Selva de fábula, Juan Antonio González Iglesias
A finales de los años 90 tuve la suerte de leer en dos volúmenes distintos algunos de los poemas con los que consagró muy pronto, con apenas 33 años, a uno de los autores más admirados y respetados de la poesía reciente, José Antonio González Iglesias. Me refiero a la antología Feroces, preparada por Isla Correyero para la desaparecida DVD, y a su poemario Esto es mi cuerpo, libro de culto hace años descatalogado. Yo tenía veinte cuando lo descubrí y, desde entonces, he leído prácticamente todo lo que ha venido publicando. Pocas voces tan potentes se puedan encontrar en nuestro panteón. Desde luego, lo primero que me llamó la atención fue su desinhibida reivindicación de la homosexualidad (“Amo la tradición, sueño de un sueño /y estoy aquí luchando por cambiarla”, cito de memoria); pero a renglón seguido me fueron cautivando su diálogo con la tradición grecolatina (más allá de Píndaro, lo veo más cercano a las odas de Horacio) y su entusiasta, pero comedida, exaltación de la naturaleza. Precisamente, estos últimos motivos citados son los que aborda el poeta salmantino en un librito inédito en volumen independiente, Selva de fábula, que sin embargo sí fue recogido en el ómnibus de sus obras completas, cuya primera edición, Del lado del amor, vio la luz en Visor en 2010, y cuya segunda, agotado a la anterior, acaba de editarse ahora en un recopilatorio que incluye todos los poemarios que ha venido sacando hasta 2025, año en que también ha sacado un homenaje a Nápoles (o por mejor decir, a Nea Polis), Nuevo en la ciudad nueva.
En realidad, Selva de fábula, por extensión, parece una plaquette. Pero como sabemos, o deberíamos, el tamaño no importa. En este libro González Iglesias se descubre no sólo como un experto en lírica romana del período imperial (siglo I a. C., cuando gobernaba Octavio), sino como un exquisito imitador quizás no tanto de Góngora, como de Juana Inés.
El libro en cuestión se divide en dos partes. Dos alas simétricas. La primera, la culterana, rinde tributo a la naturaleza indómita que nos legó el Barroco. A esa exuberancia de una fauna y de una flora desbordantes que trataban de derrumbar las columnas de aquellos endecasílabos que las encerraban. A esos seres de belleza oscura, siempre fugitiva, que poblaban un mundo todavía virgen, salvaje y cuyos misterios se encontraban aún por explorar. La estética del libro sigue la caligrafía pautada por el conceptismo más osado, el más ingenioso, el que se deleitaba en la complejidad y el que rendía un tributo mayor al verso sensitivo, tanto en lo acústico como en lo plástico. Es por esta razón que encontramos en la obrita los siguientes rasgos gongorinos y sorjuanistas: los tres usan la silva, comparten cierto vocabulario («argénteas» p. 217; «turba» p. 233), recurren al hipérbaton abrupto («suave / y violento»), echan mano del participio absoluto («habitado de fuego el columbario» p. 232), crean neologismos («laberintan» p. 217), realizan enumeraciones copiosas, encadenan palabras esdrújulas («pájaros románicos», «gárgolas góticas» p. 211) o abordaron motivos como la vanidad, la ilusión y la caducidad.
La segunda parte de la obra, «Antítesis brutal de la selva de fábula», es claramente ecológica y anticapitalista. González Iglesias denuncia la antropocentrismo humano, el paradigma mecanicista newtoniano que establece la falsa dicotomía naturaleza / cultura; y como medida correctora reivindica una ética biocéntrica que, en sintonía con la deep ecology, pondera el individualismo moral de cada ser viviente del planeta, su derecho a existir: «Maldito el que no comprende que un árbol es alguien / muy anterior y muy superior a un concejal» p. 239. El poeta contrasta la naturaleza idealizada por Virgilio en sus Bucólicas y la devastación de los entornos naturales debido a la hybris humana, a la pleonexía (enfermedad del alma aque aqueja a quienes buscan enriquecerse a costa de la vida ajena, y que diagnostico siguiendo parametros filosóficos de las escuelas helenísticas): «insaciable apetito pétreo de una ciudad impía / que llama urbanizar a estas profanaciones» p. 245.
Iglesias se preguntaba entre los años 1995-2002, mientras escribía el poemario: «¿No ha llegado el momento de pasar a la acción?» p. 246. La pregunta era y es pertinente. No se trata sólo de cuestionar el sistema, sino de transformar las costumbres, de cambiar los hábitos e incluso de movilizarse practicando un activismo ecológico que visibilice la perversión de un modelo económico irracional que nos perjudica como especie. En efecto, la antología humana es relacional y sistémica, lo que significa que dependemos los ecosistemas que destruimos. Ya Marco Aurelio utilizaba la metáfora del mundo como un «ser viviente», imagen que se remonta a Platón y que también recoge el libro de poemas («el cosmos es / un gran animal» p. 252). A día de hoy, la biología moderna defiende la Teoría Gaia Orgánica, que considera a la biosfera un organismo. Siendo esto así, el capitalismo y el extractivismo asociado a él ponen en riesgo la supervivencia de la especie humana en un mundo esquilmado.
Selva de fábula se hermana con los libros de Jorge Riechmann, poeta y profesor de filosofía pendiente de un juicio penal por sus acciones quínicas al servicio de la causa ecológica y del cambio del actual paradigma socio-económico por otro perfectamente encajado en los límites de la naturaleza.

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