lunes, 7 de febrero de 2022

Cómo guardar ceniza en el pecho

 

 Cómo guardar ceniza en el pecho, Miren Agur Meabe. Traducido por ella. Premio Nacional de Poesía. Barteby. 2021. 210 páginas.

 

 

 

¿Qué nos atrae poderosamente de nuestros clásicos? Cuando leo al Arcipreste de Hita, a san Juan de la Cruz o a Federico García Lorca me fascina la pirotecnia de sus imágenes, el rico mosaico de tradiciones que convergen en sus textos, su irreverencia para combinar texturas a su antojo sin importar su origen, sino los efectos que producen en la comunidad lectora. Son eclécticos, hacen malabares con todo lo que encuentran: mezclando en el mortero ingredientes de la alta y baja cultura, lo popular y lo filosófico, lo grave y lo ligero. Rojas, Cervantes o Góngora eran exploradores de caminos estéticos. Esa misma actitud desprejuiciada, subversiva e indagadora la encontramos en el último premio Nacional de Poesía, concedido al libro Cómo guardar ceniza en el pecho, de la autora vasca Miren Agur Meabe (Bartleby, 2021).

 

El poemario aborda distintos motivos temáticos, que van desde el recuerdo de la infancia, a la reflexión metalírica o a la denuncia de la civilización occidental. En uno de los poemas finales, “Un gin tonic en Miramar con la señora Atwood”, el sujeto que enuncia enumera los asuntos sobre los que escribir: memoria, genealogía, violencias desamor, muerte y el enigma de la poesía. Debicki (1977) señalaba que los verdaderos autores exponen en sus libros los andamios y materiales con los que construyen sus obras, para a continuación hablar de ellos. Meabe explicita sus preocupaciones, e incluso especifica sus preferencias de estilo:

 

El del gentil árbol que se multiplica en sus ramas y hojas.

El del charco turbio donde flotan la lata y la rata. (p. 190)

 

Lo sublime y lo escatológico. Lo bello y lo macabro. La dualidad recorre el poemario. Para disfrutar su lectura es necesario saber antes que la travesía se verá zarandeada por las olas, que no es monocorde, sino variable; de ahí su dificultad, pero también su atractivo. ¿Cómo iba a ser uniforme si trata de integrar las complejidades de la existencia, el pulso que mantienen vida y muerte, la “abundancia y la carencia”? En el mejor poema del libro, “Naturaleza muerta” (p. 194-197), encontramos las claves para su cabal comprensión.

 

“El equilibrio es un ideal huidizo e inexplicable” (p. 199), confiesa la autora. Cómo guardar ceniza en el pecho indica en qué consiste nuestra fragilidad, tanto individual como colectiva. Y lo hace recurriendo a la heterogeneidad de registros y tonos. Así, Meabe mete en su coctelera redacciones infantiles con rimas en eco (“Día de escuela”), parodias del Padre Nuestro (“Oración” elogiosa dedicada a Mary Blair, pintora de desnudos; si Meabe hubiese nacido en el siglo XVI a estas alturas ya se le habría abierto un proceso inquisitorial por blasfemias; hoy despertará la inquina entre los votantes de VOX), epitafios (“Un epitafio al estilo de Dorothy Parker”), epístolas (“Los encajes de Lucy”, “Cinco cartas sobre los dolores del parto”), los movimientos de un partitura (“La muerte y la doncella”, cuarteto de cuerda nº 14 de Franz Schubert), elegías (“Elegía para dos Milias”), una carta de presentación (“Je suis, ni naiz”), un manual de instrucciones (“Instrucciones para andar en la ciudad”), una colección de haikus (“Canción de cuna”), baladas (“Balada polisexual”), inscripciones (“Inscripción oculta bajo la tapa de la caja”), libretos (“Enésimo sueño antes del olvido”), un libro de horas (“Delirio”), una crónica (“Crónica” de un amor acabado en el contexto general de una pandemia que va segando vidas y generando ausencias), una canción de Queen (“El pájaro del Rock)…

 

¿Y qué une todas estas piezas, aparentemente desligadas unas de otras? Antes comentaba que ponían el foco en la fragilidad humana. Ahora recalco que tienen en común su carácter crítico. Tampoco falta su reivindicación de una genealogía artística femenina. Son muchas la autoras que Meabe visibiliza en sus textos (poetas, novelistas, pintoras, fotógrafas, cineastas); aquí sigue la estela de Juana Inés de la Cruz, otra gran defensora del legado intelectual y artístico femenino. 

 

Juan Cano Ballesta (1972) insistía en que los buenos escritores son conscientes de su responsabilidad social, y ponen sus obras al servicio del compromiso civil. Miren Agur Meabe trasciende sus circunstancias personales (que también tienen cabida en el libro, sobre todo en las secciones Un álbum y Esa puerta, centradas en la infancia y en el desamor) para construir un poemario total, que pretende transformar la convivencia. 

 

Para ello, la autora vasca no duda en recurrir a las alusiones culturales. A menudo son citas de títulos; en otras ocasiones, refencias a autoras; y a veces actualiza mitos clásicos (Casandra) o utiliza a personajes de ficción con valor simbólico (la teniente Ripley).

 

Cómo guardar la ceniza en el pecho es un libro variado en lo temático, en lo estético y en lo compositivo; polisémico, dada su naturaleza híbrida. Su lectura aventa la ceniza interior, esa de la que una renace en forma de Ave Fénix.

 

 

 

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