miércoles, 26 de abril de 2017

Me traducen al árabe



Arabia Saudí es un reino que pone limitaciones legales y sociales a las mujeres, un país ultraconservador donde nosotras, por ejemplo, no podemos conducir. Según la ONU, es el estado más misógino del mundo. Por todo esto, la antología que acaba de publicar en su capital el hispanista irakí Abdul Hadi Sadoun, es un acto de valentía sin parangón, es una rebelión dirigida a las mujeres del desierto para que conozcan qué otras realidades vivimos las mujeres nacidas en España, representadas por 66 poetas, entre las que tengo el honor de constar. La elegencia del agua que resbala entre los dedos es un libro inaudito llamado a despertar conciencias, a abrir los goznes por donde entre la luz que barra las tinieblas del burka, de las habitaciones separadas, de la falta de representación institucional, del miedo, del sentimiento de culpa, o del tormento interior de miles de mujeres. Desde aquí, quiero agradecer al poeta y editor Abdul Hadi Sadoun no ya sólo mi inclusión en el volumen -junto a autoras como Ángela Figuera, Gloria Fuertes, Clara Janés, Ana Rosseti, Ángeles Mora, Blanca Andreu o Miriam Reyes- sino su desafío a un régimen que nos invisibiliza y golpea. El mundo cambia cuando las personas asumen riesgos y ofrecen una visión distinta de las cosas. Quién sabe si esta piedra lírica que ha puesto sobre la arena La elegancia del agua que resbala entre los dedos, no es una piedra más sobre las que se ha de levantar una nueva -y democrática- Arabia Saudí.     


viernes, 21 de abril de 2017

Entrega del Premio Cervantes 2014

Estoy en el tercer banco, mirando en dirección contraria a la del resto.


Hace tres año tuve el honor de ser inivitada por la Casa Real a la entrega del Premio Cervantes, que tuvo lugar en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares. Tras la ceremonia, conocí en persona a la galardonada: la ensayista y novelista mexicana Elena Poniatowska, quien tuvo la amabilidad de firmarme un ejemplar de Leonora. Las fotos que recogen este encuentro me las hizo el novelista español Alfonso Domingo, con quien compartí una estupenda mañana de complicidades en la ciudad complutense.









Quede como recuerdo de quel día este video que acabo de descubrir, donde Adolfo y yo esperamos pacientemente a que los periodistas acaben de entrevistar a Elena Poniatowska para charlar con ella y presentarnos.



domingo, 16 de abril de 2017

Poesía completa, George Orwell

Poesía completa, George Orwell. Visor. 2017. Traducción de Jesús Isaías Gómez López. 12 euros.


Cuando una editorial de renombre publica las obras completas de un autor, una espera que la obra lírica del escritor seleccionado sea de muy buena calidad, o cuanto menos –en el caso de que el autor sea un novelista excepcional, de prestigio consolidado a lo largo de décadas– que sus versos expliquen o complementen su universo literario, que den claves de lectura, que ahonden en los temas del resto de sus libros. En 2013, Salto de Página sacó a la luz la única antología poética autorizada por Ray Bradbury, Vivo en lo invisible, que tuve el honor de traducir junto a Ruth Guajardo González. Los poemas del mítico autor de Fahrenheit 451 se defienden por sí mismos, vuelan a gran altura, y además, nos descubren nuevos perfiles y matices de los grandes asuntos que aborda el californiano en sus textos narrativos. Su edición está perfectamente justificada. Ocurre lo mismo con otro insigne autor distópico: Aldous Huxley (autor de un Un mundo feliz), cuya Poesía completa corrió a cargo de Cátedra (2011). En cuanto supe que Visor editaba los versos de George Orwell, siendo como soy una entusiasta de 1984 y Rebelión en la granja, quise hacerme con él. Comparte traductor con Huxley. Sin embargo, mi decepción ha sido mayúscula. El volumen lo componen treinta textos, a los que hay que añadir algunos más sacados de sus novelas. De esos treinta poemas, quince los escribió entre los 11 y los 19 años, durante su etapa estudiantil. Es decir, la mitad del presente volumen nos ofrece una serie de poemas de un autor en busca todavía de su voz, donde no faltan las influencias –aunque sea para parodiarlas– de poetas como Coleridge o Kipling. Si Orwell, con el tiempo, se hubiese convertido en un poeta relevante, la lectura de estos versos quizás tuviese algún interés para estudiosos ávidos de fuentes y de huellas, pero me temo que Orwell no consta entre los elegidos del Parnaso. Este puñado de textos tienen la gracia de mostrarnos a un adolescente enamoradizo, crítico con las costumbres deportivas de su College, y ya comprometido con las causas políticas. No obstante, la traducción incurre en fórmulas agramaticales que menoscaban la relativa calidad de los poemas: “Venid, venid dulces olas/a lavar la fresca arena del mar./La tierra donde yo vivo venid a besar/pues vosotras venid de otro lugar” (p.55). Este último verso habría de haberse traducido en presente –y mejor con un heptasílabo–: pues venís de otra tierra. Otro ejemplo: “Alegres olas que cabalgáis en libertad/sin conocer ni el miedo ni la tempestad,/mientras yo deba quedar para veros saltar,/pues preso soy de las parcas”. El penúltimo verso exige claramente el presente de indicativo, y no de subjuntivo –y con un alejandrino es mucho más eufónico–: yo debo estar aquí para veros saltar). Otro factor que devalúa las traducciones del volumen son los ripios y las rimas internas: “Y entonces, sube por el tronco con pata firme y lustroso como un ratón,/a encaramarse y exponerse al sol;todo el cuerpo y el cerebro/exaltados en la súbita luz solar,gozoso al creer/que el frío se fue y el verano aquí está otra vez./Pero veo yo las ocres nubes que se dirigen al sol/y una angustia que trasciende la razón/atraviesa mi corazón…” (p.121). Si bien es cierto que, a menudo, George Orwell recurre a estructuras estróficas fijas y a la rima consonante, el traductor no tiene porqué seguir dichos patrones si carece de tiempo para entregar al editor unas traducciones de calidad en su lengua materna. Un traductor debe ofrecer a los lectores poemas que funcionen en español, textos con alma, versos cuidados que respeten el original pero que no se encadenen a él. Si para ello hay que prescindir de la rima, se hace. Lo contrario, y a las pruebas me remito, es publicar poemas que nos sonrojan a algunos o que ahuyentan de los libros de poemas a otros. 
Con todo, hay en el volumen al menos tres composiciones que merecen la pena, pese a que tampoco se salvan de las críticas anteriores: “En una granja en ruinas junto a la fábrica de gramófonos de La voz de su amo”, “Cuando los francos hayan perdido su poder” (escrito durante su etapa en Birmania, siendo miembro de la Policía Imperial) y, sobre todo, “De un no combate a otro”. En el primero vislumbramos a un Orwell preocupado por el ecocidio; en el segundo, a un hombre que encuentra consuelo a su extinción pensando en el fin del mundo; y en el tercero, a un escritor involucrado con su tiempo que se ensaña contra aquellos otros literatos que no toman parte: “Pues mientras tú escribes los buques de guerra te van cercando/y escuadrillas de bombarderos espantan a los ruiseñores,/y cada bomba caída es una libra para ti/y los que como tú engordáis vuestras ventas con los rivales/mudos o muertos” (p. 145). En mi opinión, habría sido preferible seleccionar unos pocos poemas, pulir las versiones, revisarlas, cuidar más el ritmo de las mismas y presentar a los amantes de Orwell una antología breve pero intachable, que quieran conservar en las estanterías de su casa.   

Reseña publicada por La Tormenta en un Vaso. 

miércoles, 12 de abril de 2017

Felicity


 Felicity, Mary Oliver. Valparaíso Ediciones. 2016. Traducción de Nieves García Prados. 10 euros.


Nunca, hasta este libro, me había encontrado con una obra tan afín a la mía, o al menos, a uno de mis libros: Helio (La Garúa, 2014). Pero no quiero empezar esta reseña sin hacer un elogio de los poemarios escritos por autores maduros. Mary Oliver ha escrito Felicity, un libro soberbio, con 80 años. Hay quien piensa, sin embargo, que la poesía es un género para escritores jóvenes, y que a partir de cierta edad decaen la tensión y el nervio que necesitan los buenos poemas. Gente que piensa –el propio Gil de Biedma lo pensaba– que los poetas somos velocistas, que nuestra plenitud entra entra en declive al llegar a los 30, y desaperece en la década siguiente. Frente a tales prejuicios, podemos aludir a Góngora, que revolucionó la lírica europea con el Polifemo y las Soledades, escritos ya cumplidos los 50 años –en un tiempo en que la esperanza de vida, por cierto, estaba situada en ese umbral–. Y qué decir de Luis Cernuda, que innovó en nuestra tradición poética introduciendo el monólogo dramático inglés en libros imprescindibles (Las nubes, Como quien espera el alba), publicados cuando ya contaba 41 y 45 años –murió a los 61. La esperanza de vida de los niños nacidos en España en 1902 era de 49,32 años, siempre y cuando sobrevivieran a su primer lustro –según el Instituto Nacional de Estadística–). Es decir, autores veteranos han dado a imprenta no ya sólo buenos libros de poemas, sino obras fundamentales, cuando su edad rozaba o rebasaba la esperanza de vida de su tiempo. Así pues, no depositemos –necesariamente– la esperanza de renovación del género lírico en los autores más jóvenes. Poetas seniors, la esperanza de vida en la actualidad es de 86,2 en mujeres y 80,4 años en hombres, ¡aún estamos a tiempo de arriesgarnos y de transformar la lírica patria!


La poeta estadounidense Mary Oliver se encuentra entre estos poetas ya entrados, por edad, en la vejez, pero que siguen publicando libros sorprendentemente frescos y rebeldes. Nació en Ohio en 1935. Ha dado a imprenta treinta y dos poemarios. El primero, No Voyage, and Other Poems, data de 1963; el último, Felicity, de 2015. Entre ambos ha ganado premios tan prestigiosos como el Pulitzer (en 1984, a los 49 años, por American Primitive). Es una de los principales poetas vivos estadounidenses. El libro que nos ocupa lo demuestra. Sus tres secciones están vertebradas por citas de Rumi, el célebre poeta místico persa del siglo XIII. Éste infunde al libro el tono hímnico, celebratorio, de la vida y sus goces. Mary Oliver, que perdió a su esposa –la fotógrafa Molly Malone Cook– en 2005, tras cuatenta años de relación, ofrece a sus lectores toda una lección de principios: la existencia es un don que debemos vivir y recordar. “Se trata sobre todo de actitud”, nos dice. Quien espera el milagro, se lo encuentra. No valen la pena ni las dudas existenciales ni la tristeza. Con un estilo directo, transparente, no exento de resonancias literarias (Walt Whitman, Emily Dickinson, Henry David Thoreau, Amy Lowell y hasta de Hans Christian Andersen), la poeta nos regala textos breves e imprescindibles como Rosas, donde las flores excusan contestar al sujeto que las interroga sobre la muerte con este hermoso carpe diem: “Las rosas sonrieron dulcemente. Perdónanos,/respondieron. Pero como puedes ver,/justo ahora estamos totalmente/ocupadas siendo rosas” (p. 25). Mary Oliver conserva intacta su pulsión juvenil hacia lo desconocido (“Me he negado a vivir/encerrada en la casa ordenada de/las razones y evidencias”, p. 29) y su querencia por el riesgo (“No hay nada más patético que la prudencia/cuando lanzarse podría salvar una vida,/incluso, posiblemente, la tuya”, p. 27). No faltan en el libro consejos al lector para que se haga cargo de su propio proyecto: “Trata de encontrar el lugar adecuado para ti mismo./Si no lo logras, al menos sueña con él” (p. 35). La tenacidad de la autora, su optimismo y su entusiasmo se extienden a la contemplación de la naturaleza, y a la vivencia-memoria del amor. 

Sorprende –porque no estamos acostumbrados a que el Arte lo protagonicen las personas mayores, porque no solemos oírlas ni verlas en el cine, la pintura o la narración literaria– el sutil erotismo de los poemas finales, poemas hondos, delicados, donde la elipsis dota a los versos de potencia evocadora: “Justo ahora, me alcanza un momento de hace años:/la primera luz de la mañana, el hábil y dulce/gesto de tu mano/llegando a mí” (p. 93). Mary Oliver no es una mujer que se rinda.  Sus poemas son bálsamos contra el excepticismo. Leerla fortalece. Felicity, que además se publica en una edición preciosa –con ilustración del pintor romántico Caspar David Friedrich–, contiene versos para recordar: de los que nos mejoran, de los que nos levantan, de los que nos construyen por dentro.                

Muy buena la traducción, por cierto.


Esta reseña ha sido publicada por La tormenta en un vaso. Original, aquí.
 

martes, 4 de abril de 2017

Ella en la otra orilla

Ella en la otra orilla, Mitsuyo Kakuta. Galaxia Gutenberg. 224 páginas. 18 euros. Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés. 2016.


La pubertad es una edad difícil, de cambio, de tránsito hacia el ser en que cada uno se convertirá. Para que esos niños sean los adultos maduros que podrían llegar a ser, resulta imprescindible que el entorno en que vivan sea favorable: caluroso, acogedor y protector. Por desgracia, muchos jóvenes carecen de una familia sólida, implicada,  que les apoye en esa etapa fundamental de su viaje. Otros, que sí la tienen, estudian en colegios o institutos donde sufren diversas formas de acoso. Cuando las familias se desentienden de sus responsabilidades educativas, los niños son más suceptibles de ser manipulados por aquellos que les garanticen una forma de arraigo, de pertenencia a un grupo. Sin nadie que les controle y les inculque valores, muy fácilmente se dejarán llevar por la violencia que consumen gracias a las nuevas tecnologías: a los videos que ven en youtube, a los juegos que cargan en la play. Violencia a espuertas. Sin filtros. Para mayores de 18 años. Para universitarios. Y la violencia, como sabemos, engendra violencia. Algunos de estos púberes han salido recientemente en los medios de comunicación. Un niño del IES Joan Fuster de Barcelona mató a su profesor de sociales en 2015, armado con una ballesta y un machete. Ese mismo año, cinco alumnos del IES Ciudad de Jaén (Madrid capital) acosaban a otra niña, que se acabó tirando por unas escaleras. Hace unos días, doce alumnos de tres institutos diferentes de Colmenar Viejo (Madrid, sierra norte) daban una paliza e insultaban a una muchacha en un centro comercial, para después colgar el video en Facebook. Aunque las autoridades hablan de casos puntuales, y tratan estas agresiones como a fenómenos de la naturaleza, impredecibles, incontrolables, lo mismo que tormentas, lo cierto es que son casos que requieren una mínima logística, tras los cuales se ocultan traumas y carencias previos que las familas tendrían que haber detectado –si dedicasen tiempo a sus hijos–, y que los centros tendrían que haber intuido –si los diferentes gobiernos autonómicos no hubiesen recortado en la Educación Pública de este país (¿cómo hacerlo con las aulas masificadas, con miles de maestros, profesores y orientadores despedidos en los últimos seis años?)–. 

En los medios de comunicación se da a conocer la punta de un iceberg, pero los que trabajamos en la enseñanza sabemos todo lo que oculta la línea del agua. Las agresiones diarias en los patios, los insultos en las aulas, las faltas de respeto constantes, la ausencia de un mínimo de vergüenza y de educación, el alto nivel de suspensos o la desgana absoluta por el aprendizaje son apabullantes entre los alumnos de primaria y secundaria de según qué centros. Alumos que dedican una media de 4 horas diarias a la play y al móvil, en lugar de a los libros, a las tareas de casa, o a las conversaciones con los padres.

Como la sociedad no parece dispuesta a reflexionar sobre sí misma, y mucho menos, a cambiar sus valores por otros más razonables (frente al consumo, el gusto por la cultura y las actividades en familia), hay personas que pretenden denunciar los actos de bullying, los suicidios juveniles y la desafección familiar por medio de sus obras: los escritores. Entre ellos se encuentra la japonesa Mitsuyo Kakuta, una autora sensible a las preocupaciones de los adolescentes, a sus miedos, angustias y frustraciones, que sabe reflejar de manera impecable.

Ella en la otra orilla está protagonizada por dos mujeres. Sayoko es una mujer casada y madre de una niña. De pequeña, sus compañeras de clase la marginaban sin razón aparente. Aquel episodio la convirtió en una adulta tímida, insegura, acomplejada y poco sociable. Por temor a colgar esos rasgos sobre los hombros de su hija –con la que deambula de parque en parque, sin congeniar con ninguna otra madre–, decide buscar un empleo, con la esperanza de que en la guardería Akari se relacione con niños de su edad. El marido, por su parte, es un hombre que desatiende la casa, que desprecia su nuevo trabajo, que no le presta ayuda. Aoi, su jefa en Platinum Planet, constituye su reverso: es una mujer con habilidades sociales, segura de sí misma, espontánea, que vive en la continua improvisación. No acata normas. No se fía de nadie. La voz que narra va alternando episodios centrados en Nayoko y Aoi, con otros que relatan la adolecencia de esta segunda. Con los flash back, la autora nos revela una juventud marcada por el bullying, el cambio de ciudad y de instituto, los reproches de su madre –que vuelca sus propias frustraciones en ella–,  su amistad con Nanako –una niña por la que sus padres no muestran preocupación alguna–, su huida juntas, los atracos que cometen, su intento de suicidio –como en Thelma y Louise–. Mitsuyo Kakuta nos enfrenta a dos personajes opuestos, heridos, sin embargo, por una experiencia análoga: la exclusión social, la discriminación, la intolerancia. Sayoko y Aoi simbolizan dos realidades extremas que tienen por origen un mismo tronco. Frente al miedo, la servidumbre, la inseguridad de Sayoko, que teme el rechazo de quienes la rodean, se levantan el desapego, la vitalidad y el desenfado de Aoi, que duda de que las cosas duren y la gente permanezca. Con todo,  

Ella en la otra orilla es un canto al espíritu de superación a través de la amistad. Si Aoi se rehizo a sí misma gracias al amor incondicional de Nanako, ella, a su vez, será el acicate para la progresiva conversión de Sayoko. “Cuando estoy contigo tengo la sensación de que podría hacer cualquier cosa”, confiesa ésta. Y es que, al final, todo en la vida se reduce a una cuestión de actitud. Novela de calado, muy bien traducida, sería interesante que se difundiera entre madres, padres y docentes.              



              
 Esta reseña ha sido publicada por La Tormenta en un Vaso. original, aquí.

lunes, 3 de abril de 2017

Día de la Poesía, 2017



Con motivo del Día Mundial de la Poesía (21 de marzo), el Instituto Cervantes (en su sede de Madrid, España) organizó un recital a modo de homenaje a la poeta Gloria Fuertes, en conmemoración del centenario de su nacimiento. En «Todas con Gloria», un grupo de destacadas poetas españolas e hispanoamericanas pusimos voz a la célebre autora madrileña.

Fue emocionante compartir una velada tan mágica con mujeres exepcionales: Paloma Porpetta (presidenta de la Fundación Gloria Fuertes), Beatriz Hernanz (directora de Cultura del Instituto Cervantes), Noni Benegas, Luisa Castro, Juana Castro, Anunciada Fernández de Córdova, Espido Freire, Mª Jesús Fuentes, Margarita Hernando de Larramendi, Adriana Hoyos, Carmen Pallarés, Vanesa Pérez-Sauquillo, Luz Pichel, Encarnación Pisonero, Balbina Prior, Reina Roffé, Ana Rosetti, Ada Salas, Marifé Santiago Bolaños, Julieta Valero, Juana Vázquez y Gabriela Wiener (escritoras).

El homenaje puede verse en esta página: http://www.cervantes.es/sobre_instituto_cervantes/prensa/directos_tv/directo1.htm.


Aquí tenéis los dos poemas (de tono existencial) que yo leí:


 
La última visita


Yo la vi, vestida de cuervos.
La Muerte 
iba por el hospital
afilando narices,
hundiendo ojos,
secando pechos,
poniendo al bueno malo,
haciendo al malo bueno.
La Muerte
matando muertos.


La vida es una hora


La vida es una hora.
Apenas te da tiempo a amarlo todo,
a verlo todo.
La vida sabe a musgo,
sabe a poco la vida si no tienes
más manos en las manos que te dieron.
Al final escogemos un lugar peligroso:
un pretil, una vía,
la punta de un puñal donde pasar la noche. 





sábado, 1 de abril de 2017

Diás azules, sol de la infancia

Días azules, sol de la infancia. Marcos Calveiro. Edelvives. 2017. 192 páginas. 10 euros.


Marcos Calveiro es un novelista curtido. Su narrativa juvenil viene avalada por premios tan prestigiosos como los Ala Delta, Barco de Vapor y Lazarillo. Su última novela, Dias azules, sol de la infancia, resulta ideal para que nuestros adolescentes conozcan cómo Madrid defendió la República y los valores que ésta representaba durante los años de la Guerra. El libro nos presenta dos historias. La primera la relata un narrador-protagonista en primera persona, Marcos: un joven angustiado por el deterioro de su abuelo, que intenta recomponer el puzzle de su vida a través de las pistas que busca o va encontrando. En la segunda, un narrador en tercera persona desbroza a los lectores la biografía de dicho pariente, Nicasio. Aquí, a su vez, Calveiro riza el rizo: la voz omnisciente cuenta en presente los avatares del joven segador gallego que abandona su familia y su mísero horizonte de futuro para instalarse por su cuenta y riesgo en la capital; pero estos fragmentos se alternan con otros en pretérito perfecto simple, donde el narrador recurre al flash back con objeto de actualizar las causas de las decisiones que luego ha ido tomando su aguerrido protagonista. El comienzo de la novela es brillante, los célebres versos que Rosalía de Castro dedica a los segadores de su tiera en Cantares gallegos cosen la historia de Marcos y Nicasio. Mientras el nieto busca en Google el poema, espía de la infancia de su abuelo, éste protagoniza un capítulo donde Calveiro describe las duras condiciones de trabajo de los segadores gallegos, sus migraciones a Castilla, su explotación agraria. En adelante, tendrá mucho más peso este raíl del libro. Lo mismo que Galdós en sus Episodios nacionales, el novelista pontevedrés introduce en sus páginas personajes históricos cuyas vidas se cruzan con las de sus criaturas de ficción. Este encuentro será determinante para las segundas. 
Así, desfilan por las páginas de Días azules, sol de la infancia: el cineasta libertario Armand Guerra (director de Carne de fieras, 1936), que ofrece trabajo a Nicasio como “chico para todo” duante el rodaje de su película, a partir del 18 de julio de 1936, cuando empieza la defensa de Madrid; Juan Ramón Jiménez y Zenobia, quienes acogen en su casa de Velázquez a diversos niños huérfanos tras los bombardeos alemanes, a cuyo cuidado está Matilde, futura abuela de Nicolás. Nicasio, que conocerá a la pareja de escritores al llevar un recado al barrio de Salamanca, sentirá un flechazo hacia la criada. En el futuro, pasará las tardes con el coro de infantes y con el matrimonio, hasta que éstos se vean obligados a emprender el exilio. Marcos Calveiro estructura su obra por medio de modelos culturales y morales: Rosalía, Armand, Juan Ramón y Zenobia –poetas, cineastas, traductores–. Todos ellos encarnan la lucha por el compromiso civil desde una ideología de izquierdas, anclada en lo social. Además, ninguno ceja en su trabajo pese a la hostilidad de su época. El director de la CNT saca a adelante su película pese a las dificultades y obstáculos que impone la guerra, no sólo su equipo técnico defiende el puerto de Navacerrada para frenar el avance fascista, sino que él mismo sale a filmar el frente. Juan Ramón y Zenobia tutelan refugiados al tiempo que el vate trabaja en sus proyectos. Toda una lección que debería alumbrarnos. Con todo, la novela tiene algún punto débil: la historia de amor entre Nicolás y una joven youtuber que pone música a los versos de Rosalía, no se sostiene. Y no porque no pueda darse el caso, sino porque tal y como se plantea no es creíble: apenas hablan un par de veces, intercambian escasos wasaps y su relación no es simétrica. (En Mentira, de Care Santos –premio Edebé 2015–, Xenia se enamora de un cíber-nauta aficionado a la lectura, y aquí el amor es perfectamente coherente, pues ambos personajes comparten confidencias y secretos.) En cuanto a la visión de las mujeres, sorprende un párrafo como éste: “durante la II República se gozó de mucha libertad y las costumbres resultaban bastante relajadas. Canciones picantes, vedetes desnudas en los teatros y en las portadas de muchas revistas, colecciones de novelas populares eróticas”. Calveiro realiza la siguiente –y peligrosa– ecuación: libertad de la mujer = posado desnudo; en lugar de aprovechar para hacer un repaso de las conquistas que obtuvieron nuestras antepasadas: voto femenino, entrada en las universidades, derecho al trabajo y al divorcio. De hecho, Zenobia aparece ante nuestros ojos como una mujer “bondadosa” y “generosa”, volcada en los infantes que protege, y sólo al final del libro (página 157) el narrador nos revela que fue “una pionera del feminismo en España”. Se echa en falta algún dato sobre su labor intelectual en la España de preguerra: sus artículos publicados en revistas norteamericanas, su vínculo con la Residencia de Estudiantes, su perfecto dominio del inglés y su afición a Tagore. 
Pese a estas dos notas finales, la novela es recomendable para estudiantes de 3ºESO. A través de sus personajes, Calveiro reivindica el amor a la cultura y el compromiso de los intelectuales con su propio tiempo. La lucha del nieto por conocer a su abuelo es encomiable. En esta época tan banal que nos ha tocado vivir, recordar que aún tenemos valores que defender, valores por los que otros dieron sus vidas no hace tanto, me parece fundamental.