viernes, 13 de septiembre de 2019

jueves, 12 de septiembre de 2019

El cuento de la criada


El cuento de la criada, Margaret Atwood. Ediciones Salamandra. 2017. 416 páginas. 20 euros.


Desde que estalló la crisis, hace una década, abundan las publicaciones de novelas distópicas en nuestro país. Algunos escritores, siguiendo los ejemplos de Bradbury, K. Dick y Orwells, hemos mirado a las estrellas para orientarnos. Y las editoriales han sacado a la luz los mapas que hemos ido trazando por intuición. La incertidumbre en la que vivimos, las especulaciones sobre el futuro próximo, animaron a Salamandra a rescatar hace un par de años un título imprescindible en la narrativa de anticipación: El cuento de la criada, de Margaret Atwood (cuya primera edición se remonta a 1985). El empoderamiento actual de la mujer y la reivindicación de sus –desconocidas– obras literarias, unidas a ese juego de elucubraciones sobre las diferentes –y desasosegantes– opciones de futuro que nos aguardan, han convertido el libro en un éxito de ventas. La célebre serie de HBO también ha contribuido a que buena parte de la ciudadanía conozca los entresijos de la República de Gilead, ese estado totalitario y postapocalíptico en que se convertirán los EEUU de aquí a unos pocos años.
     El libro a mí me inquieta por dos razones. Por una parte: por la inminencia de la –progresiva y plenamente aceptada– implantación de una nueva-vieja sociedad nacida de un modelo agotado, garante de los derechos humanos y víctima de sus propios excesos. Pero también por el brusco contraste entre las luchas feministas de los años 60 (representada por la madre de Defred, la protagonista del libro) y el régimen de esclavitud en que viven las mujeres avanzada esta nueva centuria.
     Margaret Atwood diseña un mundo que golpea a las mujeres de la clase media, pero no a las privilegiadas, a las que forman parte de la élite. La República de Gilead ha impuesto un miedo atávico, cerval, a las jóvenes en edad fértil, que o malviven como esclavas del sexo en ajardinadas mansiones -con el fin de engrendar herederos para sus respectivos Comandantes (caso de Defred)- o malarrastran su existencia por colonias contaminadas, donde la esperanza de vida no supera el lustro.
     La historia está contada en primera persona por su protagonista. Con una prosa maravillosa (detallista, pulcra, sensitiva y muy plástica), la narradora va colocando a sus personajes sobre el tablero del relato a modo de presentación. Dedica medio libro a describir las piezas de su ajedrez, mostrando sus puntos fuertes y debilidades; y en el otro medio, las pone en acción. A través de un paseo de 40 páginas Defred nos detalla su mundo y sus peligros. A partir de aquí, son continuos los saltos en el tiempo para que conozcamos tanto su pasado remoto (empleada, casada, madre de una niña e hija de una activista civil), como el inmediatamente anterior (durante la instrucción a su nuevo estatus: vasija de la descendencia de una pareja rica e infértil). En el segundo tramo, decía, Margaret Atwood pone a sus personajes a transgredir cada prohibición decretada, a recorrer cada espacio vedado. Nadie se salva: ni el Comandante, ni su Esposa, ni el cochero Nick, ni la criada Eglen… Convirtiéndose así la novela en un libro de intriga donde la esperanza convive con la angustia.
     El cuento de la criada me ha encantado. Y me ha revelado la importancia de las flores. 
 

martes, 3 de septiembre de 2019

martes, 30 de julio de 2019

Una comida en invierno

Una comida en invierno, Hubert Mingarelli. 

Hubert Mingarelli ha publicado en Francia, donde nació en 1956, más de una veintena de libros, de los que a nuestro idioma sólo se ha traducido Una comida en invierno (Siruela, 2019). Nouvelle de 117 páginas, es un magnífico relato ambientado en Polonia durante la Segunda Guerra Mundial. Narrada en primera persona por un soldado nazi del que desconocemos el nombre, cuenta la pericia de tres alemanes para convencer a su comandante de que los permita buscar judíos en los bosques nevados para saltarse así la matanza de un contigente de presos a punto de llegar al barracón. Dice el personaje: “prefiríamos la caza a los fusilamientos”.  De aquí en adelante, la obra relata un paréntesis en la vida atormentada de unos hombres que hacen la guerra sin convicción alguna y con bastante remordimiento. Uno de ellos aprovechará esta pausa para compartir con sus compañeros un temor que sí le importa: que su hijo adolescente, a miles de kilómetros, coja gusto al tabaco. No obstante, por lo regular caminan en silencio, bajo el frío, soportando cada uno su carga de recuerdos. Poco o nada sabemos de lo que piensan. Son libres (en apariencia), se paran a fumar de vez en cuando para recuperar un hábito doméstico y contemplan el hermoso paisaje que la nieve ha pintado sin ambición. En su batida, encuentran a un judío y a un polaco católico. Pero antes de regresar junto al resto de la tropa, deciden descansar en una casa de campo abandonada. Quieren recuperar la intimidad que la guerra ha barrido preparando una sopa que los caliente y reconforte a un tiempo. Quieren sentirse hombres, no soldados, compartiendo la mesa y cocinando. Aquí Una comida en invierno se transforma, casi, en una pieza teatral. Ya no saldremos de estas cuatro paredes. En apenas unos metros cuadrados y unas pocas horas viviremos con los seis personajes momentos de tensión y de complicidades. Al calor del hogar, entre los restos de un mobiliario reducido a leña, se sentirán humanos. Una vez colgados los abrigos (parte voluminosa de sus uniformes) y descongelado el músculo de la empatía, los nazis zozobrarán en una tormenta de dudas hacia su rehén. Mingarelli, que no revela el nombre de su narrador (podría ser cualquiera, tal vez alguno de nosotros), coloca a sus personajes en una tesitura complicada. Habrán de decidir qué hacer con el joven judío que come de su cazo: ¿lo entregan o lo salvan? Concisa, tensa, Una comida en invierno indaga en las contradicciones de los soldados no profesionales, y por extensión, nos interpela a todos: ¿queremos sentir el alivio en la conciencia que supone preservar una vida o no?


sábado, 27 de julio de 2019

Nieve

Ahora que nos ha dejado Carmen Jodra (1980-2019) y que despunta una poesía joven descafeinada no es mal momento para reivindicar la formación integral de los poetas. Y nada mejor que hacerlo con la lectura de un bellísimo cuento de iniciación -en este caso, al haiku, tan de moda-, titulado Nieve. La obra la publicó Anagrama en 2001. La firma el francés Maxence Fermine (1968). Y se trata de su primera novela. O mejor, nouvelle, pues no pasa de las 105 páginas, con letra generosa. El libro nos relata la historia de un joven de diecisiete años amante de la nieve y de la poesía, a finales del siglo XIX. Nacido en Hokkaido, contraviene la costumbre familiar de entregar su vida al ejército o a la religión. Pretende ser haijine. Para perfeccionar su arte, un emisario imperial le aconseja formarse con un antiguo samurái y magnífico poeta, al sur de Japón. Con él comprenderá la importancia de la pintura, de la música, de la danza y de la caligrafia para la creación de obras excelentes. Pero el relato, bellamente escrito a modo de fábula, también se introduce en el terreno de la muerte y del amor. Podríamos decir que Nieve es un haiku disfrazado de texto narrativo: igual de sutil, evocador, ligero y delicioso.

viernes, 19 de julio de 2019

Escaramujos

Escaramujos, Jesús Munárriz. Valencia, Pre-Textos, 2019. 76 páginas.


El haiku está de moda. Prueba de esta convicción es el último número de la revista Ínsula (El haiku entre dos orillas, coor. JM Rodríguez), dedicado en exclusiva a esta pieza de origen japonés; así como la coincidencia en el último año de varias publicaciones que también lo confirman (Apunto de ver, José Luis Morante –Polibea, 2019–; Río Mekong, Verónica Aranda –Cartonera Island, 2018–; Capitalinos, Jesús Munárriz –La isla de Siltolá, 2018–; Grillos y luna, Susana Benet –La isla de Siltolá, 2018–; ¿Y si escribes un haiku?, antología a cargo de Josep M. Rodríguez –La Garúa, 2018–; Ars nesciendi, Jorge Riechmann –Amargord, 2018–… Por citar algunos ejemplos de creación nacional. Hiperión, por su parte, está contribuyendo a este feliz estado del haiku (y del tanka) en nuestros país con los volúmenes Tristes juguetes, de Ishikawa Takuboku (2019); Muevo mi sombra, de Ozaki Hoosai (2018); y con un libro extraordinario que traigo aquí a colación, aunque salió de imprenta en 2016: Haikus de guerra. Como ven, son muchas las editoriales que se rinden a sus encantos. ¿Y a qué viene este gusto, tan extendido hoy, por la estrofa japonesa? El haiku ya gozó de predicamento en los albores del siglo pasado. En el artículo fechado en 2001 “La protohistoria vanguardista de la promoción poética del 27”, Javier Pérez Bazo (Universidad de Toulouse) vincula esta influencia al interés de la nueva poesía por lo sintético, por la miniatura. Pedro Aullón de Haro, de hecho, la rastreó en JRJ, Antonio Machado, Valle-Inclán, Gómez de la Serna, Lorca, Alberti, Aleixandre y Guillén, entre otros (El jaiku en España, Playor, 1985; Hiperión, 2002). Es decir, el haiku se avenía a una nueva estética, a un nuevo concepto del poema (claro y preciso) que en España arraigó en la poesía pura, en Rusia en el acmeísmo y en Estados Unidos y en Inglaterra en el Imagismo. ¿Pero, y hoy? El haiku nació como vía de meditación. Sin excluir este noble motivo –habría que dar voz a los poetas, para que se explicasen–, quizás ahora su escritura –y lectura– se deba a una doble causa: la inmediatez (vivimos en un mundo gobernado por la velocidad que imponen las nuevas tecnologías y las redes sociales) y la sencillez (el haiku –al igual que nuestra lírica breve– encarna una forma humilde y espontánea de humanidad. Sirve de contrapeso a la artificiosidad de la urbe, a la civilización corrompida y sin alma que habita en las ciudades).

Ejemplo de la reivindicación de la naturaleza es la última colección de haikus del poeta, editor y traductor Jesús Munárriz, Escaramujos (Pre-Textos, 2019). Divida por estaciones, la obra nos regala más de 150 delicadas miradas a un entorno campestre. Cada texto nos muestra un detalle pictórico de un conjunto. Cada verso es una pincelada evocadora de un estado de ánimo. Munárriz no recurre a las herméticas metáforas yuxtapuestas del Antonio Cabrera de Tierra en el cielo (Pre-Textos, 2001): “Voz de las peñas,/eco que vuela oscuro/sobre la helada”; él describe lo que ve: “El chaparrón/se ha llevado las flores/de los cerezos”. Confesaba Verónica Aranda en la presentación de Río Mekong que cuando viaja, en lugar de hacer fotos, escribe haikus para recordar un sitio. El prestigioso poeta vasco destila en sus composiciones esencias de distintos lugares (Vizcaya, Segovia, León…), con el objeto de inmortalizarlos. En ocasiones, además, desliza un tono crítico al servicio de un mensaje ecológico (“Agosto rojo,/pantanos sofocados,/bosques ardiendo”) o denuncia del cambio climático (“Ya han florecido/almendros y ciruelos./¡Loco febrero!”). No faltan  guiños intertextuales al célebre Basho (“Salta la rana./Resuena el viejo estanque/como hace siglos”), y es que, en líneas generales, estos hermosos haikus son de corte tradicional –al contrario de los que leemos en Capitalinos–: pauta métrica, kigo estacional, abolición de la individualidad, búsqueda de la belleza y congelación de un instante; si bien no falta en algunos el tono humorístico –marca de la casa– o desenfadado. 

Un libro al año viene publicando Jesús Munárriz desde que publicara en 2017 Los ritmos rojos del siglo en que nací. Un cuento triste (Hiperión). ¡Y está a punto de cumplir los 79 años! Que la inspiración perdure, maestro.  


martes, 9 de julio de 2019

Jurado del premio "La Bolsa de Pipas" (Sloper)



El pasado 7 de julio fallamos el III Premio de Poesía "La Bolsa de Pipas", convocado por la editorial Sloper. El jurado lo formamos Ben Clark, Ricardo Lobato y yo. Resultó ganador el libro Mis hijos ajenos, de la escritora argentina Florencia del Campo (Buenos Aires, 1982). Nuestras felicitaciones a la ganadora.

Más información sobra la obra premiada, la escritora y el premio, en el siguiente enlace:

https://www.editorialsloper.es/