martes, 8 de enero de 2019

Defensa de las excepciones

Defensa de las excepciones, Andrés García Cerdán. “Premio de Poesía Hermanos Argensola”. Madrid, Visor, 2018. 64 páginas.


Pertenezco a ese número de hombres
–no tan distintos en verdad,
si no tal vez con cierta tendencia a los milagros,
al lujo, al desencanto–
que han hecho del oficio
de libertad su distinción. Los que huelen
en el aire un peligro
y lo celebran.
Los que dicen que no,
que ellos no.
Los que miran con otros ojos
una misma ciudad. Los que
predican una forma oblicua de vivir.

Andrés García Cerdán ha cincelado, libro a libro, con paciencia artesana, una obra diferente y claramente reconocible a sus lectores. Desde La sangre (“Premio Internacional de Poesía Ciudad de Almuñécar”, Valparaíso, 2015) ha ido ensanchando su obra desde un centro donde, además de la música (leit motive desde sus primeros libros), laten la celebración de la existencia, la defensa ecológica y la denuncia de la política internacional. En tres años ha abierto una grieta por la que meterse en la siempre tan cara lírica patria, cavando un auténtico túnel bajo tierra por donde truenan poemas de alta intensidad. Junto al poemario citado, Barbarie (“Premio Alegría”, Adonáis, 2015) y Puntos de no retorno (“Premio San Juan de la Cruz de la Academia de Juglares de Fontiveros”, Reino de Cordelia, 2017) han convertido a su autor en uno de los más solventes poetas del último lustro. En estos libros leemos textos maravillosos como “Skaters”, “El árbol del polígono” (La sangre), “Ludus magnus”, “Los bárbaros”, “Fresas”, “Arroyos”, “Correr en la cinta” (del colosal Barbarie), “Las apisonadoras”, “Barro” o “Rebeco” (Puntos de no retorno). A esta representativa colección habría que añadir:  “Los otros”, “Guerreros comanches” y “Sarcófagos de halcón”, pertenecientes a su nuevo trabajo: Defensa de las excepciones (“Premio Hermanos Argensola”, Visor, 2018). Hablo de poemas donde se aprecia un gran dominio técnico (Andrés maneja el encabalgamiento abrupto con la misma eficacia que fray Luis), un compromiso humano con su tiempo y un diálogo con la literatura previa; de textos que responden a esta estética:

Una y otra vez, sucumbirás
a la corriente desbocada
del río del lenguaje.
Oirás dentro de tu sangre
la lujuria y el canto.
                         (“Miserias”, La sangre)

En Defensa de las excepciones reconocemos el porte de su autor, tanto en los poemas mencionados como en “Sobre el error”, “La incertidumbre”, “Los nuevos evangelios” o en el texto que da título al libro. Andrés dedica sus mejores composiciones a la defensa de la naturaleza (al comanche que “se entrega a la lujuria de los prados”, al amor del halcón que electrifica el aire), a la duda existencial (“y nada/ hay que sea certeza o solidez”), a la reflexión metaliteraria (aspira a “ver más lejos que el resto de los hombres/ y más profundo”) o a la indagación personal (“Soy/ la posibilidad en su estado más puro”).

Me gustan menos los poemas de cuño prosaico, como “Noticias de Dios” o “Lectura de poesía polaca”. No faltan los homenajes a artistas (marca de la casa). Pero en los dedicados a John Lennon, Dylan y Anne Sexton andamos lejos de las alusiones culturalistas, envenenadas de música y de literatura, con las que describía el mundo de bares y garitos (“Velvet blues”) en La sangre; lejos también de la actualización del tópico clásico del tempus fugit, simbolizado en una camiseta de los Ramones (en Puntos de no retorno).


No obstante lo dicho, Defensa de las excepciones es una mina. El lector encontrará en sus páginas vetas diamantinas ocultas en las sombras, sobre todo cuando: “Algunos versos caen al poema/ a plomo,/ como caen los acantilados”.

De entre todas sus piezas, sobresale –para mi gusto– el fantástico himno que abre el poemario (transcrito, en parte, al comienzo de esta reseña), pórtico perfecto para una antología (“Contra todo, este mínimo artefacto de amor”). Y es que ya son nueve los libros que Andrés ha dado a imprenta. Una buena selección de sus textos puede ser una estupenda compañera para mostrarnos el mundo, para dinamitarnos por dentro, para despertarnos. Leerle tiene consecuencias individuales (abre ventanas a la verdad de nuestro tiempo, señala sus mentiras, nos ata al presente), y en ese sentido, sí nos espiritualiza: nos recuerda (como buen neoepicureo) que estamos en La Tierra “aquí y ahora”.  

  
Esta reseña ha sido publicada por la revista digital Oculta Lit. Original, aquí.

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