viernes, 17 de mayo de 2013

La importancia de la buena literatura (I)


Ray Bradbury
(Fragmento del ensayo “Invirtiendo centavos: Fahrenheit 451”)
 

Hace poco, en el Studio Theatre de Los Ángeles saqué de las sombras a los personajes de Fahrenheit 451. Yo pregunté. Ellos contestaron. Escribieron escenas nuevas, revelaron partes raras de sus almas y sueños aún no descubiertos. El producto fue una obra en dos actos, bien escenificada, y en general bien recibida. El que de más lejos vino entre bastidores fue Beatty, cuando oyó que le preguntaba: ¿Cómo empezó todo? ¿Por qué decidiste hacerte jefe de bomberos, quemador de libros? La sorprendente respuesta surgió en una escena en que Beatty lleva al protagonista Guy Montag a su casa, un apartamento. Al entrar, Montag descubre atónito que en las paredes hay alineados miles y miles de libros, ¡toda una biblioteca oculta! Se vuelve hacia el superior y exclama:
—¡Pero tú eres el incinerador jefe! ¡En tu casa no puede haber libros!
A lo cual el jefe, con una sonrisita seca, replica:
—El delito no es tener libros, Montag, ¡es leerlos! Sí, de acuerdo. Yo tengo libros. ¡Pero no los leo!
Aturdido, Montag aguarda la explicación de Beatty:
—¿No ves la belleza, Montag? Yo no leo nunca. Ni un libro, ni un capítulo, ni una página, ni un párrafo. Pero sé jugar con la ironía, ¿no es cierto? Tener miles de libros y no abrirlos nunca, darle al montón la espalda y decir: No. Es como tener una casa llena de hermosas mujeres y sonreír y no tocar... ni una sola. De modo que ya ves, no soy ningún delincuente. Si alguna vez me pillas leyendo, sí, ¡entrégame! Pero este lugar es tan puro como el dormitorio de una muchacha virgen en una lechosa noche de verano. Estos libros mueren en los estantes. ¿Por qué? Porque lo digo yo. Ni mi mano ni mis ojos ni mi lengua les dan alimento o esperanza. No valen más que el polvo.
Montag protesta:
—No entiendo cómo no te sientes...
—¿Tentado? —exclama el jefe de bomberos—. Oh, eso fue hace mucho. La manzana fue comida y ya no existe. La serpiente ha vuelto al árbol. El jardín es hierbajos y moho.
—En un tiempo... —Montag titubea y luego sigue:— En un tiempo tú debes haber querido mucho los libros.
—¡Touché! —responde el jefe—. Por debajo del cinturón. En la mandíbula. Con el corazón partido. Las tripas abiertas. Oh, Montag, mírame. El hombre que amaba los libros; no, el muchacho disparatado, demente por ellos, que se trepaba a las pilas como un enloquecido chimpancé. Me los comía como si fueran ensalada; los libros eran para mí el sándwich del almuerzo, la merienda, la cena y el bocado de medianoche. ¡Arrancaba las páginas, melas comía con sal, las ensopaba con deleite, mordisqueaba las costuras, pasaba capítulos con la lengua! Docenas, cientos, billones de libros. Llevé tantos a casa que anduve años jorobado. Filosofía, historia del arte, política, ciencias sociales; nombra el poema, el ensayo, la obra de teatro que quieras: me los comí todos. Y después... después... —la voz del jefe de bomberos se apaga. Montag lo apremia:
—¿Y después?
—Bueno, me sucedió la vida —El jefe cierra los ojos para recordar—. La vida. Lo de costumbre. Lo mismo. El amor que no marcha del todo, el sueño que se vuelve agrio, el sexo que se hace pedazos, las muertes demasiado rápidas de amigos que no lo merecen, el asesinato de uno, la locura de otro, la lenta muerte de una madre, el suicidio brusco de un padre... una estampida de elefantes enfurecidos, un ataque total de la enfermedad. Y por ninguna parte, ninguna, el libro justo en el momento justo para rellenar la grieta de la presa que se viene abajo y contener la inundación, o recibir una metáfora, perder o encontrar un símil. Hacia el final de los treinta años, al borde ya de los treinta y uno, recogí mis pedazos, cada hueso roto, cada centímetro de carne escoriada, magullada o herida. Me miré en el espejo y, perdido bajo el asustado rostro de un joven, vi a un viejo, vi odio por todo, por cualquier cosa, nombra la que sea y la maldeciré. Abrí las páginas de los magníficos libros de mi biblioteca y, ¿qué encontré? ¿Qué, qué?
Montag se aventura:
—¿Páginas vacías?
—¡Premio! ¡Sí, en blanco! Bah, estaban las palabras, de acuerdo, pero me resbalaban por los ojos como aceite caliente, sin ningún significado. Sin ofrecer ayuda, ni consuelo, ni paz, ni abrigo, ni amor verdadero, ni cama ni luz.
Montag recuerda:
—Hace treinta años... Las quemas finales de bibliotecas...
—Acertado —Beatty asiente—. Y como no tenía trabajo, y era un romántico fracasado, o lo que fuese, me presenté para la primera clase de bomberos. Primero en subir los escalones, primero en entrar en la biblioteca, primero en ese horno, el corazón ardiente de sus compatriotas siempre en llamas, ¡rocíenme con keroseno, pásenme la antorcha! Fin de la conferencia. Por esa puerta, Montag. ¡Largo!


lunes, 13 de mayo de 2013

Vivo en lo invisible



En el año 2009 encontré, de casualidad, en una librería de Dublín un libro que me atrajo con fuerza: I live by the invisible, una antología de poemas selectos de Ray Bradbury. Aquella coincidencia tuvo en mi vida consecuencias imprevisibles y excepcionales. La obra no estaba traducida al español. Me costaba creerlo, la lírica de unos de los grandes narradores norteamericanos del último siglo permanecía inédita en la lengua de Cervantes. Y me confabulé con mi pareja para remediarlo. En 2010, Ruth Guajardo y yo emprendimos la aventura de su traducción. Hoy en día, gracias a la apuesta de Salto de Página, el libro está en las calles.

¿Qué distingue a Ray Bradbury?
 
Hay autores que escriben con un ojo en el mercado y con la oreja pegada a cuanto está de moda, que escriben libros sin alma. Frente a éstos, los hay que se conocen, que ya saben cuál es su identidad literaria, qué temas les preocupan y obsesionan, aquellos incendios o fuegos diminutos de los que luego hablarán con pasión, en mareas de palabras que arrastrarán con ellos a los lectores. Imposible escapar de la resaca cuando el oleaje emerge del fondo de uno mismo, con la fuerza de la sinceridad, y las aguas transportan el amor, la furia y el miedo que asolan las entrañas de quien escribe. Ese ímpetu arrastra, voltea, hunde e inunda a los hombres y mujeres que se asoman, en busca de emociones, a las playas de los verdaderos escritores. Allí siempre encontramos una bandera roja señalando el peligro de inmersión en las altas mareas de la vida. Nadie escapa de un libro si te empuja, con vigor animal, a la arena submarina, donde lidia el autor con la muerte, con el paso del tiempo, la vejez, la memoria o la injusticia. Pocos son los escritores que se llenan las manos de sangre, que levantan polvo a cientos de kilómetros bajo el nivel del mar. Se les reconoce porque “sabían divertirse trabajando”. Gracias a sus obras, los lectores, después, se encuentran más seguros en el mundo, más fuertes, más preparados para sobrevivir bajo la luz del sol y las estrellas. Bradbury es uno de ellos.

Escribía llevado por la voracidad. Sus poemas son relámpagos. Energía. Tensión. Una veloz descarga que estremece la sangre. Sus poemas emocionan y duelen porque son sinceros. Nos habla de sí mismo, de sus miedos, recuerdos y nostalgias. En cada verso aletea la vida. No es autor que use máscaras o que imposte la voz. Se nos presenta con los brazos desnudos, cubiertos por el polvo del pasado y anhelantes de nuevos arañazos. Si lo lees, el niño que fue Bradbury te mira desde el fondo de los versos. El anciano respira. ¿Le concedes el sueño de la inmortalidad?  

viernes, 10 de mayo de 2013

Siempre hemos vivido en el castillo

 

El terror puede adoptar distintas formas. Según los escritores que se acerquen al género, ese concepto abstracto podrá materializarse es una sucesión de escenas macabras o podrá sugerirse de un modo más sutil. Shirley Jackson, en la obra que la revista Time valoró entre las mejores de 1962, se decanta por el sabio manejo del terror psicológico, que evita el festival de vísceras y sangre, y en cambio, opta por la tensión escénica: por el conflicto dramático que enfrenta a los personajes. 

Narrado en primera persona por la adolescente Mary Catherine Blackgood, el libro acumula capas de terror y suspense como si fuera una pared varias veces pintada. La primera mano tiene un tono sombrío: nos dibuja el miedo de la joven a relacionarse con los vecinos de su pueblo, gris e insulso. La gente del colmado murmulla a sus espaldas, en la cafetería la invitan a marcharse, los niños la persiguen por la calle con tonadas burlescas. Mary Catherine, Merricat, sobrevive a este acoso recurriendo a la fantasía. Aislada en su mundo, trata de ignorar la envidia de sus vecinos; no en vano, pertenece a una familia ilustre, cuyos terrenos –cercados por una alambrada– se extienden “de la carretera al río”. La segunda capa de pintura ilustra el enclaustramiento en vida de su hermana Constance, joven delicada y hermosa. Los tonos, al principio, son cálidos como la repostería que prepara (tartas de gengibre, bizcochos al ron, pasteles), pero una mancha oscura se extiende hasta cubrir la tela del retrato: seis años atrás fue acusada del asesinato (por envenenamiento) de sus padres y tíos, y aunque fue absuelta, desde entonces le aterra salir de su casa o caminar más allá de los límites del huerto. Teme a la gente, su inquina irracional y sus prejuicios. La tercera mano que colorea el libro es gris como el vacío que trata de alimentar con su memoria el tío Julián, superviviente al crimen, pero postrado para el resto de su vida en una silla de ruedas. A él pertenece la reflexión más desgarrada de la obra, en torno a la muerte: “Es terrible ser viejo y limitarte a estar aquí sentado preguntándote cuándo va a suceder”. El cuarto y último brochazo ennegrece el lienzo hasta eclipsarlo todo. Durante seis años, sobrinas y tío mantienen una vida regulada por el mismo patrón doméstico y por idénticos pensamientos mágicos (que van desde el entierro de objetos protectores, a la mención de palabras especiales), sus fronteras las delimitan los rosales y los albaricoques; del jardín para adentro, cada cual pone freno a su angustia recurriendo a una estrategia diferente: la cocina, la fantasía o la escritura. Pero su mundo cambia de un día para otro con la llegada a Blackgood de un extraño.  

Shirley Jackson nos plantea en su escalofriante novela varios interrogantes: ¿Es el miedo real? ¿Hasta qué punto somos esclavos de la mente? ¿Por qué nos paraliza el pánico? ¿Qué razón hay detrás de que cedamos nuestra autonomía a poderes externos? ¿Es maligno, por naturaleza, el corazón humano? 

Esta novela gótica, medio de terror, medio de fantasía, cautiva de principio a fin. La aguda mirada de Merricat, corrosiva e ingenua, que tan pronto ahonda en los abismos emocionales de su hermana y de su tío como relata las divertidas excentricidades de su gato Jonás, envuelve a los lectores y los lleva, con un ritmo in crescendo (desde un punto de vista emotivo-informativo), a un final delirante. Siempre hemos vivido en el castillo se disfruta de verdad. Que nadie tema hincarle el diente al libro. Su bella cubierta no matará las expectativas de los buenos lectores.

Publicada en La Tormenta en un vaso

sábado, 4 de mayo de 2013

Los Watson



La Tormenta en un Vaso publica mi reseña de Los Watson, de Jane Austen (Nórdica, 2012). Les dejo también mi crítica de Orgullo y prejuicio (Alba editorial y Alianza, 2013).

domingo, 28 de abril de 2013

Manipulación



La Comunidad de Madrid lleva un par de años justificando el brutal recorte de profesores interinos en la enseñanza pública con argumentos falaces. Si el 29/12/2011, la entonces presidenta de la Comunidad, Esperanza Aguirre, decía en el Consejo de Gobierno que el interino es “alguien que entró a dedo, que no preparó las oposiciones”; ahora es la Consejera de Educación, Lucía Figar, quien vapulea la imagen de este cuerpo docente, acusándolo de falto de preparación.

En el primer caso, Aguirre exhibía una sorprendente ignorancia de los criterios de acceso a la función pública. Los profesores interinos, como cualquier otro funcionario, hemos aprobado una oposición que consta de dos partes: las pruebas que evalúan el conocimiento teórico y práctico del temario y una fase de concurso, que valora los méritos alegados por el aspirante (experiencia, becas, idiomas…). Aguirre pretendía, con esta clara, torpe y burda manipulación de datos, confundir a la ciudadanía y legitimar los recortes que mandaron al paro a miles de profesionales el 30 de junio de 2011.

En el segundo caso, mediante la difusión de los resultados de las oposiciones al cuerpo de maestros de 2011, Figar ha intentado hacer creer a la opinión pública que las calificaciones de aquellos aspirantes que no superaron los procesos selectivos para ejercer la docencia, son extrapolables a todos los opositores, y por extensión, al conjunto de interinos. Esta nueva manipulación, además de engañar a la gente y de fomentar el recelo hacia un colectivo altamente cualificado, intenta avalar un nuevo proyecto de regulación de listas, que abre las puertas a la contratación de docentes a dedo, en cuanto se agote la lista de los opositores aprobados.

El nuevo proyecto de baremación privilegia la nota de los exámenes (80% del total) con respecto a la experiencia docente (15%), investigadora y artística (0%). Díganme, ¿en qué empresa del mundo se menosprecia la experiencia laboral en el puesto al que se aspira? Tampoco quiero decir con esto que el antiguo porcentaje fuese mejor (un 60%). Habría que buscar un equilibrio entre los conocimientos, la experiencia y aquellos otros méritos que redunden en beneficio de la formación del aspirante a una plaza en la enseñanza pública (exposiciones, estrenos, patentes, idiomas, becas, publicaciones, cursos, premios). Quienes suspendan la oposición, quedarán excluidos del sistema. Figar exhorta a los aspirantes a superar las pruebas. Y yo le pregunto, ¿cuántas veces? Porque casi todos hemos aprobado los procesos selectivos en varias ocasiones. Si no tenemos plaza se debe a los recortes (RD 14/2012) que están destruyendo nuestro pilar democrático.

Desmontadas las falacias de la Consejería de Educación, restituyamos nuestra imagen.

Los profesores interinos somos licenciados e ingenieros y estamos en posesión de un curso de aptitud pedagógica que nos habilita para la docencia; trabajamos porque hemos aprobado la oposición, no una vez, sino varias; la mayoría de nosotros, además, tenemos diplomas de estudios avanzados, doctorados, idiomas, dos titulaciones universitarias, cursos y publicaciones. Hay quien alegará que algunos entraron en las listas hace 15 años y viven de las rentas desde entonces, cierto, pero no por eso se debe desprestigiar al colectivo.

El cuerpo de interinos tiene un alto grado de cualificación. Esperanza Aguirre y Lucía Figar carecen de argumentos que justifiquen el recorte y despido de miles de docentes. Sus razones son ideológicas. Se supone que nuestros representantes políticos han de velar por la calidad de la enseñanza pública, pero no es cierto, año tras año le atornillan un clavo: la están crucificando. Sin nosotros, se degrada un servicio básico en cualquier estado democrático.

Podemos impedirlo. Empecemos por representarnos dignamente. Tenemos el poder de la palabra y de la acción. Actuemos.

martes, 23 de abril de 2013

Día del libro, día de Bradbury

No se me ocurre mejor modo de festejar esta fecha que con el poema que Ray Bradbury dedicó a William Shakespeare y Miguel de Cervantes en el año 2002. Sirva el texto como preámbulo a mi séptimo libro: Vivo en lo invisible. Nuevos poemas escogidos, traducción y edición que he preparado con Ruth Guajardo González (Salto de Página, 2013).

William Shakespeare

 
Poema escrito al saber que Shakespeare y Cervantes murieron el mismo día
 

El gran Shakespeare ha desaparecido, Cervantes se ha marchado.
El sol se oculta al mediodía. La aurora
se niega a clarear. El tiempo contiene la respiración
ante esta coincidencia mortal.
¿Es posible? Así es,
estos dioses gemelos se dirigen a la oscuridad.
¡Los dos el mismo día! Nada puede impedir la recogida
de su cosecha.
Cada uno en su campo, tanto brillaban
que con su resplandor ahuyentaban la noche.
Pero la noche vuelve a por sus deudas.
¿Un chorro fantasmagórico? ¡No! Arponea dos.
Sin el primero, el mundo desfallece.
Sin el segundo, pierde el equilibrio.
Dos ataques simultáneos de cometas.
Para empezar, en España, después en la mejilla de Inglaterra.
El orbe gira mudo de temor y de angustia.
La Antártida se derrite en lágrimas,
y los espectros de los Césares resurgen, cobran vida,
sangrando por sus ojos Amazonas.
Ha acabado una época. Pero debemos
seguir siendo testigos de este día
en que un Dios ignorante nos ha dejado solos
acabando con Will y con su clon hispano.
Quién se atreverá a valorar sus plumas.
No veremos otra vez a semejantes gemelos.
¿Se ha diluido Shakespeare, falleció Cervantes?
Los caminos divinos son sangrantes.
Se ha extinguido la luz, no queda barro.
Dos titanes perdidos en un día, destruidos
por el certero golpe de la muerte.
Cristo abre sus heridas. Dios suspende su aliento.
Y nosotros nos tambaleamos por esta doble caída.
Nos sobrecoge la inmensidad del día
como si un tribunal de soberanos,
de los emperadores a los reyes,
un desfile de rica realeza
se ahogara en la obscenidad del tiempo.
Quién ordenó que dos gigantes mueran.
Un ojo primero seguido del otro.
Dios cerró un gran sueño, después el más grande.
¿No tenía suficiente con uno? Parece que no.
Ese vacío estaría medio lleno, si solo Shakespeare
se hubiese arrodillado ante el revólver de la puesta de sol.
Pero con lamentos primero y risas después,
Dios cogió y rellenó la segunda mitad.
Cervantes atravesó el umbral
hasta el corazón rebosante del Cometa.
Dios arrojó a los dos, estrellas geminadas cuyo fuego
alumbró ballenas y hermosas criaturas de alquiler
a quienes suplicamos, muchos años después, que nos conduzcan
a donde la pareja Cervantes y Shakespeare oculta
¿su caída? Ecos amortiguados en Escena,
y aún rumiamos nuestra indignación
por dónde está el sentido en todo esto,
perdimos las dos manos, la derecha y la izquierda,
las dos juntas aplaudían
a Dios y a la Causa Primera Universal.
¿Pero Cervantes y el Bardo, cubiertos de frío,
son dos sueños salvajes en un molde de tierra?
Que todos los ecos fluyan en mareas
adonde los cometas son sus prometidas en flor,
y Cervantes y el obsceno Will
combaten arduamente los molinos por nuestras esperanzas
y nos despiertan en mitad de la pesadilla
para que gritemos: ¿Quijote, Hamlet, muertos?
¿En el mismo día? ¡Largo, fuera de aquí!
No admito tales funerales.
Rechazo sus tumbas, sus lápidas.
Prestadme sus libros, mostradme a su Musa.
Hacia el final del día, o como tarde, de la semana
conseguiré que Cervantes/Shakespeare hablen
hasta que mi corazón rebose, mi cabeza se llene
¿de qué? Buen Don Quijote. Estupendo Lear. No estáis muertos. ¡Que no!

 Miguel de Cervantes


sábado, 20 de abril de 2013

Manifiesto en defensa de la educación y la cultura. Asamblea de Chamberí-15M


 
Nosotros: hombres y mujeres de la Educación y la Cultura, profesoras, maestros, estudiantes, escritores, artistas, creadoras, bibliotecarios… Ciudadanos que no abdicamos de nuestra ciudadanía, vecinas y vecinos de Madrid, alzamos nuestra voz en defensa de la Educación y la Cultura. Aquí y ahora.

En este tiempo en que los mercaderes que nos gobiernan predican la resignación, el acatamiento de la miseria decretada, la sumisión. Ahora que nos dicen que lo prescindible son los sueños colectivos, la solidaridad, lo construido con el común esfuerzo, lo público, lo que a todos y todas pertenece: las escuelas, los hospitales, las bibliotecas… todo lo que es la urdimbre necesaria sobre la que edificar un mundo justo y habitable. Precisamente ahora decimos nuestras razones, la dignidad de nuestro trabajo, lo que estamos dispuestos a defender contra viento y marea, contra la tempestad de los recortes y el desprecio a la ciudadanía. Porque hablamos de lo necesario, lo que alimenta nuestra esperanza, un sueño de libertad, un espacio de encuentro que día a día se hace real en las aulas, en los museos, las bibliotecas, los libros, los teatros…

Porque la Cultura no es un adorno, un producto superfluo o decorativo. Es un derecho esencial. Crear aporta una mirada crítica sobre la sociedad y a la vez la certeza de que son posibles una plenitud y una belleza que nos pertenecen y a las que no podemos ni debemos renunciar.

La cultura es un espacio de libertad en el que podemos re-descubrir lo real, experimentar el asombro, inventar palabras, formas y gestos que digan la verdad de otro mundo posible.

Es un escándalo que cierren bibliotecas de la Obra Social mientras con fondos públicos se rescata Bankia. Que se haya suprimido el presupuesto para adquisición de libros en las bibliotecas públicas, el despido o la no contratación de bibliotecarios, la situación de nuestros archivos. La consideración del cine, el teatro, la música… no como bienes culturales sino como productos de lujo que deben ser gravados con un IVA que amenaza su propia subsistencia. El abandono de cualquier promoción o interés por la creación artística. Denunciamos la asfixia a la que se somete al mundo de la cultura. No estamos aquí para competir, para enriquecernos con un producto. Estamos para compartir.

 José Luis Sampedro y su compañera, Olga Lucas,
 en la Asamblea de Chamberí. Plaza de Olavide. 2011

Y alzamos nuestra voz en defensa de la Educación. Porque asistimos en los últimos años al mayor ataque que haya sufrido la Enseñanza Pública en nuestro país en mucho tiempo. Los recortes y su corolario de precariedad, despidos y cierres, el incremento de alumnos por clase, la supresión de desdobles y diversificación, que afectan a la Educación Infantil, Primaria y Secundaria. Y la subida de tasas y matrículas en la Universidad, la penuria económica de las Facultades, el despido del profesorado… La enseñanza pública en todos sus niveles está amenazada, mientras se aumenta la financiación y todo tipo de ayudas a la enseñanza privada.

La Comunidad educativa (profesorado, padres y madres, alumnado, personal no docente…) viene gritando su NO en las calles en una inmensa y esperanzada marea verde. Hacemos nuestra su esperanza y sus razones.

Y ahora la amenaza del proyecto de Ley Wert. La Escuela, y la enseñanza toda, subordinada a los intereses del mercado, los criterios empresariales definiendo los objetivos y métodos pedagógicos. Y esto desde las edades más tempranas hasta la Universidad. Valores como el laicismo, la coeducación y la solidaridad son erradicados de la escuela.

Frente a los valores de competitividad y éxito personal creemos que, ante todo, la educación es un proceso de socialización y de desarrollo de un pensamiento crítico, de participación en una tradición cultural que entendemos como algo vivo. Es un lugar en el que establecer vínculos sociales y tender puentes entre las distintas generaciones. La educación no es un negocio privado, es un bien público.

Defendemos una escuela pública, laica, donde se enseñe y practique la tolerancia pero en el que se excluya cualquier tipo de adoctrinamiento, y por supuesto el religioso, una escuela para la que la coeducación es principio irrenunciable, con recursos suficientes, de todos y para todas y todos, que fomente la igualdad, la solidaridad, el respeto mutuo, la aceptación de las diferencias, la superación de cualquier discriminación… Por ello reclamamos que no se dedique un solo euro de dinero público para la escuela privada.

Y a estos principios no vamos a renunciar. En esta cultura de la solidaridad, de lo compartido, de lo público, en este ejercicio de libertad irrenunciable, nos reconocemos. No permitiremos que nos los arrebaten. El pago de la deuda es la excusa para justificar los recortes. Pero esta es la deuda de los banqueros y los especuladores, no la nuestra. No estamos dispuestos a pagar su deuda a costa de educación, cultura, sanidad, ayudas sociales… Desde esta defensa del bien común, desde esta reapropiación de lo que a todos y a todas pertenece, afirmamos nuestro compromiso frente a la lógica de los mercaderes. Y, mujeres y hombres libres, ciudadanos que no abdicamos de nuestra ciudadanía, alzamos nuestra voz. Aquí y ahora. En defensa de la Educación y la Cultura, en defensa de lo más necesario.

Chamberí, Madrid, abril de 2013.



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