú. Esta dislocación espacio-temporal, que tanto se agradece, adquiere una dimensión crítica en el poema que da título al libro, donde se enfrenta nuestro modelo de vida civilizado –domesticado, represivo– con las pasiones animales que recorren nuestro mapa genético. Este contraste entre el embrutecimiento y la mansedumbre vertebra mi poema favorito del libro: “Über den Prozeb der Zivilisation”, no ya por el tema (que también: el poder redentor de la persona amada, de cuño tan romántico –cuando no cortesano-provenzal–), sino por la sincera pintura de la compleja e inestable condición humana: “Pero guárdate mucho de este bicho/ cuando pasen los días/ y falta el sol y los amigos mengüen/ y se amontonen, sucios, los solsticios/ en la casa cerrada. No te harán/ tanta gracia sus dientes ni sus uñas,/ los reproches antiguos, otros nuevos…la bestia que ama bestia y que hace daño,/ que mata y que devora por instinto,/ pero también, también el animal/ que una mano, tu mano sola, puede/ conducir de la jungla hasta el poblado/ a jugar con los niños”. 

Me gustan menos algunos de los poemas finales, entre otras cosas, porque rompen la atmósfera mítica del poemario, la coherencia estética. Me refiero a “Si llega el fin del mundo”, “WR 104” o “Cubierto”.

Por último, destaco en La Fiera la coherencia fondo-forma de los demás poemas, que transmiten la violencia semántica a través de un ritmo entrecortado (al clásico binomio endecasílabo-heptasílabo Ben Clark suma en un mismo poema alejandrinos y versos libres), de un campo semántico agresivo (“matar”, “aterrorizar”, “atroz”, “aullando”, “grito”, “furia”…) y de las aliteraciones del fonema /r/.

La Fiera es uno de los poemarios más originales del 2014, de belleza extraña y cautivadora. Pónganlo en su punto de mira.


(Esta reseña ha sido publicada en el blog La Tormenta en un vaso. Enlace, aquí)