martes, 9 de octubre de 2018

Retirada

Retirada, Pureza Canelo. Pre-Textos, Valencia, 2018. 56 páginas. 10 euros.



   
Quizás, una razón para escribir sea la de luchar contra el olvido. Sabemos que con el tiempo los cuadros se agrietan sobre sus bastidores, y por eso tratamos de darles pinceladas y capas de barnices, para que nos perduren. Pureza Canelo lleva, cuanto menos, dos poemarios retocando las líneas y colores de su memoria (Oeste), así como el color y la profundidad de su pensamiento (Retirada), para defender de la nada “la cosecha de lo vivido”. Con un lenguaje que ella misma tilda de esencial y claro, su último libro de poemas en prosa constituye un balance existencial a sabiendas de que, al sujeto que enuncia, se le acortan los días. El veredicto es muy poco indulgente: “Ninguna hazaña has ofrecido en la brevedad de tu paso terrícola” (p. 24). La autora reconoce su fracaso en la búsqueda de un sentido a la vida (“¿Qué ha sido haber estado aquí? Desde la poesía he buscado la respuesta de lo menor hacia lo único. Sigo a la espera”, p. 47), se interroga sobre la plausible eternidad (“¿Haber llegado hasta aquí para abandonar?”, p. 48) o aventura que el sentido de nuestra experiencia humana pueda ser prepararnos para la muerte (“No hay pesadumbre. La retirada es el gran hacer”, p. 50), ¿cabría intuir que Pureza Canelo nos insta a realizar un camino espiritual –estoico, cuidadoso, solidario, empático– que nos ayude a afrontar conjuntamente nuestra contingencia? ¿Puede existir, acaso, otro modo de asumir nuestro desenlace, de sobreponernos a la tortura de pensar en la desaparición absoluta? Tampoco faltan en el libro reflexiones metaliterarias no exentas de autocrítica

“Leo textos ajenos y me pierdo en vericuetos del decir. Lo mismo pasaría si alguien fijara su dedo en mi escritura.

Clamoroso ego. Deficienca perenne entre nosotros. Vanidad sin límites. A la vez que tuertos y mancos, todos” (p. 13)

La autora, incluso, dedica un homenaje a Juan Ramón Jimémez, poeta de la poesía pura, que desnudaba sus versos de retórica como un maestro experto en la poda paciente de bonsáis. Ella admira sus “canales de profundidad”, su contacto con el magma interior, con cuya materia -sabiamente seleccionada- daba cuerpo a sus textos: “la escritura de exigencia universal asiste a quien se atreve a buscarla y agujerear mundos. Brocales de luz hacia el centro de la tierra” (p. 49)

Retirada es un libro hondo, de recapitulación, despedida, emparentado con las premoniciones de Cernuda (“Quien escribe se adelanta a atisbar la muerte”, p. 20) y las incertidumbres de Unamuno (“Amanece. ¿Existo?”, p. 27). Con este intenso cuadro (minimalista, bello, de fina pincelada), Pureza Canelo se subleva contra su condición mortal. No en vano, según Rafael Argullol, esa es precisamente la misión de la literatura: “En el mismo momento en que el hombre adquiere conciencia del tiempo, que es el sendero hacia la muerte, adquiere conciencia de la necesidad de rebelarse contra él. El arte, con sus distintas máscaras, es el fruto de esa rebelión”.

En fin, aunque ella opine lo contrario, guiada por su valiente expedición de lapiceros, Pureza recorre los puentes abiertos al misterio, y deja un surco de grafito en el país helado de la Nada.

Este reseña ha sido publicada por la revista Oculta Lit.

 

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