miércoles, 17 de octubre de 2018

Lecciones estéticas de Federico García Lorca




Con motivo del tercer centenario de la muerte de Góngora, Federico García Lorca dio una conferencia sobre el poeta cordobés en la Residencia de Estudiantes. El texto contiene vetas interesantísimas de la poética lorquiana, que iluminan esta entrada del blog:

 
¿Qué causas pudo tener Góngora para hacer su revolución lírica? ¿Causas? Una nativa necesidad de belleza nueva le lleva a un nuevo modelado del idioma. Era de Córdoba y sabía el latín como pocos. No hay que buscarlo en la historia, sino en su alma. Inventa por primera vez en el castellano un nuevo método para cazar y plasmar las metáforas, y piensa, sin decirlo, que la eternidad de un poema depende de la calidad y trabazón de sus imágenes.
       Después ha escrito Marcel Proust: "Sólo la metáfora puede dar una suerte de eternidad al estilo".
       La necesidad de una belleza nueva y el aburrimiento que le causaba la producción poética de su época desarrolló en él una aguda y casi insoportable sensibilidad crítica. Llegó casi a odiar la poesía.

       Ya no podía crear poemas que supieran al viejo gusto castellano; ya no gustaba la sencillez heroica del romance. Cuando para no trabajar miraba el espectáculo lírico contemporáneo, lo encontraba lleno de defectos, de imperfecciones, de sentimientos vulgares. Todo el polvo de Castilla le llenaba el alma y la sotana de racionero. Sentía que los poemas de los otros eran imperfectos, descuidados, como hechos al desgaire.
       Y cansado de castellanos y de "color local", leía su Virgilio con una fruición de hombre sediento de elegancia. Su sensibilidad le puso un microscopio en las pupilas. Vio el idioma castellano lleno de cojeras y de claros, y con su instinto estético fragante empezó a construir una nueva torre de gemas y piedras inventadas que irritó el orgullo de los castellanos en sus palacios de adobes. Se dio cuenta de la fugacidad del sentimiento humano y de lo débiles que son las expresiones espontáneas que sólo conmueven en algunos momentos. y quiso que la belleza de su obra radicara en la metáfora limpia de realidades que mueren, metáfora construida con espíritu escultórico y situada en un ambiente extra-atmosférico. […]

Pero lo interesante es que, tratando formas y objetos de pequeño tamaño, lo haga con el mismo amor y la misma grandeza poética. Para él, una manzana es tan intensa como el mar, y una abeja, tan sorprendente como un bosque. Se sitúa frente a la Naturaleza con ojos penetrantes y admira la idéntica belleza que tienen por igual todas las formas. Entra en lo que se puede llamar mundo de cada cosa, y allí proporciona su sentimiento a los sentimientos que le rodean. Por eso le da lo mismo una manzana que un mar, porque sabe que la manzana en su mundo es tan infinita como el mar en el suyo. La vida de una manzana desde que es tenue flor hasta que, dorada, cae del árbol a la hierba, es tan misteriosa y tan grande como el ritmo periódico de las mareas. Y un poeta debe saber esto. La grandeza de una poesía no depende de la magnitud del tema, ni de sus proporciones ni sentimientos. Se puede hacer un poema épico de la lucha que sostienen los leucocitos en el ramaje aprisionado de las venas, y se puede dar una inacabable impresión de infinito con la forma y olor de una rosa tan sólo. […]

Góngora tiene un mundo aparte, como todo gran poeta. Mundo de rasgos esenciales de las cosas y diferencias características.

El poeta que va a hacer un poema (lo sé por experiencia propia) tiene la sensación vaga de que va a una cacería nocturna en un bosque lejanísimo. Un miedo inexplicable rumorea en el corazón. Para serenarse, siempre es conveniente beber un vaso de agua fresca y hacer con la pluma negros rasgos sin sentido. Digo negros, porque... ahora voy a hacerles una revelación íntima.... yo no uso tinta de colores. Va el poeta a una cacería. Delicados aires enfrían el cristal de sus ojos. La luna, redonda como una cuerna de blando metal, suena en el silencio de las ramas últimas. Ciervos blancos aparecen en los claros de los troncos. La noche entera se recoge bajo una pantalla de rumor. Aguas profundas y quietas cabrillean entre los juncos... Hay que salir. Y éste es el momento peligroso para el poeta. El poeta debe llevar un plano de los sitios que va a recorrer y debe estar sereno frente a las mil bellezas y las mil fealdades disfrazadas de belleza que han de pasar ante sus ojos. Debe tapar sus oídos como Ulises frente a las sirenas, y debe lanzar sus flechas sobre las metáforas vivas, y no figuradas o falsas, que le van acompañando. Momento peligroso si el poeta se entrega, porque como lo haga, no podrá nunca levantar su obra. El poeta debe ir a su cacería limpio y sereno, hasta disfrazado. Se mantendrá firme contra los espejismos y acechará cautelosamente las carnes palpitantes y reales que armonicen con el plano del poema que lleva entrevisto. Hay a veces que dar grandes gritos en la soledad poética para ahuyentar los malos espíritus fáciles que quieren llevarnos a los halagos populares sin sentido estético y sin orden ni belleza. Nadie como Góngora preparado para esta cacería interior. No le asombran en su paisaje mental las imágenes coloreadas, ni las brillantes en demasía. El caza la que casi nadie ve, porque la encuentra sin relaciones, imagen blanca y rezagada, que anima sus momentos poemáticos insospechados. Su fantasía cuenta con sus cinco sentidos corporales. Sus cinco sentidos, como cinco esclavos sin color que le obedecen a ciegas y no lo engañan como a los demás mortales. Intuye con claridad que la naturaleza que salió de las manos de Dios no es la naturaleza que debe vivir en los poemas, y ordena sus paisajes analizando sus componentes. Podríamos decir que pasa a la naturaleza y sus matices por la disciplina del compás musical. […]

No creo que ningún gran artista trabaje en estado de fiebre. Aun los místicos, trabajan cuando ya la inefable paloma del Espíritu Santo abandona sus celdas y se va perdiendo por las nubes. Se vuelve de la inspiración como se vuelve de un país extranjero. El poema es la narración del viaje. La inspiración da la imagen, pero no el vestido. Y para vestirla hay que observar ecuánimemente y sin apasionamiento peligroso la calidad y sonoridad de la palabra. […]


Y no hay que olvidar que Góngora es un poeta esencialmente plástico, que siente la belleza del verso en sí mismo y tiene una percepción para el matiz expresivo y la calidad del verbo, hasta entonces desconocida en el castellano. El vestido de su poema no tiene tacha. […]

Y no busca la oscuridad. Hay que repetirlo. Huye de la expresión fácil, no por amor a lo culto, con ser un espíritu cultivadísimo: no por odio al vulgo espeso, con tenerlo en grando sumo, sino por una preocupación de andamiaje que haga la obra resistente al tiempo. Por una preocupación de eternidad. […]



Fuente: Federico García Lorca, Prosa, 2. Epistolario. Obras, VI. Edición de Miguel García-Posada. Akal. 1994. Páginas 1227-1252.

 

martes, 16 de octubre de 2018

DEP Arto Paasilinna

Ha muerto Arto Paasilinna, uno de los narradores contemporáneos más divertidos. Qué grandes ratos he pasado leyendo Delicioso suicidio en grupo (novelón desternillante, para mí, su obra cumbre), El molinero aullador, El mejor amigo del oso, El año de la liebre (ambos los leí en una cabaña en Luosto, Laponia, en unos de nuestros viajes a Finlandia) o La dulce envenenadora. En homenaje, recojo mi reseña de la cuarta novela que cité (publicada en Culturamas el 13 de febrero de 2012). Descanse en paz.





El año de la liebre. Arto Paasilinna. Trad. Juan Carlos Suñén y Ursula Ojanen. Editorial Anagrama. 190  páginas.


Llegan con retraso, pero al final acaban editándose en España. El aclamado escritor finlandés Arto Paasilinna ha publicado 36 novelas, a razón de una al año, desde 1972. En su nevado país se aguarda la aparición de sus libros como si se tratase de un espectáculo más de la naturaleza, que tan acostumbrados tiene a sus habitantes a la belleza enigmática de las auroras boreales y del mar congelado. Nosotros, lamentablemente, nos perdemos ese acontecimiento anual. Debemos conformarnos, por el momento, con apenas seis obras traducidas. A esto hay que añadir el gran desfase entre el año de publicación en su lengua de origen y en la nuestra: El molinero aullador (1981-2004), El bosque de los zorros (1983-2005), Delicioso suicidio en grupo (1990-2007), La dulce envenenadora (1988-2008), El mejor amigo del oso (1995-2009) y El año de la liebre (1974-2011). No obstante, todo se disculpa, pues las novelas de Arto Paasilinna –delirantes, cínicas, divertidas, rebeldes– nos llevan a un ritmo de vértigo, de esquíes deslizándose sobre la superficie de la nieve, por parajes e historias de difícil olvido.

La labor conjunta de la editorial Anagrama y del Centro para la Información de la Literatura Finlandesa ha posibilitado la publicación de España de Arto Paasilinna. Gracias a las subvenciones del FILI –trasunto de nuestra extinta Dirección General del Libro–, la obra del novelista nórdico se ha traducido a dieciocho idiomas. El apoyo estatal a los autores nacionales, la amplia red de bibliotecas públicas y la tradición lectora de una población educada en colegios gratuitos, junto a la calidad incontestable de su obra, son algunas de las razones de la exitosa carrera de Paasilinna dentro y fuera de las frías fronteras de Finlandia.


El año de la liebre, sin duda alguna, es su buque insignia. Aquí aparecen los rasgos definitorios de sus futuras narraciones. Así, el personaje principal del libro, Vatanen –un periodista cansado de su profesión y aburrido de su matrimonio–, aprovecha el fortuito atropello de una liebre para adentrarse en un bosque y escapar de su mundo para siempre. Esta huída tanto de la ciudad como de las obligaciones sociales, permite al protagonista descubrir toda una galería de tipos (leñadores, oficiales del ejército, jubilados, policías...) cuyo comportamiento va de la violencia –injustificada– a la –efímera– ternura. La veloz concatenación de situaciones absurdas y disparatadas, al tiempo que nos hace sonreír también nos obliga a dibujar una mueca desoladora. El nihilismo de Paasilinna nos muerde sin que lo percibamos, es apenas un cosquilleo en la conciencia; sólo al cabo de un rato comprendemos que tanta ironía y humor negro inoculan en la mente un veneno que carece de antídoto: el hondo desencanto.

La anarquía de Vatanen, sus indomables ansias de libertad, le conducen a la región de Laponia, donde vive “como un animal del bosque”. Sólo en medio de los pantanos, rodeado de pinos y acompañado por su liebre, se siente en posesión de su existencia. Pero que nadie busque en este canto a la soledad reminiscencias de la “alabanza de aldea” de los escritores mediterráneos del siglo XVI. El entorno por donde se mueve Vatanen es salvaje e inhóspito. El hombre comparte territorio con osos, cuervos y zorros, con los que libra una feroz batalla por la subsistencia. Tampoco encontraremos en esta novela los parajes desangelados y angustiosos de Sukkwan Island, del autor alaskeño David Vann, pues Arto Paasilinna describe una naturaleza imponente no exenta de una belleza sobrecogedora. Precisamente esa loa a la exuberancia de Laponia (y de toda Finlandia) es uno de los elementos que comparten sus libros.

El año de la liebre es la novela diapasón de Arto Paasilina, con ella afina el resto de sus obras. Todas guardan entre sí la misma proporción de ecología y denuncia social, idéntico tono de chanza y desconsuelo. De echo, se trata del libro finlandés más traducido después de la epopeya del Kalevala y del relato infantil Trollkarlens hatt (El sombrero del Mago), ilustrado y escrito por la legendaria Tove Jansson.  

La propuesta literaria de Arto Passilinna se ha convertido en una pieza clave de la literatura europea contemporánea. Leerla nos exige desear una nueva dosis de talento. Esperemos que Anagrama sacie, pronto, este síndrome de abstinencia con la publicación de alguna de esas 30 novelas que han rendido a Finlandia y que desconocemos por aquí. 


sábado, 13 de octubre de 2018

Cátedra y las poetas del siglo XX


 
Tras mi reseña del último poemario de Pureza Canelo (Retirada, Pre-Textos, 2018), quiero llamar la atención sobre un asunto de capital importancia. La colección Letras Hispánicas de Ediciones Cátedra tiene por objeto ofrecer a sus lectores un recorrido por la literatura en lengua española desde la Edad Media hasta la actualidad. Leyendo el catálogo de la poesía española del siglo pasado, que puede consultarse on line, compruebo que sólo aparece recogida la obra de una mujer: Gloria Fuertes. Hablamos de cien años de historia de la lírica nacional. Una sola mujer frente a cincuenta y siete hombres, una sola poeta ante los Unamuno, JRJ, León Felipe, Antonio y Manuel Machado, Federico, Aleixandre, Cernuda, Miguel Hernández, Hierro, Ángel García, Biedma, Caballero Bonald, Joan Margarit o Luis García Montero. Ni rastro de Rosa Chacel, Ernestina de Champourcín, Carmen Conde, Concha Méndez, Ángela Figuera, Dionisia García, Julia Uceda, María Victoria Atencia, Francisca Aguirre o Angelina Gatell. Cuando repaso los nombres de los poetas varones nacidos por la fecha de nacimiento de Pureza Canelo (1947), constato que han publicado su obra en dicha colección: Diego Jesús Jiménez (1942), Aníbal Núñez (1944), José Miguel Ullán (1944), Pere Gimferrer (1945), Jenaro Talens (1946), Antonio Colinas (1946), Guillermo Carnero (1947), Eloy Sánchez Rosillo (1948), Luis Alberto de Cuenca (1950), Jaime Siles (1951) y Andrés Sánchez Robayna (1952). ¿Dónde están las mujeres? De nuevo, una clamorosa ausencia. Además de Pureza Canelo, ¿qué se hizo de Clara Janés (1940), Juana Castro (1945), Ana Rossetti (1950) o Chantal Maillard (1951)? Igual va siendo hora de equilibrar la balanza y de empezar a editarnos a nosotras también. ¿No les parece? Reivindico nuestro lugar dentro del canon.


martes, 9 de octubre de 2018

Retirada

Retirada, Pureza Canelo. Pre-Textos, Valencia, 2018. 56 páginas. 10 euros.



   
Quizás, una razón para escribir sea la de luchar contra el olvido. Sabemos que con el tiempo los cuadros se agrietan sobre sus bastidores, y por eso tratamos de darles pinceladas y capas de barnices, para que nos perduren. Pureza Canelo lleva, cuanto menos, dos poemarios retocando las líneas y colores de su memoria (Oeste), así como el color y la profundidad de su pensamiento (Retirada), para defender de la nada “la cosecha de lo vivido”. Con un lenguaje que ella misma tilda de esencial y claro, su último libro de poemas en prosa constituye un balance existencial a sabiendas de que, al sujeto que enuncia, se le acortan los días. El veredicto es muy poco indulgente: “Ninguna hazaña has ofrecido en la brevedad de tu paso terrícola” (p. 24). La autora reconoce su fracaso en la búsqueda de un sentido a la vida (“¿Qué ha sido haber estado aquí? Desde la poesía he buscado la respuesta de lo menor hacia lo único. Sigo a la espera”, p. 47), se interroga sobre la plausible eternidad (“¿Haber llegado hasta aquí para abandonar?”, p. 48) o aventura que el sentido de nuestra experiencia humana pueda ser prepararnos para la muerte (“No hay pesadumbre. La retirada es el gran hacer”, p. 50), ¿cabría intuir que Pureza Canelo nos insta a realizar un camino espiritual –estoico, cuidadoso, solidario, empático– que nos ayude a afrontar conjuntamente nuestra contingencia? ¿Puede existir, acaso, otro modo de asumir nuestro desenlace, de sobreponernos a la tortura de pensar en la desaparición absoluta? Tampoco faltan en el libro reflexiones metaliterarias no exentas de autocrítica

“Leo textos ajenos y me pierdo en vericuetos del decir. Lo mismo pasaría si alguien fijara su dedo en mi escritura.

Clamoroso ego. Deficienca perenne entre nosotros. Vanidad sin límites. A la vez que tuertos y mancos, todos” (p. 13)

La autora, incluso, dedica un homenaje a Juan Ramón Jimémez, poeta de la poesía pura, que desnudaba sus versos de retórica como un maestro experto en la poda paciente de bonsáis. Ella admira sus “canales de profundidad”, su contacto con el magma interior, con cuya materia -sabiamente seleccionada- daba cuerpo a sus textos: “la escritura de exigencia universal asiste a quien se atreve a buscarla y agujerear mundos. Brocales de luz hacia el centro de la tierra” (p. 49)

Retirada es un libro hondo, de recapitulación, despedida, emparentado con las premoniciones de Cernuda (“Quien escribe se adelanta a atisbar la muerte”, p. 20) y las incertidumbres de Unamuno (“Amanece. ¿Existo?”, p. 27). Con este intenso cuadro (minimalista, bello, de fina pincelada), Pureza Canelo se subleva contra su condición mortal. No en vano, según Rafael Argullol, esa es precisamente la misión de la literatura: “En el mismo momento en que el hombre adquiere conciencia del tiempo, que es el sendero hacia la muerte, adquiere conciencia de la necesidad de rebelarse contra él. El arte, con sus distintas máscaras, es el fruto de esa rebelión”.

En fin, aunque ella opine lo contrario, guiada por su valiente expedición de lapiceros, Pureza recorre los puentes abiertos al misterio, y deja un surco de grafito en el país helado de la Nada.

Este reseña ha sido publicada por la revista Oculta Lit.

 

viernes, 5 de octubre de 2018

Bella durmiente


Bella durmiente, Miriam Reyes. “Finalista del XIX Premio de Poesía Hiperión”. 72 páginas. 2004.
 

Con Bella durmiente, Miriam Reyes se proclamó finalista del Premio Hiperión en 2004. Tras el subversivo Espejo negro (DVD, 2001), la joven poeta nos sorprende ahora con un emocionante poemario que relata el itinerario de un sujeto en busca de sí mismo.
El primer poema constituye una declaración de intenciones: la cubierta del libro se ofrece al lector como una provocativa muñeca bonita de goma homologada, un atractivo envoltorio que esconde un caramelo envenenado, una concha sinuosa donde suena el estruendo de la vida: “Pasa y verás lo que hay/ tras el esmalte de dientes”. En cuanto traspasamos el dintel, quedamos atrapados en un espacio hermético y onírico, levantado a partir de las desasosegantes estímulos que ofrece el mundo exterior.
La primera parte del libro se centra en el recuerdo de la infancia transcurrida en un lugar concreto, Caracas. No faltan descripciones realistas de escenas cotidianas: “Mamá y yo/ en la madrugada del 29 de diciembre de 1974/ nos acercamos a la muerte./ Mis hombros eran demasiados anchos y el médico/ se vio forzado a empujar mi cabeza de vuelta al útero”. Pronto, sin embargo, aumenta la temperatura irracional de la obra y se suceden toda suerte de imágenes de ámbito doméstico que van a connotar un espectro de emociones psíquicas angustiadas: “Me cazas/ en frascos vacíos de mermelada/ y dejas que me asfixie oliendo a melocotón”, “de quedarme a tu lado/ mamá/ me chuparías la cabeza como a una gamba”.
En otras ocasiones, la escena descrita tiene un doble carácter realista y simbólico: “Dentro de casa/ me escondía con Boby/ bajo la oscuridad roja de la mesa camilla/ para besuquear la goma de sus labios y apretar/ su cuerpo mullido de muñeco”. Poco importa que la anécdota sea biográfica o ficticia, lo crucial es que el juguete representa la idealización de la pareja: es el único hombre con quien la protagonista del poemario ha compartido cierta felicidad, y es, por tanto, al único que recuerda “frente a los cuerpos borrosos/ de los hombres que vinieron después/ sin anillas”.
Miriam Reyes hace gala en el poemario de un gran dominio técnico para suscitar las emociones de su protagonista en la comunidad lectora. Así, la segunda parte del poemario nos sorprende con un viraje temático y estético. Del itinerario verosímil, pasamos al estrictamente imaginario. El verso se acorta. Las escenas se desarrollan en el tiempo presente, simultáneo al acto de lectura. Miriam nos descubre en este instante la verdadera naturaleza de su criatura de papel: un ser desencantado, sumido en la parálisis, lo que expresa o bien por medio de símbolos (“Luz y sangre viajan/ a pesar de mí/ y me sobreviven”) o de dudas constantes: “No sé dónde estoy”, “Todavía no sé poner un orden:/ pasado-presente-¿futuro?”, “Empiezo a olvidar dónde y con quién he vivido cada recuerdo”. En definitiva, un ser vacío, desinflado, apático, sin nada positivo en su interior (una meta, un proyecto) a lo que aferrarse y por lo que luchar en la vida:

“El cielo azul enmarcado por el hueco que abrieron las bombas
las hierbas cubriendo los arcos derruidos
el sendero de escombros y piedras…. Por dentro yo
soy como estas ruinas”.

Teniendo en cuenta que nos encontramos dentro de un orbe psíquico, la realidad exterior, percibida sensitivamente, queda transformada por un antojo creativo que desobedece las leyes de la física y de la lógica. Lo que da lugar a preciosas imágenes surrealistas que dan cuenta de la gran coherencia entre el fondo y la forma que tiene el libro: “Los chopos/ pelados esqueletos de peces plantados en la tierra”.
La tercera parte del poemario se centra en las relaciones de pareja. Desvalijada, destruida como una muñeca Nancy, la protagonista busca en el amor una forma de arraigo, por lo que se cuelga “del cuello del primero que pase”. No obstante, debido a las continuas frustraciones amorosas termina optando por una vida no estandarizada:

“No necesitas casa y semental
suéltalo y echa a andar de una vez.
Aquel amante tuyo tenía razón
para ti, las personas son accidentes:
de pronto te suceden”.

Sin duda, en esta última sección se oscure el tono del libro. Abundan las metáforas esperpénticas (el sujeto que enuncia se convierte en una patética criatura de piel viscosa y carne de molusco, una amaestrada y obediente perra abandonada o un pastel en el que anidan moscas), así como las anécdotas macabras (“Todas las noches lleno mis bolsillos de piedras/ me encierro en el garaje/ y meto la cabeza en el horno./ Entonces me quedo dormida”).
En el desenlace, Miriam Reyes no da tregua a su protagonista. No la salva de la fatalidad, ni la dota de fuerza para sobreponerse a su destino. Por el contrario, haciéndola “mandar/ los fantasmas a dormir” delega sus expectativas existenciales en agentes externos (los amigos, los amores...), que habrán de ser –a la postre– quienes la rescate de sí misma.
Bella durmiente, es, en definitiva, un poemario atrevido, de corte nihilista, en donde resuenan los ecos de Quevedo, Rosario Castellanos, Virgina Woolf o Silvia Plath. No cabe duda de que su autora está llamada a ser una de las grandes voces de este inicio de siglo, en que una nueva generación de autores viene pisando fuerte con las ideas muy claras. 


Esta reseña forma parte de mi artículo "La generación de la democracia", publicado en el libro Poesía Última. Fundación Rafael Alberti. Actas 2008. Páginas 173-179. Sial Ediciones. 2008.

 

viernes, 28 de septiembre de 2018

La ola de frío polar

La ola de frío polar, Marina Yuszczuk. Ediciones Liliputienses. Cáceres. 2017. 77 páginas. 10 euros.



“La tristeza no quiere
ser invisible,
ni quedarse muda”

Esta cita recoge a la perfección la atmósfera del libro de poemas La ola de frío polar, de la autora argentina Marina Yuszczuk (1978). Ante la duda sobre la conveniencia o no de hablar de ciertas cosas, la escritora retira el precinto de lo secreto, rompe el sello de un viejo pergamino heredado, y repasa con dedos firmes esa piel cuarteada donde la tinta airea nuestras imperfecciones, que son muchas. Para empezar, en la primera parte de la obra (Fuego mínimo) se describe un contexto amargo, una realidad gelatinosa, tambaleante, de escasa consistencia para el sujeto que enuncia: “nada de lo que pasa/tiene sentido”. La protagonista de los poemas se mueve en un espacio sin futuro: sobrevive gracias al empeño de enseres y al remiendo de ropas. Pareciera que el mundo no le atañe (“no quiero hacer nada”, “todos van a algún lado, menos yo”). La carcoma devora los muebles de sus ilusiones, destroza su esperanza, acaba con las vigas de sus enhelos. Si acaso, la violencia se apodera en ocasiones de sus impulsos (“es imposible romper una persona/pero las ganas/ a veces están”), aunque lo cierto es que ni siquiera la injusticia mueve un átomo de su musculatura:

“Otra vez se rompió la zapatilla
la suela se abrió por un borde […]
duran re poco las converse, y eso
medio que es motivo para la denuncia
de un mundo preparado
para que todo
todo
se rompa”

Al ambiente de escasez y al clima de violencia sumemos el desencanto sentimental de quien reniega del matrimonio o de las relaciones estables, de quien no soporta la idea de que las personas “se vuelvan algodón” y “pongan todo su valor/cada una en la otra”.

La segunda sección del libro (Laboratorio) abre la profundidad de campo. Del espacio urbano, local, se pasa a una esceonografía legendaria. Sobresale un poema espectacular, Almejas en un frasco. La autora rinde tributo a las gentes humildes de su tierra, canta la épica de una estirpe de mujeres que extraía el alimento con sus manos, escarbando en la playas. Realiza un himno a las abuelas que se hacían cargo de la alimentación familiar, doblando el espinazo bajo el sol. El poema funciona como homenaje no menos que como dura crítica: “asistimos a la extinción de una pequeña especie/que era una rara costumbre doméstica/ ¿y las abuelas? se extinguieron también”. El diario La Nación publicó hace unos meses un artículo que vincula la “extinción masiva” de almejas a la “depredación humana”, a la codicia de los hombres de negocios que, con tal de celebrar la aparición de un nuevo dígito en su cuenta del banco, ordenan la extracción de arena para levantar balnearios y hoteles en las playas (06/02/2018). En otro gran poema del libro, Oda a San Francisco, Marina nos recuerda que vivimos sobre una falla a punto de tragarnos. Hasta aquí, La ola de frío polar congela la alegría que pudiéramos haber sentido antes de atravesar sus páginas. Oscurece el confeti. Silencia el silbido de las cafeteras. Pero el libro da un volantazo en la tercera parte.

Temporada de petardos se centra en el asunto de la maternidad. La protagonista se sacude el tedio cuando se sabe a punto de ser madre. Desmonta el decorado de sus dudas y de su estancamiento:

“no hay nada que una chica
no pueda hacer
pienso, en este invierno donde me preparo
como un soldado
para defenderte siempre” (Canción)

Sin paños calientes, la poeta argentina describe los inconvenientes del embarazo, del alumbramiento y de la vida familiar:

“todo bebé se extiende por kilómetros

primero, destructores
del mundo que vienen a ocupar y lo primero que hacen
es hacerlo estallar
todo bebé viene con dinamita” (Cómo se apaga, si se apaga, tanto fuego)

Pero al tiempo, Yuszczuk reivindica nuestra condición animal y nuestra interdependencia con el medio:

“pensar que fui
ese animal que salió de otro cuerpo
ese mamífero

no tenemos memoria de haber sido un animal
y por eso decimos como tontos
es un milagro, un bebé es un milagro
tan alejados estamos de la vida” (del memorable Cuando nos hicimos padres)

Marina Yuszczuk, además, flagela al patriarcado en versos maravillosos como los siguientes:

“todos creen que saben
algo de algo
especialmente los varones
que dicen soy papá
y piensan en juguetes y equipos de fútbol
no en cuidado […]

¿por qué cuidar parece ser un arte
que solamente aprendieron las mujeres
que los cuidan también
a ellos? (ídem)

El libro acaba con un tornado que nos zarandea, con el realismo implacable que supone nuestra transitoriedad. No obstante, pese a su fuerza centrífuga hay una gravedad que nos sujeta al suelo, un cargamento de luz que destierra el temor al paso por el último umbral: el hijo, “él es la garantía plena de que alguna vez estuve/poderosamente viva”.

La ola de frío polar parte de anécdotas trascendidas de las que la autora extrae conclusiones generales con las que nos identificamos. Los temas que aborda están en la mesa de novedades: la crítica de la obsolescencia programada, la reivindicación ecológica de nuestro estatus animal, la lucha feminista por el reparto igualitario de tareas, o la necesidad del cuidado y del repeto mutuo. En conclusión, se trata de un excelente libro de poemas, de bella cubierta a cargo de Liliputienses. Una lectura más que recomendable para plantarle cara a la paleta oscura del otoño que empieza.

Esta reseña ha sido publicada por la revista Oculta Lit. Enlace, AQUÍ.

 

sábado, 22 de septiembre de 2018

Harrison Ford en la Cumbre Mundial contra el Cambio Climático


 
Discurso del actor Harrison Ford (76 años) para concienciar a la población mundial de los efectos adversos del cambio climático, apelando a nuestra responsabilidad moral para cambiar de modelo civilizatorio. Está el planeta en juego. Y la vida humana en él.

“Estamos aquí porque nos importa esto. No sólo hoy, nos importa mucho el futuro. Sabemos que sólo tenemos una posibilidad de evitar la catástrofe que se avecina y la gente como nosotros se niega a abandonar. Los programas de conservación internacional [estadounidenses] llevan trabajando 30 años en proteger la naturaleza para la gente y en otros países lo llevan haciendo unos 20. Hemos hecho un buen trabajo durante este tiempo y hemos trabajado todos juntos. Hemos cumplido muchos objetivos, pero eso incluye muchos riesgos: no hemos conseguido cambiar el camino en el que estamos hoy. El futuro de la humanidad está en juego. A todos los que trabajáis en el desafío contra del cambio climático, os lo ruego: No os olvidéis de la naturaleza, porque hoy la destrucción de la naturaleza produce más emisiones contaminantes que todos los camiones y los coches del mundo.

Podemos poner paneles solares en todas las casas, convertir todos los coches en vehículos eléctricos, pero mientras Sumatra siga ardiendo, habremos fracasado. Lo mismo pasará, mientras el Amazonas esté siendo talado y quemado y hagan lo mismo con las selvas y los parajes tribales protegidos. Mientras que los indígenas están siendo invadidos y se están destruyendo los humedales y las turberas, nuestros objetivos climáticos seguirán fuera de nuestro alcance, y nos quedaremos sin tiempo. Si no nos preocupamos de parar la destrucción de la naturaleza, dará igual lo que hagamos. ¿Por qué? Porque proteger y unir fuerzas a favor de los manglares, de los humedales y las cuevas de carbón representa un 30% de lo que necesitamos hacer para protegernos contra la catástrofe del calentamiento global. Si no protegemos la naturaleza, no podemos protegernos a nosotros mismos. Esto es lo que necesitamos hacer con el calentamiento: incluir a la naturaleza en todos los apartados corporativos y en cada objetivo nacional contra el cambio climático.

Cada vez que se ponga en marcha un plan con su horario y su planteamiento, hay que invertir en los manglares y en los bosques tropicales, igual que lo hacemos con las energías renovables. Hay que trabajar en frenar la destrucción de estos ecosistemas, hacer el esfuerzo en la próxima década de mantenerlos para el futuro. Hay que investigar en reforestación, igual que lo hacemos en las reservas de carbono. Ponéoslo como meta. El coste de las talas está creciendo dramáticamente y hay que empoderar a las tribus indígenas para usar su conocimiento, su historia, su imaginación para que crezcan en sus territorios. Respetadles y asegurad sus derechos. Educad y elegid a líderes que crean en la ciencia y entended la importancia de proteger a la naturaleza.

¡Por el amor de Dios, parad esta denigración a la ciencia! ¡Dejad de darle poder a la gente que no cree en la ciencia! O peor aún, a aquellos que fingen no creer en ella por sus propios intereses. Ellos saben quiénes son y nosotros sabemos quiénes son ellos. Ricos o pobres, poderosos o no, todos sufriremos las consecuencias del cambio climático y la destrucción de los ecosistemas. Estamos enfrentándonos a la mayor crisis moral de nuestro tiempo y aquellos que menos culpa tienen cargarán con los mayores costes.

Mina abierta en México
No olvidéis por lo que estamos luchando: por los pescadores en Colombia, en Somalia, que se preguntan cuál será su próxima pesca. Sus gobiernos no les protegen frente a las piscifactorías de todo el mundo. Es una madre en Filipinas la que piensa que la próxima tormenta podrá solucionar un daño irreparable. Es gente en California, en la Costa Este, la que está haciendo frente a incendios y a las peores tormentas de la historia. Es nuestra propia gente, nuestra comunidad, son nuestras familias. Esta es la principal verdad. Si queremos sobrevivir en este planeta, el único hogar para nosotros es nuestro clima, nuestra seguridad y nuestro futuro, necesitamos la naturaleza. Ahora más que nunca. La naturaleza no necesita a la gente, la gente necesita naturaleza. Vamos a apagar los teléfonos, a remangarnos y vamos a patearle el culo a este monstruo". 
 
 
Parte del video podéis verlo Aquí.