sábado, 20 de mayo de 2017

La partitura

La partitura. Mónica Rodríguez. Edelvives. 2017. 224 páginas. 9,90 euros.

  
En un primer momento, me llamó poderosamente la atención la cubierta del libro: su paisaje blanco, el tren de vapor prometiendo un viaje fabuloso por tierras ignotas. En un segundo instante, me cautivó su título, La partitura. En una época donde parece valorarse poco el tiempo dedicado a las composiciones de las obras, me interesó sumergirme en la ¿autobiografía? del protagonista del relato, en sus motivaciones creativas, en el tormento sentimental que lo llevó no sólo a componer sus sonatas y óperas, sino a modelar en la arcilla de sus manos la figura de la pianista más célebre de la mongolia soviética: Sayá. La novela, premio Alandar de Literatura Juvenil 2016, aborda unos asuntos que, en principio, parecen alejados de la narrativa destinada al público adolescente. Aborda sin tapujos el complejo de Edipo, la pederastia, el sexo, la infidelidad o la complejidad de las relaciones amorosas. Está claro que si nuestros jóvenes conocen por otros canales (las series de televisión, las películas que consumen a solas en sus móviles o ipads) los sórdidos y atormentados vínculos que empujan a unos cuerpos hacia otros, los escritores deben ofrecerles una visión real, pero adaptada, de ese mundo que tanto les fascina. En ese sentido, La partitura me ha asombrado muchísimo. Hay que temas que parecen tabú en la literatura adolescente, y yo creo que es mejor abordarlos -graduando la temperatura, elaborando una obra de calidad artística, poética, sutil- que ignorarlos y lanzar a nuestros chicos hacia una narrativa de nulo o escaso valor literario.

La novela sigue el patrón de las antiguas colecciones árabes de relatos. Nos encontramos hasta tres historias ensartadas. La primera se ofrece a modo de marco. La narradora escribe un texto a su novio para revelarle un secreto que ha venido guardando y para formularle una pregunta. Al tiempo que recuerda los comienzos de su propia relación, los baches que sortearon hasta estabilizarse, relata una segunda historia: la de Gandalf, uno de los ancianos de la residencia donde trabaja como auxiliar de enfermería. Aquí, a su vez, el viejo pianista se convierte en paranarrador, al transcribir la joven el diario que aquel guardaba para no olvidarse de sí mismo, para justificarse, para que le entendieran, para conservar las emociones que le había sumistrado tu agitada existencia, para recordar a su discípula: Sayá.

 Quizás lo mejor del libro sea el concienzudo análisis de la psicología de un alma torturada, insatisfecha, que vive a la intemperie de su falta de arraigo, el alma de Gandalf: Daniel Faura Oygon. Nacido en España, de madre rusa a la que pierde siendo adolescente, Daniel tratará de dar un sentido a su vida refugiándose en la composición de partituras y en la tierra natal de su progenitora. Será en Mongolia donde el joven pianista descubra el talento innato para la música de una niña criada entre caballos y estepas nevadas, por la que sentirá un impulso erótico que tratará de frenar. Mónica Rodríguez reflexiona en su libro sobre los límites del amor, sobre la distinción entre amor y obsesión, sobre el anclaje del arte en el dolor humano, sobre la oscuridad de las pasiones, sobre el contraste entre vida y recuerdo, sobre la necesidad –o no– de dar a conocer al mundo obras maestras de las que se desentendieron sus autores, sobre la distinción entre amar a una persona o maltratarla.

Escrito con un prosa cuidada y lírica, La partitura es una novela no ya para un público adolescente, sino para cualquier lector al que le gusten las buenas historias.    

Esta reseña ha sido publicada por La Tormenta en un vaso.
    

miércoles, 17 de mayo de 2017

Día contra la homofobia



Se me ocurren muchas maneras de luchar contra la homofobia. Como docente, la combato en las aulas inculcando valores a mis alumnos; no hay mejor arma que la educación. Como homosexual, lucho contra ella siendo yo misma, sin máscaras tras las que ocultarme por miedo a los demás. Como esposa y madre, afirmando ante el mundo la presencia en él de mi familia, luchando por nuestros derechos y exigiéndolos. Como escritora, creando textos como los que siguen:

"Imán": http://ariadnaggarcia.blogspot.com.es/2014/03/iman.html
"La venda púrpura": http://ariadnaggarcia.blogspot.com.es/2013/06/la-venda-purpura.html
"Irak": http://institucional.us.es/estacion/wp-content/uploads/10.pdf



 

martes, 16 de mayo de 2017

1916



La editorial Polibea acaba de publicar el primer número de la revista 1916, destinada a recoger anualmente las novedades de las diferentes colecciones del sello: El levitador (poesía española actual), La espada en el ágata (prosa), Orlando versiones (traducción) y la recientemente creada Toda la noche se oyeron... (joven poesía hispanoamericana). Además de publicitar los títulos, la revista publica los prólogos que anteceden a todas las obras, (marca indispensable de la casa), así como poemas y fragmentos de los libros. Quien quiera estar al tanto de la mejor poesía independiente en lengua española, tendrá en 1916 una ocasión estupenda para conocer a las autoras/es menos convencionales del paronama lírico a través de sus voces y de las miradas (interpretaciones) de ojos experimentados.



sábado, 13 de mayo de 2017

Estación Poesía



El pasado 19 de abril se presentó en el Auditorio Cicus de la Universidad de Sevilla el número 10 de la revista Estación Poesía, que publica el Centro de Iniciativas Culturales de la propia universidad y que dirige el poeta y traductor Antonio Rivero Taravillo. 

Los poetas que participamos somos: Óscar Hann, Antonio Deltoro, Rarael Courtoisie, Antonio Enrique, Hugo Mujica, Ángel Guinda, Elsa Cross, Jaime Jaramillo, Julio Trujillo, Eduardo del Campo, Daría Jaramillo, Francisco Javier Irazoki, Nuno Júdice, José A. Ramírez, Eduardo Hurtado, Rafael-José Díaz, Irma Brook, Rodrigo Guerínez, Martín López-Vega, Javier Almuzara, Antonio Méndez Rubio, Ariadna G. García, Pelayo Fuero, Luis Muñoz, Antonio Lucas, José Luis Rodríguez, Joaquín Márquez, Gerardo Markuleta, María A. R., Boris A. Novak, Ropaz Hemon, Ramón Eder, José Manuel García Gil, Gabriel Insausti, Valeria Correa, Gonzalo Gragera, Lutgardo García y Víctor Peña Dacosta.

La revista puede leerse aquí: http://institucional.us.es/estacion/wp-content/uploads/10.pdf


viernes, 12 de mayo de 2017

Homenaje a Gloria Fuertes



El próximo domingo, 14 de mayo, se celebrará la lectura continuada de poemas de GLORIA FUERTES en el Centro de la Villa de la plaza de Colón. Comenzará con la lectura de la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, a las 12,30 horas y durará hasta las ocho de la tarde. Entre otros poetas intervendrán Miguel Losada, Verónica Aranda o José Cereijo. Yo participaré a las 13:00.

Os esperamos.


jueves, 11 de mayo de 2017

Depresión tropical


 Depresión tropical. Jorge Posada. Polibea. 2017. 74 páginas.


¿Cómo evocar el desasosiego, la angustia que te provoca tu país de origen? ¿Cómo hacer que el lector perciba la violencia que tú sientes al hablar de tu tierra y tus compatriotas? El poeta mexicano Jorge Posada (1980) recurre a varios recursos en su último poemario, Depresión tropical, que se acaba de publicar en España: omisión de los signos de puntuación, fragmentación del texto, yuxtaposión de imágenes –a menudo violentas: “los soldados detienen a una familia de migrantes/ejecutan a los niños”–, elipsis, ironía, un léxico escatológico (“heces”, “babas”, “bilis”) o metáforas animalizadoras de sema negativo. Los temas que aborda el autor van del recuerdo de la –dura– infancia y las penalidades familiares, a la desafección de la ciudadanía respecto a los indigentes que malviven en México DF, pasando por el vaticinio del colapso energético y el fin de nuestra civilización, la violencia machista o el amargo –e irónico– contrastre entre el Jorge Posada que jugaba al béisbol con los Yankees de Nueva York (un triunfador nato) y el sujeto lírico de los textos, de nombre homónimo: despistado, cobarde, poco cuidadoso, torpe y hasta maloliente. En apenas un lustro, el autor mexicano se ha hecho un merecido hueco tanto en el panorama poético americano como en el español, prueba son los lugares de edición de sus poemarios: Costa sin mar, UAM, México, 2012; Adiós a Croacia, Zindo&Gafuri, Argentina, 2012; La belleza son los aeropuertos vacíos, Liliputienses, España, 2013; Canciones de la dependencia sexual, Bongo Books, Cuba, 2014; Desglace, Aguadulce, Puerto Rico, 2014, 2ªed. 2016; Vallas de publicidad, El humo, México, 2015; Habitar un país es llenar de tierra una piscina, Liliputienses, España, 2016; y Depresión tropical, Polibea, España, 2017. No es esta mala ocasión para reconocer el ingente trabajo que realizan las dos editoriales españolas citadas en su afán por difundir a los poetas de ultramar.

Aquí un poema de su último libro:

el 86% de personas
en este autobús
fueron un casi bailarín
un casi médico
un casi actor
pero se lesionaron
la universidad cerró
la enfermedad de sus padres
de sus hijos
el 11% permanece
en una placenta
de estímulos religiosos
o monetarios
del resto no se tienen
datos precisos


miércoles, 10 de mayo de 2017

Obra completa. 1. Poesía. Bishop

 
Poesía, Elizabeth Bishop. Vaso Roto. Traducción de Jeannette L. Clariond. 2016. 592 páginas. 29 euros.


La obra poética de Elizabeth Bishop llama la atención por varias razones. La primera de ellas tiene que ver con el tempo de publicación de sus libros. La autora norteamericana publicó solamente cuatro libros en vida. Uno cada década. Se trata de un escritora meticulosa y detallista, ajena a las velocidades que alcanzaban otros, inmersa en su propia creación, sin mirar ni a un lado –la crítica– ni a otro –los lectores–. Su paso era lento, pero seguro. Un paso firme, siempre bien pensado. Tanto es así, que cada libro le reportó uno o varios premios de reconocido prestigio: Norte y Sur (1946), el Houghton Mifflin y el Pulitzer; Una fría primavera (1955), el National Book Award y el National Book Critics Circle Award; Cuestiones de viaje (1965), no cosechó ninguno; y Geografía III (1976), el Neustadt International Prize for Literature, que la consagraría a nivel mundial. Esta morosidad editorial la encuentro muy relacionada con su propia escritura. Elizabeth Bishop es una escritora de poema rocoso, de verso contundente, de lectura difícil. Cada texto exige un alto grado de concentración a sus lectores. Su lectura agota. También reconforta. Bishop es, ante todo, una estupenda descriptora de paisajes. Sus versos rinden homenaje a su tierra de adopción (Florida), pero también revelan el deterioro de los lugares de su infancia (La aldea de los pescadores) o tienen un valor simbólico de pérdida y/o esperanza (Cabo Bretón, donde la autora dibuja el paisaje desolado de Nueva Escocia: sus glaciares, nieblas y acantilados, sus escuelas cerradas, sus carreteras abandonadas, y donde de pronto, un padre que sostiene a un bebé se apea de un pequeño autobús y se adentra en su casa junto al mar). Además de estos lienzos verbales, enmarcados en la naturaleza, Elizabeth Bishop tiene una aguda mirada social de tipo urbano, caso del espléndido Estación de servicio (aquí la autora pinta a los hijos “grasientos”, “sucios” del propietario de la gasolinera; la familia vive en una contrucción de cemento tras los surtidores, y cuando el panorama no puede ser más descorazonador, una serie de símbolos –una begonia, un mantel bordado– nos evocan una presencia femenina protectora, vigilante de la comodidad de la familia: “Alguien nos ama a todos”, concluye el texto). En otras ocasiones, la descripción de un entorno doméstico, de un espacio civil, plantea hondos dilemas a los protagonistas de los textos. Me refiero al poema En la sala de espera, donde la autora recuerda –a través de un monólogo interior– una experiencia de cuando apenas tenía siete años. El poema En la sala de espera nos descubre a la niña que fue leyendo un ejemplar del National Geographic y preguntándose sobre conceptos como los de identidad, raza o género. (Imposible no relacionar esta temprana conciencia de pertenencia a un grupo –“Tú eres uno de ellos”, “¿qué similitudes nos mantenían unidos a todos?–, con la novela Frankie y la boda, de Carson McCullers, donde la pequeña protagonista también se interroga sobre el concepto de comunidad humana: “Toda esa gente, y tú no tienes idea de qué es lo que les junta. Debe de haber alguna razón, alguna conexión, y sin embargo, no se me ocurre cómo nombrarla”.) 


Elizabeth Bishop, que se crió con sus abuelos en Nueva Escocia, nos brinda algún poema-recordatorio de las viejas lecciones aprendidas de sus mayores (Modales: “Siempre ofrece subir al coche a todo el mundo;/no lo olvides cuando seas mayor). Su obra, racional, hermética, no tiene concesiones emotivas; es puro granito, perfección formal. Y sin embargo, atrapa. Al menos, aquellos poemas más apegados a un recuerdo. Aquí humean los rescoldos de la emoción: “La vida y el recuerdo de ésta, ilegibles,/borrosos, pero cuán vivos, cuán entrañables, al detalle” (Poema). Sorprende, no obstante, el escaso número de textos amorosos, cuando la vida sentimental de la autora sufrió hondas decepciones y su relación con la arquitecta brasileña Lota de Macedo Soares acabó con el suicidio de ésta. Por otro lado, la traducción es muy buena. Exacta. Prescinde de las rimas en pos de la contundencia del mensaje. El volumen, bilingüe, incluye notas y un apéndice con manuscritos inéditos fotografiados. Quien lea este imprescindible libro debe hacerlo despacio. Debe saborearlo a sorbos. Exige paladares selectos. Bishop no es una Coca-cola, es un Domaine de la Romanée-Conti, un caldo de Borgoña.            
   
Esta reseña ha sido publicada por La tormenta en un vaso.
 

lunes, 8 de mayo de 2017

Vuelavoz

 
Vuelavoz, Álvaro Tato. Hiperión. 87 páginas. 2017. 11 euros.


Uno de nuestros poetas más singulares, de los que tiene una voz propia y reconocible, es Álvaro Tato. Su último libro de poemas prosigue la senda por la que se aventuró en 2011 con Gira, obra excepcional por la que obtuvo el Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández. En aquellos poemas, Álvaro se desprendía del culturalismo de sus primeros títulos, de sus piruetas métricas, del caparazón bajo el que se ocultaba, para adentrarse en sí mismo, inspeccionar su fondo con honestidad y compartir su mundo con nosotros. Con un estilo de línea clara, minimalista y evocador, el poeta nos hablaba –decantándose por el heptasílabo– del paso del tiempo, la muerte, el viaje interior y de la necesidad de vivir el momento. Su nueva obra, Vuelavoz, insiste en estos temas, sólo que ahora lo hace en un moderno diálogo con nuestra tradición lírica oral. Este conocimiento de la poesía popular dota a Álvaro de solvencia para entregarnos un libro fresco muy bien armado, que suena conocido pero reconocemos como nuevo. Que nadie olvide que el poeta, además de filólogo, es autor de versiones para la Compañía Nacional de Teatro Clásico (El alcalde de Zalamea y El perro del hortelano), además de alma mater de la compañía teatral Ron Lalá, con la que ha estrenado, entre otras, las obras En un lugar de El Quijote y Cervantina, coproducidas por la CNTC. Álvaro no sólo conoce la historia de la literatura, sino que la encarna, la vive desde dentro. Lo mismo que Cervantes, Lope o Calderón mezcla en sus textos caudales procedentes de la lírica tradicional y de la culta. Y lo hace con ingenio, con humor y hasta con contundencia lapidaria (“Duras un sueño;/te dan el don/de hacerlo cierto”, de Amanecer). El libro se estructura en cinco partes. La primera, decía, aborda los tópicos clásicos del tempus fugit y el carpe diem, pero los trata utilizando los recursos de la poesía popular: estribillos, repeticiones, paralelismos, pies quebrados o rimas asonantes (“Quien tiene alas/mira el abismo/y ve un camino” de Silvida). La segunda (“Menteoros”) recoge poemas muy breves, de apenas dos versos; fugaces e impactantes: “Rato de vida,/ hazte mi casa”, “Asombro,/¡arre!”. La tercera se centra en el amor, en el erotismo, a modo de refugio contra nuestra contengencia y caducidad. Álvaro Tato juega a construir poemas con pareados, con definiciones vanguardistas (irracionales, “Tus manos/incendios de cristal”), o con versos trisílabos. La penúltima sección glosa cancioncillas del siglo XIV. La última, que trata de distintas materias, nos ofrece la clave de la poética de su autor: “Nuestra voz se derrama/ por los demás/…/baña el campo del tiempo,/ salta de vidas/ a vidas, se agazapa en el silencio/ y nos vuelve a la boca/ bajo palabra/ de seguir dando luz a nuestra sombra” (de Tradición). La ilustración de la cubierta no podía ser más coherente con el libro: un pez-pájaro de dos mil años de antigüedad que ha llegado a nosotros porque se ha mantenido dentro de una gota de ámbar (la cubierta dorada del volumen); la palabra también trasciende el tiempo, los motivos y metros populares perviven a través de Álvaro Tato. 

Es curioso que uno de los rasgos más característcos de nuestra literatura áurea (aúrea porque no tiene parangón con ninguna otra etapa de nuestras letras, supone la cumbre de la lírica nacional, y hasta de la europea), la convivencia de diferentes tonos, registros y miradas en las obras de un mismo –y cultivado– poeta, se haya perdido en la lírica del siglo XXI. Aquella riqueza que encontramos, por ejemplo, en Góngora, Quevedo o sor Juana Inés (autores cultos y populares, humorísticos y graves, sencillos y herméticos) ha dado lugar a la voz monocorde que impera hoy. Menos mal que aún quedan escritores con un amplio bagaje cultural que siguen innovando del único modo posible: bebiendo de la fuente Castalia.