sábado, 16 de junio de 2018

La Guerra de Invierno en la revista cultural Amanece Metrópolis



Descubro ahora esta estupenda reseña de mi poemario La Guerra de Invierno (Hiperión, 2013. Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández-Comunidad Valenciana):

http://amanecemetropolis.net/la-guerra-de-invierno-de-ariadna-g-garcia-la-resistencia-del-hielo/

¡Gracias, Víctor M. Sanchís!

domingo, 10 de junio de 2018

El don de la fiebre

El don de la fiebre, Mario Cuenca Sandoval. Barcelona. Seix Barral. 335 páginas. 2018.



¿Cómo escribir sobre la vida de un músico vanguardista? ¿Qué lenguaje podría ser el apropiado para describir el alma de un místico? Mario Cuenca Sandoval ha encontrado la fórmula adecuada en su prodigiosa novela El don de la fiebre, donde la forma está en perfecta consonancia con el fondo. Y en un doble sentido. La obra narra la vida del compositor Olivier Messiaen, más conocido como el Mozart francés. El narrador autorial recorre su existencia justo antes de que finalice, cuando el músico sobrepasa los ochenta años y su mente divaga por el tiempo, mezclando fantasía y realidad, el mito y su desacralización. Al igual que en La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, en el último trabajo de Sandoval la idas y venidas en la línea del tiempo vienen justificadas por el delirio de un hombre entrado en años que recuerda, a su vez, los delirios febriles de un joven que sobrevivió a un campo nazi en la Segunda Guerra Mundial. Pero resulta que, además, la obra aborda temas, los deja, los retoma, los amplía, los repite, está salpicada de ecos y reververaciones; los leit motive aparecen de manera obsesiva, imitando las melodías sinfónicas. Sandoval, un virtuoso de las palabras como Messiaen lo fue de los acordes. Ambos ponen su talento al servicio de la ruptura de los moldes tradicionales.
        Ya en El ladrón de morfina (451 editores, 2010) Sandoval jugaba con la temporalidad de su relato, e incluso realizaba disertaciones sobre la nieve, la fiebre, los ángeles o la guerra análogas a las que leemos en su nuevo libro. No en vano aquella obra estaba protagonizada por soldados de la U.S. Army durante la Guerra de Corea. Pero es que incluso en su primera incursión en la narrativa, Boxeo sobre hielo (Berenice, 2006), el escritor catalán demostró un sorprendente dominio de la técnica, así como su audacia innovadora: variando las voces, las perspectivas, ramificando las tramas y simultaneando las coordenadas espacio-temporales. Hablamos, pues, de un autor que, tras doce años de trabajo (y con sólo un altibajo –a mi modo de ver– en su carrera, Los hemisferios), acaba de consagrarse con El don de la fiebre como uno de los novelistas más importantes de la actualidad.
           La obra, decía, recrea la vida de Olivier Messiaen: organista titular de la Iglesía de Santa Trinidad de París y compositor de vanguardia. En 1932 se casó con la violinista Claire Delbos (Mi), para quien compuso piezas que interpretar a dúo. Para cuando fue llamado a filas (1940) ya gozaba de reconocido prestigio gracias a las obras El banquete celeste o La ascensión. Al año fue apresado por los alemanes e internado en un campo de Silesia. Allí compuso su célebre Cuarteto para el fin del tiempo, estrenado ante los propios reclusos y soldados. Una vez reincorporado a la vida civil en calidad de profesor de Armonía del Conservatorio parisino, durante el régimen colaboracionista de Vichy, Messiaen alternará momentos de crisis domésticas (la demencia y fallecimiento de su esposa, el cuidado de su hijo) con el advenimiento de un nuevo amor (la pianista Ivonne Loriod, discípula suya), que correrá paralelo a su consagración internacional. 
            La novela, por tanto, pivota en torno a dos núcleos argumentales: la experiencia militar de Messiaen y sus relaciones amorosas. La Guerra y el amor. Lo material y lo espirital. Lo mundano y lo celeste. El cuerpo y el alma. El propio personaje protagonista encarna este dualismo platónico y se convierte en hito de la resistencia, porque, sobre todo, El don de la fiebre es un canto a la creación artística pese a la adversidad, a la preservación del mundo interior frente a las injerencias del entorno. Como San Juan de la Cruz, que escribió su maravilloso y rompedor Cántico espiritual en prisión allá por 1577, el músico francés trabajó en su Cuarteto para el fin del tiempo en unas condiciones miserables; y exactamente igual que César Vallejo, que compuso Trilce –obra cumbre del creacionismo y de la experimentación vanguardista también en la cárcel (1920), Messiaen se entregó a la creación de una obra de ritmos liberados, sin ataduras armónicas, a modo de grito de libertad ante la presencia de sus captores, los oficiales nazis. Su coraje para proteger sus querencias y enhelos musicales de la invasión de la realidad (Bousoño dixit), de esas “fuerzas erosionantes de la Historia” posee vigencia en un siglo, el nuestro, monotorizado por la publicidad. Lo describía Chomski: “la propaganda es a la democracia lo que la violencia a los totalitarismos”. Nos resta albedrío. Hoy, que vivimos en una sociedad hiper-activa, esclava de su exceso de velocidad, de la acumulación innecesaria de datos, del constante ruido de fondo de las tecnologías… los creadores no necesitamos una habitación propia, sino un tiempo privado. ¿Tendremos la misma fuerza que Messiaen para aislarnos, para escribir en tiempos de penuria, para elevarnos sobre lo abyecto, para mantenernos fieles a nuestra vocación, para buscar la belleza y la espiritualidad, para inventar lenguajes de tormenta?
            Mario Cuenca Sandoval ha escrito un novela formidable: honda, moderna, polifónica, donde la estética (surreal, onírica, visionaria) está en consonancia con el fondo temático (la experiencia mística de un hombre que pretende emular la música de la Ciudad Celeste). 
            Buscar El don de la fiebre en una de las casetas puede ser una buena excusa para acercarse a la Feria del Libro de Madrid, pese a los aguaceros. Créanme. Me lo agradecerán.
               


 Esta reseña ha sido publicada por la revista Oculta Lit.

lunes, 4 de junio de 2018

La ética del fragmento

La ética del fragmento, Luis Artigue. Pre-Textos, Valencia, 2017. 113 páginas. 17 euros.



El nuevo poemario de Luis Artigue tiene una sólida estructura formal y una interesante propuesta ideológica. El autor recurre al verso libre para connotar el cambio de paradigma que protagonizaron las mujeres en la Europa de entreguerras, inspirado, en parte, en el modelo de Safo. Esta ruptura rítmica (con respecto a la métrica convencional imperante en nuestro país desde el siglo XVI) pretende emular, por otro lado, la cadencia del jazz (de moda en los felices años veinte). La subversión, además, se pretende extensible al papel que representan los hombres en nuestro propio siglo, y viene simbolizada por la misma cadencia entrecortada del verso. Fondo y forma son inseparables. El poeta leonés rinde una serie de homenajes a varias artistas de cabecera, la mayoría homo/bisexuales. El primero, siguiendo una cronología lineal: a la célebre poeta griega. Artigue la eleva a símbolo de la diversidad sexual y de la rebelión:

De nuevo hoy, sabia Safo…te revelas
al proponer modelos alternativos
así, como quien hace el amor sin apelar
a la autoridad de la tradición…
¡Y qué más da, oh dioses transitivos,
la dirección del viento del deseo!” (p.37).

El segundo tributo lo centra en aquellas mujeres que mencioné más arriba, quienes trataron “de aportar algo al histórico proceso de invención de la realidad” (p.50). Hablamos de la pintora checa Tamara de Lempicka (quien piensa que “todos los caminos son posibilidades de asombro”), de la escultura nortamericana Thelma Wood (por cuyas venas corre “sangre de jaguar y bohemia/que la dirige ardiente al bosque de la noche” –guiño a la novela que escribió su pareja, Djuna Barnes, para resarcirse de su relación con ella), de la también escritora estadounidense Gertrude Stein, o de la bailarina negra Josephine Baker. París es la ciudad en la que convergen todas. Un símbolo del cambio, de la emancipación femenina, de la reivindicación de la individualidad. En última instancia, Luis Artigue realiza un llamamiento a la transformación de los hombres para convertirse en seres de cristal, transparentes, frágiles y resistentes; llama a la construcción de un yo “alejado/de la masculinidad hiperbólica”. Hasta aquí el libro es impecable. Pero le pongo algunos reparos.

Creo que la reivindicación de Artigue es incompleta. Por ejemplo, se describe la desnudez del cuerpo de Josephine Baker (se habla de sus “pezones”, de su “cinturoncito de plátanos”, de sus “muslos de nácar y humo”), de modo que el personaje queda reducido a una imagen erótica, cuando lo cierto es que la famosa vedette además de un cuerpo tenía un compromiso moral que la convirtió en espía durante la ocupación nazi de Francia. ¿Y no habría sido mejor hablar de también de esto? Comparto la relevancia de que aquellas mujeres reclamasen para sí el derecho a la sexualidad o al goce (cuánto les debemos), pero no es menos importante que asumieran responsabilidades y tuvieran actitudes prototópicamente asociadas a sus congéneres masculinos (valentía, arrojo, audacia).  ¿No habría que nombrarlo también, para compensar la actual reducción de la mujer a un objeto sexual?

El autor, por otro lado, pide la transformación de los hombres, que muestren –sin miedo– su lado vulnerable, débil e inseguro. Sin embargo, el poema inaugural de esta sección nos narra la pasión que el protagonista siente hacia una mujer con la que comparte un encuentro erótico, acabado el cual ella acaba iluminada. Y me pregunto qué tiene este sujeto de nuevo, si resulta que lo guía el deseo (un impulso físico, primario, presente en la lírica masculina desde Catulo) y que encarna la luz (sin él su compañera estaba a oscuras).

Por último, el libro me parece demasiado conceptual, no apela al corazón, sino a la razón. Estoy convencida de que esa frialdad ha sido buscada. Artigue, que es un experimentado poeta, ha hecho un guiño a las Vanguardias y a la deshumanización del arte (un ejemplo, cuando relata el suicidio de Renée nos describe así lo nublado del día: “el papel albal del cielo de París”). Su elección estética está perfectamente justificada, no en vano, los textos transcurren en la Europa de entreguerras, pero me da la impresión de que nos exilia de las vidas que ha querido acercarnos.

Así y todo, La ética del fragmento es un libro que merece la pena leerse. Artigue rinde homenaje a artistas y escritoras que le han servido de modelo. Y esa deuda que explicita es encomiable:

Alguien que habita en mí,
el que no cree que existan las paradojas
epistemológicas ni las ecuaciones sin misterio,
lee lo que escriben ellas
en la Historia de la Resistencia de la Normalización.
Y se reconoce en dicha búsqueda. Y
siente que ese discurso de algún modo le grita:
¡ayer soñé tu vida! (p. 22)

Por otra parte, es de agradecer que haya escrito un poemario donde sea tan visible la homosexualidad femenina.

También me resulta valiente su intento de construcción de una nueva identidad masculina –alejada del viejo esterotipo, que les presupone duros, insensibles y fuertes–,  acorde con los nuevos tiempos, en los que las mujeres –liberadas, emancipadas– exigimos un trato en condiciones de igualdad.

Por último, creo que La ética del fragmento constituye un perfecto complemento al documental Las sin sombrero, para que nuestra sociedad conozca –estime y valore– no ya sólo a las olvidadas escritoras y artistas españolas de los años 20-30, sino también a las americanas y a las europeas. Falta nos hace.



viernes, 25 de mayo de 2018

Olmo abatido


 
Hoy no hemos vivido una tragedia en el instituto, de milagro. Tenemos 75 árboles en el patio. Enormes olmos negros de 50 metros de altura, imponentes y frondosos. Fueron plantados en los años 80. De su mantenimiento se encarga el ayuntamiento de Madrid. Hablamos de árboles de crecimiento rápido y raíces de superficie. De gigantes con pies de barro. Uno de ellos no ha resistido los embates de la tormenta nocturna que ha anegado la capital. Su enorme copa estaba desparramada por el porche –que ha hundido– y el patio, sus raíces levitaban varios metros por encima de su lugar de origen, una tierra reventada que, de pronto, se ha quedado vacía. Por fortuna, esa fatídica suma de agua y viento ha arrancado al olmo en la madrugada, y no durante los recreos cuando cientos de niños corretean por el patio central que cruza entre los edificios principales, donde ha caído el árbol, acorazado de madera con mascarón de hojas y popa de raíces. Un milagro. A lo largo de la mañana ha venido la policía a precintar la zona y los bomberos a cortar el inmenso tronco y sus docenas de ramas, que no han podido llevarse aún. Todos hemos estado pendientes de sus maniobras. Hablando con un agente, y antiguo alumno del instituto, nos comentaba a una compañera y a mí que este tipo de sucesos podrían prevenirse de forma bien sencilla: no plantando árboles de raíces poco profundas (olmos, plátanos) y modificando el criterio de poda del ayuntamiento. Los jardineros encargados del cuidado de estos gigantes reciben instrucciones muy claras: han de podar a lo alto, para que las copas queden esbeltas. El problema salta a la vista. En los días de tormenta, las copas -empapadas de agua y zarandeadas por el viento- hacen de contrapeso y convierten al conjunto en un improvisado balancín de savia y corteza de 50 metros de largo. Ahora bien, si el criterio de poda no fuese la estética, sino la seguridad, igual nos ahorrábamos sustos como el que hemos vivido hoy en mi instituto o disgustos como el de la familia que perdió a su hijo en el parque del Retiro hace escasas semanas. ¿Es que tendría que morir algún alumno para podar los árboles de modo que no se descompensen con las lluvias? Sirva este suceso como símbolo de nuestra sociedad, donde prima la imagen, la apariencia, la belleza externa por encima de nuestro bien común. Las copas altas, la fruta plastificada y las corbatas en el gobierno, pese a que son un peligro, ponen en riesgo nuestro hábitat y gangrenan las instituciones del país.  
  

jueves, 17 de mayo de 2018

Día contra la lgtbfobia



Hace ahora 21 años que publiqué mi primer poemario, Construyéndome en ti (Libertarias/Prodhufi, 1997). En aquel libro adolescente (compuse los poemas entre los 18 y los 19 años) incluí un texto sobre la desazón de quien no podía mostrar en público su amor, por miedo a las reacciones ajenas. Quien reconozca la procedencia de la cita, verá el paralelismo que establezco entre las parejas hetero de postguerra y las homos de finales del siglo XX:


UN CUERPO

                       

                                    ¿A dónde huir, entonces?
                                       Ángel González




Tumbada entre las flores, las amapolas muerden
los restos de ternura que me quedan.



Unos años más tardé, en Napalm (Premio Hiperión, 2001) denuncié abiertamente la persecución homófoba que padecí con mi pareja de entonces. Bien es verdad que la crítica es simbólica, pero en mi taller había fragmentos de expulsiones de cafeterías o insultos en la calle.


IMÁN

                  
      
No serán suficientes las caricias para decir  “te quiero”,
pero mi mano aprieta el corazón
tendido como un puente hacia tu boca.
No caben más guirnaldas en mis venas,
ni más miel en tus pechos.
El más breve latido de tu carne
es un astro que tira de mis ardientes músculos
hacia su mar de brasas o carbones.
Ya en órbita,
doy forma a tu sonrisa con mis labios.

La tarde lentamente va llegando
allí donde termina el tobogán,
mientras cuento uno a uno
los gajos de ternura que me llevo a la boca.
La hostilidad del mundo,
las hélices de plomo
que cortaban el vuelo
a todos nuestros globos y cometas,
vive fuera del cuarto.
En el cuarto,
nuestro amor siembra puertos
donde las naves tienen corazones atados a los puños,
y los mapas revelan
la duda de las norias,
y las brújulas huelen
el resplandor del oro,
y los sueños desbordan los bolsillos
cada vez que se zarpa.

Monedas de sudor
acarician tus senos
y van dejando un rastro
de pisadas de estrellas.
No me duele la vida
cuando veo en tus ojos de gorrión mojado por la lluvia
lo risueño del niño
que espera sonriente como un ancla
su regalo.

No me escuecen las alas
cuando tus labios vienen a salvarme
del incendio en que vivo,
y la pasión nos toma la cintura,
y el ritmo de la sangre golpea los tabiques
y deshace la cama.

Nuestro amor empapela las paredes del cuarto
y vivimos felices entre algodón y fresas.

En la calle es distinto,
la gente nos recibe con una calurosa bienvenida 
                                         [a base de volcanes,
y el odio es un revólver
que apunta a nuestras manos cuando van enlazadas,
que apunta a nuestros labios si nos damos un beso.
Pero somos más fuertes,
y nuestro corazón bombea en las ventanas
                                          [sin miedo a los cristales.


Pero como creo que la lucha contra la homofobia no debe realizarse sólo desde la frustración o la denuncia, sino también desde el canto entusiasta que celebre el amor a la pareja y a la familia creada con ella, en mi último trabajo (Línea de flotación, Ediciones Aguadulce, 2017) también introduje esta composición:





No es más real la nada

que los trenes que oigo,
la noche que me envuelve,
la brisa de las ocho,

que mi cuerpo consciente de que existe,

que este amor absoluto por las cosas,
mi mujer y mis hijos.




Son ya 21 años de actividad literaria y de lucha por los derechos del colectivo lgtb (entre otros, el derecho a la visibilidad).

Y lo que te rondaré morena.


lunes, 7 de mayo de 2018

Vivitas y coleando


 
Aquí les dejo los 81 nombres de las poetas que hemos publicado nuestros libros en Hiperión, gracias a Jesús Munárriz y Maite Merodio, que llevan 40 años dando voz a la poesía escrita por mujeres. Juntas sumamos 124 títulos individuales (muchas de nosotras hemos publicado varias obras en la casa), a los que hay que añadir varias antologías de referencia obligada para conocer la lírica femenina española. En total, pues, hablamos de 128 libros de autoría femenina en una de las editoriales más prestigiosas de este país.

Como verán, las mujeres sí existimos en Hiperión.

¿Comenzamos?


Francisca AGUIRRE (2 títulos)
Delmira AGUSTINI
Anna AJMÁTOVA
María Asunción ALONSO
Rosaura ÁLVAREZ
Ángela ÁLVAREZ SÁEZ
Blanca ANDREU (2 títulos)
Verónica ARANDA
Elizabeth  BARRET BROWNING
Pilar BLANCO
Piedad BONNETT
Carmen BOULLOSA
Paula BOZALONGO
Laura CAMPMANY
Pureza CANELO
Laura CASIELLES
Juana CASTRO (2 titulos)
Luisa CASTRO (3 titulos)
Vittoria COLONNA,  Gaspara STAMPA, Chiara MATRAINI
Ana Isabel CONEJO (4 títulos)
Julia CONEJO ALONSO
Valeria CORREA FIZ
Isla CORREYERO
Rosa DÍAZ (4 títulos)
Emily DICKINSON (2 títulos)
Mariluz ESCRIBANO PUEO
Isabel ESCUDERO
María Teresa ESPASA
Elaine FEINSTEIN
Ángela FIGUERA AYMERICH (2 títulos)
Ariadna G. GARCÍA (3 títulos)
Carmen GIL (3 títulos)
Esther GIMÉNEZ
Carmen GÓMEZ OJEA
Pilar GONZÁLEZ ESPAÑA
Marta GUIJARRO
Almudena GUZMÁN (3 títulos)
Teresa HERRERO
María Elena HIGUERUELO
HO Xuan Huong
María Jesús JABATO (2 títulos)
Clara Janés (5 títulos)
Carmen JODRA DAVÓ
Raquel LANSEROS (2 títulos)
Denise LEVERTOV
LI Qingzhao
Elsa LÓPEZ (3 títulos)
Marisa LÓPEZ SORIA
Marta LÓPEZ VILAR
Aurora LUQUE
Alma MAHLER
María MAIZKURRENA
Carmen MARTÍN GAITE
Concha MÉNDEZ
Inmaculada MENGÍBAR
Marianne MOORE
Angélica MORALES
Inmaculada MORENO (2 títulos)
Sachiki NISHIGUCHI, Masajo SUZUKI, Chie KAMAGAYA
Julia OTXOA
Katy PARRA
Mar PAVÓN (2 títulos)
Isabel PÉREZ MONTALBÁN
Vanesa PÉREZ-SAUQUILLO (2 títulos)
Sylvia PLATH (2 títulos)
Margaret RANDALL
Miriam REYES (2 títulos)
Lucía RODRÍGUEZ GARCÍA HERREROS
Ana María ROMERO YEBRA
Rosa ROMOJARO (2 títulos)
María ROSAL (2 TÍTULOS)
Ana ROSSETTI (3 títulos)
Christina ROSSETTI
SAFO
Ada SALAS (3 títulos)
María SANZ (3 títulos)
Alfonsina STORNI (2 títulos)
Marina TSVIETÁIEVA (3 títulos)
Ángela VALLVEY
Raquel VÁZQUEZ
Akiko YOSANO

Y algunas antologías fundamentales:

Ramón BUENAVENTURA
Las diosas blancas. Antología de la joven poesía española
Noni BENEGAS & Jesús MUNÁRRIZ
Ellas tienen las palabra. Dos décadas de poesía española
Sharon KEEFEE UGALDE
En voz alta. Las poetas de las generaciones de los 50 y los 70.
Teresa GARULO
Diwan de las poetisas de al-Andalus






sábado, 5 de mayo de 2018

La presencia "inexistente" en mi casa



Leo por ahí que en el catálogo de Hiperión las mujeres somos "inexistentes". Y no sé si quien realiza tal declaración desconoce cuáles son las obras publicadas por una editorial tan prestigiosa o si su objetivo es otro: rebajemos a los demás para encumbrarnos. Pero la maniobra no cuela. No sólo las editoriales independientes publican voces femeninas. Que lo hacen. A Hiperión la sostienen 40 años de historia en los que Jesús Munárriz y Maite Merodio han visibilizado a muchísimas autoras aparcadas en los márgenes del canon, a la vez que nos han dado a conocer a muchísimas otras que estamos abriéndonos paso por dicho territorio, paraíso que alguna celebridad pretende controlar otorgando sus propios pasaportes y visados.  

Hago aquí mención a los libros de poemas escritos por mujeres que tengo en casa, y que ha publicado Hiperión. ¡Para ser una presencia "inexistente", anda que no ocupa espacio!

*Ángela Figuera Aymerich: Obras completas
*Carmen Martín Gaite: Después de todo
*Para Aguirre: Historia de una anatomía, Nanas para dormir desperdicios
*Ana Rossetti: Indicios vehementes. Poesía 1979-1984, Punto umbrío
*Juana Castro: Los cuerpos oscuros

*Noni Benegas y Jesús Munárriz: Ellas tienen la palabra. Dos décadas de poesía española.
*Suzuki Masajo: 70 haikus y senryûs de mujer 

*Almudena Guzmán: Usted, Calendario, El príncipe rojo
*Blanca Andreu: De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall
*Luisa Castro: Los versos del eunuco, Ballenas, Señales con una sola bandera. Poesía reunida. 1984-1997
*Ada Salas: Variaciones en blanco, La sed, Lugar de la derrota, Esto no es el silencio, No duerme el animal. Poesía 1987-2003
*Ana Isabel Conejo: Atlas
* Ángela Vallvey: El tamaño del universo

*Carmen Jodra: Las morar agraces
*Esther Giménez: Mar de Pafos
*Ariadna G. García: Napalm. Cortometraje poético, Apátrida, La Guerra de Invierno
*Miriam Reyes: Bella durmiente, Desalojos
*Verónica Aranda: Tatuaje
*Vanesa Pérez-Sauquillo: Bajo la lluvia aquivocada, Estrellas por la alfombra
*Raquel Lanseros: Croniria, Las pequeñas espinas son pequeñas

*Raquel Vázquez: El hilo del invierno 




Y esto, lo que tenemos en casa de poesía. En el catálogo, más.