Hay autores enamorados de la tierra, como Miguel
Delibes. Basta
leer El camino o Las ratas, para apreciar la estrecha relación del novelista con el
mundo agreste. Si recordamos el personaje del Nini veremos el hondo amor por la
naturaleza que siente Delibes, filtrado a través del niño y del narrador. Las
descripciones de ambos libros obedecen a un profundo conocimiento de la vida
del campo y a la delicadeza de una mirada (“los pájaros desconcertados se
acurrucaban en la nieve, hasta que el calor de sus cuerpos la fundía y tomaban,
de nuevo, contacto con la tibieza de la tierra” Las ratas). Esta magia es la que impregna
cada párrafo de la ópera prima de Jesús Carrasco: Intemperie (Seix Barral, 2013).
Una novela impacta cuando transmite un sentimiento de
autenticidad, de vivencia; cuando la voz del sujeto que enuncia nos lleva a
donde quiere, porque sabe la ruta, se encuentra a gusto en ella. Carrasco ha escrito un libro arrebatador
no tanto por la historia, como por el espacio que la alberga. Cuánta vida
ignorada por nosotros, mujeres y hombres de ciudad, toma cuerpo en sus páginas.
Recupera un léxico en desuso, para la literatura. Nos pone delante de los ojos
la violencia, dificultades y peligros del mundo rural. Obra medio tremendista y
naturalista, nos enseña los brazos desnudos y el corazón honesto de un niño
huido y de un viejo pastor, que asume protegerlo. Se trata, por supuesto, de
una novela de aprendizaje; del paso de un rito de iniciación; elementos, ambos,
propios de nuestra narrativa desde la picaresca. La aportación de Carrasco descansa en el paisaje y en la
relación de los hombres con los animales (propios: perro y cabras; ajenos:
conejos y otras piezas de caza). El niño aprenderá a valerse por sí mismo en un
oficio duro como pocos, bajo un sol de justicia, a la intemperie.
Pero detrás de esta cooperación entre el viejo y el niño
(los comienzos del Nini junto al Ratero debieron ser iguales), late una
solidaridad cuyos vínculos apenas sospechamos, pero intuimos. Detrás de cada
uno ruge un drama. La argolla que los une tiene oficio: alguacil, terrible antagonista del
relato. Ninguno de los tres posee nombre. Tampoco es necesario. Forman parte de
la tierra. Además, Carrasco prevé que la historia narrada es cíclica, eterna,
atemporal. De ahí que omita todo tipo de nomenclatura y de localización en el
espacio-tiempo. Basta traer a colación “La tierra de Alvargonzález”, de Antonio
Machado, para
conceder crédito a su pesimista visión del Hombre.
Foto de Alex García
Jesús Carrasco conoce muy bien el suelo que pisa. Se nota. De ahí la
potencia de su libro. Por otra parte, la obra –muy plástica, apenas conocemos
la interioridad de los personajes– contrae alguna deuda con el cine, y en
concreto con una escena mítica de Pulp Fiction. Quien se atreva a franquear la
cubierta de Intemperie sabrá perfectamente de qué hablo.
Mundo real, herencia; vivencia, cultura. Y todo en poco
más de 200 páginas. En kindle 9´49 euros. No hay excusas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario