sábado, 10 de junio de 2023

Secuelas del fuego

 

Secuelas del fuego, Anais Vega. Pre-Textos, 2022. 70 pp.

 

La salud mental es un tema tabú. La pandemia visibilizó nuestra fragilidad y durante un tiempo se normalizó que se hablara en las casas, en los institutos o en las oficinas de asuntos como la ansiedad o la depresión. Pero los abismos interiores tienen otros modos de manifestarse, como las autolesiones, las tendencias al suicidio… sobre los que la sociedad ha puesto una alfombra para ocultarlos.

 

Son muchos los escritores que a lo largo de la historia han padecido algún tipo de enfermedad mental, la lista incluye a Tolstoi, Balzac, Faulkner, Hemingway, Woolf, Plath, Juan Ramón Jiménez, Pizarnik, Costafreda, Foster Wallace… La mayoría, de una u otra forma, ha abordado en sus libros aquello que los hace vulnerables. Digo que, de un modo u otro, porque narradores y poetas transferimos nuestras circunstancias y dolencias a personajes y voces líricas, que asumen el papel que se les otorga.

 

Sin embargo, ya es más difícil leer un libro que explicite (sea impostado o no, es lo de menos) la necesidad que tiene una persona frágil de poner soluciones a su vida, acudiendo al psicólogo. Fragilidad que en el fondo es fortaleza. Hay que amarse mucho para pedir ayuda. Hay que poseer una tenacidad sin grietas para alzar la voz y nombrar aquello que nos duele. Y más en estos tiempos de postureo mediático y exposición en redes, en los que se prioriza la felicidad absoluta, esa que César Mallorquí identifica con un ovni: algo de lo que muchos hablan y que pocos han visto.

 

El caso es que Anais Vega pone el dedo en la llaga en su poemario Secuelas del fuego, premio de Poesía Joven RNE-Fundación Montemadrid. El sujeto que enuncia nos habla de sus emociones, y en concreto, de su desgana vital. Es magnífica, a este respecto, la segunda parte del libro; donde destacan los textos “Un ligero cambio de planes”, “Naturalza muerta (o nauseabunda)” y “Límites”. Los motivos del desánimo apenas se señalan. Sí es cierto que aparece el tema de la violencia hacia las mujeres, focalizada en la imagen esterotipada (la mujer florero) que una empresa requiere de sus empleadas (“Inútil rebelión del pelo sucio”). Incluso alguna vez se sugiere un previo caso de bulliyng (“Ataque preventivo”). Pero más allá del machismo laboral y del acoso infantil, los demás detonantes son más bien personales: la frustración existencial, la monotonía doméstica, los sueños rotos.

 

Ahora bien, como decía antes, sorprende que Vega incorpe –y que normalice– la petición de auxilio. Es decir: Secuelas del fuego nos habla del dolor y del intento de superación del mismo. Por otro lado, es interesante que, cuando leamos poemas como “Sala de espera”, apreciemos la sutil crítica a una Sanidad Pública congestionada, sin recursos, donde las citas se demoran meses (no hay, por tanto, un seguimiento continuo de los pacientes) y las consultas duran media hora. Esta carencia de medios (una legión de psicólogos y psiquiatras que dediquen el tiempo necesario a cada usuario en función de sus circunstancias personales) parece que esté detrás del agravamiento de la depresión del sujeto que enuncia, quien, viéndose incapaz de modificar su vida, se rechaza y se infringe autolesiones.

 

La verdad es que Secuelas del fuego no deja indiferente. Su ironía, su sarcasmo y su tono desolado impactan. Es un digno premio de Poesía Joven de RNE.

 

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