Antología. Juana Inés de la Cruz

lunes, 8 de septiembre de 2014

Divina



 
Divina. Inma Luna. Baile del Sol. 2014. 69 páginas. 12´48 euros.


No es fácil mantener una editorial en los tiempos que corren. Y resulta más complicado todavía cuando sus responsables publican títulos con criterios nada desdeñables, como la calidad, la renovación, la autenticidad o el cuestionamiento del mundo. La empresa cobra dimensiones heroicas cuando esos sellos tienen colecciones de poesía o sólo se alimentan de ella. Pero si algo hemos aprendido en milenios de evolución de especies, es que se adaptan mejor a las épocas de cambio los seres más versátiles y los más diminutos. Es verdad que a menudo son víctimas de la despiadada cadena trófica, pero han dejado atrás a grandes bestias que se las prometían muy felices.

Baile del Sol lleva editando libros veinte años. Son las hormigas del ecosistema literario nacional. Tienen un catálogo solvente. Recolectan autores y manuscritos con ilusión no exenta de paciencia. Rama a rama, han construido un hogar para los escritores y una despensa cultural para la comunidad lectora.

Ahora acaban de publicar el poemario Divina, de Inma Luna (1966). El libro se divide en tres partes. Todas suponen un ajuste de cuentas con el pasado. Y es que la voz que enuncia se despacha a gusto contra su internado de monjas y contra las hipocresías y las incomprensiones que vinieron más tarde.

En la primera parte los poemas se centran en los años transcurridos en un colegio religioso. Años de represión, de tedio, de negación del cuerpo, de amputación de todas las vivencias de la infancia. No hay espacio que evoquen las palabras (habitaciones, baños, aulas, confesionarios, patios de recreo) que no supure la muerte de la inocencia, de la curiosidad, del albedrío. Por eso los poemas –la mayoría– exportan un rencor acumulado bajo la piel que cubre los recuerdos. Los tonos que los lanzan al mundo pasan de la ironía al reproche, de la amargura a la ira en muchos poemas; mientras que en otros la voz que habla parece distanciarse y se limita a levantar acta de una tragedia (poemas-atestados). Es en los primeros donde la voz de Inma Luna alcanza notas más altas. Destacan los textos Los uniformes, Antigua loba, Los zapatos, El patio, Privadas, Las palabras y Prohibido jugar (que copio íntegro: “No me dejaban jugar con los chicos/ así que nunca supe/ cómo relacionarme con los hombres./ Mi matrimonio fue un fracaso/ que se gestó en la infancia” p. 37).



En la segunda parte (muy breve, apenas siete poemas) toma el relevo temático la iniciación al sexo.

En la tercera, el testigo encara la línea de meta recorriendo la recta del matrimonio. Sobresale un texto por su lirismo y su rotundidad: El ramo.

Pocas obras traspasan el ambiente encerrado de un colegio de monjas. Elena Quiroga lo hizo en la magnífica novela Escribo tu nombre (1965). Es una buena noticia que Inma Luna haya dedicado su libro a la visibilidad de una educación represiva, que sólo inflige taras. De lectura recomendable. Un libro diferente por lo novedoso de los asuntos que aborda. La edición incluye bellas ilustraciones de Loreto Rodera.

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