lunes, 23 de abril de 2018

El cazador

 El cazador, Mario Míguez. Pre-Textos. Valencia. 76 páginas. 10 euros. 2008.

  
Una de las novelas más brillantes que diera el Grupo del 98 fue, sin duda, Los trabajos del infatigable creador Pío Cid, firmada por Ángel Ganivet (1897). Se trata de un libro clásico, en el sentido de que sus páginas aún tienen mucho que decirnos a los españoles del siglo XXI. Obra política, y de plena actualidad, encontramos además pasajes interesantísimos sobre otros asuntos, como este del Trabajo tercero, donde define qué es ser poeta: “Poetas son los hombres capaces de ver las cosas con amor”. El novelista distingue a “los versificadores de oficio” de los verdaderos creadores, que son las mujeres y hombres que “se sirven de todos los medios humanos de expresión, entre los que la acción ocupa quizás más alto lugar que las formas artísticas más conocidas: las palabras, los sonidos, los colores”. El poeta nunca permanece ensimismado en su obra, absorto en sus cuartillas, encerrado en su estudio de trabajo, sino que encarna la poesía cuando obra con generosidad. Es la poesía cuando cumple la máxima que años más tarde defendería otro ilustre granadino, Federico García Lorca: “El poeta ha de abrirse las venas por los demás”. Los artistas, en suma, no son esas personas egocéntricas, envidiosas, vanidosas que componen sus textos o sus piezas dando la espalda al mundo, sino que se entregan a él para ayudar al prójimo. Sus grandes creaciones no están escritas sobre pentagramas, ni pintadas en lienzos, ni archivadas en un documento de word, sino que son sus actos. Mejores que sus libros, sinfonías y pinturas son sus nobles acciones para mejorar su entorno o para transformar el mundo. Su amor les hace ver lo espiritual que flota, las conexiones que el resto de los mortales no alcanza. Ese don amoroso mide la calidad de cada una de sus obras. Así lo expresa Ganivet: “como hay quien ama poco y quien ama mucho, hay pequeños y grandes artistas”. A este grupo, precisamente, pertenece el poeta Mario Míguez, una voz que acabamos de perder con apenas 55 años y tres libros de poemas publicados. Una voz solidaria, perteneciente a un hombre comprometido con su pluma y con su cuerpo. Un artista inundado de amor, original, reconocible, libre de las imposiciones del marcado, y por tanto, en palabras del músico Gidon Kremer: “una joya, no bisutería”.


El cazador (2008) es su tercer poemario. Aquí, el autor reelabora conceptos cristianos como el recogimiento, la quietud o el amor, necesarios no ya sólo para gozar de una vida plena, sino para embellecer el mundo. Libro luminoso, exhorta a los lectores a no buscarse fuera de sí mismos, sino dentro de ellos; a no poner su descanso en las cosas caducas, materiales, sino en la dimensión trascendente a la que conduce una vida amorosa (solidaria y fraterna). Ejemplo de esa dedicación al prójimo, sobresale el extraordinario poema Care pater:

Duerme tranquilo, padre, estoy despierto.
Tu mano está en mi mano, como estuvo
la mía entre las tuyas, cuando niño,
y nunca he de soltarla mientras vivas. […]

                                          yerran
aquellos que me dicen que a tu lado
yo destruyo mi vida, que la pierdo […]

y al escucharlo me es inevitable
sentir asco del tiempo en que vivimos:
me parece tan triste y repugnante
que esa noble palabra, sacrificio,
les sea incomprensible a casi todos…
No es extraño; ya apenas nadie sabe
qué cosa es el amor…

Muchos son los ecos áureos del libro. A los erasmistas (fe viva) y franciscanos (recogimiento, muerte en vida), añadamos la impronta del capitán Andrés Fernández de Andrada, cuya Epístola moral a Fabio sobrevuela en estos versos:

Y fue quien me explicó qué es lo importante:
que no basta tener conocimiento,
saber qué es la bondad o la nobleza,
que hay que intentar vivirlas, encarnarlas.
No eran sólo palabras: eran hechos.


En los tiempos que vivimos, de empobrecimiento espiritual, manipulación mediática, corrupción política, aumento de la pobreza y destrucción de los servicios públicos, no es mala idea recuperar una filosofía vital fundamentada en el amor, la reflexión y la ayuda recíproca. Mario Míguez nos ha dejado un legado precioso. Y a los artistas, en concreto, nos ha confiado una misión ineludible: sumar al compromiso estético un deber ético-civil. Seamos custodios de esa luz.


 Esta reseña ha sido publicada por la revista Oculta Lit el pasado 5 de abril.

miércoles, 11 de abril de 2018

Fotos de la presentación de Celebración de la memoria

Junto a la cantante Raquel González y las poetas Siomara España y Verónica Aranda


Ayer tuve el honor de presentar Celebración de la memoria (Huerga y Fierro. 2018), el nuevo poemario de Siomara España (Ecuador, 1976). Ya en 2016 tuve la suerte de moderar una mesa en la que participó, dentro de los actos del célebre festival literario de Córdoba: Cosmopoética. En el diálogo que mantuvimos anoche no sólo le pregunté por su nuevo trabajo, sino que traté de dibujar el mapa de su poética estableciendo puentes y diferencias entre Celebración y su anterior libro de poemas Construcción de los sombreros encarnados (Polibea. 2016).

Os dejo por aquí otra foto de nuestra entretenida -e interesante- charla en la sede de su editorial.



domingo, 8 de abril de 2018

Presento a la poeta Siomara España



Queridos amigos:

El próximo martes 10 de abril presento Celebración de la memoria, el nuevo poemario de la poeta Siomara España Muñoz (Ecuador, 1976). Será en la librería de la editorial Huerga y Fierro, a las 20:00 (calle Sebastián Herrera, 9).

Os esperamos.


jueves, 22 de marzo de 2018

Jurado del XXXIII Premio Hiperión



Ayer, día de la poesía, se hizo público el fallo del XXXIII Premio de Poesía Hiperión. He tenido el honor de ser miembro del jurado, junto a Jesús Munárriz, Paco Castaño, Luis García Montero y Benjamín Prado. Decidimos, por mayoría, conceder el galardón al libro El desgarro, del poeta malagueño Jorge Villalobos. Enhorabuena al ganador.  


miércoles, 14 de marzo de 2018

IES Rosa Chacel

El pasado jueves 1 de marzo tuve el honor de dar una conferencia a los estudiantes de bachillerato del IES Rosa Chacel, en Colmenar Viejo. Mi participación se incardinó dentro del programa de animación a la lectura Por qué leer a los clásicos, fomentado por la Secretaría de Estado de Cultura. Durante una hora, expuse a los estudiantes de bachillerato y bachillerato internacional cuáles fueron las principales estéticas y revistas de la poesía española de posguerra, de 1939 a 1975. Además, leímos algunos textos de una pequeña antología que preparé para la ocasión.  

Buena parte del material que utilicé lo saqué de mi libro Antología de la poesía española. 1939-1975, publicado por ediciones Akal en 2006. Haciendo, no obstante, mayor hincapié en la presencia de autoras (Ángela Figuera Aymerich, Angelina Gatell, Francisca Aguirre o Clara Janés), e introduciendo bastantes anécdotas.

Una semana más tarde, El Día de la Mujer Trabajadora, me llegó esta bonita fotografía de la mesa de libros recomendados por la biblioteca del centro, donde aperecen dos de mis poemarios (Napalm, Hiperión. 2001. "Premio Hiperión"; y Las noches de Ugglebo, Diputación de Granada. 2016. "Premio El Príncipe Preguntón") junto a grandes escritoras a las que tanto admiro: Carmen Martín Gaite, Emilia Pardo Bazán, Carmen Laforet, Ana María Matute, Rosalía de Castro, Rosa Chacel e Isabel Allende, entre otras.

No puedo estar más agradecida por la invitación -a dar la conferencia- y por el cariño recibido -estampado en la foto-.
 


martes, 13 de marzo de 2018

Sueño mío contigo

Javier Lostalé


La Facultad de Educación de la Universidad de Castilla La Mancha celebró los días 7 y 8 de marzo, en Albacete, el "Primer Encuentro del Lenguaje: Cratilo". Estas jornadas las dirigieron Francisco Linares Valcárcel y Andrés García Cerdán, quien me pidió un texto para el homenaje que se le iba a realizar al poeta y perodista Javier Lostalé. 

En la publicación celebratoria participamos -además de Andrés y yo-: Matías M. Clemente, Rubén Martín Díaz, Javier Lorenzo, María Ángelez Pérez López y Arturo Tendero. 

Os dejó aquí el enlace.

sábado, 10 de marzo de 2018

Mapa de una ausencia

Mapa de una ausencia, de Andrea Bajani. Trad. Carlos Gumper. Siruela, Madrid, 2017. 176 páginas, 16.95 euros.


Hace una década, el escritor italiano Andrea Bajani (1975) publicó en su país Se consideri le colpe. Se trataba de su segunda novela, y con ella cosechó varios premios: Súper Mondello, Recanati y Brancati. Él mismo relata en una reciente entrevista concedida a El Cultural que aquel libro le cambió la vida: “Y no sólo por el éxito y los premios que ha obtenido, sino por una razón más significativa: fue en estas páginas donde encontré por primera vez mi propio estilo, es decir, la forma con la que quiero cruzar el mundo a través de las palabras. Íntima y política al mismo tiempo, con lirismo y ternura, cinismo e ironía, todo a la vez, y no puede ser de otra manera.” La obra ha sido publicada por Siruela con el espléndido título Mapa de una ausencia. Con una prosa clara y en apenas 170 páginas, Bajani nos cuenta la historia de una búsqueda, despliega por el suelo varias piezas para que su protagonista reconstruya el puzzle de su madre. Al igual que en Eres como eres, la última novela de Melania Mazzucco, la obra comienza in medias res con la muerte inesperada de un progenitor. Por medio del flash back, se irá dando a conocer a los lectores episodios que evoquen el carácter y el pasado de la persona ausente. Bajani, emplea, no obstante, técnicas distintas a las utilizadas por su compatriota. Para empezar, recurre al narrador en primera persona, una voz que apela de continuo a la finada, estableciendo un diálogo con la mujer añorada, la que protagoniza sus recuerdos, con el fantasma de la madre que tuvo y desapareció. Esta elección es intensamente emotiva, por lo que tiene de conversación a destiempo, abocada al fracaso. No hay nostalgia en la interlocución, ni tan siquiera quejas o reproches. Sino simple constatación de que los viejos puentes entre la madre y el hijo se han volatilizado.
El libro comienza con el aterrizaje del avión que lleva a Lorenzo desde Italia a Rumania, para asistir al entierro de su madre. En apenas unos días, gracias al trato obligado con los amigos y conocidos de ella (el socio, el chófer y otros empleados de la empresa para la que trabajaba), completa el dibujo inacabado, la mitad invisible, de una progenitora fugitiva. El resto de la imagen la lleva dentro de él, y en su conversación frustrada, nos la pinta. Así, convergen en el libro varios tonos (el ligero y el grave) junto a varias miradas (la infantil y la adulta). Estos contrapuntos ayudan a destensar la obra, a amabilizar la narración de una experiencia traumática, a rebajar los grados de tragedia por la muerte de un ser –en realidad– completamente desconocido. A este fin contribuyen también las escenas absurdas que jalonan el relato (los móviles sonando junto al féretro, la posado al lado del palacio de Ceaucescu con las manos llenas de cabezales de ducha). No dramaticemos. No es tan grave la cosa. Aquí no ha pasado nada (en lo político, en lo personal), parece que nos diga Bajani con su aguda ironía. Estas boutades, por otro lado, me recuerdan a las de Luces de bohemia.

La entrañable relación de la madre con su hijo pequeño, mientras teje una relación erótica con su socio a espaldas del marido, guarda relación con Incendios, de Richard Ford, otra formidable novela sobre el abandono materno, contada –también– por un narrador testigo. Ambas nos plantean preguntas difíciles, para las que –seguramente– no existe una única respuesta: ¿es legítimo que una mujer destruya su familia por un sueño (sexo-laboral)?, ¿qué debe priorizarse: la felicidad personal o la de un hijo?, ¿es ético engrendrar una vida para luego desentenderse de ella?, ¿puede llamarse madre a una mujer que ni acompaña, ni cuida, ni protege, ni alienta a su retoño a lo largo de su camino?
Estupenda novela, de capítulos breves muy bien cerrados, a modo de poemas. Quien la lee, pide más.




Esta reseña fue publicada por Oculta Lit el 2 de marzo de 2018.


viernes, 2 de marzo de 2018

Tu sangre en mis venas. Poemas al padre

Tu sangre en mis venas. Poemas al padre. Edición de Enrique García-Máiquez. Renacimiento, Sevilla, 2017. 277 pp. 12 €



Enrique García-Máiquez firma una antología en Renacimiento que compila poemas dedicados a la figura del padre. Explica el escritor, en el prólogo, que se ha circunscrito a la producción lírica española e hispanoamericana contemporáneas. Leyendo el índice, una se pregunta si otro criterio de la selección no habrá sido que sólo tenga voz el sexo masculino, como si la figura del padre fuese monopolio de los hijos varones, un coto vedado a la injerencia de las mujeres. No en vano, frente a la torre de los 84 poetas varones que expresan su punto de vista sobre el tema del padre, nos encontramos con la banqueta de las –escasas– 6 autoras femeninas. Como resultado, el discurso familiar, la representación del progenitor, queda en manos de los de siempre: los hombres. Y el modelo que dibujan entre otros se justa a los roles patriarcales y a los esterotipos tradicionales. Estos hijos nos hablan de padres “de alma fuerte, sobria y senequista” (Duque-Amusco), de carácter seguro, orgulloso, seco, severo y a menudo violento; no faltan las escenas de caza, de pesca, en bares y burdeles. Por supuesto, han sido educados para la incomunicaión afectiva, para la represión de sentimientos, y esa distancia, a veces, está simbolizada por el despacho o el estudio donde acometen empresas de mayor calado que el disfrute de sus hijos. Me pregunto qué imagen habría exportado de sus padres la mitad ignorada. Porque, obviamente, no todos los varones del siglo pasado, nuestros padres y abuelos, fueron cortados con la medida del tópico. ¿Habrían hablado las hijas de esos otros modelos alternativos a la ideología dominante?
Vamos a poner un ejemplo paradigmático. Paca Aguirre, en su poemario Los trescientos escalones (1976), nos evoca el apego de un padre hacia su hija –del estrecho vínculo amoroso que comparten– en una escena donde él, pincel en mano, esboza el retrato de la pequeña en un hotel de París, ya en el exilio. La mujer que dialogada con su padre treinta años después del episodio descrito, aún mantiene viva la calidez del trato, la complicidad que los unió en la lejana infancia:

Papá me dice que levante la cara un poco más,
dos o tres pinceladas y termina el retrato […]

Papá, perdimos tantas cosas […]
Y para eso pasaste días enteros
pintando una escalera interminable,
una hermosa escalera rodeada de árboles y árboles,
llena de luz y amor,
una escalera para mí,
una escalera para que pudiese subir,
vivir

Este otro modelo de padre –cercano, accesible, cariñoso–, además, pretende la autonomía de su hija, la quiere libre, autónoma.

Pongamos un segundo ejemplo: Miriam Reyes abre Espejo negro (2001) con un durísimo poema dedicado a un padre hundido, desorientado, vulnerable, que sueña con su tierra y con la juventud perdida:

Luego despierta en un piso alquilado a la ciudad de los huracanes de la miseria
y blasfema y maldice y no tiene amigos.

Escondido en la noche
papá llora por las certezas que lo defraudaron.  


¿Cuántas otras poetas habrán elaborado, en las últimas décadas, un arquetipo distinto al patriarcal? ¿Cuántas lo habrán criticado?
No obstante los reparos mencionados, Tu sangre en mis venas recoge algunos poemas verdaderamente bellos, conmovedores, que se ofrecen a modo de elegía funeral, o de homenaje al padre que aún pervive. Algunos recogen motivos manriqueños: la estimación del plazo de la vida, la reflexión sobre la inexorabilidad de la muerte, o el elogio del fallecido. Otros desarrollan motivos tradicionales de la elegía fúnebre renacentista y barroca. Lo hay que guardan relación con Garcilaso: la idea de que la muerte no daña a quien muere sino a aquellos que le sobreviven, el anhelo de la propia extinción, o el contraste entre las “memorias llenas de alegría” y el dolor actual (precioso La tierra se ha quedado negra y sola, del poeta argentino César Fernández Moreno).
Destaco Algo sobre la muerte del Mayor Sabines (de Jaime Sabines) e In Memoriam J.B. (de Paco Brines), por el tono grave y sentencioso; Coral roto (de Vincent Andrés Estellés), De re rústica (de Aquilino Duque), Noche de los furtivos (de Andrés Trapiello) y Escribir es sembrar (de Pedro Sevilla), por la belleza de sus imágenes y el trabajo con el léxico; Frente a la estatua del poeta Leopoldo Panero (de Juan Luis Panero), por la ironía y la crítica que condena los excesos de un padre violento, alcohólico y promiscuo; Habla a su padre (de Miguel d´Ors) y Don Manuel (de Fernando Ortiz) por el sincero testimonio de quienes evocan las frustraciones y desencuentros vividos en casa; Padre (de José Carlos Llop), por la búsqueda –abocada al fracaso– de un vínculo en la muerte que fue imposble en vida; Oración por mis padres (de Jesús Aguado), por el himno que celebra el milagro de la existencia; Sueño con mi padre (de Amalia Bautista), por el delicado e ingenioso texto dedicado un fantasma; y sobre todo: Care Pater (de Mario Míguez), excelente poema dedicado a un padre enfermo, necesitado de cuidados que asume su hijo, toda una lección moral sobre el sentido de la vida y de la poesía:

…Hay que entregarse.
No es sólo escribir versos ser poeta […]
Que no basta tener conocimiento,
saber qué es la bondad o la nobleza,
que hay que intentar vivirlas, encarnarlas.

Detrás suena, claro, la Epístola moral a Fabio, del capitán Andrés Fernández de Andrada: “Iguala con la vida el pensamiento”.

Ojalá la antología vea en el futuro una segunda edición, y que García-Máiquez equilibre la presencia de mujeres y hombres en sus páginas. Son muchas las voces fememinas que han quedado fuera, y son cada vez más los autores varones que se están replanteando su masculinidad. Quizás sea este un buen momento para una compilación dedicada al padre no se quede en la mera recolección de textos, sino que sirva de reflexión a la sociedad sobre la confrontación de modelos, y sobre la progresiva evolución de un concepto que necesitamos –pensemos en la violencia machista– moderno y democrático.    


Esta reseña ha sido publicada por la revista Oculta Lit. Original, aquí.



domingo, 25 de febrero de 2018

Ha muerto mi padre, Costafreda





Os dejo aquí uno de los poemas más emocionantes que se hayan escrito en nuestra lengua al fallecimiento de un padre. Lo firma Alfonso Costafreda. Pertenece al libro Nuestra elegía (1951). El poema sirve de pretexto a su autor no sólo para evocar la nostalgia por la ausencia, sino para motrar la propia angustia que le suscita la muerte y la conciencia -nihilista- de la futura nada.

 


Ha muerto mi padre.
Se repite su ausencia cada día
en el hogar vacío.
Yo pregunto,
y además de la ausencia y además
de perder los caminos de esta tierra,
¿qué es la muerte?

Yo te pregunto, padre, ¿qué es la muerte?
¿Has hallado la paz que merecías?
¿Encontraste cobijo en nueva casa
o vas errante, y sufres bajo el frío
del invierno más grande, del total
desamor?

Yo te pregunto, padre, si son algo
los muertos, o si la muerte es sólo
una inmensa palabra que comprende
todo lo que no existe.


martes, 20 de febrero de 2018

Ishiguro: discurso de recogida del Nobel

Amigos:

Os dejo en este link el estupendo discurso que Kazuo Ishiguro leyó en la entrega del Premio Nobel de Literatura, el pasado 7 de diciembre. En mi reseña de El gigante enterrado (aquí), publicada en febrero de 2017, reclamaba el prestigioso galardón para él, autor al que admiro desde hace una década. Es uno de los grandes. Y, sin duda, el novelista con el que más conecto. En la conferencia ofrece claves para comprender tanto comienzos como su ulterior evolución narrativa. Disfrutadla.

https://www.elperiodico.com/es/ocio-y-cultura/20171207/lectura-nobel-literatura-texto-integro-kazuo-ishiguro-6480711


lunes, 12 de febrero de 2018

Equilibrio

 
Equilibrio, Enric López Tuset. Polibea. 2017. 80 páginas.


Hace unos días comentaba que el futuro de la poesía pasa por denunciar los estragos del mundo en que vivimos, por retomar valores humanistas y por insuflar energía a los lectores. Buen ejemplo de las obras críticas con nuestro actual modelo económico e indagadoras de sus consecuencias en la ciudadanía, es el poemario Liberalismo político, de Francisco José Chamorro (Hiperión, 2017). Su jovencísimo autor describe la parálisis volutiva que sufren las mujeres y los hombres sometidos al bombardeo de la publicidad, la ilusión de libertad que nos ofrece la tecnología, el control que el sistema ejerce sobre nosotros a través de la red, la frustración constante de varias generaciones provistas de objetos de consumo, pero carentes de una espiritualidad, de un fondo afectivo cimentado sobre firmes valores (morales, estéticos) que las hagan felices. Chamorro evoca el hedonismo de nuestra sociedad y la ausencia de un conocimiento interior recurriendo a un estilo coloquial, directo y denotativo donde abundan las enumeraciones junto a los paralelismos. Frente al vacío de un personaje de vida anodina, de un consumidor nato, de un hombre volcado hacia fuera, de vida terrenal, el poeta Enric López Tuset levanta en su segundo poemario, Equilibrio (Polibea, 2017) la conciencia de un sujeto recogido en sí mismo, de honda vida espiritual. 

El poeta catalán (1987) nos hace partícipes en sus versos de un camino místico. El itinerario no admite etapas, de modo que el libro puede interpretarse como un largo poema de descenso a la interioridad. Asistimos a la celebración de un rito, a un proceso de puficación, de modo que el lenguaje se vuelve visionario, y el estilo solemne. La cadencia recuerda al ritmo de los salmos.

Ya desde el comienzo, el sujeto que habla se presenta en un entorno acuático “próximo a una desaparición con el alma aniquilada” y la “carne vacía de las resonancias del amor” (p. 17). Este aniquilamiento, al que sigue una “quietud” (p. 18), una “inmovilidad” de los “sonidos del alma” (p. 37), tiene resonancias dejadas y alumbradas. El sujeto muere a su vida sensorial, y recogido, alcanza “la plenitud”: “la inmensidad, dentro […] abro la ventana / y solo veo existencia. Delicia de mí mismo […] Nunca la noche había dejado tan obstinada armonía” (p. 18). Nos movemos en un mundo de símbolos cristianos (el agua –bautismal–, la noche –de los sentidos–) que emparenta la obra con las de Francisco de Osuna, San Juan de la Cruz o Diego de Estella. Quien enuncia ha nacido a una segunda vida trascendente (se ha convertido en un hombre nuevo); ha encontrado el “navío Absoluto”, dejando su “entendimiento descansado” (olvidado de sí) absorto en su “dicha callada” (esta paradoja recuerda a la “música callada” del Cántico espiritual, donde el santo se refiere a la armonía del universo, al equilibrio que logra el ser humano cuando se ha unido a Dios). De hecho, Estella recuerda que aquellos enajenados totalmente se traspasan en la divinidad. Y López Tuset describe que, en la “dulzura de no ser” (p. 33), alcanzado el Absoluto, “la alegría traspasa los dedos” (p. 37). Ahora bien, esa belleza que abrasa el pecho, esa dulzura del alma, el fulgor de quien ha descendido los peldaños nocturnos para sentir el gozo (guiño, en esta ocasión, a la Noche oscura, p. 43), no son eternos. La experiencia de unión (e incluso la salvación) tiene un ejército enemigo: el dolor, la angustia, los deseos. Para recuperar la armonía, el sujeto asume un compromiso: “iré venciéndome a solas con mi alma” (p. 29). Se trata de un reto nada desdeñable. Erasmo, en el Enchiridion, reconocía la dificultad que entraña todo intento de enmienda: “No hay mayor dificultad que vencerse el hombre a sí mismo”. 

Equilibrio supone un emocionado itinerario hacia el conocimiento de uno mismo, y hacia el encuentro con el Todo (“Nos quedamos en el latido dulcísimo de Dios” p. 72). De manera que en ese corazón colmado, traspasado por la alegría, late con fuerza el amor. Así, dice el sujeto que enuncia: “Amaré hasta donde me sea posible” (de Eleison). Pero ese propósito no se circunscribe tan sólo a su entorno cercano (la esposa, el hijo, la madre, el padre o los abuelos) sino que se derrama en los demás: “Ahora somos la luz de un lugar sin retorno, prestada al amor de los otros”. (No en vano, este poema se titula Kyrie, y forma un díptico con Eleison. Juntos evocan un rito colectivo que se remonta a la antigua liturgia sirio-bizantina, de invocación y súplica de piedad.)

Libro de resonancias místicas (antiguas y modernas, recordemos a Unamuno: “Mas hay un Dios que dentro tuyo habita” y a Juan Ramón: “Lo divino está dentro”), así como de ecos alumbrados, encontramos también en sus páginas un amplio repertorio de símbolos bíblicos que dotan a la obra de una gran potencia evocadora: huerto, manzano, agua, desierto, olivo.

En un momento histórico de confusión, de tránsito y pérdida de sentido –como el que padecemos– se agradece un poemario que nos eleve por encima del consumo, que nos descienda –por medio de la introspección– a la íntima revelación de nuestro yo divino, que nos recuerde la importancia del amor (en cuanto a virtud teologal: fraterno, universal, caritativo), y que nos convoque a un proyecto común: “dejemos que la claridad se complazca / y que el corazón lata en el costado del misterio” (p. 20).

Todo un descubrimiento Enric López Tuset, y su brillante Equilibrio.

Preciosa la edición, por otra parte, de Polibea, con su magnífica ilustración de cubierta. Quién estuviera en la del barco.


Esta reseña ha sido publicada por la revista OcultaLit
    

jueves, 8 de febrero de 2018

Liberalismo político

Liberalismo político, de Francisco José Chamorro. Hiperión. XX Premio de Poesía Joven “Antonio Carvajal”. 2017. 76 páginas.
  

¿Qué poesía debemos crear en esta época de cambios, de transformación? Me he hecho esta pregunta muchísimas veces, y creo que no existe una sola respuesta. En anteriores periodos de crisis (económicas, políticas, sociales y de valores), los poetas que nos han precedido han optado por distintas soluciones: fustigar a los conciudadanos que no casaban con el código moral vigente (pensemos en el Rimado de Palacio, del canciller Pérez de Ayala –siglo XIV–; en el Laberinto de Fortuna, de Juan de Mena –siglo XV–; y en los poemas satítico-burlescos de Francisco de Quevedo –siglo XVII–). Otros, por su parte, denunciaron con sus versos los fallos del sistema, su perversión (recordemos las odas de fray Luis de León –siglo XVI–; “El filósofo en el campo”, de Juan Meléndez Valdés –siglo XVIII–; Follas novas, de Rosalía de Castro –siglo XIX–; o Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca –siglo XX–). Por otro lado, los hubo también que trataron de insuflar energía en sus compatriotas gracias al rigor estético (decía Juan Ramón: “Eso es el Modernismo: un gran movimiento de entusiasmo y libertad hacia la belleza”). En fin, Dámaso Alonso comentaba que cada periodo histórico tiene la poesía que se merece, de modo que muy probablemente ya estamos creando la lírica acorde con nuestro propio tiempo, si bien es cierto que carecemos de la distancia temporal necesaria para percatarnos. En mi modesta opinión, creo que los poetas de hoy debemos conjugar la crítica y el optimismo –siempre sobre la base de una exigencia técnica–, recuperando antiguos valores (epicúreos, estoicos) y fomentando la difusión de los nuevos (feminismo y ecología).

En su primer libro de poemas, Liberalismo político, Francisco José Chamorro se suma a la nómina de autores que han criticado la alienación de los seres humanos por culpa del progreso. El sujeto que enuncia se sirve del monológo dramático –de la conciencia escindida– para relatar su vacío, para clamar contra el hastío que le invade por la falta de un proyecto que dé sentido a sus días. El tema del ennui lo emparenta con los vates malditos; el abismo que separa la apariencia de una existencia colmada con la realidad de un mundo vacuo, lo acerca a los barrocos. Y es que en el libro abundan las alusiones a marcas comerciales, bajo cuyo atractivo envoltorio se vislumbra la soledad en que viven las mujeres y los hombres contemporáneos, quienes dotados de tecnología, productos y enseres carecen de una meta inividual o colectiva, más allá del consumo. Así, reconocemos en la voz que habla a un antihéroe, a una víctima de su propia pasividad para gozar la vida. El protagonista es un individuo depresivo, alcohólico; un negado a las relaciones interpersonales cara a cara, siempre protegido tras el muro del móvil o el portátil. Su hábitat lo constituyen las tiendas y comercios de su barrio, los bares donde bebe o pone copas, una universidad que le disgusta, la industria de porcino que le ha dado un contrato, una habitación alquilada en un modesto piso compartido, y lugares de tránsito (gasolineras, estaciones, aeropuertos). Este yo se incardina en el mundo terreno, vive en una sociedad dionisiaca, ebria de deseos suscitados por la publicidad, frustrada por su sed de posesión; en cambio, carece de una espiritualidad que le revele lo sagrado. Como los personajes de La tierra baldía, de T.S. Eliot, camina por el desierto de la aspiración constante, muerto a su condición metafísica. Se trata del modelo de individuo que, a juicio de Jorge Riechmann, domina en el mundo actual: neoliberal, conformista y narcisista (¿Vivir como buenos huérfanos?, Catarara, 2017).

Con un lenguaje claro, directo, y un estilo prosaico, Francisco José Chamorro firma un libro potente, incisivo e irónico, que cuestiona los valores democráticos, como la libertad, reducida a nuestra capacidad de elección de un producto de aseo en una estantería atestada de ofertas. Liberalismo político es un buen primer libro de poemas. Habida cuenta de que el autor apenas tiene veinticuatro años, cabe esperar de él grandes logros. 


Esta reseña ha sido publicada por la revista OcultaLit. 

viernes, 26 de enero de 2018

El engaño de los días


El engaño de los días, Dionisia García. TusQuets, Barcelona, 2006. 166 páginas. 14 euros.


Una primera parte de la obra de Dionisia García (Fuenteálamo, 1929) la integran los poemarios El vaho en los espejos (1976), Antífonas (1978), Mnemosine (1981), Voz perpetua (1982), Interludio (1987), Diario abierto (1989) y Las palabras lo saben (1993), recogidos en el volumen Tiempos de cantar. Poesía 1976-1993 (1995). La segunda la constituyen los libros Lugares de paso (1999), Aun a oscuras (2001), El engaño de los días (2006), Señales (2012) y La apuesta (2016). Estos títulos, sin embargo, no han sido suficientes para que la crítica le haga un hueco en el canon. Tampoco su magisterio en poetas tan valiosos como Andrés García Cerdán (Premio “Alegría”) o Constantino Molina (Premio “Adonáis”). Y no obstante, bien merece la atención de los lectores, y sus mejores horas de la noche o del día. Ahora que cobra fuerza una literatura reivindicativa del regreso de la especie humana a la naturaleza, del desapego de los bienes mundanos, o de la búsqueda de la felicidad en las cosas simples, la obra de Dionisia late con pulso rítmico y sonoro en la carótida de Apolo. Buen ejemplo de la buena salud de que goza su obra es el poemario El engaño de los días. Libro elegiaco (“y descubro que soy de otro tiempo la sombra”), encontramos en él la conciencia del fin (“El día que supimos que era cierta la muerte/nuestros cándidos ojos cambiaron de mirada. Vivimos desde entonces con la verdad más triste”) y la aceptación serena de la caducidad (“El sol sale y se oculta entre los árboles./Vuelve el cuco y su eco persistente./Todo será lo mismo en otros años./Quien lo presencia ahora ya es olvido”). El telón que caerá, precisamente, es el detonante del canto jubiloso del sujeto que enuncia (“y celebro el aún”). Junto a la sombra crece la claridad. Así, quien habla se deleita en los placeres cotidianos (“y me llevo a la boca, con sosiego,/el crujiente espesor de una manzana”), en la climatología (“El agua sobre el rostro resbalaba/con disfrute de alivio y sensación primera”) o en el “amor pausado”. Si el tiempo se convierte en enemigo que acecha, hay que combatirlo disfrutanto el instante y amando la vida en derredor (“Me acerco más al árbol;/abrazada a su tronco/aproximo los labios/a la corteza húmeda./Con asombro percibo/que el pino se estremece”). Tal y como decía San Pablo en su Epístola a los corintios, Dionisia nos recuerda que estamos de paso y que cuanto tenemos no deja de ser un préstamo que habrá que devolver. 
El estoicismo de estas páginas resulta afín al ideario erasmista que se inyectó en la intelectualidad española del Renacimiento, en nuestros grandes autores místicos y ascetas (“No poseía nada, sólo un poco de tiempo/ni siquiera seguro”). El poemario se cierra con breves alusiones a los desaparecidos en la Guerra Civil, y con un poema dedicado a los niños que vuelan sus cometas en el Kabul sitiado. Elegiaca e hímnica, Dionisia García enfrenta a Tánatos y a Eros, evocando, tal vez, el equilibrio.





viernes, 19 de enero de 2018

Dibujar una isla

Dibujar una isla, Verónica Aranda. Reino de Cordelia. 2017. 104 páginas. 9,95 euros. XX Premio de Poesía Ciudad de Salamanca.


Si en mi reseña de Café Hafa (2012) reclamaba más atención por parte de la crítica hacia la obra de la poeta madrileña Verónica Aranda, hoy festejo que en estos últimos años se haya convertido en una voz indiscutible de la poesía actual. Desde entonces, Verónica ha sumado dos nuevos títulos a su extensa bibliografía (Épica de raíles y Dibujar una isla), así como otros tantos premios a su palmarés (Internacional Miguel Hernández y Ciudad de Salamanca). Hoy en día, además, dirige la colección de poesía latinoamericana Y toda la noche se oyeron… que edita ediciones Polibea. A colación de esto último, destaquemos también sus recientes antologías de la joven poesía colombiana (Queda la palabra Yo) y ecuatoriana (En mitad de un equinocio), preparadas en colaboración con poetas de una orilla y otra del Atlántico (Ana Martín Puigpelat y Siomara España). No en vano, Verónica se ha convertido en una excelente embajadora de la lírica hispanoamericana en nuestro país.

Viajera infatigable, la poeta nos lleva con su nuevo poemario de viaje por las islas helenas. Primero, por el archipiélago oriental (sitas en el Egeo), y más tarde, por el occidental (esparcidas por el mar Jónico). Las islas del Egeo, sobrias y austeras, nos evocan una vida sencilla agraciada por la naturaleza. Aranda nos sugiere este paisaje apelando a los sentidos (“aroma a sandía caliente”, “este viento/que recibes descalza”, “playas de tamarindos”). Santorini o Mikonos (se echa de menos Creta) evocan el reposo y la placidez de quien se desentiende de problemas y ni busca conflictos ni los provoca: “Acaso la existencia/es esta forma lenta/de bajar los peldaños/y divisar volcanes” (p. 15). En este marco, se evoca al mismo tiempo una relación amorosa que empieza a erosionarse, que, lo mismo que una hoja, nos muestra sus dos caras: luminosa y sombría (plena y distante). Las islas del Jónico se ofrecen como metáfora de la polaridad afectiva: “Toda isla es un enigma/cuando lava y espuma/se entrelazan” (p. 51). Así, erotismo y desamor se alternan en las páginas del libro. La tercera parte de la obra, “Dibujar una casa”, nos cambia de escenario. Nos habla de las dificultades, ahora, de sostener un hogar, de las contradicciones que una encuentra al comenzar una nueva –y secreta– aventura. Si la lectura es cobijo frente a la adversidad, y el sexo una manera de resguardo, pronto la soledad condena a la intemperie a la mujer que enuncia (“caen escombros/y se derrama harina de amaranto” p. 87). La prudencia y la espera, valores estoicos asociados al paisaje descrito –oriundos de Grecia–, serán los talismanes a los que se aferre en busca de equilibrio, de una paz que no alcanza. De nuevo resuena en nuestros oídos la dualidad amorosa anterior, lava y espuma chocan, contienden como hicieran durante el petrarquismo el fuego y la nieve. Verónica Aranda deja traslucir en este libro emociones inéditas: el miedo, la angustia, el desprecio o la impotencia (“Te esquivaba/e iba sumando lirios y aislamiento/en mi incapacidad/de ponerle palabras al desgaste” p. 89). 
Ha crecido como poeta. A la excelente capacidad evocadora de sus libros previos, a esa inteligente mirada que dirigía simpre hacia mundo exterior, vemos que añade ahora la hondura de su propia conciencia, que nos revela sus emociones afectivas, logrando conmovernos. Quizás sea Dibujar una isla su poemario más íntimo. Ya veremos si estrena con él un nuevo rumbo a donde encaminar sus futuros versos.
 
 
Esta reseña ha sido publicada por la revista OcultaLit. Original, aquí.
 
El poemario se presenta mañana en la librería Enclave (Madrid), a las 12:30.
 
 

jueves, 11 de enero de 2018

Cenizas en los labios



El pasado domingo, 7 de enero, se cumplió un año del fallecimiento de la poeta Angelina Gatell (1926-2017), perteneciente a la Generación del 50.

Podéis leer la reseña que preparé de su poemario Cenizas en los labios (Bartleby, 2011) en la revista Oculta Lit. Acceso: aquí.


Saludos.



lunes, 8 de enero de 2018

Orquesta revolucionaria



Un año ya sin Nacho. Al que recuerdo siempre. Al poeta. Pero sobre todo, al amigo.

 
Dejo aquí un fragmento de un correo que le escribí en noviembre de 2015, a propósito del libro en el que estaba trabajando entonces (Expansión. Retroceso, cuyo título sustituyó en mayo de 2016 por La orquesta revolucionaria), cuya publicación póstuma, en Espasa, parece que tendrá lugar mañana:
“Tu poemario sigue la deliciosa senda de Anatomía de un sueño. Has logrado dotarte de una voz delicada y poderosa a partes iguales, capaz de la alegría y de la nostalgia. Sus imágenes son yemas potentes, sus metáforas son pétalos que nos incendian la imaginación. Aquí descansa una poética original que no tiene parangón entre los demás autores, una voz personal que te diferencia e individualiza. Personalmente, siento devoción por los poemas “¿Hasta dónde volarán nuestros pájaros?”, “La sombra del cuervo”, “La nutria de los días” y “Duermevela”. Cuida y protege esta voz, querido Nacho. Que la prisa por publicar o la presión de las modas no te la arrebate. Nada más difícil que la coherencia con nuestra visión del mundo, que la fidelidad a nuestra propia esencia, y sin embargo, tú defiendes tu poética con la única arma posible: la de la calidad. Tu mirada dulce, tu compenetración con la naturaleza, tu solidaridad con los que sufren, son pasaportes hacia la permanencia. Gracias por compartir conmigo ese camino”.


No dejen de leer el poemario.


jueves, 4 de enero de 2018

Poemas de Línea de flotación




Feliz año.

Para celebrar el comienzo de este 2018 os dejo por aquí algunos poemas de mi séptimo poemario, Linea de flotación, publicado hace unos meses en Puerto Rico por Ediciones Aguadulce.

 
Suntory. Blue Rose
  

Rosa liofilizada:
de pétalos nocturnos maremoto,
remolino de sangre cerúlea,
bandera boreal, constelación süave

diseño de ingeniero,
pirotecnia genética,
hija de un software
que cruza cromosomas

eterna
como nunca
lo seremos nosotros.




Olimpo

  
Me gustaría que mis versos fueran
protectores de viajeros/orfebres/herreros
garantes de la seguridad de los caminos
antorchas para la juventud

que os ayudasen a mantener el mundo
sobre vuestras espaldas

pero vosotros
ya no creéis en mitos

¿Cómo devolveros la fe?




La llave

  
Siento en la mano
el tacto de la llave.
Giro la muñeca.
Empujo con el pie
la puerta de metal.

Sé que algún día
no haré estás cosas.

Por eso es que celebro
el milagro de la vida.




Parque Loranca

  
No es más real la nada

que los trenes que oigo,
la noche que me envuelve,
la brisa de las ocho,

que mi cuerpo consciente de que existe,

que este amor absoluto por las cosas,
mi mujer y mis hijos.