domingo, 8 de julio de 2018

Tacha

Tacha, Francisco José Martínez Morán. Sevilla. Renacimiento. 2018. 84 páginas.


El nuevo poemario de Francisco José Martínez Morán (1981) comparte algunos rasgos con sus trabajos anteriores: obra de tono menor, humilde y confidencial, trata asuntos morales (el tempus fugit, la memoria, la muerte, la futilidad de la existencia, el desengaño) con un estilo sentencioso, accesible y cercano. El poeta complutense es un maestro de las composiciones cortas, que remata de manera impecable. No obstante, con Tacha se adentra en un motivo temático nuevo: el metaliterario. Si en Obligación (Polibea, 2013) tan sólo leíamos un texto que tratara este asunto (Y seguir escribiendo: “He seguido escribiendo cada día,/ como quien rompe el mundo entre los dedos/ y derrama su pulpa sobre nieve”), comprobamos que su última criatura es, ante todo, un homenaje a la propia poesía, así como una parada que el autor se impone para reflexionar acerca de su creación. Cada libro publicado por Francisco ha salido con un año de retraso sobre el anterior. Los intervalos entre ellos cada vez son más largos. En esta tesitura, el poeta se detiene a contemplar su obra, que siente hueca, vana, caduca, imprecisa e inútil. Ya conocíamos el pesimismo del sujeto que enuncia en sus poemas, que ahora se cuestiona si proseguir o no juntando letras:

“por quién me esfuerzo y velo,
si todo se amontona
en el interminable
prólogo de un vacío”

              (del sobrecogedor Comunicarse).

En esta agónica incertidumbre, Morán ha realizado breves homenajes a algunos de sus poetas de cabecera: Lope, Manrique, Cervantes, Espriu, Otero, Cuenca o Keats. Al juego intertextual de citas y alusiones une el autor el ensayo de un género específico: la canción, que reelabora de modo personal. Da la impresión de que Francisco está buscando nuevos bríos, y que trata de coger impulso indagando en la tradición. De ahí que se exija un límite, que cerque su expresión con el imperativo tacha (borra, destruye). Porque no todo vale en poesía, pese a que vivamos en un tiempo en que parezca relucir todo lo contrario. Señala Debicki que la verdadera lírica reflexiona sobre su tejido y su alma. Francisco José, como Unamuno, se interroga por el objeto del Arte si la vida carece de sentido (pues es la “nada entre nada y nada”). Igual una manera de saturarla de significado sea salirse del yo y avanzar hacia el tú o el mundo. Pero es esta una impresión mía que, tal vez, no comparta el autor. Con todo, se vislumbra en Tacha un intento por mirar hacia fuera, en clave simbólica. Así vemos vencejos, yeguas y gaviotas hinchados de connotaciones semánticas, de emociones con las que vibramos todos (como quería el bueno de Antonio Machado): angustia por la caducidad, tesón frente a la adversidad y frustración de expectativas. ¿Por qué rumbo se decantará Francisco, superada esta crisis introspectivo-creativa? Ya estamos deseando una nueva entrega de sus sutiles, hondos y lacerantes versos para salir de dudas.


Esta reseña ha sido publicada por Oculta Lit.


sábado, 30 de junio de 2018

Un poema mío en la revista Poder popular



Amigos:

Os dejo el enlace a la revista Poder popular, que ha tenido a bien publicar un poema de mi libro Apátrida (Hiperión, 2005), que trata sobre el tema de la violencia de género.

https://poderpopular.info/2018/05/27/ariadna-g-garcia-poema-hubo-un-dia-hace-tiempo-que-sonaste/

Abrazos,
A.


lunes, 25 de junio de 2018

Recital en el I Congreso Internacional de Humanidades Ambientales


I CONGRESO INTERNACIONAL DE HUMANIDADES AMBIENTALES: “RELATOS, MITOS Y ARTES PARA EL CAMBIO” ALCALÁ DE HENARES, DEL 3 AL 6 DE JULIO DE 2018


La temática del congreso, “Relatos, mitos y artes para el cambio”, se encuadra dentro de lo que se denominan Humanidades Ambientales las cuales suponen un marco crítico trans- disciplinar y transnacional que ha surgido con fuerza en los últimos años. Dicho marco cuestiona la división entre las ciencias humanas, sociales y ecológicas, por resultar obsoleta a la hora de enfrentar, analizar y articular los retos sociales, culturales y ecológicos del siglo XXI, con sus múltiples escalas, sus riesgos biofísicos y sus dificultades representacionales. 

Este congreso pretende contribuir a este fascinante debate al tiempo que lo introduce en España, donde todavía no se ha establecido. Por todo ello este encuentro aspira a fomentar el diálogo y los contactos entre investigadores de diversas áreas relacionadas y, por tanto, su estructura será́ algo distinta a lo habitual. La participación activa durante su desarrollo será́ un eje central. Además de paneles tradicionales, el congreso contará con varias conferencias plenarias sobre filosofía, arte, y literatura, además de talleres temáticos (de debate, eco-teatro, música, escritura creativa o realización artística) y sesiones poéticas y musicales. Habrá unas 130 ponencias de una veintena de países tanto en inglés como en español.
Para más información visite la web:

http://www.institutofranklin.net/eventos-franklin/congreso-internacional-humanidades-ambientales/
Este congreso forma parte de los proyectos de investigación “Humanidades ambientales. Estrategias para la empatía ecológica y la transición hacia sociedades sostenibles” (HUAMECO) HAR2015-67472-C2-2-R (MINECO/FEDER); y “Actividades de Investigación en Mitocrítica Cultural” S2015/HUM-3362, CAM/FSE.
Este congreso pretende resaltar el papel de las humanidades en la concienciación ecológica y de transformación social, partiendo de las sinergias entre artes visuales, literatura, mitos y ética y cómo estas dan forma a nuestra cosmovisión.

Por ello, tendrá lugar un recital de poesía el jueves 5 a las 20 h. en el Hostal Complutum en la Pl. San Diego (justo en frente de la fachada histórica de la universidad). Las sesiones del congreso terminan a las 19:30. Cada poeta (somos 4: Jorge Riechmann, Jose Parreño, Jose Manuel Marrero y Ariadna G. García -aunque probablemente alguien lea poemas de Julia Barella-) tiene 15 minutos. Terminará sobre las 21:15. La entrada es libre. 


sábado, 16 de junio de 2018

La Guerra de Invierno en la revista cultural Amanece Metrópolis



Descubro ahora esta estupenda reseña de mi poemario La Guerra de Invierno (Hiperión, 2013. Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández-Comunidad Valenciana):

http://amanecemetropolis.net/la-guerra-de-invierno-de-ariadna-g-garcia-la-resistencia-del-hielo/

¡Gracias, Víctor M. Sanchís!

domingo, 10 de junio de 2018

El don de la fiebre

El don de la fiebre, Mario Cuenca Sandoval. Barcelona. Seix Barral. 335 páginas. 2018.



¿Cómo escribir sobre la vida de un músico vanguardista? ¿Qué lenguaje podría ser el apropiado para describir el alma de un místico? Mario Cuenca Sandoval ha encontrado la fórmula adecuada en su prodigiosa novela El don de la fiebre, donde la forma está en perfecta consonancia con el fondo. Y en un doble sentido. La obra narra la vida del compositor Olivier Messiaen, más conocido como el Mozart francés. El narrador autorial recorre su existencia justo antes de que finalice, cuando el músico sobrepasa los ochenta años y su mente divaga por el tiempo, mezclando fantasía y realidad, el mito y su desacralización. Al igual que en La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, en el último trabajo de Sandoval la idas y venidas en la línea del tiempo vienen justificadas por el delirio de un hombre entrado en años que recuerda, a su vez, los delirios febriles de un joven que sobrevivió a un campo nazi en la Segunda Guerra Mundial. Pero resulta que, además, la obra aborda temas, los deja, los retoma, los amplía, los repite, está salpicada de ecos y reververaciones; los leit motive aparecen de manera obsesiva, imitando las melodías sinfónicas. Sandoval, un virtuoso de las palabras como Messiaen lo fue de los acordes. Ambos ponen su talento al servicio de la ruptura de los moldes tradicionales.
        Ya en El ladrón de morfina (451 editores, 2010) Sandoval jugaba con la temporalidad de su relato, e incluso realizaba disertaciones sobre la nieve, la fiebre, los ángeles o la guerra análogas a las que leemos en su nuevo libro. No en vano aquella obra estaba protagonizada por soldados de la U.S. Army durante la Guerra de Corea. Pero es que incluso en su primera incursión en la narrativa, Boxeo sobre hielo (Berenice, 2006), el escritor catalán demostró un sorprendente dominio de la técnica, así como su audacia innovadora: variando las voces, las perspectivas, ramificando las tramas y simultaneando las coordenadas espacio-temporales. Hablamos, pues, de un autor que, tras doce años de trabajo (y con sólo un altibajo –a mi modo de ver– en su carrera, Los hemisferios), acaba de consagrarse con El don de la fiebre como uno de los novelistas más importantes de la actualidad.
           La obra, decía, recrea la vida de Olivier Messiaen: organista titular de la Iglesía de Santa Trinidad de París y compositor de vanguardia. En 1932 se casó con la violinista Claire Delbos (Mi), para quien compuso piezas que interpretar a dúo. Para cuando fue llamado a filas (1940) ya gozaba de reconocido prestigio gracias a las obras El banquete celeste o La ascensión. Al año fue apresado por los alemanes e internado en un campo de Silesia. Allí compuso su célebre Cuarteto para el fin del tiempo, estrenado ante los propios reclusos y soldados. Una vez reincorporado a la vida civil en calidad de profesor de Armonía del Conservatorio parisino, durante el régimen colaboracionista de Vichy, Messiaen alternará momentos de crisis domésticas (la demencia y fallecimiento de su esposa, el cuidado de su hijo) con el advenimiento de un nuevo amor (la pianista Ivonne Loriod, discípula suya), que correrá paralelo a su consagración internacional. 
            La novela, por tanto, pivota en torno a dos núcleos argumentales: la experiencia militar de Messiaen y sus relaciones amorosas. La Guerra y el amor. Lo material y lo espirital. Lo mundano y lo celeste. El cuerpo y el alma. El propio personaje protagonista encarna este dualismo platónico y se convierte en hito de la resistencia, porque, sobre todo, El don de la fiebre es un canto a la creación artística pese a la adversidad, a la preservación del mundo interior frente a las injerencias del entorno. Como San Juan de la Cruz, que escribió su maravilloso y rompedor Cántico espiritual en prisión allá por 1577, el músico francés trabajó en su Cuarteto para el fin del tiempo en unas condiciones miserables; y exactamente igual que César Vallejo, que compuso Trilce –obra cumbre del creacionismo y de la experimentación vanguardista también en la cárcel (1920), Messiaen se entregó a la creación de una obra de ritmos liberados, sin ataduras armónicas, a modo de grito de libertad ante la presencia de sus captores, los oficiales nazis. Su coraje para proteger sus querencias y enhelos musicales de la invasión de la realidad (Bousoño dixit), de esas “fuerzas erosionantes de la Historia” posee vigencia en un siglo, el nuestro, monotorizado por la publicidad. Lo describía Chomski: “la propaganda es a la democracia lo que la violencia a los totalitarismos”. Nos resta albedrío. Hoy, que vivimos en una sociedad hiper-activa, esclava de su exceso de velocidad, de la acumulación innecesaria de datos, del constante ruido de fondo de las tecnologías… los creadores no necesitamos una habitación propia, sino un tiempo privado. ¿Tendremos la misma fuerza que Messiaen para aislarnos, para escribir en tiempos de penuria, para elevarnos sobre lo abyecto, para mantenernos fieles a nuestra vocación, para buscar la belleza y la espiritualidad, para inventar lenguajes de tormenta?
            Mario Cuenca Sandoval ha escrito un novela formidable: honda, moderna, polifónica, donde la estética (surreal, onírica, visionaria) está en consonancia con el fondo temático (la experiencia mística de un hombre que pretende emular la música de la Ciudad Celeste). 
            Buscar El don de la fiebre en una de las casetas puede ser una buena excusa para acercarse a la Feria del Libro de Madrid, pese a los aguaceros. Créanme. Me lo agradecerán.
               


 Esta reseña ha sido publicada por la revista Oculta Lit.

lunes, 4 de junio de 2018

La ética del fragmento

La ética del fragmento, Luis Artigue. Pre-Textos, Valencia, 2017. 113 páginas. 17 euros.



El nuevo poemario de Luis Artigue tiene una sólida estructura formal y una interesante propuesta ideológica. El autor recurre al verso libre para connotar el cambio de paradigma que protagonizaron las mujeres en la Europa de entreguerras, inspirado, en parte, en el modelo de Safo. Esta ruptura rítmica (con respecto a la métrica convencional imperante en nuestro país desde el siglo XVI) pretende emular, por otro lado, la cadencia del jazz (de moda en los felices años veinte). La subversión, además, se pretende extensible al papel que representan los hombres en nuestro propio siglo, y viene simbolizada por la misma cadencia entrecortada del verso. Fondo y forma son inseparables. El poeta leonés rinde una serie de homenajes a varias artistas de cabecera, la mayoría homo/bisexuales. El primero, siguiendo una cronología lineal: a la célebre poeta griega. Artigue la eleva a símbolo de la diversidad sexual y de la rebelión:

De nuevo hoy, sabia Safo…te revelas
al proponer modelos alternativos
así, como quien hace el amor sin apelar
a la autoridad de la tradición…
¡Y qué más da, oh dioses transitivos,
la dirección del viento del deseo!” (p.37).

El segundo tributo lo centra en aquellas mujeres que mencioné más arriba, quienes trataron “de aportar algo al histórico proceso de invención de la realidad” (p.50). Hablamos de la pintora checa Tamara de Lempicka (quien piensa que “todos los caminos son posibilidades de asombro”), de la escultura nortamericana Thelma Wood (por cuyas venas corre “sangre de jaguar y bohemia/que la dirige ardiente al bosque de la noche” –guiño a la novela que escribió su pareja, Djuna Barnes, para resarcirse de su relación con ella), de la también escritora estadounidense Gertrude Stein, o de la bailarina negra Josephine Baker. París es la ciudad en la que convergen todas. Un símbolo del cambio, de la emancipación femenina, de la reivindicación de la individualidad. En última instancia, Luis Artigue realiza un llamamiento a la transformación de los hombres para convertirse en seres de cristal, transparentes, frágiles y resistentes; llama a la construcción de un yo “alejado/de la masculinidad hiperbólica”. Hasta aquí el libro es impecable. Pero le pongo algunos reparos.

Creo que la reivindicación de Artigue es incompleta. Por ejemplo, se describe la desnudez del cuerpo de Josephine Baker (se habla de sus “pezones”, de su “cinturoncito de plátanos”, de sus “muslos de nácar y humo”), de modo que el personaje queda reducido a una imagen erótica, cuando lo cierto es que la famosa vedette además de un cuerpo tenía un compromiso moral que la convirtió en espía durante la ocupación nazi de Francia. ¿Y no habría sido mejor hablar de también de esto? Comparto la relevancia de que aquellas mujeres reclamasen para sí el derecho a la sexualidad o al goce (cuánto les debemos), pero no es menos importante que asumieran responsabilidades y tuvieran actitudes prototópicamente asociadas a sus congéneres masculinos (valentía, arrojo, audacia).  ¿No habría que nombrarlo también, para compensar la actual reducción de la mujer a un objeto sexual?

El autor, por otro lado, pide la transformación de los hombres, que muestren –sin miedo– su lado vulnerable, débil e inseguro. Sin embargo, el poema inaugural de esta sección nos narra la pasión que el protagonista siente hacia una mujer con la que comparte un encuentro erótico, acabado el cual ella acaba iluminada. Y me pregunto qué tiene este sujeto de nuevo, si resulta que lo guía el deseo (un impulso físico, primario, presente en la lírica masculina desde Catulo) y que encarna la luz (sin él su compañera estaba a oscuras).

Por último, el libro me parece demasiado conceptual, no apela al corazón, sino a la razón. Estoy convencida de que esa frialdad ha sido buscada. Artigue, que es un experimentado poeta, ha hecho un guiño a las Vanguardias y a la deshumanización del arte (un ejemplo, cuando relata el suicidio de Renée nos describe así lo nublado del día: “el papel albal del cielo de París”). Su elección estética está perfectamente justificada, no en vano, los textos transcurren en la Europa de entreguerras, pero me da la impresión de que nos exilia de las vidas que ha querido acercarnos.

Así y todo, La ética del fragmento es un libro que merece la pena leerse. Artigue rinde homenaje a artistas y escritoras que le han servido de modelo. Y esa deuda que explicita es encomiable:

Alguien que habita en mí,
el que no cree que existan las paradojas
epistemológicas ni las ecuaciones sin misterio,
lee lo que escriben ellas
en la Historia de la Resistencia de la Normalización.
Y se reconoce en dicha búsqueda. Y
siente que ese discurso de algún modo le grita:
¡ayer soñé tu vida! (p. 22)

Por otra parte, es de agradecer que haya escrito un poemario donde sea tan visible la homosexualidad femenina.

También me resulta valiente su intento de construcción de una nueva identidad masculina –alejada del viejo esterotipo, que les presupone duros, insensibles y fuertes–,  acorde con los nuevos tiempos, en los que las mujeres –liberadas, emancipadas– exigimos un trato en condiciones de igualdad.

Por último, creo que La ética del fragmento constituye un perfecto complemento al documental Las sin sombrero, para que nuestra sociedad conozca –estime y valore– no ya sólo a las olvidadas escritoras y artistas españolas de los años 20-30, sino también a las americanas y a las europeas. Falta nos hace.



viernes, 25 de mayo de 2018

Olmo abatido


 
Hoy no hemos vivido una tragedia en el instituto, de milagro. Tenemos 75 árboles en el patio. Enormes olmos negros de 50 metros de altura, imponentes y frondosos. Fueron plantados en los años 80. De su mantenimiento se encarga el ayuntamiento de Madrid. Hablamos de árboles de crecimiento rápido y raíces de superficie. De gigantes con pies de barro. Uno de ellos no ha resistido los embates de la tormenta nocturna que ha anegado la capital. Su enorme copa estaba desparramada por el porche –que ha hundido– y el patio, sus raíces levitaban varios metros por encima de su lugar de origen, una tierra reventada que, de pronto, se ha quedado vacía. Por fortuna, esa fatídica suma de agua y viento ha arrancado al olmo en la madrugada, y no durante los recreos cuando cientos de niños corretean por el patio central que cruza entre los edificios principales, donde ha caído el árbol, acorazado de madera con mascarón de hojas y popa de raíces. Un milagro. A lo largo de la mañana ha venido la policía a precintar la zona y los bomberos a cortar el inmenso tronco y sus docenas de ramas, que no han podido llevarse aún. Todos hemos estado pendientes de sus maniobras. Hablando con un agente, y antiguo alumno del instituto, nos comentaba a una compañera y a mí que este tipo de sucesos podrían prevenirse de forma bien sencilla: no plantando árboles de raíces poco profundas (olmos, plátanos) y modificando el criterio de poda del ayuntamiento. Los jardineros encargados del cuidado de estos gigantes reciben instrucciones muy claras: han de podar a lo alto, para que las copas queden esbeltas. El problema salta a la vista. En los días de tormenta, las copas -empapadas de agua y zarandeadas por el viento- hacen de contrapeso y convierten al conjunto en un improvisado balancín de savia y corteza de 50 metros de largo. Ahora bien, si el criterio de poda no fuese la estética, sino la seguridad, igual nos ahorrábamos sustos como el que hemos vivido hoy en mi instituto o disgustos como el de la familia que perdió a su hijo en el parque del Retiro hace escasas semanas. ¿Es que tendría que morir algún alumno para podar los árboles de modo que no se descompensen con las lluvias? Sirva este suceso como símbolo de nuestra sociedad, donde prima la imagen, la apariencia, la belleza externa por encima de nuestro bien común. Las copas altas, la fruta plastificada y las corbatas en el gobierno, pese a que son un peligro, ponen en riesgo nuestro hábitat y gangrenan las instituciones del país.