No había eternidad, Antonio
Gamoneda. Edición de Alberto Escarpa y Jesús Javier Lázaro. Madrid, Polibea,
2020. 115 pp.
Antonio Gamoneda es uno de los poetas fundamentales del
siglo XX. No obstante, desde la publicación de su primer libro, Sublevación
inmóvil (1960), se mantuvo voluntariamente
al margen de cualquier grupo o escuela, tanto por la singularidad de su obra
como por su decisión de vivir en la comarca leonesa, a donde se trasladó con su
madre con apenas tres años, poco después de fallecer su padre. Nacido en Oviedo
en 1931, pertenece, pues, a la generación de los niños de la guerra, es decir: al grupo del 50. Sin embargo, su vida en la
periferia (con respecto a las dos ciudades que monopolizaron la vida literaria
del medio siglo: Madrid y Barcelona), junto a su hermetismo estético,
impidieron su inclusión en la célebre antología de Juan García Hortelano que sí
promocionó, entre otros, a Brines o a Valente. Por supuesto, tampoco lo
seleccionó José María Castellet en Veinte años de poesía española (1960). Gamoneda, alejado de los postulados
realistas del momento, nadaba contracorriente. Estaba más próximo a poetas como Juan Eduardo Cirlot, con
quien comparte el apego irracional, la imagen visionaria, el lenguaje simbólico
y el gusto por los motivos mágico-legendarios. Grosso modo, su obra pendula entre dos tendencias: la excéptica y
melancólica, frente a la apasionada y solidaria. Hasta la publicación de Edad,
volumen que recoge toda su producción hasta
1987, Antonio Gamoneda apenas había publicado cinco libros en casi treinta años
de carrera literaria: Sublevación inmóvil (1960), Descripción de la mentira (1977), León de la mirada
(1977), Blues castellano (1982) y
Lápidas (1987). Edad también incluye varios poemarios inéditos que nos
hablan de un quehacer literario de túnel (silencioso y silenciado) entre 1953 y
1970: La tierra y los labios (1947-1953),
Exentos I (1959-1960) y Exentos
II. Pasión de la mirada (1963-1970).
Recordemos que la estética surrealista, de la que bebe, nació ligada al marxismo,
de modo que los poetas españoles de las diferentes generaciones de posguerra
que le rindieron culto (Cirlot, Carlos Edmundo de Ory, Miguel Labordeta…) o
bien se exiliaron o fueron marginales durante la dictadura militar. Por tanto,
será a la muerte del caudillo cuando Gamoneda vuelva a publicar y cuando su
obra reciba su merecido reconocimiento. De hecho, en las postrimerías del
régimen otros poetas invisibilizados también verán sus libros editados y
reivindicados: Juan Larrea (cuya Versión celeste corrió a cargo de Luis Felipe Vivanco, quien la
publicó en 1970); y Carlos Edmundo de Ory (cuya Poesía salió a la luz, en ese mismo año, gracias a la
mediación de Félix Grande). ¿Y por qué no publicó Gamoneda el libro que tenía
finalizado en 1970, al calor de la renovación estética abanderada por los
novísimos, se preguntarán ustedes? La respuesta es simple, sí lo hizo, unos
años después: León de la mirada es
una versión del inédito Exentos II.
Como quiera que sea, con Edad el
poeta asturiano obtuvo el Premio Nacional de Poesía en 1988. Tenía entonces 57
años. En adelante publicará los poemarios Libro del frío (1992), Libro de los venenos (1995), Arden las pérdidas (2003), Celia (2004), Canción errónea (2012),
La prisión transparente (2018) y Las
venas comunales (2019). Su obra completa
salió ese mismo año bajo el título Esta luz (Galaxia Gutenberg). Por el conjunto de sus libros
recibió en 2012 los premios Cervantes y Reina Sofía, los máximos galardones
literarios en lengua castellana.

No había eternidad nace
a modo de antología. Explican sus editores que los textos fueron seleccionados
“de forma natural y sin instrumentalización alguna” con un único criterio: “son
nuestros poemas memorables” del periodo 1977-2004. Esta acotación temporal
condiciona la estética y los motivos temáticos del libro resultante. Así,
quedan fuera de la colección los textos que declaran principios vitales como el
valor o la búsqueda de la libertad (caso del emocionante “Sublevación”, de Sublevación
inmóvil), los líricos poemas de amor (como el bellísimo “Verdad”,
de Exentos I) y los versos de
queja o de protesta (sirva de ejemplo el espléndido “Un tren sobre la tierra”,
de Blues castellano, libro
prohibido por la censura y editado quince años después de su composición, en
1966). Pero no por ello No había eternidad deja de ser un gran libro. Su común denominador es la
expresión de la soledad, la angustia, la infancia, la pérdida y la muerte.
Abundan los poemas en prosa o de largos versículos, en los que reconocemos una
leve anécdota localizada en un entorno doméstico de tipo rural (establos,
desvanes, alcobas, “maderas atormentadas” …) o en un espacio misterioso que
prende nuestra imaginación (“Aún hay luz sobre las alas del gavilán y yo
desciendo a las hogueras húmedas”). Premeditada o no, yo veo claramente una
estructura en la organización del libro, más allá de la cronológica. La obra
avanza de los tonos oscuros a los claros; del silencio y la desaparición a la
certeza de la existencia y de la prolongación, a través de la nieta (“yo sé que
vivo porque te oigo llorar”, “yo estaré en tu pensamiento”…).
“Este es un año de cansancio. Verdaderamente, es un año muy
viejo”, nos dice Antonio Gamoneda, como si nos hablase del año 2020. Sus versos
nos recuerdan aquello que carga nuestras baterías: el amor, la amistad y, sobre
todo, el abandono al goce del instante: “Solo quiero sentir esta luz en mis
manos”.
No es mal consejo para este 2021.