Antología. Juana Inés de la Cruz

sábado, 21 de diciembre de 2019

Narrativa española juvenil

Venden miles de ejemplares y cultivan el gusto literario de los niños y adolescentes de nuestro país, son los autores de LIJ, a quienes tanto debemos los profesores tanto por las gratas horas de lectura en clase o en casa, como por sus charlas y conferencias en nuestros institutos de secundaria.

Esta lista no me fallado nunca.

 
César Mallorquí: La isla de Bowen, El último trabajo del señor Luna, La mansión Dax, Las lágrimas de Shiva, La estrategia del parásito.

Laura Gallego: Donde los árboles cantan, El valle de los lobos.

Jordi Serra i Fabra: En un lugar llamado Tierra, Campos de fresa, Llamando a las puertas del cielo.

David Lozano: Desconocidos.

María Menéndez-Ponte: Nunca seré tu héroe.

Javier Ruescas: Tempus fugit, Play.

Sofía Rhei: Flores de sombra, La calle Andersen.

Fernando Lalana: Morirás en Chafarinas, Comando Gorki, Amsterdan Solitaire, El hijo del buzo.

Joan Manuel Gisbert: El misterio de la isla de Tökland, La noche del eclipse.

Mónica Rodríguez: La partitura.

Gonzalo Moure: En un bosque de hoja caduca.

Ana Alcolea: El medallón perdido.

Nando López: Los nombres del fuego.





domingo, 15 de diciembre de 2019

Mi novela El año cero, en RNE


Ignacio Elguero de Olavide me entrevista en La estación azul, el célebre programa de literatura de Radio Nacional de España que acaba de cumplir su 20º cumpleaños.

Podéis escuchar el programa completo aquí:


http://www.rtve.es/alacarta/audios/la-estacion-azul/estacion-azul-moved-esas-banderas-15-12-19-escuchar-ahora/5463692/

Yo intervengo a partir del minuto 27.

Mi novela, El año cero, fue publicada el pasado mes de mayo por una editorial de nuevo cuño: Ménades. Es mi segunda obra narrativa. La primera, Inercia, la editó Baile del Sol en 2014.




martes, 10 de diciembre de 2019

El retrato de Dorian Gray




En 1890 entregaba Óscar Wilde a su editor su primera y única novela: El retrato de Dorian Gray. Había oído hablar de la obra, pero no ha sido a este puente pasado cuando he tenido tiempo para leerla, embriagarme con ella y disfrutarla. Las condiciones eran muy propicias. Una noche, repasando los volúmenes que tienen mis suegros en su biblioteca, encontré un ejemplar de Maestros ingleses IV, publicado por Planeta en 1962. Se trata de un tomo encuadernado en piel con lomos dorados y páginas impresas en papel biblia. Busqué el índice de títulos y mis ojos se detuvieron en Dorian Gray, una novela gótica. De inmediato comencé a leerla. El misterio que destilan sus páginas y la prosa exquisita de su autor me tuvieron tres noches seguidas inmersa en sus páginas.
             El argumento es inquietante. Dorian, un bello adolescente que posa para un pintor británico, temiendo que sus pensamientos y emociones futuras marchiten la perfección de sus facciones mientras su réplica al óleo se resista el paso del tiempo, expresa en alto su deseo de inmortalidad, a costa de que el lienzo cargase con el peso de su envejecimiento físico y con las señales de deterioro de un alma corrompida. A partir de ese momento, el joven –expoleado por su mejor amigo, lord Henry Wotton– se lanza en pos del placer y de la belleza. Wilde recurre a la elipsis para omitir las correrías de su personaje (habría que cotejar la edición del 62 con la publicada por Reino de Cordelia en 2011 para corroborar si es elipsis o censura), si bien sabemos de su devaluación moral por los cambios que comienza a padecer su misterioso retrato. Avergonzado por la mella de su alma, Dorian decide esconder la pintura en el trastero de su mansión para defenderlo de las miradas indiscretas. Pero no renuncia a su estilo de vida, lo que tendrá consecuencias nefastas.

Dorian Gray supone un elogio de la locura, así como un terrorífico carpe diem. Frente al sopor de la costumbre (criticada por Henry), Dorian representa la imaginación. Encarna la figura del dandy. Al hombre que huye del tedio y de la vulgaridad refugiándose en el lujo (colecciona joyas, tapices, instrumentos de música, perfumes), destruyendo esquemas y transgrediendo normas. Como el mismo Oscar Wilde. No en vano, el célebre –y luego repudiado– escritor irlandés destila en su novela mucho de sí mismo, haciendo –precisamente– lo contrario que sostiene Basilio Hallward, el pintor de su texto: “Un artista debe crear cosas bellas, pero no debe poner nada de su propia vida en ellas. Vivimos en una época en que los hombres no ven el arte más que bajo una forma de biografía. Hemos perdido el sentido abstracto de la belleza”. Personaje y autor comparten miedos. Aunque lo cierto es que Oscar Wilde también se espolvorea entre el propio Basilio y –sobre todo– Henry Wotton, el provocador amigo del protagonista, un ácido gentleman de influencia perversa en su adorado Dorian. Si la primera parte de la novela halaga los sentidos por medio de las detalladas descripciones físicas y del profundo análisis psicológico del hermoso y atormentado adolescente, la segunda se desliza hacia el mundo del crimen y de los escenarios sórdidos. Su final es magnífico. 
           El retrato de Dorian Gray constituye un panegérico de la juventud y un aviso de la brevedad de la vida. Es la lectura ideal si se busca en un libro la mezcla de misterio, terror, disertaciones inteligentes y calidad estética. Recoge a la perfección el pulso de su tiempo: el desafío a las convenciones, la espiritualización de los sentidos, la exaltación de la belleza, el malditismo o la crítica al puritanismo. En suma, estamos ante una joya literaria. Un clásico que nos obligará a evitar espejos, cuadros y fotografías, o que hará que los miremos de reojo, temiendo un detalle que revele la lenta perversión de nuestras almas. 


viernes, 8 de noviembre de 2019

Mi pareja calva y yo vamos a tener un hijo

Mi pareja calva y yo vamos a tener un hijo, Legna Rodríguez Iglesias. II Premio Centrifugados de poesía joven. Liliputienses, 2019. 90 pp.


Pide la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie que se visibilicen las historias individuales de las mujeres para que el relato de la Humanidad esté completo. Y en esa ardua labor estamos inmersas muchas autoras, con mayor o menor presencia en los medios de comunicación. Nuestra misión consiste en poner el foco sobre el tablado en sombra del teatro, en balizar caminos cuya existencia se desconoce. Porque lo cierto es que lo hay muy trillados. Si existe un tema por tratar en Occidente, por lo novedoso de su aceptación legal, es el de las familias homoparentales. En efecto: en España existe el matrimonio entre personas del mismo sexo desde 2006, si bien las parejas conviven (con más o menos disimulo) desde hace décadas. Si en los últimos años no hemos asistido a una caída en picado de la demografía en nuestro país se debe, en parte, a la tenaz misión reproductora de miles de parejas LGTB. Acudimos a hospitales donde nos tratan con cariño y respeto. Nuestros hijos van a colegios donde se integran a la perfección, y entre todas las familias hemos creado una red de cuidado mutuo que beneficia a cada niño (con independencia de su origen étnico o de su método de concepción). Es decir: formamos parte visible de la comunidad escolar, y del entramado social de los distintos barrios. ¿Pero qué eco de esta realidad llega a los libros, se transforma en personajes, evoca sentimientos en los lectores? En noviembre de 2018 me publicaba Hiperión el poemario Ciudad sumergida, donde me dirigía a mis hijos aun antes de nacer, cuando flotaban en la piscina amniótica que les regaló mi esposa. Entonces yo marcaba en el mapa un nuevo motivo literario: el amor de una pareja de mujeres hacia su descendencia (dos mellizos concebidos por el método ROPA: ovodonación entre cónyuges, legal en España desde hace ocho años). Por supuesto que a lo largo del tiempo se han editado hermosas obras narrativas y poéticas dedicadas a la maternidad (y a la paternidad), pero no LGTBI. El mundo cambia y la literatura debe reflejarlo. Detrás de nuestro ansiado positivo se esconde una historia de superación, amor, fe y constancia (no exenta de obstáculos ni de decepciones) que puede ser inspiradora. Y a esa tarea dedica sus horas la escritora cubana Legna Rodríguez Iglesias (1984).
    Con Mi pareja calva y yo vamos a tener un hijo la poeta antillana obtuvo el “Premio Centrifugados de poesía joven”, en su segunda edición. El libro se divide en dos partes: “un cigoto / el aborto”; y “un gameto / el embarazo”.

La primera sección supone un ejercicio de valentía. Nos habla, como ya deducen por el título, de un deseo frustrado. Leemos una elegía a la pérdida de un ser todavía en fase de embrión, pero ya amado (“para mi hijo/que salió de su delta antes de tiempo”). El tono de los textos, en ocasiones, alcanza tal apunto que casi se vuelve amenazador (“Una madre es un muro hasta que su hijo fallece”… “Los escombros del muro están en una esquina./ Nadie toque ese cemento”). El sujeto que enuncia cartografía la región de su pena. Se siente culpable. Y así se lo expresa a su retoño en mente, al que hace una promesa: “En el próximo chance yo te voy a agarrar”.
     La segunda parte se centra en la propia gestación, con los asuntos colaterales derivados de ella (la barriga que no crece, los nervios de las futuras madres, la elección del nombre, los controles periódicos, la responsabilidad educadora, el acondicionamiento de la casa…)
     Legna Rodríguez, con un lenguaje claro y directo donde no falta la ironía, aborda otros asuntos significativos en su libro de poemas. Uno es el concepto de patria. Recuerden que la autora, nacida en Camagüey, emigró a los Estados Unidos hace algunos años. Es una apátrida política, pero no afectiva. Tiene clara su tierra: su hijo, su pareja, sus amigos. Pertenece a Cemí (su varoncito), pero también a Jamila o a Soleida… Otro es el concepto de identidad. Quienes somos no consta en un documento expedido por la Policía. En un papel repleto de hologramas y marcas de agua, por mucho que aparezcan nuestros datos no se dice nada relevante acerca de nosotros. Sin embargo, nos explican mil veces más los libros que tenemos en la biblioteca (“…pero el policía no cree que Averno,/ un libro de Louise Glück que siempre cargo en mi mochila/ sea ningún documento de identidad”).
      Si bien el libro tiene altibajos, Mi pareja calva y yo vamos a tener un hijo merece el galardón conseguido y su publicación. Desde luego, aporta un poco de aire fresco a la tan a menudo encorsetada poesía que encontramos aquí. Bienvenido.


domingo, 3 de noviembre de 2019

Doble publicación en Turia




En el nuevo número de la revista Turia tengo el honor de participar con una amplia reseña del poemario La ciudad, de la joven poeta Laura Villar Gómez (Liliputienses, 2019); así como con un poema inédito de un nuevo libro en el que estoy trabajando.

La revista se presenta el próximo 20 de noviembre en el Instituto Cervantes (entrada por la calle Barquillo), a las 19:30.


lunes, 28 de octubre de 2019

20º aniversario de "La estación azul" (RNE)

Con motivo del 20º aniversario de su existencia, La estación azul ha compartido en Facebook una fotografía en la que tengo el honor de aparecer. Fue tomada en el año 2001 en el salón de actos de la Residencia de Estudiantes. Yo acaba de ganar el Hiperión por mi segundo libro, Napalm. Cortometraje poético. Quién iba a decirme que unos meses más tarde el Ayuntamiento de Madrid me concedería una de las becas de creación artística de la mítica "Resi". De aquella experiencia en la habitación 427 del Gemelo I surgió mi tercer poemario, Apátrida, Premio Arte Joven de la Comunidad de Madrid en 2005.



De izquierda a derecha, de pie: Manuel Rico, José Méndez, Ariadna G. García, Esther Giménez, Sabas Martín, Félix Grande, Juan Manuel González, Paca Aguirre, Ignacio Elguero, Ana Rosetti, José Ramón Ripoll, Concha Villalba (realizadora del programa), Ángel Petisme, Pablo Méndez, Jorge Riechman, Fany Rubio, Ramón Mayrata. Sentados: Antonio Lucas, Carlos Briones, Fernando Beltrán, Álvaro Tato, Luis Martínez de Merlo, Jesús Munárriz, Ana Merino, Leopoldo Alas, Ángela Vallvey, Arrate Sanmartín (compañera de cultura en RNE), Javier Lostalé, Pepe Infante y Luis Cremades.

(In memorian de Félix, Paca, Juan Manuel, Concha y Leopoldo)



viernes, 11 de octubre de 2019

Memorial de ausencias

Memorial de ausencias, Antonio Crespo Massieu. Prólogo de Guadalupe Grande. Madrid, Tigres de papel, 2019. 500 páginas.



Hay poetas que van atravesando etapas a lo largo de su carrera, que viran tanto en sus contenidos temáticos como en sus propuestas estéticas, que van haciendo escalas en parajes diferentes hasta su destino final. Góngora, Meléndez Valdés o Salinas pertenecen a este grupo. Sin embargo, otros autores hacen girar su obra en torno a un centro, y desde él se expanden. Pienso en Garcilaso, Unamuno o Aleixandre. Y es el caso del escritor Antonio Crespo Massieu (Madrid, 1951), que acaba de publicar su poesía reunida, Memorial de ausencias, en Tigres de papel. 
            La obra publicada de Antonio se concentra en apenas once años. Sus títulos son En este lugar (Fundación Kutxa, 2004), Orilla del tiempo (Germanía, 2005), Elegía en Portbou (Bartleby, 2011), Los regresados (Ediciones del 4 de agosto, 2014) y Obstinada memoria (Amargord, 2015). Y de entre estos cincos libros, lo digo de entrada, destaca una colección brillante de extensos poemas que, lamentablemente, no tuvo en su momento el reconocimiento de la prensa escrita, y cuya excelencia reivindico yo ahora, sumándome a la cerrada defensa que del libro hicieron en su día Arturo Borra, Alberto García-Teresa o Miguel Veyrat, entre otros. Me refiero a Elegía en Portbou.
            53 años tenía Antonio Crespo cuando dio a la imprenta En este lugar. No era su primer poemario, y se nota. El veterano poeta se estrena con un libro maduro, y se presenta en el panorama lírico nacional con una voz personalísima y claramente identificable. En estos versos se revelan los temas nucleares de su obra y se fragua un estilo único que irá moldeando en las sucesivas entregas. Así, abundan las enumeraciones, los encabalgamientos abruptos, la selección eufónica de sustantivos abstractos (piedad, rebelión, ausencia) y de adjetivos de valencia semántica negativa. Todo ello contribuye a dar tono muscular al verso, tensa el ritmo. Ya en este poemario aparece uno de los lemas que caracterizan la obra de Antonio: “la historia es esta sucesión/ de gritos o catástrofes”. De manera peculiar, el poeta en este libro mantiene un diálogo con el diario El País para tratar asuntos de su tiempo. No deja de ser curioso, y apunto como anécdota, que Jorge Riechmann, amigo del autor, publicara en 1997 un título que apunta en la dirección contraria: El día que dejé de leer El País. En cualquier caso, ambos exhiben una misma intención en sus escritos: “Esta ansia infinita, inabarcable/de cambiar el mundo”. La palabra (medida, pesada, como aconsejaba fray Luis de León) deriva en continente del mundo y en vehículo de denuncia.
            A los 54 años sacaba a la luz su segunda colección, Orilla del tiempo. Y en este libro encontramos poemas memorables, caso de la poética Como una gota de resina o Una muerte pequeñita. Un motivo recurrente en la lírica de Antonio es la empatía hacia los animales, y en concreto, hacia los canes. Si no recuerdo mal, tenía una galga cuando lo conocí, allá por 2010, el IES Francisco Giner de los Ríos, donde dábamos clases de Literatura Española. Al igual que hiciera Unamuno en su Elegía a la muerte de mi perro, el poeta y activista se eleva desde el tablado de la experiencia personal a las cumbres del arte trascendiendo la anécdota privada. Por otra parte, Antonio alude a lugares icónicos de la barbarie humana (Terezin, Ramala) y a personajes que simbolizan la honradez o la dignidad (Paul Celan, Companys). No en vano, en estas páginas leemos otro emblema típico de Antonio: “Nada hay más fraterno que sentirse/ irremediablemente heredero de tantos llantos”. Por último, en los muros levantados por la intransigencia, el poeta abre ventanas que nos devuelven la esperanza en nuestra especie: el amor, la música, la pintura, la belleza de las ciudades.
            Será a los 60 años cuando Antonio Crespo publique su mejor obra hasta la fecha, la magnífica: Elegía en Portbou. De algún modo, sus libros previos son caminos que conducen a esta cumbre de la poesía en español de los últimas décadas. Aquí se recogen y dilatan motivos y temas ya tratados en ellos (“lo oculto,/ que siempre regresa”). Pero, sobre todo, se ahonda en un estilo desasosegante, agónico, que conmociona al lector.
            El libro está compuesto por diez extensísimos poemas. El metro utilizado es el versículo. Antonio hace descansar el ritmo de los textos en los paralelismos, en las repeticiones, en las asociaciones semánticas, en las enumeraciones y en los juegos fonéticos. El tono es grave. Oscila entre el desgarro y la letanía.
            Uno de sus rasgos carácterísticos es la intertextualidad. Junto a las alusiones a escritores (Alfonsina Estorni, René Char, Paul Celan, Paca Aguirre…pero, sobre todo, Antonio Machado y Walter Benjamin, cuyas vidas entrelaza en un destino común, puesto que ambos representan “la suma de personas que alguna vez huyeron de la barbarie” —cito a Álex Chico—), leemos citas de un buen número de obras que guían al autor (“el mar la mar” de Alberti, “otro no puedo más/ y aquí me quedo” de Unamuno, “vencido por el ángel” de Ángela Figuera…), quien establece con ellas un permanente diálogo estilístico y moral.
            Si el poemario tiene una misión, esta es –sin duda– “reparar lo roto”, “habitar la distancia”, traer al presente a quienes se encuentran “en el afilado margen de la memoria”. Precisamente esa empresa da título a las obras completas del autor: Memorial de ausencias. Sus palabras se adhieren, a modo de complemento, a las reivindicaciones de los familiares republicanos cuyos seres queridos fueron asesinados y enterrados por los fascistas en fosas comunes; esos que menospreciaba Pablo Casado, aspirante a la jefatura del gobierno —nada menos—, cuando decía: “los de izquierdas son unos carcas, todo el día con la fosa de no sé quién” (esta y otras declaraciones del mismo tenor son las responsables del lógico varapalo electoral del PP, apenas 60 escaños, en los pasados comicios). 
            “Cómo llevar el roto plural” se pregunta Antonio Crespo Massieu, y su respuesta es un contundente libro de altura ética y estética.
            Sus versos, además, suponen un faro que nos alerta de la proximidad de nuevos escollos, pues: “el vendaval de la historia sigue soplando,/ nos zarandea de nuevo”. La presencia de VOX en el parlamento, donde la fuerza ultraderechista tiene 24 escaños, dibuja en el horizonte un nubarrón para el que hay que prepararse.
            Como en anteriores ocasiones, la cultura, el amor, la empatía y la fraternidad serán antídotos contra el muro de la intransigencia y el malecón del odio.

A los 63 sacaba Antonio Los regresados, pequeño libro-homenaje a amigos y poetas de la talla de Félix Grande.
Obstinada memoria data de 2015. Tras la voz huracanada de Elegía en Portbou, estos dos últimos trabajos constituyen una ligera brisa. El ritmo de los textos se desacelera, el tono se remansa, el verso se contrae. No obstante, el autor da vueltas sobre los mismos temas, añadiendo algunas composiciones de cuño clásico, en alabanza de aldea y menosprecio de corte, donde resuenan ecos de Hesíodo, Virgilio, Erasmo o fray Luis de León.

El volumen se cierra con la incorporación de textos procedentes de libros inéditos, escritos en los ochenta.

No encontrarán el nombre de Antonio Crespo Massieu entre los poetas destacados de las últimas décadas; ni tampoco su obra entre las propuestas literarias más coherentes y personales de los últimos quince años. Pero, como ven, no es por falta de motivos. Es la suya una obra de calidad y de compromiso civil.
He intentado tallar una reseña que argumente con solidez los motivos por los que se debe leer a este excelente poeta madrileño. Ojalá lo haya logrado.


Esta reseña ha sido publicada en Culturamas. Original, aquí.
 

jueves, 10 de octubre de 2019

Reseña (y entrevista) de mi novela El año cero




El mes pasado, el crítico y novelista David Pérez Vega publicaba en su blog, Desde la ciudad sin cines, una reseña de mi segunda novela, El año cero (Ménades, 2019).

Acompaña al artículo una interesante entrevista que me realizó a propósito del libro.

Podéis leerlo todo, pinchando AQUÍ.


miércoles, 9 de octubre de 2019

Grafitis para neandertales

Hace unos meses Jorge Riechmann me pidió una nota para la contracubierta de su nuevo libro, publicado con primor por Eolas Poesía (2019). Hoy, unas horas después de que la policía lo haya dejado en libertad con cargos por participar en una acción ecológica pacífica, comparto con vosotros esas líneas de entonces.


Grafitis para neandertales es un libro híbrido en cuya aleación se mezclan micro-ensayos en prosa y poemas. El cicerone que nos guía por sus páginas es Ñor, un monje taoísta preocupado por la revelación al mundo de su destino: el colapso ecológico-social y antropológico como conscuencia del “fracaso estrepitoso” del capitalismo. Jorge Riechmann, siguiendo el ideario de Albert Camus, pone su obra al “servicio de la verdad”, aun sabiendo de la incredulidad de la gente, que, como dice María Zambrano, levanta ante ella: “un castillo artillado”. Pese a ello, su objetivo no es otro que concienciar (no sin ironía o delicados haikus) de la importancia de la compasión, la piedad, la lucidez y el amor para evitar futuros genocidios por el descenso energético y el cambio climático. Es probablemente su libro más duro. 




En este enlace tenéis la noticia de su detención, así como una entrevista que ha concedido al diario La Vanguardia. 


sábado, 21 de septiembre de 2019

Tajo a "La estación azul" (RNE)



Como ustedes saben, en Radio Nacional de España (esa radio de todos) se emite los domingos el programa Tablero deportivo entre las 16:00 y las 00:00. Y seguro que conocen que justo antes se retransmite el programa La estación azul (15:00-16:00), dedicado en exclusiva a los distintos géneros literarios. Pues bien, el equipo de Facebook de este último acaba de anunciar el inminente recorte de 10 minutos al mítico espacio de cultura en favor del espacio deportivo. Por lo visto, necesita un poco más de tiempo para nombrar la alineación de los equipos de fútbol del partido de las cuatro. Precisamente ahora que es más necesaria que nunca la cultura, que existe un claro repunte del fascismo, que la ultraderecha se ha colado en las instituciones, Radional Nacional muestra un menosprecio absoluto hacia el Arte, hacia la literatura. Y eso que La estación azul va a celebrar en breve su 20ª aniversario, que ha recibido galardones como el Premio Audiovisual Internacional Antonio Machado (2000), el Premio Ondas (2002), el Premio Galicia de Comunicación (2007), el Premio Aula de las Metáforas (2009) y el Premio Nacional de Fomento a la Lectura (2011). ¿Es esta la política que debe guiar a la RTVE, la del hachazo a la Cultura en favor del fútbol? ¿Hay alguien que piense que esos diez minutos amputados a la Estación azul van a producir un trasvase masivo de oyentes desde Carrusel deportivo (Cadena SER) a Tablero deportivo? ¿De verdad que en un programa que dura ocho horas no hay tiempo para cantar la alineación de esos veinticuatro jugadores y de los soldados que lucharon en La batalla de Lepanto? Quitar diez minutos a un programa que dura 54 -y que se emite solamente una vez a la semana- es herirlo de muerte. Y por si fuese poco, acompañará al calvario de La estación azul otro espacio cultural, esta vez radiado los sábados: Nómadas (15:00-16:00), dedicado a los viajes por los rincones más fascinantes del planeta. Hoy, que tan necesaria es la cultura para erradicar el machismo, para evitar la violencia o la homofobia, para defender los Derechos Humanos y para contribuir a la consolidación de una sociedad libre y respetuosa, Radio Nacional de España va a dar un tajo mortal a un programa señero, va a imponer un capricho a un acto de justicia, el fútbol a las Letras. ¿Es esto lo que se espera de una radio pública? 


viernes, 20 de septiembre de 2019

Sé. Itinerario de una despedida


Sé. Itinerario de una despedida. Norberto García Hernanz. Traducción al catalán José Luis García Herrera. Madrid, Devenir, 2019. 105 páginas.



Morir es sumergirse en una oscuridad interminable. Nadie conoce la fecha de su fin. Pero sí sabemos que a todos nos llega, antes o después. De que la vida pasa rápido nos advierten los poetas desde el siglo I antes de Cristo. A Virgilio debemos el tópico latino del tempus fugit. De su paso sigiloso y traicionero nos previene Manrique en su inmortal elegía, cuando escribe: “cómo se viene la muerte/tan callando”. Si en la poesía cancioneril y en la lírica áurea encontramos innumerables composiciones panegíricas dedicadas a amigos y familiares que han perdido la vida, lo cierto es que no abundan en los proyectos literarios que se publican hoy. Vivimos en una sociedad hedonista en exceso, que se cree inmortal gracias a sus avances científicos; en una sociedad pagada de sí misma que oculta la enfermedad, el envejecimiento o la muerte tras los cristales de los grandes almacenes y de las pantallas de plasma. Por eso, cuando leo un libro elegiaco, más que una curiosidad sé que sostengo entre las manos un corazón valiente que late en el sentido inverso a las agujas del reloj. Pienso en obras como Desalojos, de Miriam Reyes; El don de la batalla, de María Luisa Mora Alameda; o en el volumen Sé. Itinerarios de una despedida, de Norberto García Hernanz. El libro es una pequeña boya en el mar, una “página breve de afecto” dedicada a la madre, y que nos alerta sobre la inexorabilidad del fin. Me gusta el poema Ángel exterminador: “Cuando acaba,/se tiñe de blanco las alas manchadas de sangre/y repasa la lista siguiente,/repleta de nombres”. Norberto, lejos de inventar un imaginario para evocar la muerte, la nombra por medio de una simbología reconocible (la Nada, la noche, las sombras) y de alusiones tradicionales de cuño cristiano o heleno (ángeles, barqueros, rayos destructores). Con un verso claro, de tono coloquial, Norberto connota una pesadumbre que llega a emocionarnos (“…nada quedó por decir/en el desvanecerse, poco a poco tu firme palabra./Eso es lo bueno./Lo malo es que te fuiste y no hay camino de regreso”, p.29), una nostalgia por la cotidianeidad perdida que conmueve (“todos los inviernos que me quedan/serán más fríos y nevados/sin el abrigo amoroso/de tu medio punto inglés”, p. 67). Sé. Itinerario de una despedida traza un viaje de regreso desde el hospital donde la madre sucumbe hasta la eterna altura de su infancia, en la Costa Brava (de ahí que la edición sea bilingüe catalán-castellano); en un intento por conseguir que el cronómetro vuelva a ponerse a cero, como si el poeta tuviese en su mano, por sortilegio, el control del tiempo. La obra se cierra con una contundente invitación al goce del instante: “Todos los amaneceres/son ocasiones de celebrar lo efímero” (p. 73).

Esta reseña fue publicada por Culturamas el 30/08/2019. AQUÍ.

 

viernes, 13 de septiembre de 2019

Me entrevistan en "Negra y Criminal"

El crítico, novelista y poeta Luis Artigue me entrevista para el suplemento de cultura Negra y Criminal, a propósito de la reciente publicación de mi nueva novela: El año cero (Ménades. 2019).


Os dejo aquí el enlace:





jueves, 12 de septiembre de 2019

El cuento de la criada


El cuento de la criada, Margaret Atwood. Ediciones Salamandra. 2017. 416 páginas. 20 euros.


Desde que estalló la crisis, hace una década, abundan las publicaciones de novelas distópicas en nuestro país. Algunos escritores, siguiendo los ejemplos de Bradbury, K. Dick y Orwells, hemos mirado a las estrellas para orientarnos. Y las editoriales han sacado a la luz los mapas que hemos ido trazando por intuición. La incertidumbre en la que vivimos, las especulaciones sobre el futuro próximo, animaron a Salamandra a rescatar hace un par de años un título imprescindible en la narrativa de anticipación: El cuento de la criada, de Margaret Atwood (cuya primera edición se remonta a 1985). El empoderamiento actual de la mujer y la reivindicación de sus –desconocidas– obras literarias, unidas a ese juego de elucubraciones sobre las diferentes –y desasosegantes– opciones de futuro que nos aguardan, han convertido el libro en un éxito de ventas. La célebre serie de HBO también ha contribuido a que buena parte de la ciudadanía conozca los entresijos de la República de Gilead, ese estado totalitario y postapocalíptico en que se convertirán los EEUU de aquí a unos pocos años.
     El libro a mí me inquieta por dos razones. Por una parte: por la inminencia de la –progresiva y plenamente aceptada– implantación de una nueva-vieja sociedad nacida de un modelo agotado, garante de los derechos humanos y víctima de sus propios excesos. Pero también por el brusco contraste entre las luchas feministas de los años 60 (representada por la madre de Defred, la protagonista del libro) y el régimen de esclavitud en que viven las mujeres avanzada esta nueva centuria.
     Margaret Atwood diseña un mundo que golpea a las mujeres de la clase media, pero no a las privilegiadas, a las que forman parte de la élite. La República de Gilead ha impuesto un miedo atávico, cerval, a las jóvenes en edad fértil, que o malviven como esclavas del sexo en ajardinadas mansiones -con el fin de engrendar herederos para sus respectivos Comandantes (caso de Defred)- o malarrastran su existencia por colonias contaminadas, donde la esperanza de vida no supera el lustro.
     La historia está contada en primera persona por su protagonista. Con una prosa maravillosa (detallista, pulcra, sensitiva y muy plástica), la narradora va colocando a sus personajes sobre el tablero del relato a modo de presentación. Dedica medio libro a describir las piezas de su ajedrez, mostrando sus puntos fuertes y debilidades; y en el otro medio, las pone en acción. A través de un paseo de 40 páginas Defred nos detalla su mundo y sus peligros. A partir de aquí, son continuos los saltos en el tiempo para que conozcamos tanto su pasado remoto (empleada, casada, madre de una niña e hija de una activista civil), como el inmediatamente anterior (durante la instrucción a su nuevo estatus: vasija de la descendencia de una pareja rica e infértil). En el segundo tramo, decía, Margaret Atwood pone a sus personajes a transgredir cada prohibición decretada, a recorrer cada espacio vedado. Nadie se salva: ni el Comandante, ni su Esposa, ni el cochero Nick, ni la criada Eglen… Convirtiéndose así la novela en un libro de intriga donde la esperanza convive con la angustia.
     El cuento de la criada me ha encantado. Y me ha revelado la importancia de las flores. 
 

martes, 3 de septiembre de 2019

Ciudad sumergida, en la revista Turia



Nueva reseña de mi poemario Ciudad sumergida (Hiperión, 2018), en este caso en la revista Turia. La firma la poeta, traductora y crítica literaria Verónica Aranda.

Dejo aquí el enlace.

http://www.ieturolenses.org/revista_turia/index.php/actualidad_turia/somos-naturaleza?fbclid=IwAR2UEKO4-abJoh5ejVGZDPnf81xDUzI0Y6R-cWeXZRg7wwFWdfyk4EwNe1U


martes, 30 de julio de 2019

Una comida en invierno

Una comida en invierno, Hubert Mingarelli. 

Hubert Mingarelli ha publicado en Francia, donde nació en 1956, más de una veintena de libros, de los que a nuestro idioma sólo se ha traducido Una comida en invierno (Siruela, 2019). Nouvelle de 117 páginas, es un magnífico relato ambientado en Polonia durante la Segunda Guerra Mundial. Narrada en primera persona por un soldado nazi del que desconocemos el nombre, cuenta la pericia de tres alemanes para convencer a su comandante de que los permita buscar judíos en los bosques nevados para saltarse así la matanza de un contigente de presos a punto de llegar al barracón. Dice el personaje: “prefiríamos la caza a los fusilamientos”.  De aquí en adelante, la obra relata un paréntesis en la vida atormentada de unos hombres que hacen la guerra sin convicción alguna y con bastante remordimiento. Uno de ellos aprovechará esta pausa para compartir con sus compañeros un temor que sí le importa: que su hijo adolescente, a miles de kilómetros, coja gusto al tabaco. No obstante, por lo regular caminan en silencio, bajo el frío, soportando cada uno su carga de recuerdos. Poco o nada sabemos de lo que piensan. Son libres (en apariencia), se paran a fumar de vez en cuando para recuperar un hábito doméstico y contemplan el hermoso paisaje que la nieve ha pintado sin ambición. En su batida, encuentran a un judío y a un polaco católico. Pero antes de regresar junto al resto de la tropa, deciden descansar en una casa de campo abandonada. Quieren recuperar la intimidad que la guerra ha barrido preparando una sopa que los caliente y reconforte a un tiempo. Quieren sentirse hombres, no soldados, compartiendo la mesa y cocinando. Aquí Una comida en invierno se transforma, casi, en una pieza teatral. Ya no saldremos de estas cuatro paredes. En apenas unos metros cuadrados y unas pocas horas viviremos con los seis personajes momentos de tensión y de complicidades. Al calor del hogar, entre los restos de un mobiliario reducido a leña, se sentirán humanos. Una vez colgados los abrigos (parte voluminosa de sus uniformes) y descongelado el músculo de la empatía, los nazis zozobrarán en una tormenta de dudas hacia su rehén. Mingarelli, que no revela el nombre de su narrador (podría ser cualquiera, tal vez alguno de nosotros), coloca a sus personajes en una tesitura complicada. Habrán de decidir qué hacer con el joven judío que come de su cazo: ¿lo entregan o lo salvan? Concisa, tensa, Una comida en invierno indaga en las contradicciones de los soldados no profesionales, y por extensión, nos interpela a todos: ¿queremos sentir el alivio en la conciencia que supone preservar una vida o no?


sábado, 27 de julio de 2019

Nieve

Ahora que nos ha dejado Carmen Jodra (1980-2019) y que despunta una poesía joven descafeinada no es mal momento para reivindicar la formación integral de los poetas. Y nada mejor que hacerlo con la lectura de un bellísimo cuento de iniciación -en este caso, al haiku, tan de moda-, titulado Nieve. La obra la publicó Anagrama en 2001. La firma el francés Maxence Fermine (1968). Y se trata de su primera novela. O mejor, nouvelle, pues no pasa de las 105 páginas, con letra generosa. El libro nos relata la historia de un joven de diecisiete años amante de la nieve y de la poesía, a finales del siglo XIX. Nacido en Hokkaido, contraviene la costumbre familiar de entregar su vida al ejército o a la religión. Pretende ser haijine. Para perfeccionar su arte, un emisario imperial le aconseja formarse con un antiguo samurái y magnífico poeta, al sur de Japón. Con él comprenderá la importancia de la pintura, de la música, de la danza y de la caligrafia para la creación de obras excelentes. Pero el relato, bellamente escrito a modo de fábula, también se introduce en el terreno de la muerte y del amor. Podríamos decir que Nieve es un haiku disfrazado de texto narrativo: igual de sutil, evocador, ligero y delicioso.

viernes, 19 de julio de 2019

Escaramujos

Escaramujos, Jesús Munárriz. Valencia, Pre-Textos, 2019. 76 páginas.


El haiku está de moda. Prueba de esta convicción es el último número de la revista Ínsula (El haiku entre dos orillas, coor. JM Rodríguez), dedicado en exclusiva a esta pieza de origen japonés; así como la coincidencia en el último año de varias publicaciones que también lo confirman (Apunto de ver, José Luis Morante –Polibea, 2019–; Río Mekong, Verónica Aranda –Cartonera Island, 2018–; Capitalinos, Jesús Munárriz –La isla de Siltolá, 2018–; Grillos y luna, Susana Benet –La isla de Siltolá, 2018–; ¿Y si escribes un haiku?, antología a cargo de Josep M. Rodríguez –La Garúa, 2018–; Ars nesciendi, Jorge Riechmann –Amargord, 2018–… Por citar algunos ejemplos de creación nacional. Hiperión, por su parte, está contribuyendo a este feliz estado del haiku (y del tanka) en nuestros país con los volúmenes Tristes juguetes, de Ishikawa Takuboku (2019); Muevo mi sombra, de Ozaki Hoosai (2018); y con un libro extraordinario que traigo aquí a colación, aunque salió de imprenta en 2016: Haikus de guerra. Como ven, son muchas las editoriales que se rinden a sus encantos. ¿Y a qué viene este gusto, tan extendido hoy, por la estrofa japonesa? El haiku ya gozó de predicamento en los albores del siglo pasado. En el artículo fechado en 2001 “La protohistoria vanguardista de la promoción poética del 27”, Javier Pérez Bazo (Universidad de Toulouse) vincula esta influencia al interés de la nueva poesía por lo sintético, por la miniatura. Pedro Aullón de Haro, de hecho, la rastreó en JRJ, Antonio Machado, Valle-Inclán, Gómez de la Serna, Lorca, Alberti, Aleixandre y Guillén, entre otros (El jaiku en España, Playor, 1985; Hiperión, 2002). Es decir, el haiku se avenía a una nueva estética, a un nuevo concepto del poema (claro y preciso) que en España arraigó en la poesía pura, en Rusia en el acmeísmo y en Estados Unidos y en Inglaterra en el Imagismo. ¿Pero, y hoy? El haiku nació como vía de meditación. Sin excluir este noble motivo –habría que dar voz a los poetas, para que se explicasen–, quizás ahora su escritura –y lectura– se deba a una doble causa: la inmediatez (vivimos en un mundo gobernado por la velocidad que imponen las nuevas tecnologías y las redes sociales) y la sencillez (el haiku –al igual que nuestra lírica breve– encarna una forma humilde y espontánea de humanidad. Sirve de contrapeso a la artificiosidad de la urbe, a la civilización corrompida y sin alma que habita en las ciudades).

Ejemplo de la reivindicación de la naturaleza es la última colección de haikus del poeta, editor y traductor Jesús Munárriz, Escaramujos (Pre-Textos, 2019). Divida por estaciones, la obra nos regala más de 150 delicadas miradas a un entorno campestre. Cada texto nos muestra un detalle pictórico de un conjunto. Cada verso es una pincelada evocadora de un estado de ánimo. Munárriz no recurre a las herméticas metáforas yuxtapuestas del Antonio Cabrera de Tierra en el cielo (Pre-Textos, 2001): “Voz de las peñas,/eco que vuela oscuro/sobre la helada”; él describe lo que ve: “El chaparrón/se ha llevado las flores/de los cerezos”. Confesaba Verónica Aranda en la presentación de Río Mekong que cuando viaja, en lugar de hacer fotos, escribe haikus para recordar un sitio. El prestigioso poeta vasco destila en sus composiciones esencias de distintos lugares (Vizcaya, Segovia, León…), con el objeto de inmortalizarlos. En ocasiones, además, desliza un tono crítico al servicio de un mensaje ecológico (“Agosto rojo,/pantanos sofocados,/bosques ardiendo”) o denuncia del cambio climático (“Ya han florecido/almendros y ciruelos./¡Loco febrero!”). No faltan  guiños intertextuales al célebre Basho (“Salta la rana./Resuena el viejo estanque/como hace siglos”), y es que, en líneas generales, estos hermosos haikus son de corte tradicional –al contrario de los que leemos en Capitalinos–: pauta métrica, kigo estacional, abolición de la individualidad, búsqueda de la belleza y congelación de un instante; si bien no falta en algunos el tono humorístico –marca de la casa– o desenfadado. 

Un libro al año viene publicando Jesús Munárriz desde que publicara en 2017 Los ritmos rojos del siglo en que nací. Un cuento triste (Hiperión). ¡Y está a punto de cumplir los 79 años! Que la inspiración perdure, maestro.  


martes, 9 de julio de 2019

Jurado del premio "La Bolsa de Pipas" (Sloper)



El pasado 7 de julio fallamos el III Premio de Poesía "La Bolsa de Pipas", convocado por la editorial Sloper. El jurado lo formamos Ben Clark, Ricardo Lobato y yo. Resultó ganador el libro Mis hijos ajenos, de la escritora argentina Florencia del Campo (Buenos Aires, 1982). Nuestras felicitaciones a la ganadora.

Más información sobra la obra premiada, la escritora y el premio, en el siguiente enlace:

https://www.editorialsloper.es/


Sigilo

Sigilo, Ismael Martínez Biurrun. Alianza, Madrid, 2019. 221 páginas.

  
Sigilo es la sexta novela del narrador Ismael Martínez Biurrun, autor de novelas tan reputadas como Mujer abrazada a un cuervo, El escondite de Grisha (ambas en Salto de Página) o Un minuto antes de la oscuridad (Random House, 2014). El prestigio de Ismael descansa en su estilo pulcro y lírico, así como en las estrucura de sus obras, de ritmo trepidante y bien selladas. Sus libros se inscriben en la narrativa de género (fantasía, relato distópico, terror), pero esto es secundario. Lo que importa es su voz y los temas que trata (la familia, el destino, los recortes, la crisis económica, la precarización laboral). Digamos que la ambientación fantástica crea un contexto atractivo para ubicar historias extraordinarias (viajes en el tiempo a una Navarra asediada por la peste negra, viajes por carretera al sarcófago de Chernóbil, resistencia vecinal a las ordas de bárbaros que irrumpen en las calles por la noche…) que, a su vez, sirven a Ismael para desarrollar motivos de lo más normales (parejas mal avenidas, hijas anoréxicas, incomunicación familiar o niños adoptados que buscan sus raíces…). 
     Sigilo comienza por el final. Pero tú no lo sabes. Crees que la novela empieza in medias res. A Ismael le gustan las tramas bien cerradas. El trazado de un círculo perfecto. De hecho, es en la segunda lectura, con todas las cartas sobre la mesa, cuando comprendes en qué consiste el terror de la historia. Hasta ese desenlace, el libro nos presenta un fantasma que visita a su viuda o le cambia las cosas de lugar. Ahora bien, por debajo de este argumento fantasioso navega el submarino de la realidad: donde una anciana recibe los cuidados y atenciones de su cuidadora dominicana, donde el hijo mayor dobla turnos en su puesto de vigilante, donde el hijo pequeño es despedido de su empresa sin contemplaciones, donde las relaciones estables de parejas son sustituidas por un nuevo conceptivo –el poliamor–, donde las inmigrantes sólo aspiran a puestos humildes, donde los varones adultos abusan de los niños, o donde los empresarios ganan dinero adquiriendo empresas con pérdidas que luego reestructuran –lo que implica recortes de personal– para vender por partes.
     Se trata, aunque no sólo, de la historia de una doble venganza, de un ajuste de cuentas. Hay una deuda evidente con la película The Game (protagonizada por Michael Douglas y dirigida por David Fincher, de 1997). Sólo que aquí no hay escarmiento ni transformación, el ejecutivo sin escrúpulos no es ninguna crisálida. Hablamos de Ismael. De un libro oscuro. Asfixiante. Y cuando lo comprendes –justo al final–, absolutamente macabro.
    Sigilo nos enfrenta a una sociedad a la deriva en la que sus individuos buscan ayuda a sus problemas en sectas contactistas o en la magia negra de origen caribeño.
     Un pasada.
    Estos cinco años de espera, tras su última novela, han merecido la pena. Y como reconocimiento a su obra, la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Fición y Terror ha propuesto a Ismael como candidato para el premio al mejor autor de su matriz europea, la Europen Sciencie Fiction Society. Desde aquí le deseamos la mejor de las suertes.

 

lunes, 8 de julio de 2019

Curva


Curva, Aurora Delgado. Palma de Mallorca, Sloper, 2018. 175 páginas


Sostiene Daniel Pennac que una de las prerrogativas del lector es el derecho a abandonar la lectura de un libro, cuando no le convence. Admito que en contadas ocasiones he dejado a medias una obra. Por lo regular, siempre acabo lo que empiezo. De lo que no me gusta también aprendo a sortear errores. Además, he comprobado por mi dilatada experiencia lectora que no siempre se cumple el refrán que sentencia que lo que mal empieza, mal acaba. Así que yo no me rindo si una novela me aburre o si un poemario no me emociona. Espero. Paro. Retomo. Obviamente, si abro un libro es porque ha llegado a mis manos por alguna razón. Confío en los editores que están detrás, en los colegas del gremio que lo han recomendado, en los escritores que los firman y en mi propio instinto. Dicho esto, también reconozco que hay lecturas que no emprenderé en la vida, acogiéndome —precisamente— a ese decálogo de Pennac: vade retro, librum! Esa fe de la que hablo es la que me armó de paciencia (virtud indispensable, forjada con los años) para no desistir de la lectura de Curva, segunda novela de Aurora Delgado, publicada en Sloper. Y he obtenido, claro, mi recompensa. Vayamos al asunto.
La obra tiene dos partes claramente diferenciadas. La primera abarca hasta el capítulo 18, inclusive. Justo la mitad. Tiene 36. Ese tramo me resultó anodino. El narrador omnisciente focaliza su punto en vista en Antonio, un hombre abúlico sin un proyecto propio, un padre de familia apático y un marido desapasionado. Por medio del flashback conocemos su vida anterior, en Melilla, donde trabajaba de profesor interino en un IES público de secundaria. Impartía la asignatura de Historia. Sabemos que sacrificó su vida laboral por la plaza de funcionario en prácticas que sí ganó su esposa, tras opositar en Andalucía. Desde entonces vive bajo el yugo de su suegro y de su cuñada, a los que debe su empleo en un hospital veterinario. En esta cara de la moneda asistimos a rencillas domésticas y conflictos familiares de lo más común. Si bien es cierto que el estilo de Delgado es pulcro y en ocasiones muy lírico, las escenas adolecen —siempre a mi juicio— de fiebre o de pasión. El número de personajes a los que se alude es excesivo y apenas son esbozos. Además, la obra —hasta aquí— carece de una trama. Parece un retazo de apuntes de recuerdos y de leves disputas. Tan sólo se menciona un dilema de calado que asole al protagonista: aceptar o no una considerable suma de dinero (ofrecimiento inverosímil, tal y como se plantea) para replantearse su vida profesional como miembro de una cooperativa docente. Si a esto añadimos que el capítulo 18 está lleno de incoherencias (página 100: un vigilante jurado provisto de pistola que presta un servicio armado en un Burger, y que juega a la ruleta rusa en el establecimiento; una inspectora de policía que le pregunta si es suya la pistola, a lo que responde el vigilante que la cogió prestada de la empresa…), demostrando la autora un desconocimiento absoluto del mundo de la seguridad privada (tecnicismos, armamento reglamentario, condiciones de uso de la armería, prestación de servicios armados… recogidos en la Ley 5/2014, del 5 de abril, y con anterioridad, en la Ley 23/92 de 30 de julio), pues ya tenemos razones suficientes que justifiquen el abandono del libro. Pero como adelantaba, soy lectora tenaz. Así que reinicié su lectura, y lo hice desde otro ángulo. ¿Esa ambientación tan poco seductora estaba al servicio de qué? ¿Esa falta de progresión argumental, que sentido tenía? Y supuse, entonces, que ambas expresaban el propio estancamiento de Antonio, el protagonista. Y recurrí a la fe. 
La segunda parte de la novela bien merece el penoso ascenso por la montaña: las vistas son impresionantes. Y es que el reverso de la moneda de Curva es un thiller inspirado en el mejor Tarantino (Pulp Fiction), con algún eco de Delibes (Los santos inocentes). En esos últimos 18 capítulos el montaje de escenas es soberbio. El flashback no se anuncia, se presenta. La autora va enhebrando elementos con la primera parte que ahora cumplen su función. Va atando cabos. Y así descendemos, vertiginosamente, hacia el desenlace de la historia a bordo del vagón de una montaña rusa. El libro se revela puro vértigo.
Curva pone sobre el tapete de la mesa temas actuales: el bulliyng, los centros educativos privados y la selección de su cuerpo docente (como en Cuatro por cuatro, de Sara Mesa; o en Mandíbula, de Mónica Ojeda), la búsqueda de un porvenir por el atajo del dinero fácil y no por el esfuerzo o el trabajo, la falta de autoestima y de amor hacia el prójimo… que son para mí las claves de la obra. A todas luces hija de su tiempo.

Aurora Delgado fue finalista de premio Nadal por esta novela. 


domingo, 7 de julio de 2019

Ruido

Ruido, Jorge Galán. Pre-Textos, Valencia, 2019. 108 páginas

  
Nacido en El Salvador, Jorge Galán ha publicado buena parte de su obra lírica en España: Rialp (Breve historia del alba, “Premio Adonáis”, 2006), Visor (El estanque colmado, 2010, accésit del “Premio Jaime Gil de Biedma”; El círculo, 2014; Medianoche del mundo, 2016, “Premio Casa de América”) y Pre-textos (La ciudad, 2011, “Premio Villa de Cox”; Ruido, 2019).  
       Un distintivo de su obra es el carácter mítico, legendario, que alcanza la voz que enuncia en sus poemas. Galán suele recurrir al versículo para evocar un pasado desolador, lleno de violencia. A menudo cede la voz a sus personajes para que seamos nosotros quienes los juzguemos. Sus portentosas imágenes –al servicio de la creación una atmósfera irreal, bella y cruenta a un tiempo– poeseen una alta capacidad connotativa que nos zarandea.
 Ruido no es una excepción a esta poética. El autor amplía desde un centro su mirada, hasta abarcar todo el continente americano (“¡Oh, América, […] qué has hecho con nuestros breves niños, dónde los enterraste, bajo qué duna y a la sombra de cuál arbol en llamas”, p. 85). La cronología recorre los últimos 120 años, con vagas a fechas concretas (1901, 1910, 1920, 1931, 1932…).
    De fondo, resuenan los compases de Pedro Páramo. Galán elimina las barreras entre la vida y la muerte: pone a hablar a los hombres de uno y otro lado, y es que “nadie descansa en la ciudad de los muertos”. Al fin y al cabo, nuestro paso por el mundo es efímero. No existen las fronteras entre ambos estados: “Nada somos pero somos lo que seremos,/almas errantes a través de distintos abismos” p. 19. La Historia se repite en cada uno. Y esta es una historia de terror, que nos transmite miedo. Así, abundan en los el libro los asesinatos, las inundaciones, las violaciones, las muertes en el fango. El tiempo aquí no pasa, o es el mismo. Galán evoca un eterno retorno de América a sus monstruos. 120 años de miedo, de oscuridad, de desolación. Si las vidas son intercambiables y en los pechos se oyen las voces de las muertos, me imagino que la cronología del libro también es simbólica. Galán alude en ocasiones a episodios concretos del Pulgarcito, como la “la guerra de las cien horas” que enfrentó a El Salvador con Honduras en 1969, pero la mención a la nevada de 1932 puede interpretarse como la tormenta de nieve que ese mismo año asombró a los mexicanos de la Baja California, o como una metáfora de las revueltas campesinadas salvadoreñas, sofocadas a tiros (a copos) por el ejército del régimen, que ejecutó a esos 30.000 civiles de lo que habla Galán en su poema (“Treinta mil muertos en el desierto blanco” p. 32). A su vez, un texto duro y maravilloso como La masacre del río de 1983, creo que denuncia –sin excluir otras opciones– el asesinato de la población civil en los cantones de Tenango y Guadalupe, a manos del Batallón Atlacattl y de una escuadra de aviones estadounidense A-37 durante la Guerra Civil salvadoreña (“Se levantaron entonces cientos o millones de aves […] y sé que algo me abandonó, que algo/salió de mí y quedé suspendido en la oscuridad” p.33).
    La destrucción y la desesperanza recorrieron América en el siglo XX. ¿Y ahora qué? Se pregunta al autor. Viendo las imágenes de los pasos fronterizos, de los ahogamientos de familias que trataban de alcanzar otra vida al norte, una se imagina lo peor. ¿Será capaz esta “América indecente” se enmendarse a sí misma, de salir del trazado de su círculo? Y por extensión, ¿será capaz Europa de aprender, de una vez por todas, la lección del pasado? Los muertos en las aguas tienen claro que no.