jueves, 22 de enero de 2026

Las voladoras


 

Las voladoras, Mónica Ojeda. Páginas de espuma. 2020. 7ª ed. 2024.

 

 

Las voladoras es una colección compuesta por ocho relatos que pueden inscribirse en la literatura de terror e incluso en la fantástica; al tiempo, admiten una lectura feminista desde un punto de vista ideológico.



Mi preferido es Sangre coagulada. Soy de esas personas que disfrutan con la calidad de los textos, con el cuidado de la forma, de la expresión lingüística de aquello que se quiere comunicar; y en ese sentido, se trata de un relato muy trabajado, rítmico y metafórico, casi a un nivel poético. Por otra parte, me encanta cuando encuentro semejanzas con la literatura que conozco o con el cine que veo. Siento cierto gusto en la conexión multidisciplinar. Cuanto más se compartimenta el conocimiento, más me traen los vínculos. Será mi corazón, que disfruta de la mezcla, de la hibridación, único modo, todo sea dicho, de que la cultura avance. En esta pieza, la autora relata una historia que hunde sus raíces tanto en el propio suelo de la sociedad ecuatoriana como en distintas disciplinas del Arte. Narra la historia de un abuso perpetrado en casa por un conocido de la familia. La víctima es una niña que está creciendo en un entorno de violencia y de desinterés. Su único apoyo descansa en la figura de la abuela, un personaje hermanado con nuestra Celestina. Si ésta, para sobrevivir al otro lado del río en un momento en que la prostitución estaba siendo perseguida al construirse en Salamanca una mancebía oficial, desempeñaba no sólo el oficio de alcahueta, sino también los de partera, abortera, perfumera y remendadora de virgos; la criatura de Mónica Ojeda también se encarga de la realización de abortos ilegales. Pero su fuerza descansa en otro sitio. Muy posiblemente, sea un adulta traumatizada que reedite, por medio de su nieta, una experiencia análoga. Ojeda, nos hablaría en ese caso, de la vulnerabilidad de las mujeres a lo largo del tiempo, que una y otra vez tropiezan sin quererlo contra la misma piedra. Pero esa adulta, ya anciana, que revive el trauma y asiste a la repetición del ciclo, varía el rol asignado, y en lugar de ser víctima, para proteger (vengar) a su nieta se convierte en agresora, en brazo ejecutor de la desgracia que destroza vidas. Décadas después, ahora ella es el monstruo.


También he disfrutado con Soroche. Hace unas semanas leí una obra de teatro de Gracia Morales titulada El vientre de la araña, que aborda el tema de la anorexia. Uno de los personajes se llama Ruido. Simboliza el coro de voces que dicta desde distintos soportes en qué consiste la feminidad esterotipada, cuyos parámetros fija la ideología patriarcal. Lo integran, fundamentalmente, los anuncios, las amigas y las redes sociales. Mónica Ojeda retoma este motivo desde el otro cabo de la cuerda. Se centra en los prejuicios estéticos del heteropatriarcado contra las mujeres grandes, ya sea por ser así su constitución, o por exigencias de la maternidad o del paso del tiempo. Como quiera que sea, el relato se construye por medio de otro coro de voces, la de las amigas y la de la víctima de los prejuicios contra su propio cuerpo. A esta primera capa de lectura se la añade una segunda, el uso de las redes sociales y de la subida de vídeos a internet con fines vejatorios. Ambas obras se complementan a la perfección y dan cuenta de la relevancia social del asunto que abordan. Existe una belleza normativa que obliga a los mujeres, desde la infancia, a vigilar qué comen y a estar pendientes de las consideraciones masculinas sobre sus figuras. Es tal la presión estética que sienten, que consideran que el deseo y el amor dependen de su condición física. El coro de voces que levanta Mónica Ojeda en su relato me parece magnífico, y alcanza sus cotas más altas en los discursos autoinmoladores, animalizadores y grotescos de su protagonista.


         Lo cierto es que Mónica Ojeda da vida a algunas mujeres antinormativas, que se alejan de los roles sociales ya sea por su modo de habitar el mundo (la abuela, las voladoras, las umas) o por estar en posesión de un físico apartado del canon estético. Y aquí veo un puente con Irene Solá, quien trata el motivo de la brujería en la novela Te di ojos y miraste las tinieblas. Si la autora catalana recupera motivos del folklore pirenaico, la narradora ecuatoriana los coge del andino. Lo que parece claro es que una y otra buscan modelos fuertes de mujer que propongan una alternativa y que cuestionen los convencionales: sumisos, pasivos, timoratos y silenciosos. Las hermanas gemelas del relato Slasher también expresan su desacato a las normas, en su caso, por medio de la música. Sus temas contravienen el sentido de la armonía, del orden, de lo racional. Sus composiciones, caóticas y salvajes, no calman a las fieras, sino que les despiertan el apetito de sangre. Sobre el escenario llevan a cabo un ritual amputador que celebra la herida, la subversión y la violencia. Si en Intento de escapada, de Miguel Ángel Hernández, leíamos una novela que se interrogaba sobre los límites morales de las Artes Plásticas, Las voladoras también se apunta al carro del arte comprometido que debe trastornar a los oyentes para despertarlos de su letargo. Si una hermana amputa a la otra, a fin de cuentas, se debe a la pasividad de los asistentes a su concierto, que no hicieron nada por impedirlo y que, por tanto, fueron copartícipes.


El último de los relatos es de un tristeza sobrecogedora. Un chamán ha perdido a su hija y trata de resucitarla. El lenguaje al que recurre el protagonista es poético. No en vano, los chamanes consumen sustancias para autoinducirse el éxtasis. En mi novela El bosque sagrado el chamán, sami, consume alcohol; en el relato El mundo de arriba y el mundo de abajo, el chamán toma coca. Las drogas suspenden el control racional de la consciencia y de ahí que el discurso se vuelva irracional. El texto es precioso. De una belleza romántica, gótica o, como diría Mario Praz en un libro imprescindible (La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica): “medúsea”. El amor no puede lo imposible. Ni el amor más grande puede revertir el curso de la naturaleza. El espacio donde se desarrolla la historia contribuye a la acentuación de su lirismo: el páramo, el volcán, la lengua del glaciar.


Muy recomendable este primer libro de relatos de Mónica Ojeda. Sabemos de buena tinta que ya está escribiendo algún relato más, de modo que esperaremos su siguiente incursión en este género.



miércoles, 21 de enero de 2026

Un conjuro


 

La verdad es que hacía bastante tiempo que no disfrutaba con la lectura de un poemario, que no me sorprendía un libro de versos. Y es de agradecer. Un conjuro, escrito por la joven Paula Melchor (Jaén, 2000), es una obra que, bajo una apariencia naif (inocente e ingenua), oculta un discurso arriesgado en lo estético y ambicioso en lo temático. Una delicia que se sacude los convencionalismos de la poesía que se viene publicando en este país desde hace décadas, que dialoga con la tradición de un modo diferente, desde una perspectiva renovadora, cándida, dulce, si bien eso no significa que se ignoren las zonas de negrura. Las hay, por supuesto, pero el amor las vence. El libro se articula como un cuento. Nos relata una historia de amor con tintes legendarios y se divide, como cualquier relato, en una estructura tripartita: encuentro, separación y reencuentro. La ambientación, a ratos, es mítica y medieval. Asistimos a la creación del mundo, al surgimiento de la humanidad y de sus ambiciones antropocéntricas, al nacimiento del mal, al advenimiento de un amor sin fronteras (sin etiquetas ni rancias dicotomías heteropatriarcales), a la construcción de un lenguaje sencillo que diga la verdad y, finalmente, a la experimentación de una empatía y de un vínculo armonioso con todo lo creado. El sujeto que enuncia es una muchacha que nos cuenta su historia, aunque a menudo se dirige a un ciervo que una vez amó y que la acabó dejando: "mi cervatillo tuvo que huir" como consecuencia da la caza. Por un tiempo, le cuenta "te seguí por los valles", hasta que fue recogida por mujeres y llevada a una aldea. La doble huella de El cantar de los cantares y del Cántico espiritual son claras. Paula Melchor, como San Juan de la Cruz, nos habla de los peligros e inseguridades que asolan a la protagonista. Mujer de carácter, al igual que la amada, rompe con los prejuicios de género y actúa. Pero en su caso, no sólo anhela un reencuentro con el primer el amor, sino que se deja seducir por otras personas, vive nuevas relaciones, extiende su amor hacia la comunidad de la que forma parte, riega con él a los animales y a las plantas; en suma, es tan intenso que lo vivifica todo e incluso perdona las debilidades y ofensas que padeció en el pasado. Precisamente, ese amor incondicional hacia la vida en todas sus formas, esa interconexión con el contexto del que forma parte, justifica la estética del libro. El amor es simple, abierto, diáfano, sincero, alegre, juguetón y soñador, por lo que el poemario recurre a la claridad expresiva, el vuelo lírico, la ternura y las comparaciones candorosas. Decía que el libro también atraviesa oscuridades. El mal existe. Pero su enunciación es idéntica. No emponzoña la voz, porque jamás accede al corazón de quien habla. Y este un acierto de Un conjuro. Quien habla en los poemas es tan fuerte que su voz es aún niña; tan poderosa, que no le han arrancado la dulzura. Pese a las frustraciones, mantiene a salvo su yo esencial. Toda una lección, pretendida o no, para los tiempos que corren. Podemos perder la inocencia y despertar a los desengaños del mundo, sin malograrnos por dentro, sin envilecernos y sin envenenarnos el alma; preservando incólume nuestro castillo interior (tal y como quería Santa Teresa).


No puedo hacer otra sino recomendar el poemario. La edición (Letraversal), por otro lado, es un lujo. Preciosa a la vista y suave al tacto.    


         

miércoles, 7 de enero de 2026

Disparidad estética y canon poético


Decía Luis Antonio de Villena en la antología Postnovísimos (Visor, 1986) que los jóvenes poetas que se dieron a conocer a finales de los 70 y comienzos de los 80 constituían un auténtico "cajón desastre". Tenían a disposición de su creatividad "una gran variedad de opciones literarias", de modo que la estética del grupo era "abierta, plural y tolerante". Esta pluralidad de estilos era síntoma de su falta de prejuicios estéticos. Exacto, rechazaban los dogmatismos de la lírica previa, ya fuese la novísima o la social. Ocho años después, en Fin de siglo (Pre-Textos, 1992)el crítico ya incluía a muchos de los poetas de aquel momento bajo el etiquetado de la poesía de "sesgo clásico". Por su parte, Antonio Ortega seleccionaba en el volumen La prueba del nueve (Cátedra, 1994) a otros autores que sólo tenían como común denominador su "fuerte personalidad lírica" y su "reflexión crítica sobre la realidad". Es decir, que tampoco compartían una estética. En su disidencia ideológica eran profundamente individualistas. Villena, en 1997 volvía a la carga con otra antología, 10 menos 30 (Pre-Textos). El libro se centra en los postulados estéticos de la poesía de la experiencia y, en concreto, en las divergencias que se producían en el interior de la voz predominante. Su tesis es que los poetas experienciales se sintieron atraídos por el magnetismo de la estética hegemónica y, con el tiempo, se adentraron en sendas más personales, que concentra en tres: realismo sucio, poesía social poesía meditativa-simbolista. Esta evolución lleva a Juan Carlos Abril a hablar en su ensayo La tercera vía (Pre-Textos, 2024) de una "segunda ola" dentro de la poesía de la experiencia, protagonizada por autores que introducen en su obra "detalles y matices" como, por ejemplo, la sensualidad. En su opinión, la renovación que se produjo en una lírica ya mermada por los clichés y los tópicos fue un proceso natural que los perfeccionó. En efecto, la etapa experiencial no representa la culminación de su obra, sino un tránsito conjunto, acompañado, que necesitaron para saltar hacia su voz más personal. De nuevo, por tanto, nos encontramos con la palabra clave que se viene repitiendo desde los años 80: pluralidad (de estilos). Todavía a finales del siglo pasado Isla Correyero publicaba Feroces (1998). La antología agrupa a poetas que comparten una "actitud vital comprometida" y que se se expresan "con más ferocidad, más callejeramente" que los poetas que practicaban la estética predominante. La suya es una estética rebelde. Así y todo, matizo yo casi treinta años después de su lanzamiento, algunos de aquellos poetas se han revelado con el tiempo autores clasicistas que beben de fuentes grecorromanas (Juan Antonio González Iglesias o Jorge Riechmann). Con todo, aquella generación ecléctica y dispar fue canonizada por Cátedra gracias a la antología Poesía española reciente, preparada por Juan Cano Ballesta (2001). El profesor reitera en su prólogo un tópico generacional, al reconocer que conviven en el libro "varias tendencias estéticas". A saber: neoclasicismo, silencio, neoerotismo, neomodernismo, neosurrealismo, épica, experiencia, otra sentimentalidad conciencia social. No en vano, sostiene que: "esta es, ante todo, una poesía individualista". Así empezaba el siglo XXI: con un cóctel de tendencias, temas y actitudes dispares ante el hecho poético. Y así proseguía en 2007 cuando Domingo Sánchez Mesa, en su prólogo al volumen Cambio de siglo (Hiperión) decía de los poetas nacidos entre 1960-1975 que comparten la "heterogeneidad de visiones del mundo y de opciones estéticas". Es decir, que aunque en 1986 dijese Villena de esos autores que constituían un "cajón desastre" y pese a la "heterogeneidad" que les atribuye Sánchez-Mesa en 2007, eso no ha sido obstáculo para que la última promoción del siglo XX tuviese sus antologías de cierre y su entrada en al canon. Ahora estamos en 2026. El panorama poético es análogo. Las antologías fundacionales (sigo a Araceli Iravedra) de la primera promoción del siglo XXI (Veinticinco poetas españoles jóvenesDeshabitados La inteligencia y el hacha) reconocen la diversidad de estéticas empleadas por los poetas que se dan a conocer en los primeros compases del nuevo milenio. En 2008, se publicaban las actas de un encuentro en la Fundación Rafael Alberti donde yo reivindicaba el carácter "versátil" de la que bauticé "Generación de la democracia" (libertad electiva que relacionaba con la política). Por las mismas fechas, Abril reconocía en su prólogo que la nueva promoción era un compendio de orientalismo, elementos irracionales, influjo hispanoamericano y experiencia. Villena (2010), por su parte, reunía a varios poetas de la que denominaba "Generación del 2000" que mezclan lo lógico con lo irracional, el pensamiento filosófico con la estética abstracta. En la misma línea, Luis Bagué y Alberto Santamaría reconocieron en el volumen Malos tiempos para la lírica. Última poesía española (2013) que los caminos estéticos de los nuevos poetas eran "omnidireccionales" y "laberínticos". En resumen, que la primera generación del XXI sigue conformando, como sus predecesoras, un "cajón desastre". Sin embargo, esta promoción poética, al contrario de las precedentes (grupos de los 80-90) no han conseguido todavía su entrada en el canon. Y que sea por su disparidad estética no es argumento de peso. Queda demostrado que la heterogeneidad no fue óbice para que a la última generación del XX se le permitiese montar su campamento en el Monte Parnaso. Seguro que hay mil razones para que, entrando en el segundo cuarto del siglo XXI, aún no se reconozca oficialmente la existencia en España de ninguna nueva generación poética (de hecho, se me ocurren varias: nos estamos vinculados a ningún hito histórico, somos legión, no se os ha estudiado ni en profundidad ni en diacronía y no están delimitados los arcos cronológicos de las distintas promociones de este siglo en que estamos -tres, por lo menos: X, Milenial y ya ha irrumpido la Z con paso firme-). Pero el criterio estético, visto lo visto, no lo podemos admitir como argumento válido.  


martes, 30 de diciembre de 2025

Cómics leídos en 2025

 


No han sido muchos, pero ahí van:


El vecino I. Santiago García y Pepo Pérez. Astiberri, 2004.

El vecino II. Ídem. 2007.

El otro mundo. Enrique Bonet y Joaquín López Cruces. Astiberri. 2025.


viernes, 26 de diciembre de 2025

En las recomendaciones de Infolibre

 



Luis Bagué recomienda para estas Navidades, entre otros poemarios, Adamar. Estoy en muy buena compañía. Estos somos los poetas cuyas obras son un acierto seguro, en su opinión (que comparto) para los regalos de Reyes:  Pere Gimferrer, Eloy Sánchez Rosillo, Francisco Díaz de Castro, Chantal Maillard, Manuel Vilas, Juan Bonilla, José Luis Gómez Toré, Andrés García Cerdán, Abraham Gragera, Carlos Pardo, Pablo García Casado, Ariadna G. García, Alberto Santamaría, Gerardo Rodríguez Salas, Constantino Molina, Martha Asunción Alonso y Nicole Brezin.


Os dejo aquí el enlace, con una sucinta descripción de nuestros libros:


https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/all-i-want-for-christmas-is-books_1_2118865.html 

domingo, 21 de diciembre de 2025

Antonio Lucas y las poetas del XXI

 


Antonio Lucas, a propósito de la celebración del Premio Nacional de Poesía a Miriam Reyes por Con, realiza un repaso de las poetas que formábamos la primera promoción poética del XX:

La poesía de Miriam Reyes (Ourense, 1974) apareció por vez primera para los lectores amplios de poesía en un volumen antológico que tuvo recorrido y también impacto: Feroces (1998), en edición de Isla Correyero y publicado por la extinta editorial DVD Ediciones. Entonces su escritura asomó distinta, con extraña vibración con un reborde carnal y oscuro, donde el amor a veces tiene un revés crudo e incuba una protesta alta. Una nueva promoción poética tomaba forma. En ella estaba/está Miriam Reyes como está Julieta Valero, Ana Merino, Raquel Lanseros, Olga Novo, Yolanda Castaño, Elena Medel, Ariadna G. García... Tres años después, en 2001, publicó su primer libro, Espejo negro, y desde entonces es una de las poetas bien ubicadas en el horizonte de la literatura en español del siglo XXI. El Premio Nacional de Poesía 2025, concedido por el Ministerio de Cultura y dotado con 30.000 euros, apuntala una senda bien demarcada.

https://www.elmundo.es/cultura/literatura/2025/09/08/68bee02ae9cf4a3a7e8b45a3.html