Antología. Juana Inés de la Cruz

viernes, 11 de octubre de 2019

Memorial de ausencias

Memorial de ausencias, Antonio Crespo Massieu. Prólogo de Guadalupe Grande. Madrid, Tigres de papel, 2019. 500 páginas.



Hay poetas que van atravesando etapas a lo largo de su carrera, que viran tanto en sus contenidos temáticos como en sus propuestas estéticas, que van haciendo escalas en parajes diferentes hasta su destino final. Góngora, Meléndez Valdés o Salinas pertenecen a este grupo. Sin embargo, otros autores hacen girar su obra en torno a un centro, y desde él se expanden. Pienso en Garcilaso, Unamuno o Aleixandre. Y es el caso del escritor Antonio Crespo Massieu (Madrid, 1951), que acaba de publicar su poesía reunida, Memorial de ausencias, en Tigres de papel. 
            La obra publicada de Antonio se concentra en apenas once años. Sus títulos son En este lugar (Fundación Kutxa, 2004), Orilla del tiempo (Germanía, 2005), Elegía en Portbou (Bartleby, 2011), Los regresados (Ediciones del 4 de agosto, 2014) y Obstinada memoria (Amargord, 2015). Y de entre estos cincos libros, lo digo de entrada, destaca una colección brillante de extensos poemas que, lamentablemente, no tuvo en su momento el reconocimiento de la prensa escrita, y cuya excelencia reivindico yo ahora, sumándome a la cerrada defensa que del libro hicieron en su día Arturo Borra, Alberto García-Teresa o Miguel Veyrat, entre otros. Me refiero a Elegía en Portbou.
            53 años tenía Antonio Crespo cuando dio a la imprenta En este lugar. No era su primer poemario, y se nota. El veterano poeta se estrena con un libro maduro, y se presenta en el panorama lírico nacional con una voz personalísima y claramente identificable. En estos versos se revelan los temas nucleares de su obra y se fragua un estilo único que irá moldeando en las sucesivas entregas. Así, abundan las enumeraciones, los encabalgamientos abruptos, la selección eufónica de sustantivos abstractos (piedad, rebelión, ausencia) y de adjetivos de valencia semántica negativa. Todo ello contribuye a dar tono muscular al verso, tensa el ritmo. Ya en este poemario aparece uno de los lemas que caracterizan la obra de Antonio: “la historia es esta sucesión/ de gritos o catástrofes”. De manera peculiar, el poeta en este libro mantiene un diálogo con el diario El País para tratar asuntos de su tiempo. No deja de ser curioso, y apunto como anécdota, que Jorge Riechmann, amigo del autor, publicara en 1997 un título que apunta en la dirección contraria: El día que dejé de leer El País. En cualquier caso, ambos exhiben una misma intención en sus escritos: “Esta ansia infinita, inabarcable/de cambiar el mundo”. La palabra (medida, pesada, como aconsejaba fray Luis de León) deriva en continente del mundo y en vehículo de denuncia.
            A los 54 años sacaba a la luz su segunda colección, Orilla del tiempo. Y en este libro encontramos poemas memorables, caso de la poética Como una gota de resina o Una muerte pequeñita. Un motivo recurrente en la lírica de Antonio es la empatía hacia los animales, y en concreto, hacia los canes. Si no recuerdo mal, tenía una galga cuando lo conocí, allá por 2010, el IES Francisco Giner de los Ríos, donde dábamos clases de Literatura Española. Al igual que hiciera Unamuno en su Elegía a la muerte de mi perro, el poeta y activista se eleva desde el tablado de la experiencia personal a las cumbres del arte trascendiendo la anécdota privada. Por otra parte, Antonio alude a lugares icónicos de la barbarie humana (Terezin, Ramala) y a personajes que simbolizan la honradez o la dignidad (Paul Celan, Companys). No en vano, en estas páginas leemos otro emblema típico de Antonio: “Nada hay más fraterno que sentirse/ irremediablemente heredero de tantos llantos”. Por último, en los muros levantados por la intransigencia, el poeta abre ventanas que nos devuelven la esperanza en nuestra especie: el amor, la música, la pintura, la belleza de las ciudades.
            Será a los 60 años cuando Antonio Crespo publique su mejor obra hasta la fecha, la magnífica: Elegía en Portbou. De algún modo, sus libros previos son caminos que conducen a esta cumbre de la poesía en español de los últimas décadas. Aquí se recogen y dilatan motivos y temas ya tratados en ellos (“lo oculto,/ que siempre regresa”). Pero, sobre todo, se ahonda en un estilo desasosegante, agónico, que conmociona al lector.
            El libro está compuesto por diez extensísimos poemas. El metro utilizado es el versículo. Antonio hace descansar el ritmo de los textos en los paralelismos, en las repeticiones, en las asociaciones semánticas, en las enumeraciones y en los juegos fonéticos. El tono es grave. Oscila entre el desgarro y la letanía.
            Uno de sus rasgos carácterísticos es la intertextualidad. Junto a las alusiones a escritores (Alfonsina Estorni, René Char, Paul Celan, Paca Aguirre…pero, sobre todo, Antonio Machado y Walter Benjamin, cuyas vidas entrelaza en un destino común, puesto que ambos representan “la suma de personas que alguna vez huyeron de la barbarie” —cito a Álex Chico—), leemos citas de un buen número de obras que guían al autor (“el mar la mar” de Alberti, “otro no puedo más/ y aquí me quedo” de Unamuno, “vencido por el ángel” de Ángela Figuera…), quien establece con ellas un permanente diálogo estilístico y moral.
            Si el poemario tiene una misión, esta es –sin duda– “reparar lo roto”, “habitar la distancia”, traer al presente a quienes se encuentran “en el afilado margen de la memoria”. Precisamente esa empresa da título a las obras completas del autor: Memorial de ausencias. Sus palabras se adhieren, a modo de complemento, a las reivindicaciones de los familiares republicanos cuyos seres queridos fueron asesinados y enterrados por los fascistas en fosas comunes; esos que menospreciaba Pablo Casado, aspirante a la jefatura del gobierno —nada menos—, cuando decía: “los de izquierdas son unos carcas, todo el día con la fosa de no sé quién” (esta y otras declaraciones del mismo tenor son las responsables del lógico varapalo electoral del PP, apenas 60 escaños, en los pasados comicios). 
            “Cómo llevar el roto plural” se pregunta Antonio Crespo Massieu, y su respuesta es un contundente libro de altura ética y estética.
            Sus versos, además, suponen un faro que nos alerta de la proximidad de nuevos escollos, pues: “el vendaval de la historia sigue soplando,/ nos zarandea de nuevo”. La presencia de VOX en el parlamento, donde la fuerza ultraderechista tiene 24 escaños, dibuja en el horizonte un nubarrón para el que hay que prepararse.
            Como en anteriores ocasiones, la cultura, el amor, la empatía y la fraternidad serán antídotos contra el muro de la intransigencia y el malecón del odio.

A los 63 sacaba Antonio Los regresados, pequeño libro-homenaje a amigos y poetas de la talla de Félix Grande.
Obstinada memoria data de 2015. Tras la voz huracanada de Elegía en Portbou, estos dos últimos trabajos constituyen una ligera brisa. El ritmo de los textos se desacelera, el tono se remansa, el verso se contrae. No obstante, el autor da vueltas sobre los mismos temas, añadiendo algunas composiciones de cuño clásico, en alabanza de aldea y menosprecio de corte, donde resuenan ecos de Hesíodo, Virgilio, Erasmo o fray Luis de León.

El volumen se cierra con la incorporación de textos procedentes de libros inéditos, escritos en los ochenta.

No encontrarán el nombre de Antonio Crespo Massieu entre los poetas destacados de las últimas décadas; ni tampoco su obra entre las propuestas literarias más coherentes y personales de los últimos quince años. Pero, como ven, no es por falta de motivos. Es la suya una obra de calidad y de compromiso civil.
He intentado tallar una reseña que argumente con solidez los motivos por los que se debe leer a este excelente poeta madrileño. Ojalá lo haya logrado.


Esta reseña ha sido publicada en Culturamas. Original, aquí.
 

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