Antología. Juana Inés de la Cruz

viernes, 24 de enero de 2014

Presentación de Javier Lostalé



 
VIDA Y AMOR: UNA EXPLORACIÓN CON PULSO


“La poesía es un género incendiario”, dice Ariadna G. García. Quema en su caso -añadimos nosotros- la realidad hasta dejarla en su esqueleto, y lo hace -como  poeta verdadera que es-, nombrándola de modo que, desnuda, no deje de existir en su manifestación de amor, soledad, angustia, libertad, tolerancia y solidaridad. Nombrar que es definitivamente crear, creación dispuesta a ser morada corporal y espiritual, llegando hasta el ámbito de la conciencia de cada uno de los lectores. Es lo que esta noche nos va a suceder amigos, porque la poesía de Ariadna sucede.

Nacida en Madrid en 1977, es, además de poeta, profesora de Enseñanza Secundaria, antóloga y crítica. Su obra poética está formada por cuatro libros:  Construyéndome en ti, Napalm (Premio de Poesía Hiperión), Apátrida (Premio de Arte Joven de la Comunidad de Madrid) y La Guerra de Invierno (Premio Internacional de Poesía “Miguel Hernández-Comunidad Valenciana”, publicado este año por Hiperión, como los dos libros anteriores). En cuanto a su trabajo como antóloga y estudiosa, les recomiendo cuatro antologías ejemplares: Poesía Española de los Siglos de Oro, donde se vierte toda la sabiduría histórica, cultural y literaria que posee Ariadna G. García de los siglos XVI y XVII, y en  la que destacan también sus virtudes docentes para despertar la vocación lectora de los estudiantes; Antología de la Poesía Española (1939-1975), en donde con el mismo sistema que en la anterior (publicadas ambas por Akal) nos ilumina un panorama poético que abarca desde la confluencia a principios de los años treinta de tres generaciones (la de Unamuno, Machado y Juan Ramón, la del 27 y la del 36) hasta Luis Antonio de Villena y Antonio Colinas; Veinticinco poetas españoles jóvenes, en cuya edición estuvo acompañada por otros dos poetas, Guillermo López Gallego y Álvaro Tato (se trata de una antología fruto del consenso de los propios poetas, sin exclusiones de grupos o tendencias, reflejo de la diversidad de la poesía última, publicada por Hiperión); y, para terminar, una gran sorpresa: la primera antología en castellano de la lírica de Ray Bradbury: Vivo en lo invisible, edición bilingüe con traducción y prólogo de Ariadna y de Ruth Guajardo González (Salto de Página, 2013). En cuanto a su labor crítica, la ejerce habitualmente en “La tormenta en un vaso” y en “Culturamas”, y si alguno quiere asomarse a su blog, se llama “El rompehielos”.

Ariadna G. García, que posee una gran formación clásica, mantiene un diálogo permanente con la tradición, renovándola. Y no deja de explorar (qué verbo tan suyo) distintos lenguajes, se siente “apátrida” al no instalarse en un único territorio literario. La poesía es para ella movimiento, un continuo cuestionamiento del mundo y una constante proposición de alternativas: una actitud, en suma, de rebeldía. En ese sentido, se siente muy cerca de los místicos, tan rebeldes en su tiempo, tan comprometidos en la transformación de la realidad. La lírica nos ayuda a crecer, nos acompaña, piensa asimismo Ariadna, y tiene propiedades curativas porque -nos dice- “ahonda en las heridas por las que sangramos todos para después sellarlas”. Como en toda obra poética empañada de existencia, hay un núcleo vivificante, que en su caso es el amor. Amor en el que corazón y piel tienen, creo, un latido común. El amor como una metralla del ser amado incrustada en el vivir de su amante. Es el amante, o la amante, quien da fe de que el mundo existe, quien solidifica cuanto le sucede al que se siente amado, o a la que se siente amada. Quien convierte en materia íntima una calle, una luz, un paisaje. El amor no nos permite estar pasivos, sino activos en un persistente alumbrar pleno de memoria. Amor íntimamente vinculado al espacio en la poesía de Ariadna, para en él llenarse del tiempo del ser amado, para estar con él en un mismo lugar que es todos los lugares. Amor que se concreta en la relación de pareja sobre la que Ariadna proyecta el lenguaje como un escáner. Y junto al amor, otro centro irradiante en los poemas de nuestra autora es el viaje o peregrinación interior. Viaje que, como saben, está ya presente en Homero y Virgilio. El viaje y lo que tiene tanto de anudamiento como de intemperie. Y permítame que añada a lo dicho la presencia de la infancia como tiempo cierto, sin éxodo ni destierro, y el mundo de los sueños como una realidad más. En cuanto al lenguaje, ¿qué decir?: que tiene una fe absoluta en él, hasta el punto de considerarlo como contenedor de ser. Un lenguaje muy pegado a lo cotidiano, pero con una gran carga simbólica.

Todo lo que les he transmitido hasta ahora ha sido mi lectura de Apátrida, que me parece una buena puerta de entrada en La Guerra de Invierno, por esa unidad que posee la obra de Ariadna dentro de sus múltiples y ricos registros. Una puerta de entrada consciente de que todo lo que nos pasará en el viaje a Finlandia es inflamable, es poesía-pasión. Un viaje en el que se fundirán geografía, historia y exploración interior. Geografía extrema donde la nieve, el hielo, la distancia, el cielo blanco, la niebla… ponen al límite la temperatura basal de las emociones, originan estados de ánimo que pasan de la sensación de plenitud, honda compañía y asombro, a momentos de angustia y temor y, sobre todo, inmovilizan a veces al ser humano en una soledad sin techo que acentúa la conciencia de fragilidad y se torna honda pregunta sobre la existencia. Y aquí, ya desde el primer momento, nos situamos en esa senda de exploración interior que no cesará a lo largo del poemario, senda en la que el amor marca el tiempo y el espacio, el arte está lleno de memoria, la naturaleza llega a respirar como otro ser, la belleza no es inocente, pues cuando toca fondo fulgura en medio del dolor y la destrucción, y la mirada continuamente desvela lo que ve desde lo amado. El sur de Finlandia (con sus grandes ciudades, como Helsinki y Turku) y el norte (el Círculo Polar, Laponia), son el itinerario seguido por las protagonistas de este poemario tan encarnado que todo nos interpela promoviendo nuestra respuesta reflexiva y emocional. De este itinerario he elegido algunos poemas como ejemplo. El primero tiene como escenario la Catedral luterana de Turku, y en él la naturaleza consumada en su ciclo vital, la piedra sin edad y la música y su escala para el espíritu trasladan a las amantes a ese cielo en que, eternas, brillarán. Leo con emoción el poema:



Es el ciclo anual de muerte y vida
de la naturaleza.
Grandes bloques de hielo
están bajando el río lentamente.
Tú y yo nos abrazamos
aquí, en este rincón nevado,
junto a una puerta entornada 
de la catedral.
Su piedra es resistencia
frente al tiempo,
memoria respirable.

Dentro suena
el clamor de un coro,
un ejército de voces
que atraviesa los siglos.
Es el Réquiem de Mozart.
Flota ingrávido, fiero.
No acaricia la luz.
Golpea el aire.
Suplica permanencia.

Nuestros besos,
hondos y apasionados,
también buscan
el infinito,
detener este instante,
suspenderlo, clavarlo.

Grandes bloques de hielo
están bajando el río
sin descanso.


En otros poemas interiorizamos la solidaridad o el respeto a la naturaleza: en un coche viajan al norte las amantes y se pregunta la poeta si con el ruido -cito sus versos- “profanamos un templo frío, consagrado al recogimiento”. Y añade dos versos después: “Sentimos que los ojos de los miles de árboles/que escoltan el camino/se abren muy despacio./Estudian si constituimos o no una amenaza”. En otro de los poemas, en que ambas se deslizan en trineo, asistimos a una fusión hasta la transparencia con el entorno que le permite -parafraseo a Ariadna- disfrutar el sueño que ha tenido el valor de imaginar.

La historia ocupa la parte central del poemario bajo el título con el que éste figura: La Guerra de Invierno, contienda que enfrentó a las tropas finlandesas y a las invasoras de la Unión Soviética entre diciembre del 39 y enero de 1940, es decir, al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Pero los poemas -poemas en prosa-, aunque surgidos de ese acontecimiento histórico, le sirven a Ariadna G. García para entrañarnos en los horrores de la guerra -de ésta y de cualquier guerra-, y de este modo, denunciarla desde los movimientos sísmicos padecidos por el espíritu de los soldados, desde su diálogo con la muerte sin sepultar la fiebre de la vida; diálogo también con la naturaleza que vuelve -como en otras ocasiones- a personificarse y a padecer ahora la amenaza del enemigo y el sonido de la muerte (“El bosque se repliega sobre sí para evitar el contacto con estos mensajeros de la muerte. Lobos y liebres miran estupefactos las carlingas blindadas y cañones de esas extrañas bestias de metal, a las que han identificado como un enemigo común”). La plasticidad de estos textos derivada de las fórmulas de montaje cinematográfico utilizadas ya en otras ocasiones por Ariadna, su plasticidad de lienzos respirantes, su simbología al desnudar la realidad sin dejar de mancharse con ella, los convierten en una epopeya lírica, lírica porque el destino de sus protagonistas nunca será ensalzado, como sucede con la épica, sino que se consumará en su propia intimidad (“Y estos bultos de aquí, que la corriente mece bajo la niebla helada, son los restos de miles de ilusiones que duermen boca abajo”). Por último dentro de esta sección, La Guerra de Invierno, hay un poema inspirado en Birger Wasenius, patinador finlandés, campeón mundial y medallista olímpico, en el que como una película a tiempo lento, y mediante la realidad de una carrera ahondada hasta hacerse símbolo del esfuerzo de todo el ser por conquistar una meta, se nos muestra cómo la guerra imposibilita esa conquista, cómo no es posible huir de la muerte, del sordo silencio que la anuncia y que de todo nos separa y extravía. Hay disparos en estos versos, que son los de salida en una competición, pero que pronto se transforman en otros disparos. Estoy seguro de que Ariadna nos leerá este poema fundamental dentro de su libro.



Todo el poemario, señalamos finalmente, está surcado por esa exploración interior fundida, como ya dijimos, a la geografía y a la historia y fecundada por el amor. Descubrimiento, asombro y extrañeza son otros tres vocablos que tampoco podemos olvidar tras todo lo señalado de La Guerra de Invierno, tras un viaje que, cuando termina, no anula las preguntas ni lo oculto, pues el viaje, como la vida, está siempre por hacer. La poesía de Ariadna G. García, como la verdadera poesía, es habitable, todo lo que verbaliza crea ser: su ADN es siempre el amor.


Javier Lostalé. Ateneo de Madrid. Septiembre de 2013.

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