Antología. Juana Inés de la Cruz

martes, 3 de enero de 2017

En las aguas de octubre

En las aguas de octubre, Marta López Vilar. Bartleby. 2016. 77 páginas. 10 euros.


Una de las tradiciones poéticas de las que bebe nuestra lírica es, sin duda alguna, la helena. Podríamos rastrear, sin perdernos, su huella a lo largo de la Edad Media hasta la actualidad. Nosotros somos griegos, culturalmente hablando. Nuestra patria sentimental e intelectual es Grecia. Nuestro origen remoto. Sus mitos nos explican, sus héroes simbolizan nuestras pasiones y debilidades. Vivimos en el suelo que protegía Span, el sobrino de Heracles. Vivimos transitados por las lecturas de Homero, de Safo, de Píndaro; y de sus descendientes romanos: Virgilio, Ovidio, Catulo. Somos descendientes de Telémaco, de Ulises, de Penélope, de Dido, de Eneas, de Ariadna, de Apolo, de Faetón; como antes lo fueron Garcilaso, Hölderlin, Keats o Kavafis. Nos recorre lo apolíneo y lo dionisiaco, lo puro y lo turbulento. Entre los poetas españoles helenos más recientes contamos con Aurora Luque y Juan Antonio González Iglesías. Mi tercer poemario, Apátrida (Hiperión, 2005) establece un diálogo con la Odisea y la Eneida (reseñas, aquí y aquí). Ahora acaba de publicarse el último eslabón de esta larga cadena lírica, un libro exquisito, de palabra exacta y emoción contenida, que hace un inventario de la ausencia: En las aguas de octubre, de Marta López Vilar. Con pocas imágenes, pero de una gran plasticidad y capacidad de sugestión (la nieve, el desierto, la caracola, el río, la ceniza, la niebla, el mar), la autora nos habla con sencillez (con humildad) de grandes conceptos (identidad, patria, destierro, muerte, regreso, desposesión), evocándonos emociones comunes a todos (soledad, nostalgia, vacío). Marta López Vilar recurre en la mayoría de los textos a la mitología greco-romana, que sirve de amplificador emocional. Como los antiguos humanistas, se apropia de la Antigüedad y la funde con su propio presente. Será la competencia cultural del lector la que otorge mayor o menor profundidad a los poemas. No obstante, para disfrutar de los mismos basta con dejarse seducir por sus imágenes, sus aliteraciones (sibilantes, líquidas): “he cruzado el desierto /…/ Cada día sé que tengo el mismo destino que esa tierra:/ esparcirme en mil pedazos y no llegar a parte alguna”. Estos versos ya son de por sí desoladores, pero si, además, conocemos el mito al que alude el título (La muerte de Dido), entonces la reina de Cartago se convierte en caja de resonancia que intensifica la desesperación por la ausencia de un proyecto de vida. En el poemario se repiten, a modo de letanía, algunos adjetivos acordes tanto con la serenidad que muestra el sujeto –polifónico– que enuncia (limpio, blanco), como con los temas que aborda: la pérdida, la extinción, la negación de expectativas (oscuro, blanco, impuro). Hay algo en la selección del léxico, que me recuerda a Javier Lostalé o a Antonio Crespo: eufónico, cargado de hondura. En las aguas de octubre es una obra deliciosa y rotunda, el final de Níobe (cuyos hijos fueron asesinados por Apolo y Artemisa,  quien fue convertida en piedra) lo ejemplifica a la perfección: “Lentamente dejo de sentir el calor tierno/ de tu cuerpo junto al mío./ Es más cruel la piedra que la muerte./ Ahora comienza y arde mi castigo: llevarte en este corazón / que ya no siento”. Por fortuna, los lectores gozamos de un poemario así, tan hermoso y cohesionado, cuyos versos iluminan y hieren. 



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