Física de la tristeza, Gueorgui Gospodínov. Traducción de María Vútova. Impedimenta. 2026.
Física de la tristeza es un arca que lo contiene todo. Su narrativa no es lineal, sino laberíntica, cuando recorre un pasillo y se topa con un muro salta en el tiempo hacia atrás y retoma el hilo por otro cabo. El propio Gospodínov confiesa que escribe un cuaderno de apuntes. Así como este libro mezcla asuntos, los deja y los retoma después, el conjunto de la obra novelística del búlgaro hace otro tanto. Es por ello que en este trabajo reaparece un viejo conocido de sus asiduos lectores, entre los que me encuentro: Gaustín (Las tempestálidas); o cobra vida su ya difunto padre, que regresa a Helsinki por segunda vez (El jardinero y la muerte). El libro se ofrece como una cápsula de tiempo que salva del olvido lo que fue importante, ya sea propio o ajeno. De hecho, Gueorgui no duda en calificar de urracas a los literaros, seres que se apropian sin recato que valga de las buenas historias que les cuentan. Entre estas, yo destaco la del abuelo militar que se cuenta al comienzo. Una maravilla que no voy a revelar, para que la descubran. Desde luego, hay motivos recurrentes en la narrativa de Gospodínov: la memoria colectiva (europea), que trata de preservar con bastante humor; y la privada, que abraza a cuatro generaciones de la familia. Pero lo interesante de Física de la tristeza es lo que tiene de novedoso con respecto a la previo, y que lo posiciona del lado de las ecosofías que están empezando a filtrarse en la literatura de ficción. En efecto, el novelista colabora con el poeta que lo habita no ya sólo para brindarnos una prosa pulcra (aprovecho para elogiar la traducción de María Vútova y para felicitarla por su premio Estado Crítico), sino para romper la barrera especista que separan lo humano del resto de la naturaleza: «El hombre debería callarse un rato y, en la pausa que se abre, escuchar la voz de otro narrador: pez, libélula, comadreja o bambú, gato, orquídea o guijarro» (p. 178). Eso otro, que posee una historia tan válida o más que la nuestra, pertenece a los reinos animal, vegetal y mineral. La visión del mundo que defiende Gospodínov no es antropocentrisita, sino biocéntrica. De hecho, en la siguiente cita leemos entre líneas al filósofo alemán Albert Schweitzer: «Hay una sola identidad: ser una criatura viva entre otras criaturas vivas» (p. 184). El precursor de la ecoética y del biocentrismo profundo de Arne Naess, declaraba en los años veinte del siglo pasado: «Soy vida que quiere vivir en medio de vida que quiere vivir» (en traducción de Jorge Riechmann). Física de la tristeza reivindica el individualismo moral que defiende al Naess, de ahí que el protagonista asuma la identidad de una babosa y sea ella (pp. 30-31) o que denuncie el asesinato de animales para consumo humano (p. 172). Gospodínov, en el fondo, interpela a sus lectores para que desarrollen su espíritu de interconexión con otras especies («soy dinosaurio, pez, murciélago, pájaro, organismo unicelular» p. 84) y para que sean conscientes de la necesidad que tenemos de poner coto y límite a nuestro antropocentrismo con la intención de evitar la crisis ecológica que se nos viene encima. Él mismo explicita en la novela el afán que le movió a escribirla: «Lo recopilo todo por el bien de aquel que está por venir. Para el lector postapocalíptico» (p. 158). A medio camino entre el cuento, el diario, la reflexión, el catálogo y la actualización de los mitos griegos, Física de la tristeza cautiva por lo inteligente de sus analogías, la ternura de sus relatos, lo sarcástico de su estilo y lo necesario de su planteamiento ecosófico.

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