viernes, 14 de diciembre de 2018

Recuerdos de la presentación de Ciudad sumergida



Pues en una librería preciosa, y escoltada por dos presentadores a los que quiero y admiro (mi editor, Jesús Munárriz; y el poeta Francisco José Martínez Morán), dimos a conocer anoche mi nuevo poemario, Ciudad sumergida. Gracias por acompañarme y por seguir tejiendo conmigo una red de amistad a la que cada día voy sumando nuevas y resistentes cuerdas.







lunes, 10 de diciembre de 2018

En "Versos al paso"



El colectivo Boa Mistura ha seleccionado un verso de un poema mío, de La Guerra de Invierno (Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández, Hiperión, 2013), para su proyecto Versos al paso. El texto dice: "Disfruto el sueño que he tenido el valor de imaginar", y se encuentra en un paso de peatones del barrio de Aluche, muy próximo al IES Mariano José de Larra, donde impartí clases el curso 2015-2016. No se me ocurre un enclave mejor.

Os dejo por aquí su localización exacta en un mapa: 

https://versosalpaso.madrid.es/?post_type=versos_tipo&s=Ariadna+G.+Garc%C3%ADa

Se encuentra en la calle Duquesa de Parcent esquina con Cullera.



¡Nos leemos en las calles!


domingo, 9 de diciembre de 2018

Presentación de mi libro Ciudad sumergida




Amigos:

El próximo jueves 13 de diciembre, a las 19:30, presento en la librería La Sombra (calle San Pedro, 20. Atocha) mi nuevo poemario: Ciudad sumergida (Hiperión, 2018). Me acompañarán mi editor, Jesús Munárriz, y el poeta y crítico literario Francisco José Martínez Morán.

Os esperamos.

martes, 4 de diciembre de 2018

Lenguas de marabú. Poesía cubana del siglo XXI

Lenguas de marabú. Poesía cubana del siglo XXI. Edición de Verónica Aranda. Polibea. Madrid. 265 páginas. 2018. 10 euros.


La poesía cubana está de moda en nuestro país. Si en 2015 salía de la imprenta de Hypermedia Ediciones la antología The cuban team. Los once poetas cubanos, preparada por uno de ellos: Óscar Cruz; este año ha visto la luz en Madrid el libro Lenguas de marabú. Poesía cubana del siglo XXI, realizada por la poeta española Verónica Aranda, auténtico puente cultural entre ambas orillas del Atlántico. Ambas compilaciones se complementan. La primera recoge autores nacidos a partir de 1950, desde Soleida Ríos hasta Legna Rodríguez (que acaba de publicar en Alfaguara la novela Mi novia preferida fue un bulldog francés). En el prólogo, Cruz se refiere a su once titular como “una coalición contra la abulia y el gran aburrimiento, contra las formas precocidas de representación”. La segunda se centra en los autores más jóvenes, aquellos que comenzaron a publicar con el nuevo milenio. Coinciden, pues, tan sólo en dos poetas: Jamila Medina Ríos (quien ha publicado recientemente en la capital su poemario Anémona –Polibea, 2016–) y la ya mencionada Legna Rodríguez. Aranda, por su parte, nos describe a sus veinticuatro seleccionados como un grupo de “cierta dureza”, independiente y heterodoxo. Unos y otros se caracterizan por unos rasgos comunes: experimentación formal (gusto por la fragmentación, la prosa poética, el versículo, la acumulación neobarroca de imágenes) y apertura temática (erotismo, feminismo, metalenguaje, culturalismo). Lenguas de marabú traza “una pequeña cartografía que da cuenta de la amplitud y variedad de propuestas estéticas” vigentes tanto en la isla como en la diáspora. Sobresalen los versos de Luis Yuseff, en diálogo con la tradición poética de la vieja Europa (Celan, Hölderlin, Ovidio); la desazón de Leymen Pérez: “Cuba, soleada cáscara./ En una semilla rompiéndose/ por dentro, vivimos”, “Todos los silencios caben en una piedra”; la reflexión metaliteraria de Michel Trujillo: “La familiaridad está a dos pasos del olvido/ cuando cesa el lenguaje para tratar las cosas”; el recuerdo nostálgico de un emigrante, Yosie Crespo: “yo sólo he sido culpable de perderme en el tiempo/ cuando me adentro en tus calles que recorro/ desde la memoria/ para que así no desaparezcas”; la fuerza viva de un poeta tremendo, Idiel García: “tengo que ser más fuerte/ que los lejanos héroes griegos/ para no correr a la embajada […] porque más importante que la huida/ es encontrarnos las luces interiores/ para poder estar en paz con uno mismo” (todos sus poemas antologados son magníficos); el torrente imaginativo de una autora imprescindible: Jamila Medina; 
Jamila Medina
el costumbrismo crítico de Anisley Miraz: “Yo sólo he intentado con esfuerzo/ el acto de andar sobre las piedras,/ inventándome plazas sin inspectores ni tur-guías,/ ni forasteros buscando culos jóvenes y negros”, su reivindicación feminista en el espléndido Cuando me contemplo en los espejos…; el vitalismo de Margarita Blanco; la perfección técnica de Legna Rodríguez, de sonetos sarcásticos; o la elegía moral de Sergio García Zamora (reciente ganador del Premio Internacional Gabriel Celaya, con Diario del buen recluso). Todos ellos escriben una obra alejada del “rastro de jalea”, de los “cristales de azúcar”,  de las “cisternas llenas de jarabe” y de los “poemas empalagosos” que critica en la lírica última mundial el poeta rumano Matei Visniec (En la mesa con Marx, La Garúa, 2017). Este elenco de autores cubanos comparte el ideario de León Felipe, y como él bien podrían decir: “Yo no he venido aquí a hacer dormir a nadie”. En un contexto de cambio socio-político en la isla caribeña, y de reivindicaciones globales (visibilización LGTBI, empoderamiento de las mujeres…), estos jóvenes vates avivan la llamarada que el zamorano encendió en 1942 con Ganarás la luz: “La poesía de esta hora no ha de ser música, ni medida, sino fuego”. Así pues, que arda.   


Esta reseña ha sido publicada por la revista Oculta Lit.

 

sábado, 1 de diciembre de 2018

Poemas de Ciudad sumergida




 
                  I



Sois la vida que empieza, un mundo en expansión.
Acogéis en un cuerpo diminuto, creciente,
el amor desbordado de unas madres arqueras
que sueñan con vosotros donde quieran que estén:
bajo la pirotecnia de auroras boreales,
en la selva tomada por monos y mosquitos,
sobre guijarros negros de una playa remota,
entre puestos de frutas en medio de la calle.
Por eso es necesario que os agarréis al vientre
de esa madre que os canta cada día en la ducha.
Es su fuerte latido el que escucháis ahora
en la noche templada que os arropa y envuelve.
Escuchad ese arrullo de manantial caliente.
Os habla un corazón que no conoce el miedo,
que exilia a la pereza, que bombea bondad.
Yo os pienso a cada instante. Estáis conmigo, aquí.
Y de la misma forma, os acompaño siempre.
Lo sabréis con el tiempo. Cómo podré explicarlo:
cuando escuchéis un verso y sonriais a oscuras,
cuando os alumbre el pecho un diamante macizo.
Soy la imagen que un día veréis en un espejo.






               II




Ha llegado el otoño con su frío cambiante
y una alfombra de hojas despeina las aceras.
Caminamos del brazo por crujidos de ámbar
pero apenas miramos la desnudez del árbol,
las pulpas sobre el suelo o las pieles polares.
Nuestros ojos no enfocan la realidad del resto,
son arpones de luz que descienden al fondo
de las constelaciones para que no estéis solos,
para daros vigor en la vida que empieza.
Retumba en la galaxia donde flotáis dormidos
la canción muscular que os acuna en la noche.
Por su ritmo constante adquiriréis muy pronto
una nueva firmeza bajo el espacio líquido.
Nos alegra pensar que al fin habéis venido
al bosque de planetas que con pacientes dedos
colgamos en la cumbre de la ilusión más pura.
Abrid los ojos, ved: las vitrinas de estrellas
os alumbran el surco que conduce a nosotras.
Tras el último giro os aguardan dos madres
que no se cansan nunca de nombraros y hablaros;
que han encendido un fuego, con abundante leña,
que os mantenga calientes a este lado del mundo,
y que ahuyente a las bestias en las noches de invierno.


 
 
              III



Sé que os hablo y me oís. Necesito creerlo
en este abismo helado que nos acecha, insomne.
No lo puedo evitar. Late en mí la certeza
de que ya estáis viajando hacia el ser que seréis.
Vuestras células saben el camino que lleva
al destino cifrado que cumpliréis un día.
Una tarde de otoño quizás también sintáis
esta antorcha en el iris de extraña llama azul
que baja las compuertas de castillos dorados.







                IV


Os nombro con palabras pulidas y brillantes
forjadas en mis horas de espera en erupción,
porque no puedo veros; tengo que imaginaros
en la piscina amniótica donde nadáis felices
a muy poco de mí, de mi mano de fiebre.
¿Veis su sombra lunar sobre el polo del cielo:
ese horizonte en calma, ese límite dúctil
que ha de ser el primero que en la vida crucéis?
Os tengo que contar tantas cosas aún,
que me da miedo el alba. Que vuestra vida es vuestra,
que nadie va a vivirla por vosotros,
que os espera un futuro irrepetible
detrás de cada puerta.
Nosotras os pondremos en la ruta.
Pero escuchadme bien:
sólo al principio iremos de la mano,
para que cada día andéis más lejos
y así vayáis ganando en confianza.
Después observaremos desde un pliegue
vuestro avanzar seguro hacia el asombro.
Me gustaría tanto que supiérais
del poderoso imán con que prendéis mi luz.
El fulgor se derrama por mi pecho, a salvo
de la conspiración de los diluvios.



Ciudad sumergida, Hiperión, 2018.


Presentación el jueves 13 de diciembre de 2018, en la librería La Sombra (San Pedro, 20, Madrid). A las 19:30


sábado, 17 de noviembre de 2018

Nuevo poemario: Ciudad sumergida

Amigos:

Es para mí un placer comunicar que ediciones Hiperión acaba de publicar mi nuevo libro de poemas, Ciudad sumergida. Estuve trabajando en este libro cuatro años. Os dejo por aquí la información de contracubierta. En breve, la fecha de presentación y una extraordinaria entrevista que Nuria Azancot me ha realizado, a propósito de la obra, para El Cultural.

 
Ariadna G. García es poeta, novelista, antóloga, traductora y analista literaria. En su trayectoria lírica destacan títulos como Napalm (2001), Apátrida (2005. Escrito en la Residencia de Estudiantes, gracias a una beca), La Guerra de Invierno (2013), Helio (2014), Las noches de Ugglebo (2016) y Línea de flotación (2017. Publicado en Puerto Rico). Ha ganado los premios de poesía Hiperión, Arte Joven de la Comunidad de Madrid, Internacional Miguel Hernández y El Príncipe Preguntón. 

De su novela, Inercia, se ha dicho que fue “un extraordinario debut” (Devoradora de Libros).
      Profesora de secundaria desde hace una década, ha preparado ediciones de clásicos para Akal: Antología de la poesía española 1939-1975 y Poesía española de los Siglos de Oro. Además ha colaborado con SM en la elaboración de sus nuevos libros de texto de Lengua Castellana y Literatura (3º y 4º ESO).
      Ha traducido, junto a Ruth Guajardo, la lírica de Ray Bradbury: Vivo en lo invisible. Nuevos poemas escogidos (Salto de Página).
     Su labor crítica ha sido recogida en el volumen Cornucopia. Reseñas de literatura contemporánea (Polibea).


Ciudad sumergida nos habla de la muerte y de los modos de enfrentarla: la memoria, la genética y el cuidado de la biosfera para la preservación de nuestra especie (y de toda forma de vida en La Tierra). “Poemario de fuerza cósmica” (Javier Lostalé), la voz que enuncia se va expandiendo matemáticamente como la naturaleza: de la propia conciencia, acaba descentralizando el “yo” para empatizar con el resto de seres, trascendiendo el concepto de “comunidad humana”. Esta alteridad in crescendo viene manifestada -simbólicamente- por la sucesión de Fibonacci. De fondo resuenan los ecos de Walt Whitman, Juan Ramón Jiménez, Mary Oliver e Inger Christensen.


viernes, 16 de noviembre de 2018

Últimos poemas de amor. A la memoria de Paul Éluard

Breve reseña
 

Últimos poemas de amor. A la memoria de Paul Éluard (Madrid, Hiperión, 2018), de Elsa López (Fernando Poo, Guinea, 1947) es un poemario a dos voces, donde se alternan los puntos de vista de una mujer y un hombre sobre su deteriorada relación de pareja, sostenida a lo largo de los años. Esta doble perspectiva permite una mayor indagación en las causas del desgaste, enfrenta dos miradas y las hace converger en una idéntica melancolía. Las palabras de ambos evocan un pasado que no existe. La vida es ha tornado fraudulenta. El deseo de entonces se ha perdido. La alegría ha sido sacrificada en el altar de la costumbre. Escribía Cernuda: “No es el amor quien muere, somos nosotros mismos”. Elsa López desarrolla esta idea, entre otros, en este poema emocionante:



Ellos suben la cuesta
con el caminar incierto del herido.
Llevan la cruz sobre los hombros
y abierta la carne en oscuras hileras.

La corteza se desprende del tronco
y cae sobre la tierra.
Una forma desgarradora de secarse y morir.

Porque el árbol no sabe.
El árbol desconoce esa destrucción
que lo reduce a cenizas.

Lo mismo que tú sabes
que no hemos de volver a celebrarnos.

Una forma, como otra cualquiera,
de secarse y morir.


lunes, 12 de noviembre de 2018

Ideario narrativo de Chimamanda Ngozi Adichie

En la pasada Feria del Libro de Fráncfort la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi dio una coferencia de la que se hizo eco El País. Aquí recojo algunas declaraciones. Todo el texto lo tienen pinchando aquí

 
No se debe hablar porque uno esté seguro de que le van a apoyar, sino porque no puede permitirse el silencio.

A veces me llaman activista. Y a menudo siento que me tira la contrariedad, que mi espíritu se resiste, porque no es una palabra que yo utilizaría jamás para describirme. Quizá porque crecí en Nigeria y vi a los que yo considero activistas de verdad, personas que dan su vida por causas, gente que muestra el tipo de dedicación extraordinaria al que yo solo puedo aspirar.

Me veo a mí misma como escritora, como narradora, como artista. Escribir es lo que le da significado a mi vida. Es lo que más feliz me hace cuando va bien. Es lo que más me entristece cuando va mal.

Pero también soy una ciudadana. Mi responsabilidad como artista es mi arte. Mi responsabilidad como ciudadana es la verdad y la justicia.

Si puedo cambiar una mente, si puedo conseguir que una persona piense de manera crítica he ganado mucho, porque he contribuido a dar un pequeño paso en el largo camino hacia el progreso.

El arte puede iluminar la política. El arte puede humanizar la política. Pero a veces, eso no basta. A veces es necesario involucrarse en la política como política. Y esto no podría ser más urgente hoy en día.

El mundo está virando; está cambiando; se está oscureciendo. Ya no podemos jugar según las viejas reglas de la complacencia.

Este es el momento de la valentía, y para mí la valentía no es la ausencia de miedo. Es la determinación de actuar a pesar de tener miedo.

Es el momento de relatos más complejos: no basta saber cómo sufren los refugiados o de qué modo no encajan en una nueva sociedad; también debemos saber qué hiere su orgullo, a qué aspiran, y quién arma las guerras que los convirtieron en refugiados para empezar, de quién es la responsabilidad.

Es el momento de proclamar que la superioridad económica no significa superioridad moral.

Es el momento de la audacia en la narrativa, el momento de los nuevos narradores. Es importante tener una amplia diversidad de voces, no porque queramos ser políticamente correctos, sino porque queremos ser precisos. No podremos entender el mundo si seguimos fingiendo que una pequeña parte de él representa al mundo en su totalidad.

Es el momento de replantearnos cómo pensamos los relatos. La cuestión de los derechos humanos no hace referencia solo a las grandes historias de represión gubernamental. Trata también de relatos íntimos

Hoy en día, en todo el mundo, las mujeres están hablando alto, pero sus historias siguen sin oírse realmente.

Es hora de que dediquemos más que simple palabrería al hecho de que los relatos de mujeres son para todos, no solo para las mujeres. Sabemos por las investigaciones que las mujeres leen libros escritos por hombres y por mujeres, pero los hombres leen libros escritos por hombres. Es hora de que los hombres lean a las mujeres. Es hora de poner fin a esa pregunta de “qué quieren las mujeres”, porque ya es hora de que todos sepamos que las mujeres quieren simplemente ser miembros de pleno derecho de la familia humana.

Hoy en día existe un gran vacío en el espacio imaginativo de muchas personas en todo el mundo. Es imposible sentir empatía por las mujeres porque las historias de mujeres no se conocen verdaderamente; las historias de mujeres no se consideran universales.

Las mujeres siguen siendo invisibles. Las experiencias de las mujeres siguen siendo invisibles.

La literatura es mi religión. He aprendido de la literatura que todos tenemos defectos, que todos los humanos tenemos defectos. Pero también he aprendido que podemos ser bondadosos, que no necesitamos ser perfectos para poder hacer lo que es justo y correcto.

No traslado a menudo escenas de mi vida a la ficción, pero en una ocasión lo hice con una escena concreta en la que por primera vez empecé a entender lo que significaba ser negra.

Una editora me dijo que la escena era completamente increíble. La había falseado para poder decir algo relativo a la raza. Me dijo que eso nunca habría sucedido en la vida real.

Quise decirle que en realidad sucedió así.

Pero no lo hice, porque cuando enseño redacción creativa les digo a mis alumnos que “no pueden usar la vida real para justificar su ficción”. Si la ficción es increíble para el que la lee, el que la ha escrito ha fracasado en su arte, que es el de usar el lenguaje para alcanzar la suspensión de la incredulidad.

Se lo decía a mis alumnos porque yo solía creerlo. Pero estoy descubriendo que lo cuestiono cada vez más. Porque lo que creemos o lo que no creemos, lo que nos parece creíble y lo que nos parece increíble, es en sí un marco de nuestras propias experiencias.

¿A cuántas personas negras conocía esa editora? ¿Cuántas experiencias sinceras de personas negras había oído? ¿En qué se basaba para decidir qué creer y qué no creer?

Es hora de ampliar nuestros límites, de ampliar el marco, de saber que lo que ya existe puede ser en ocasiones demasiado limitado como para abarcar la compleja multiplicidad de las experiencias humanas.

Pienso que necesitamos más relatos abiertamente políticos, más relatos que miren al mundo a la cara.

¿Tiene importancia la literatura? ¿Es útil?

Podemos seguir hablando de literatura como un culto que no puede cuestionarse, o podríamos suavizar los límites de nuestras definiciones. ¿Qué significa ser útil? ¿Acaba la utilidad en lo concreto?

Los humanos no somos una colección de huesos y carne lógicos. Somos seres emocionales en igual medida que seres físicos. La utilidad debería estar vinculada a todas las partes que nos hacen humanos.

La literatura nos enseña. La literatura importa.

Leo para que me consuelen, leo para que me conmuevan, leo para que me recuerden la gracia, la belleza y el amor, pero también el dolor y la pena. Y todas estas cosas importan. Todas son lecciones útiles.

domingo, 4 de noviembre de 2018

La casa grande

La casa grande, Rosana Acquaroni. Bartleby, Madrid, 2018. 86 pp.


Un libro de poemas puede ser una ventana abierta de par en par al pasado, un haz de luz adentrándose quebradizo por nuestra galería interior, una acumulación de claridad que denuncia las sombras de la Historia. Y un poeta, a su vez, puede ser un pétalo resistente a las nevadas, frágil y terco; o una nube delicada que oculta una tormenta. Rosana Acquaroni y su último poemario encajan en ambos perfiles como dos velas obstinadas en su candelabro.  

La casa grande desvela un secreto familar. Comienza in medias res y nos relata una historia. Abre un tajo en la fruta madura de una casa para mostrarnos el jugo que guardaba dentro, ácido, agrio. El libro irá alternando, de principio a fin, poemas líricos y narrativos con los que evocar emociones y recuperar el tiempo que quedó sin florecer. Supone un homenaje póstumo a la madre perdida, un recuerdo nostálgico de la infancia abolida y un testimonio crítico del franquismo y la Iglesia.

La obra se divide en cuatro partes. La primera describe el ambiente opulento en que se crió la voz que enuncia: burgués, acomodado. En esa casa grande a ojos de una niña no faltan las “mantelerías de hilo”, “cajitas de nácar”, “las toallas de rizo americano” ni “las colchas de encaje”. No obstante, pese al refinamiento del entorno, las personas que habitan ese espacio soportan sobre sus hombros una tragedia íntima, arrastran un saco de tristezas y culpas que abre un pozo a sus pies. La madre es la querida de un hombre misterioso y adinerado. Comparte con su hija esa confidencia. Pero la doble vida, de horizonte borroso, tiene consecuencias nefastas: “el tálamo escindido”, “la gélida ignorancia de dos cuerpos / que no se resucitan” o “el silencio / enfriando la casa”. Sobresale el poema de la huída, tierno y descorazonador: padre e hija abandonan el hogar para instalarse en un hotel de paso:

“Recuerdo su penumbra,
                        la moqueta gastada,
la filigrana gris
de una luna creciente
sobre el papel pintado.

Las dos camitas juntas.

La orfandad para siempre de mi padre.
Su muda dobladita
                        dentro de la maleta.”


¿Qué puede hacer una niña cuando cuando una fuerza superior la desgaja de su mundo? ¿Qué crédito puede tener la realidad a partir de ese instante para ella? ¿Cómo se crece sin el amor de una madre? ¿Cómo se sale indemne de una “pubertad entristecida”?

La segunda parte del libro es un flash back. Acquaroni nos describe a una madre joven, “menuda”, “deslumbrante” y cosmopolita. Sugiere que ya por aquel entonces era la querida de un hombre, no sabemos si casado. Este amor prohibido, sin embargo, no la hacía feliz. Su vida era una espera. Su cuerpo, una pausa. La presión social, además, la ampujaba por la pendiente del matrimonio forzado (“estas hecha de nadie/ y no sirves de nada sin un hombre”), como a tantas otras mujeres educadas en la obediencia y en la anulación personal.

La tercera parte de La casa grande se centra en la denuncia de los centros psiquiátricos de los años 60. Allí se recluía a las mujeres, se las sedaba, se les retiraba su vida como quien monda el abrigo a un melocotón, se les espantaba los colores, las vaciaban de sueños. Eso al menos, en el mejor de los casos, porque en el peor alisaban su tiempo hacia la muerte:

“AQUEL INFIERNO SE LLAMABA ALONSO VEGA.
Lo dices en un cuento que escribiste después:
Me ataron con correas y apagaron la luz.

Destaca de este conjunto de poemas el del página 68: montaje cinematógrafico de dos escenas antitéticas que transcurren en paralelo: la tortura a la madre y el juego de la hija. Poema intenso, sobrecogedor, que –en mi modesta opinión– debe terminar en esa misma página. La información que se ofrece en la 69 –meramente personal– resta intensidad al texto, lo desinfla.

La cuarta parte es un epílogo que explicita la comprensión y la empatía hacia una madre desgraciada, que tuvo la mala fortuna de nacer en una época donde las mujeres no gozaban de independencia, donde las cruces dictaban los valores morales, donde la sociedad creaba mecanismos para ocultar a quienes desafiaban las convenciones de su tiempo, donde era preferible la destrucción de las personas a su realización plena.

Muy buen libro La casa grande: revelador, cuidado, hondo. Quien se haya cansado de la poesía precocinada e insípida tan de moda hoy, aquí encontrará un pastel de toronja artesanal, dulce y amargo, como la propia vida.



Esta reseña ha sido publicada por la revista Oculta Lit. AQUÍ.


sábado, 3 de noviembre de 2018

Pervivencia de la tradición helena en la literatura española actual


 
Giorgos Seferis (Premio Nobel de Literatura, 1963): “La humanidad de hoy necesita, más que nunca, de la poesía y del espíritu griego”.


Poesía:

En las aguas de octubre, Marta López Vilar:

Apátrida, Ariadna G. García:

Dibujar una isla, Verónica Aranda:

La ética del fragmento, Luis Artigue:


Ensayo:

Cuaderno griego, José María Bermejo:

Cualquier ensayo de Jorge Riechmann.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Cuadernos del Matemático


Ezequías Blanco, fundador y director de los Cuadernos del Matemático. Revista ilustrada de creación, anunció hace unas semanas su cierre definitivo. Nacida en el instituto “Matemático Puig Adam” de Getafe, en 1988, Cuadernos del Matemático ha sido una publicación de culto, independiente, un objeto de arte en sí mismo, en el que hemos colaborado distintas generaciones de poetas, narradores, fotógrafos y pintores. Yo he tenido la suerte de publicar varias veces con ellos. La primera, en 1994. Cursaba COU. Llevaba un año viviendo en Getafe, ciudad a la que regresaba tras una larga ausencia que se ha ido revelando, a la postre, absolutamente fundamental para ser quien soy. Tenía un par de poemarios inéditos. Andaba por entonces tanteando nuevas posibilidades expresivas, tras el impacto primero de los autores renacentistas. Leía con asombro a Blas de Otero, José Hierro, Miguel Hernández, Claudio Rodríguez, Vicente Aleixandre, Federico García Lorca o Luis Cernuda. A Claudio le conocí en Navalcarnero, gracias a mi profesor de literatura de 2º de BUP, el poeta Gonzalo Alonso Bartol; y a Hierro tuve la oportunidad de tratarlo en un par de ocasiones, en calidad de ganadora y accésit del certamen juvenil que lleva su nombre. Soñaba con editar un libro de poemas. Un segundo –e imprescindible– profesor de literatura, Francisco Muñoz Marquina, me animó en COU a enviar algún texto a los Cuadernos. La revista tenía por nido un instituto de enseñanza media, pero se había abierto a las colaboraciones venidas de toda España. Escribí una carta a su director acompañada de un soneto, y al poco Ezequías me escribía al instituto para comunicarme que me publicarían en el número de diciembre (el 13 que sacaban). En él aparece mi poema junto a los de Félix Grande, Miguel Veyrat, Juan Antonio Marín o Antonio Lucas, entre otros autores. Mi felicidad de entonces fue compartida tanto por Francisco Muñoz –uno de esos docentes visionarios que alumbran tu interior– como por Abelardo, mi ex profesor de latín y abnegado jefe de estudios que me cedió su despacho para copiar e imprimir el texto.

Aquí les dejo el soneto –que dejaría inédito en libro–, junto a la breve nota biográfica que pusieron al frente. Aquella primera publicación en una revista cultural de reconocido prestigio, me dio impulso para trabajar en los poemas que conformarían,  año y medio después, Construyéndome en ti.



ARIADNA GARCÍA

Ariadna García tiene 17 años y estudia COU en el I.B. Laguna de Joaztel de Getafe.

MÚSICA SUBACUÁTICA

Concierto de agua y sal abre tu boca.
Resbala en mis oídos, tú, concierto
de los mares. Desata a cielo abierto
la dulce melodía que te toca.

No dejes de soñar y desemboca
en mí. Ven, que te escuche. Ven, por cierto,
no detengas la magia de tu acierto
musical. Báñame como a una roca

entre la espuma, y rompe con tus olas
el silencio. Serena cada instante
con tu cuerpo de sal y con tus colas

de algas. Concierto, ven, no estés distante
en mar abierta. Ven, no estemos solas
mi sombra y yo.
                            Navega raudo, amante.


Sería, precisamente, en el número 19 de los Cuadernos del Matemático donde publicaría uno de los poemas de aquel primer libro, además de un inédito titulado Tapioca (hablamos de diciembre de 1997, entonces ya cursaba 3º de carrera).



Dedico este pequeño homenaje a Ezequías Blanco, por creer en mí en una edad –la adolescencia– en la que tan necesitados estamos de confianza y fe en nosotros. Gracias por abrirme la vereda que todavía recorro.




jueves, 1 de noviembre de 2018

Presentamos "(Tras)lúcidas"



Amigos, el próximo 8 de noviembre presentamos la antología (Tras)lúcidas. Poesía escrita por mujeres (1980-2015), preparada por Marta López Vilar para Bartleby en 2016. La cita será en la Casa de Cultura y Participación Ciudadana de Chamberí (Bravo Murillo, 39), a las 19:30. Recitaremos Rosana Acquaroni, Ada Salas, Vanesa Pérez Sauquillo, Carmen Garrido, Guadalupe Grande, Esther Muntañola y yo. Tenemos un lujo de presentador, el poeta Antonio Crespo Massieu.

¡Os esperamos!

 

martes, 30 de octubre de 2018

Aspiraciones de la clase media

Aspiraciones de la clase media, Brenda Ríos. Ediciones Liliputienses. 2018. 128 páginas. 10,40 euros.


Quién no recuerda el comienzo de Matrix. La oficina anodina, aséptica, donde trabaja Neo. El mundo de plástico, limpio y ordenado que parece perfecto. Un espacio ideal, urbano, silencioso, en el que malgastar la vida dentro de un límite. Una pecera de luz fría. Una urna de cerámica. Ángel González describió la existencia gris, enclaustrada por un marco laboral, en “Nota necrológica”. Brenda Ríos (Acapulco, México, 1975) convierte a la oficina en símbolo de un entorno artificial, deshumanizado, aburrido, al que, sin embargo, la gente aspira para sobrevivir:

“Fuera de esos espacios reducidísimos
tampoco hubo gran cosa
una humedad de ciudad anciana
pobreza sin romanticismos
una soledad demasiado demasiado
dócil” (p. 16)

Pero la vida urbana exige el pago de tributos: el exceso de velocidad, la ausencia de sueños, la monotonía, la automatización, el confinamiento en un piso minúsculo, el desconocimiento propio o el cansancio. Ríos critica duramente nuestro modelo social. A su vez, nos abre las bisagras del sentido crítico para que nos interroguemos sobre el significado actual de clase media, cuya base se encuentra diluida, mezclada con el ocre de las capas más bajas. ¿Qué es ser clase media? Brenda nos deja su definición en un portentoso endecasílabo “Llegar a fin de mes sin pasar hambre”.

No obstante, Ríos ofrece una alternativa a la ceguera que padecemos todos, siguiendo el consejo de Sancho: “Quien da la llaga, da la medicina” (Quijote, XIX, 2ª parte). Así, la voz que enuncia –convertida en corifeo generacional que nos interpela– renuncia a un empleo fijo que la asfixia, en pos de sus deseos de libertad. Convertida en salmón que remonta la corriente adversa, va recobrando espacios en los que renacer a una existencia plena, auto-consciente: “Seré yo sola mis ganas de vivir” (p. 35).

En la segunda parte del poemario, Casa, la voz vuelve a enturbiarse. Ahora pasa revista a la tropa de familiares, vecinos y allegados que suponen para ella la sombra de un mal sueño que aún respira: la madre agobiante (“No importa la hora en que llame/ siempre será inoportuna”), el hermano perdido (“Dejamos de vivir juntos./ No tengo la menor idea”), o ese vecino fantasmagórico que acompaña sus noches:

“Escucho su televisión y él escucha la mía.
Dormimos cabeza con cabeza, separados apenas por un muro blanco.
Su balcón da a mi balcón.
Nunca lo he visto. […]
Somos más amigos que otros
nos une un espacio en el mundo” (p. 105)

La falta de asideros emocionales le lleva a contruir metáforas desasosegantes sobre la familia (“musgo/ platina gelatinosa”), el amor (“playa/ sembrada con minas”), los descendientes ajenos (“hijos-Aullido”), e incluso sobre sí misma (“Yo era la casa sin muebles”).

Aspiraciones de la clase media, por tanto, nos habla de la intemperie sentimental en la que vive buena parte de la ciudadanía, ya sea por estar enclavada entre los resortes, espirales y muelles de un sistema laboral opresor, o por la desgracia de haber nacido en un ambiente decolorado. Escrito con un lenguaje coloquial, a veces irónico, y a menudo narrativo; supone un magnífico libro al que asomarse para ver el reflejo del fracaso global. 


Esta reseña ha sido publicada por la revista Oculta Lit. Aquí.

lunes, 22 de octubre de 2018

Diarios, Byron


Diarios, Lord Byron. Traducción, introducción y notas de Lorenzo Luengo. Galaxia Gütemberg. 284 pp. 2018. 22,50 euros.

Todos conocemos la imagen esterotipada de Lord Byron, el célebre poeta y dramaturgo inglés que escribió El corsario, Lara, Don Juan y perdió la vida en Grecia muy joven, a los treinte y nueve años, defendiendo la libertad del país heleno en su lucha por desgajarse del Imperio Turco. En nuestra mente se modela la figura de un dandy, de un hombre mujeriego, provocador y audaz, de un intrépido viajero dueño de un alma libre a la que ninguna convención social logró poner su brida. ¿Pero cómo el héroe era en su vida privada? En sus Diarios podemos encontrar algunas pistas del Byron alejado de las fiestas, introspectivo y gran observador de su contexto histórico. 

Tres son los diarios que recoge la edición de Lorenzo Luengo. El primero de ellos lo escribió entre 1813-1814. En esa época, Byron trabajaba en el El corsario al tiempo que su hermanastra, Augusta, esperaba una hija de él. Este manuscrito sorprende por la revelación de las zozobras e inseguridades que lo atravesaban. Por su visión romántica, desencantada del mundo: “A los veinticinco años…uno debería ser algo. ¿Y qué soy yo? Nada”. El poeta repele el matrimonio, se queja de su vida rutinaria, lamenta la insustancialidad de la literatura que lee (“Tengo la cabeza hasta arriba de la morralla más inútil”). Vierte en las páginas un afilado espíritu crítico contra los poetas contemporáneos: de verso “pulcro”, pero “carentes de inmortalidad”. Envuelto en su batín ante su escritorio, pasa revista a su generación sin morderse la lengua. Es más, sólo estima a los poetas que, antes de subir al Parnaso, fueron hombres comprometidos con su tiempo, trataron de arreglarlo con sus obras, o se empaparon de toda suerte de experiencias allí donde la historia demandaba héroes: Dante, Cervantes, Esquilo o Sófocles. A los poetas de sofá, acomodados en sus puestos de poder, desconectados de las necesidades del pueblo, que con gusto se exponen en vitrinas relampagueantes, los califica de “escribas”. Defiende antes la “acción” que la escritura: “¡Qué indigno y holgazán linaje es éste!”. Al contrario que a éstos, no le interesa la lucha desalmada por estar en el canon: “¿Qué importancia tiene quién está delante o detrás en una carrera donde no existe la meta?”. Como tampoco le inquieta la buena reputación de tanto poeta correcto y aburrido (“No seré yo quien envidie sus alturas”). No menos interesantes son las páginas que Byron dedica a cincelar, a golpe de sarcasmos, su propio autorretrato: glotón, airado, celoso, suicida, lector empedernido, destacado boxeador, amante de los animales, ególatra, hastiado, abúlico, coleccionista de sables y hombre solitario.

El segundo diario lo escribió en septiembre de 1816, durante su excursión a los Alpes suizos. En este breve cuaderno de viaje, el célebre poeta pinta un paisaje acorde con el gusto estético romántico: sublime, jupiteriano (Argullol dixit). Byron, alma anhelante de plenitud, se une al Todo al contemplar las cumbres, glaciares y lagos. En su cuaderno deja constancia del sello que esos lugares puros, gloriosos dejaron en la piel de su memoria: “Últimamente he repoblado mi mente de naturaleza”. A su regreso a Berna, sin embargo, despotricará de la industria: símbolo de la “insípida civilización”. 

El penúltimo diario está escrito en Rávena, entre enero y febrero de 1821. Un Byron depresivo ve en la acción militar la única salida a la frustración que lo tiene postrado. Es ahora cuando rememora su relación con Edward Noel Long, con quien pasó “los días más felices” de su vida; o cuando idea un plan educativo para su hija Allegra. No obstante, prosigue espolvoreando sobre el papel agudos comentarios contra aquellos poetas de gran dominio técnico cuyas obras “no contienen nada”, interesantes reflexiones metaliterarias: “¿Qué es la poesía? El sentimiento de un mundo pasado y futuro”; así como justifica su escasa producción por la incertidumbre política: “A la espera de que esto explote de una vez, no es fácil arrellanarse ante el escritorio con la mirada puesta en las más elevadas formas de composición”. Hombre involucrado, solidario, comprometido con la causa de la libertad, ya sabemos que abandonó la pluma por las armas, y que perdió la vida en Grecia. Hoy día, es muy común tanto en la península helena como en el archipiélago que los jóvenes se llamen Víronas, en su honor. El Diario de Cefalonia (1823-1824) recoge, precisamente, las últimas reflexiones que dejó por escrito antes de su muerte.

El volumen contiene, además, un ramillete de Pensamientos aislados, entre los que sobresalen sus divagaciones sobre la inmortalidad del alma, o sobre el poder de las voluntades positivas.  

Estos Diarios se cierran con una prolija colección de notas de Lorenzo Luengo, responsable de la traducción y el prólogo. En conjunto, se trata de un libro delicioso para los amantes de Byron y del Romanticismo.
  

Esta reseña ha sido publicada por la revista Oculta Lit. Aquí.

   

miércoles, 17 de octubre de 2018

Lecciones estéticas de Federico García Lorca




Con motivo del tercer centenario de la muerte de Góngora, Federico García Lorca dio una conferencia sobre el poeta cordobés en la Residencia de Estudiantes. El texto contiene vetas interesantísimas de la poética lorquiana, que iluminan esta entrada del blog:

 
¿Qué causas pudo tener Góngora para hacer su revolución lírica? ¿Causas? Una nativa necesidad de belleza nueva le lleva a un nuevo modelado del idioma. Era de Córdoba y sabía el latín como pocos. No hay que buscarlo en la historia, sino en su alma. Inventa por primera vez en el castellano un nuevo método para cazar y plasmar las metáforas, y piensa, sin decirlo, que la eternidad de un poema depende de la calidad y trabazón de sus imágenes.
       Después ha escrito Marcel Proust: "Sólo la metáfora puede dar una suerte de eternidad al estilo".
       La necesidad de una belleza nueva y el aburrimiento que le causaba la producción poética de su época desarrolló en él una aguda y casi insoportable sensibilidad crítica. Llegó casi a odiar la poesía.

       Ya no podía crear poemas que supieran al viejo gusto castellano; ya no gustaba la sencillez heroica del romance. Cuando para no trabajar miraba el espectáculo lírico contemporáneo, lo encontraba lleno de defectos, de imperfecciones, de sentimientos vulgares. Todo el polvo de Castilla le llenaba el alma y la sotana de racionero. Sentía que los poemas de los otros eran imperfectos, descuidados, como hechos al desgaire.
       Y cansado de castellanos y de "color local", leía su Virgilio con una fruición de hombre sediento de elegancia. Su sensibilidad le puso un microscopio en las pupilas. Vio el idioma castellano lleno de cojeras y de claros, y con su instinto estético fragante empezó a construir una nueva torre de gemas y piedras inventadas que irritó el orgullo de los castellanos en sus palacios de adobes. Se dio cuenta de la fugacidad del sentimiento humano y de lo débiles que son las expresiones espontáneas que sólo conmueven en algunos momentos. y quiso que la belleza de su obra radicara en la metáfora limpia de realidades que mueren, metáfora construida con espíritu escultórico y situada en un ambiente extra-atmosférico. […]

Pero lo interesante es que, tratando formas y objetos de pequeño tamaño, lo haga con el mismo amor y la misma grandeza poética. Para él, una manzana es tan intensa como el mar, y una abeja, tan sorprendente como un bosque. Se sitúa frente a la Naturaleza con ojos penetrantes y admira la idéntica belleza que tienen por igual todas las formas. Entra en lo que se puede llamar mundo de cada cosa, y allí proporciona su sentimiento a los sentimientos que le rodean. Por eso le da lo mismo una manzana que un mar, porque sabe que la manzana en su mundo es tan infinita como el mar en el suyo. La vida de una manzana desde que es tenue flor hasta que, dorada, cae del árbol a la hierba, es tan misteriosa y tan grande como el ritmo periódico de las mareas. Y un poeta debe saber esto. La grandeza de una poesía no depende de la magnitud del tema, ni de sus proporciones ni sentimientos. Se puede hacer un poema épico de la lucha que sostienen los leucocitos en el ramaje aprisionado de las venas, y se puede dar una inacabable impresión de infinito con la forma y olor de una rosa tan sólo. […]

Góngora tiene un mundo aparte, como todo gran poeta. Mundo de rasgos esenciales de las cosas y diferencias características.

El poeta que va a hacer un poema (lo sé por experiencia propia) tiene la sensación vaga de que va a una cacería nocturna en un bosque lejanísimo. Un miedo inexplicable rumorea en el corazón. Para serenarse, siempre es conveniente beber un vaso de agua fresca y hacer con la pluma negros rasgos sin sentido. Digo negros, porque... ahora voy a hacerles una revelación íntima.... yo no uso tinta de colores. Va el poeta a una cacería. Delicados aires enfrían el cristal de sus ojos. La luna, redonda como una cuerna de blando metal, suena en el silencio de las ramas últimas. Ciervos blancos aparecen en los claros de los troncos. La noche entera se recoge bajo una pantalla de rumor. Aguas profundas y quietas cabrillean entre los juncos... Hay que salir. Y éste es el momento peligroso para el poeta. El poeta debe llevar un plano de los sitios que va a recorrer y debe estar sereno frente a las mil bellezas y las mil fealdades disfrazadas de belleza que han de pasar ante sus ojos. Debe tapar sus oídos como Ulises frente a las sirenas, y debe lanzar sus flechas sobre las metáforas vivas, y no figuradas o falsas, que le van acompañando. Momento peligroso si el poeta se entrega, porque como lo haga, no podrá nunca levantar su obra. El poeta debe ir a su cacería limpio y sereno, hasta disfrazado. Se mantendrá firme contra los espejismos y acechará cautelosamente las carnes palpitantes y reales que armonicen con el plano del poema que lleva entrevisto. Hay a veces que dar grandes gritos en la soledad poética para ahuyentar los malos espíritus fáciles que quieren llevarnos a los halagos populares sin sentido estético y sin orden ni belleza. Nadie como Góngora preparado para esta cacería interior. No le asombran en su paisaje mental las imágenes coloreadas, ni las brillantes en demasía. El caza la que casi nadie ve, porque la encuentra sin relaciones, imagen blanca y rezagada, que anima sus momentos poemáticos insospechados. Su fantasía cuenta con sus cinco sentidos corporales. Sus cinco sentidos, como cinco esclavos sin color que le obedecen a ciegas y no lo engañan como a los demás mortales. Intuye con claridad que la naturaleza que salió de las manos de Dios no es la naturaleza que debe vivir en los poemas, y ordena sus paisajes analizando sus componentes. Podríamos decir que pasa a la naturaleza y sus matices por la disciplina del compás musical. […]

No creo que ningún gran artista trabaje en estado de fiebre. Aun los místicos, trabajan cuando ya la inefable paloma del Espíritu Santo abandona sus celdas y se va perdiendo por las nubes. Se vuelve de la inspiración como se vuelve de un país extranjero. El poema es la narración del viaje. La inspiración da la imagen, pero no el vestido. Y para vestirla hay que observar ecuánimemente y sin apasionamiento peligroso la calidad y sonoridad de la palabra. […]


Y no hay que olvidar que Góngora es un poeta esencialmente plástico, que siente la belleza del verso en sí mismo y tiene una percepción para el matiz expresivo y la calidad del verbo, hasta entonces desconocida en el castellano. El vestido de su poema no tiene tacha. […]

Y no busca la oscuridad. Hay que repetirlo. Huye de la expresión fácil, no por amor a lo culto, con ser un espíritu cultivadísimo: no por odio al vulgo espeso, con tenerlo en grando sumo, sino por una preocupación de andamiaje que haga la obra resistente al tiempo. Por una preocupación de eternidad. […]



Fuente: Federico García Lorca, Prosa, 2. Epistolario. Obras, VI. Edición de Miguel García-Posada. Akal. 1994. Páginas 1227-1252.

 

martes, 16 de octubre de 2018

DEP Arto Paasilinna

Ha muerto Arto Paasilinna, uno de los narradores contemporáneos más divertidos. Qué grandes ratos he pasado leyendo Delicioso suicidio en grupo (novelón desternillante, para mí, su obra cumbre), El molinero aullador, El mejor amigo del oso, El año de la liebre (ambos los leí en una cabaña en Luosto, Laponia, en unos de nuestros viajes a Finlandia) o La dulce envenenadora. En homenaje, recojo mi reseña de la cuarta novela que cité (publicada en Culturamas el 13 de febrero de 2012). Descanse en paz.





El año de la liebre. Arto Paasilinna. Trad. Juan Carlos Suñén y Ursula Ojanen. Editorial Anagrama. 190  páginas.


Llegan con retraso, pero al final acaban editándose en España. El aclamado escritor finlandés Arto Paasilinna ha publicado 36 novelas, a razón de una al año, desde 1972. En su nevado país se aguarda la aparición de sus libros como si se tratase de un espectáculo más de la naturaleza, que tan acostumbrados tiene a sus habitantes a la belleza enigmática de las auroras boreales y del mar congelado. Nosotros, lamentablemente, nos perdemos ese acontecimiento anual. Debemos conformarnos, por el momento, con apenas seis obras traducidas. A esto hay que añadir el gran desfase entre el año de publicación en su lengua de origen y en la nuestra: El molinero aullador (1981-2004), El bosque de los zorros (1983-2005), Delicioso suicidio en grupo (1990-2007), La dulce envenenadora (1988-2008), El mejor amigo del oso (1995-2009) y El año de la liebre (1974-2011). No obstante, todo se disculpa, pues las novelas de Arto Paasilinna –delirantes, cínicas, divertidas, rebeldes– nos llevan a un ritmo de vértigo, de esquíes deslizándose sobre la superficie de la nieve, por parajes e historias de difícil olvido.

La labor conjunta de la editorial Anagrama y del Centro para la Información de la Literatura Finlandesa ha posibilitado la publicación de España de Arto Paasilinna. Gracias a las subvenciones del FILI –trasunto de nuestra extinta Dirección General del Libro–, la obra del novelista nórdico se ha traducido a dieciocho idiomas. El apoyo estatal a los autores nacionales, la amplia red de bibliotecas públicas y la tradición lectora de una población educada en colegios gratuitos, junto a la calidad incontestable de su obra, son algunas de las razones de la exitosa carrera de Paasilinna dentro y fuera de las frías fronteras de Finlandia.


El año de la liebre, sin duda alguna, es su buque insignia. Aquí aparecen los rasgos definitorios de sus futuras narraciones. Así, el personaje principal del libro, Vatanen –un periodista cansado de su profesión y aburrido de su matrimonio–, aprovecha el fortuito atropello de una liebre para adentrarse en un bosque y escapar de su mundo para siempre. Esta huída tanto de la ciudad como de las obligaciones sociales, permite al protagonista descubrir toda una galería de tipos (leñadores, oficiales del ejército, jubilados, policías...) cuyo comportamiento va de la violencia –injustificada– a la –efímera– ternura. La veloz concatenación de situaciones absurdas y disparatadas, al tiempo que nos hace sonreír también nos obliga a dibujar una mueca desoladora. El nihilismo de Paasilinna nos muerde sin que lo percibamos, es apenas un cosquilleo en la conciencia; sólo al cabo de un rato comprendemos que tanta ironía y humor negro inoculan en la mente un veneno que carece de antídoto: el hondo desencanto.

La anarquía de Vatanen, sus indomables ansias de libertad, le conducen a la región de Laponia, donde vive “como un animal del bosque”. Sólo en medio de los pantanos, rodeado de pinos y acompañado por su liebre, se siente en posesión de su existencia. Pero que nadie busque en este canto a la soledad reminiscencias de la “alabanza de aldea” de los escritores mediterráneos del siglo XVI. El entorno por donde se mueve Vatanen es salvaje e inhóspito. El hombre comparte territorio con osos, cuervos y zorros, con los que libra una feroz batalla por la subsistencia. Tampoco encontraremos en esta novela los parajes desangelados y angustiosos de Sukkwan Island, del autor alaskeño David Vann, pues Arto Paasilinna describe una naturaleza imponente no exenta de una belleza sobrecogedora. Precisamente esa loa a la exuberancia de Laponia (y de toda Finlandia) es uno de los elementos que comparten sus libros.

El año de la liebre es la novela diapasón de Arto Paasilina, con ella afina el resto de sus obras. Todas guardan entre sí la misma proporción de ecología y denuncia social, idéntico tono de chanza y desconsuelo. De echo, se trata del libro finlandés más traducido después de la epopeya del Kalevala y del relato infantil Trollkarlens hatt (El sombrero del Mago), ilustrado y escrito por la legendaria Tove Jansson.  

La propuesta literaria de Arto Passilinna se ha convertido en una pieza clave de la literatura europea contemporánea. Leerla nos exige desear una nueva dosis de talento. Esperemos que Anagrama sacie, pronto, este síndrome de abstinencia con la publicación de alguna de esas 30 novelas que han rendido a Finlandia y que desconocemos por aquí.